Pero antes sobre la tierra…

“Hay más películas de vampiros que de cualquier otro género”.
John Landis

Benjamín pensó que si la situación que vivía en ese momento fuera una película, entraría en el terreno del más asqueroso cliché: eran las once de la noche, había luna llena y él se encontraba tomando un café con un vampiro que le narraba su vida.

El vampiro se llamaba Duncan. Tenía la piel pálida y el cabello rubio peinado a media raya. Aparentaba no más de veinte años pero en realidad tendría poco más de dos siglos. De complexión delgada, vestía pantalón de mezclilla, tenis converse negros y una playera con la imagen de la versión de “Dark Shadows” de Tim Burton. Unos intensos ojos verdes miraban a Benjamín y esporádicamente a la calle. El Paseo de la Fama estaba repleto de gente. Había tipos disfrazados como Superman y Marilyn Monore. Lucían más estrafalarios que el propio vampiro. A lo lejos, alcanzaba a admirarse el famoso letrero de Hollywood.

En ese momento Benjamín estaba lo suficientemente nervioso como para orinarse en los pantalones… y no porque tuviera enfrente a un vampiro, sino porque este sería el mecenas de su primera película. La importancia de Duncan en Hollywood era tal que su existencia debía permanecer oculta. A lo largo de los años había acumulado una fortuna con la que financiaba proyectos de cineastas. El nombre de Duncan se había convertido en una leyenda urbana en Hollywood, en un tema de conversación cuando los aspirantes a actores, guionistas y directores estaban borrachos y habían agotado todos los temas de conversación, como las cien mil cirugías de Cher o los pactos satánicos de Roman Polanski: ¿Sabías que un vampiro de verdad… no un empresario corrupto, sino un auténtico Nosferatu lleva siglos apoyando económicamente o asesorando directores para que filmen sus películas? ¡Así es! Lo hizo con “Drácula” de Tod Browning, “Los Muchachos perdidos” de Joel Shumacher, “Entrevista con el Vampiro” de Neil Jordan o “Fright Night” de Tom Holland. ¿Qué dónde lo encuentras? No, no tienes que buscarlo, él llegará a ti. Él te busca. Se llama Duncan, y ya era viejo cuando F.W. Muranu dirigía “Nosferatu” en Alemania.

Benjamín se mudó de la Ciudad de México a Los Ángeles hacía cinco años, con los ahorros de toda su vida. Acababa de cumplir veintiséis años y no había logrado dirigir su primera película. Trabajaba en una librería Barnes & Noble, y aunque no había conocido a ningún director o actor de renombre en todo ese tiempo, sí había limpiado la estrella de Bela Lugosi en el Paseo de la Fama… tal vez eso sería lo más cerca que estaría del éxito. Vivía en un pequeño departamento ubicado en Crenshaw, donde guardaba la única pertenencia con la que llegó a L.A.: el guión de “Sangre Pesada”, un largometraje que contaba la historia de un vampiro chicano que vive en California. Cuando le decía a los productores que era “como una canción de Selena pero cantada por las novias de Drácula” se reían en su cara y llamaban al personal de seguridad para que lo sacara a patadas. Cuando estuvo a punto de perder la esperanza, tocaron a la puerta de su departamento una noche, mientras leía “Ferve’s Dream” de George R.R. Martin. Abrió la puerta, se topó con Duncan que se presentó como un vampiro y le pidió que lo invitara a pasar.

—Olvídalo. Los Ángeles es un lugar muy peligroso. Además los putos vampiros ni existen.
—¿Te parece bien si vamos por un café? —dijo Duncan algo resignado. Sonrió, claramente Benjamín pudo ver sus colmillos—. Me queda claro que no tienes dinero, yo invito.

Benjamín no puso objeción. Pensó que seguramente se trataba de algún loco fugado de un manicomio. Sí, claro, era cierto que el tipo tenía la piel casi traslúcida y unos ojos felinos, pero hoy en día con tanto anoréxico y enfermo de VIH eso ya no era un rasgo sobrenatural. El juicio de Benjamín cambió cuando descubrió que Duncan no se reflejaba en los cristales de los aparadores, aunado a que enterró sus colmillos en un vagabundo y que no tuvieron que tomar un taxi para llegar al café, sino que lo hicieron volando.

—Te creo —exclamó Benjamín,y para tranquilizarse dio un sorbo a su caramel machiatto.

Duncan le pidió que le contara la sinopsis de su película. Apresuradamente y trastabillando explicó la historia lo mejor que pudo. El vampiro murmuró un “Interesante” sin apartar la mirada de su interlocutor.

—Me agrada la idea. Como me han agradado otras tantas. Creo que plantea un giro novedoso a las historias que protagonizamos nosotros. Déjame contarte algo sobre mí…
—¡Oh, vaya! ¡Como en Entrevista con el Vampiro!

