Gastronomía mexicana: Carne Seca – Parte 2 de 2

Renato nos llevó hasta el viejo cementerio, allí apago las luces y el motor, abrió la puerta y salió del auto, “traigan las botellas y síganme”, hicimos lo que nos indicó. La luna llena iluminaba el lugar, las nubes bloqueaban sus rayos intermitentemente, caminamos juntos hasta donde encontraron el cadáver del señor Meza, no era algo planeado, sólo seguíamos aquel hombre.

Miró a Horacio y le pidió el cigarrillo, ambos sonrieron con nerviosismo, fumó un poco, después de eso pareció relajarse, ambos rieron.
—Es buena de verdad  —dijo. Después de lo cual nos invitó con un ademán a seguirlo, se introdujo en el hueco del muro hasta el interior del cementerio, en medio de las criptas la oscuridad y sus murmullos son más intensos, la presencia de la muerte parece más respirable allí, las sombras parecen materializarse y el miedo nubla la razón. Caminé más por inercia que por voluntad, abrí el Balatine´s que traía y sin pensar di un trago, la mano de Horacio en mi hombro me hizo estremecer
—Tranquilo, este lugar está muerto —me dijo en broma, pero no reí. Una luz al fondo del sitio me dio la sensación de seguridad, los rayos de la luna eran suficientes para evitar tropezarnos con las piedras del lugar, distinguimos un pequeño cuarto de adobe junto a un mausoleo, llegamos hasta él. Una puerta oscura, metálica, con rejas estaba abierta, un quinqué desde una repisa iluminaba la reducida estancia, el suelo de tierra, las paredes con telarañas, algunas herramientas, picos y palas dispuestos en un rincón parecían esperarnos, tras una pausa en la entrada, Renato entró primero, luego Horacio y finalmente yo, nos presentó a un hombre calvo y famélico, con un ademán este nos invitó a sentarnos en un viejo catre desvencijado, una vez sentados mi amigo le invitó un trago que aceptó con cordialidad, bebió con avidez extraña, para luego dejarse caer pesadamente sobre la tapa de un ataúd que allí se encontraba, cerró los ojos y sonrió con mueca burlona.
—¿Qué los trae a esta mi humilde morada? —preguntó sin mucha curiosidad.
—Usted debe ser el guardián de este sitio —aventuré.
—Eso podría decirse. Pero siéntate, Renato, ponte cómodo.
El taxista tomó asiento en un rincón del cuartucho y nos dejó hablar.
—¿Tiene mucho tiempo cuidándo este cementerio? —le cuestionó Horacio al viejo enjuto .
—La verdad es que no mucho, he estado en otros por más años.
—Debe ser muy aburrido estar aquí solo todas las noches —comenté mientras fisgaba en ese abandonado recinto.
—La verdad no, me gusta este sitio —dijo con una sonrisa chueca—, está lleno de pequeñas delicias.
—Bueno, supongo que está enterado de la muerte que ocurrió hace unos días —le comentó Horacio sin poner mucha atención a los comentarios del viejo.
—Sí, así es —dijo seguro de sí mismo.
—La policía ya debió haberlo interrogado al respecto, pero nos gustaría saber más —dije invitándolo a hablar.
—No, —contestó mirándome fijamente a los ojos—, la policía no ha hablado conmigo.
—Eso sí nos sorprende —aseveró Horacio—. ¿Así que no se han puesto en contacto con usted?
—Renato me hizo el favor de traerlos aquí a ustedes, el sólo sabe un poco de lo ocurrido —dijo señalando al aludido con un movimiento de su rara cabeza—. Pero la historia completa, completa, no la vio. Él no.
—¿Y usted sí vio todo lo ocurrido? —le retó Horacio.
—No se emocione mucho, jovencito —le contestó otra vez con esa fijeza en su mirada—, la verdad es que esto fue más bien… breve.
—¿Cómo dice usted? —se sorprendió mi compañero.
—Mire, yo vi al señor ese llegar… —inició.
—El señor Meza —precisé.
—Como se llame —pareció desesperarse—, lo vi meterse por el hueco que ustedes conocen, después caminar por allí como si fuera su casa, encendió unos cirios negros y se puso a recitar, invocaciones en latín.
—¡Estaba haciendo un ritual! —se emocionó Horacio.
—La verdad es que su latín era el peor que escuchado en centurias —dijo entre risas y tragos al Balatine´s.
—Eso es gracioso —dijo Horacio sin parecer entender el último comentario—, ¿y luego? ¿Apareció algo? ¿Vio usted algo raro?
—Claro que no apareció nada, yo estaba ocupado abriendo una cripta reciente.
—Supongo que debe reubicar algunos de sus “huéspedes” ocasionalmente —traté de adivinar mientras me acomodaba en el viejo catre.
—Bueno, como le dije, el tipo llamó a Nigrum, una y otra vez —su voz se hizo ronca, profunda.
—¿Nigrum? —trató de parecer conocedor del tema mi compañero— ¿No se supone que se invoca a Satanás o Belcebú?
—No, muchacho —el viejo escuálido se desesperaba con facilidad, escupió espeso sobre el piso de tierra—, la gente no invoca demonios mayores tan fácil, debe solicitar a uno menor.
—Disculpe mi ignorancia —se apenó Horacio—, entonces él llamaba a otro demonio.
—Así es, invocaba a una entidad para hacer daño a alguien —nos miró alternativamente—, pero sin éxito.
—Usted estaba abriendo una cripta cuando este le interrumpió —aventuré.
—¡Si! Así fue, me molesta que me interrumpan, de hecho, aun más cuando hay luna llena.
—¿Por qué cuando hay luna llena? —Horacio. La luz del quinqué pareció temblar.
—¡Porque es cuando tengo más hambre! —se puso de pie. Renato pareció estremecerse en su lugar— Durante siglos he vivido comiendo en cada camposanto que he podido y este tipo llega a media noche con carne fresca, ¡jugosa! ¿Qué esperaba que hiciera?
—No, puede ser, usted… —se interrumpió nervioso Horacio— ¡se lo comió!
—Claro que me lo comí, estaba delicioso, —se dirigió a la puerta—, imagina mi deleite ¡después de siglos de comer carne seca! aunque no fue fácil, prácticamente terminó arrastrándose hasta fuera de este sitio.
—Lo mató a mordidas, eso… ¡no puede ser! —Nos levantamos francamente espantados.
—Claro que puede ser —aseguró la puerta—, además le perdoné la vida a Renato a cambio de una condición. El aludido se retrepó en su asiento como si huyera de la luz del quinqué.
—¿Cuál condición? —preguntó Horacio, Adivinábamos ya la respuesta…
—Le dije a Renato que me trajera más víctimas para comérmelos —el viejo cerrojo hizo su trabajo—, par de entrometidos.

Horacio se quedó perplejo en esos instantes, la criatura saltó de su sitio sobre él con una fuerza inusitada, lo atacó mordiéndole la cara. Yo alcancé a reaccionar, tomé una pala del rincón y le golpeé con fuerza, la criatura chilló horriblemente y lo soltó para después lanzarse sobre mí; me defendí lo mejor que pude, su rostro quedó frente al mío, una nariz aguileña, piel blanca plagada de máculas pardas, labios violáceos y un aliento fétido, los ojos amarillentos sin vida me miraban fijamente, me sentía desfallecer. Perdí de vista a Renato, lo olvidé o se escabulló en su rincón oscuro. Horacio se levantó torpemente, uno de sus ojos colgaba de la cuenca, a traspiés llegó a la puerta y de un empujón la venció, mientras, el viejo mulato se levantó Horacio tomó el quinqué de la repisa, lo miré sólo un instante sin saber qué iba hacer, entonces derramó el petróleo que esta tenía sobre la espalda del horrendo ser. La criatura retrocedió sorprendida soltándome por un instante, repentinamente Renato me jaló del brazo para después empujarme haca la única salida. ¡Sal de aquí! Me gritó al momento que recibía una feroz mordida en el brazo, mi compañero soltó la lámpara iniciándose un fuego que se extendió rápidamente, las flamas como lenguas vivientes parecían lamer todas las superficies, incluyendo un cuerpo famélico y asqueroso, giraba sin parar buscando una escapatoria, tomé al mi amigo de la mano y cerramos la puerta metálica, un aullido terrible, inhumano, ancestral, retumba en mis oídos desde esa noche.

Horacio como pudo se acomodó se cubrió su ojo y su vacía cuenca, regresamos al taxi donde el mulato aquel se desplomó, nos pidió disculpas llorando por lo que había hecho, tenía la piel fría y sudorosa, un infarto habría de ser, lo subimos tan rápido como pudimos, encendí el auto y aceleré con rumbo al hospital más próximo. Casi al llegar al nosocomio una camioneta se atravesó, el choque fue terrible, no nos habíamos puesto cinturón de seguridad, sentí mi cuerpo volar y luego el impacto sobre el pavimento, me deslicé por varios metros, la chamarra de piel me protegió en algo de las abrasiones pero no de las fracturas, un dolor agudo de mi costado derecho, al igual que mi brazo, me inmovilizó, sentí nauseas, la luz cada vez más débil y finalmente: la oscuridad.

Desperté después de quince días en el área de terapia intensiva, ruptura hepática, sangrado masivo, choque hipovolémico, estuve en quirófano más de tres horas, Horacio había salido una semana antes que yo, le hicieron cirugía plástica, perdió la vista del ojo izquierdo, tuvo fractura de ambos brazos y tres costillas, me buscó en cuanto supo que desperté. Informó al editor del periódico todo lo ocurrido, pero sólo publicaron una nota con una versión menos sensacionalista y además creíble. Le pregunté si había muerto el viejo Renato pero me dijo que después del choque él también estuvo inconsciente, al parecer recogieron su cuerpo del lugar, pero desapareció de la morgue, lo más extraño fue que en cuanto pudo retornó al cementerio, pero en la casa aquella sólo había vestigios del incendio, ningún cadáver en su interior y una inscripción en el viejo muro, “Nos veremos , ya sea carne seca o jugosa carne tártara”…

Pedro Martín Rojas Rosas

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