 

* * *


Nací a principios del siglo XIX siendo hijo de una acaudalada familia inglesa, y fallecí a los veinte años, víctima de un accidente en la capilla de nuestra mansión, cuando una imagen de la Virgen María de cincuenta kilos me aplastó. Siempre sospeché que ser católico en un país de anglicanos no era bueno. El funeral fue en la misma capilla, con mis padres y mis seis hermanos. Yo era el séptimo hijo, y mi padre fue también el séptimo. Entre todas las formas que hay de convertirse en vampiro, sabemos que la más común es ser mordido por uno y que te dé a beber su sangre, pero existen otras de acuerdo con los mitos europeos: que un gato negro salte sobre tu tumba, ser el séptimo hijo del séptimo hijo o que alguien pronuncie errores gramaticales en latín durante tu funeral… bueno, pues para mi desgracia se cumplieron tres. Chaucer, el gato de la familia, saltó del regazo de mi madre a mi ataúd, y cuando el sacerdote recitaba la Señal de la Cruz, en lugar de decir Per signum Sanctae Crucis de inimicis nostris, dijo “de freaky nostris”, incluso dos siglos antes del término “freaky”. Fue el anacronismo perfecto. Esa misma noche emergí de mi tumba, furioso y sediento de sangre. Mis primeras víctimas fueron el gato y el sacerdote. Descubrí todas las limitaciones y ventajas de ser un vampiro, que no tiene caso entrar en detalles porque sin duda has visto muchas películas: podía volar, tenía una velocidad diez veces mayor a la de cualquier ser humano, a partir de ahora sería inmortal… pero la luz solar me quemaba como si saltase a una fogata, y no podía entrar a ningún hogar sin ser invitado previamente. Robé parte del dinero de mi familia, y decidí desaparecer de Inglaterra. Una noche antes de irme conocí a Lord Byron. Estaba a punto de abordar el barco que me llevaría a Alemania, y allí estaba el poeta más importante del romanticismo. Conversamos un rato y le dije que era un vampiro. Byron pareció no asombrarse. Me dijo que estaba trabajando en un poema que se titularía “El Giaour”, y decía más o menos así:

Pero antes, sobre la tierra,
como vampiro enviado,
tu cadáver del sepulcro será exiliado;
entonces, lívido,
vagarás por el que fuera tu hogar…

El mundo lo leyó en el año 1813.

Permanecí un siglo en Alemania, y en 1898 regresé a Londres a conocer a Bram Stoker, pues un año antes había publicado “Drácula”. La novela tenía a un personaje fantástico, demasiado imaginativo e inverosímil, y no me refiero al conde sino a Abraham Van Helsing. Hasta el momento, los cazadores de vampiros con los que me había topado eran un hatajo de imbéciles. Sacerdotes católicos que intentaban matarme y no sabían diferenciar el semen del agua bendita y el ajo de la cebolla. A uno de ellos le arranqué la mano con todo y crucifijo, y a otro le bebí su sangre tan rápido que no tuvo tiempo de decir la frase cliché del cazavampiros: “¡Muere, engendro de Lucifer!” Fue por eso que años después hablaría con todo el casting de “Buffy la Cazavampiros” y les aconsejaría que sus cazadores debían tener carisma y habilidades físicas e intelectuales. He perdido la cuenta de todos los cineastas, productores y escritores que les di ese consejo, al que recuerdo es a Richard Matheson para escribir “Soy Leyenda”. La Iglesia Católica debería agradecer que les haya dado tan buena imagen a sus patéticos cazadores.

Stoker me pareció un hombre muy agradable, aunque casi le da un infarto cuando supo que yo era un vampiro. Lo felicité por su habilidad para describir a las novias de Drácula, y regresé a Alemania. En 1922 el cine estaba gateando y tuve la oportunidad de ver la primera adaptación de la obra de Bram: “Nosferatu, eine Symphonie des Grauens”. Cuando conversé con F.W. Muranu, el director, me dijo que tenía serios problemas, pues la viuda de Stoker estaba furiosa ya que él estaba infringiendo los derechos de autor de “Drácula”, así que varias copias tuvieron que ser destruidas. Muranu no sabía qué hacer ante la denuncia de Florence Stoker.

—Yo a mis enemigos les abro la garganta con mis uñas y bebo su sangre.
—Tú eres más práctico, Duncan.

En 1929 decidí viajar a América. El nuevo continente me pareció un lugar magnífico, sobre todo Estados Unidos, que atravesaba por una terrible crisis económica, y toda la gente sin hogar y con tendencias suicidas eran sangre fresca. ¡Más de uno me pidió que bebiera su sangre, pues era más erotizante que tirarse de lo alto del Empire State! Fue durante la década de los treinta que conocí a Tod Browning, que filmaba una versión de “Drácula”. Bela Lugosi, a quien yo había conocido cuando actuaba en el viejo continente, personificó al vampiro. El impacto que tuvo la película fue asombroso: durante años la gente pensaba que todos los vampiros hablábamos con acento húngaro. ¿Sabías que en esa época los Estudios Universal filmaban versiones para otras partes del mundo? En aquel entonces, cuando los actores estadounidenses terminaban de filmar en la mañana, llegaban los latinoamericanos a filmar en la noche. Conversé con muchos mexicanos, y eso fue lo que me inspiró a viajar a su país. Permanecí allí veinte años, enfrentándome a miembros de la arquidiócesis de México. En una ocasión, cuando vagaba por la Colonia Roma después de fumar marihuana con William Burroughs, un sacerdote intentó atacarme con una estaca de madera. Fue prosaicamente fácil detenerlo y cargarlo de sus alzacuellos para arrojarlo contra el muro de un edificio. Por primera vez le pregunté qué diablos querían. Respondió que la Iglesia tenía espías en todo el planeta, y no toleraban que aberraciones como yo fuéramos inmortales, ya que ese derecho sólo le correspondía a dios. Respondí bebiendo su sangre.

Durante la década de los cincuenta el mundo aún resentía las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Ese tema lo debatí con Fernando Méndez, director de “El Vampiro”. Era un hombre muy agradable, como todos los dedicados a escribir o dirigir sobre mi especie, aunque se molestó cuando le dije que a diferencia de los europeos y estadounidenses, los mexicanos mezclan el erotismo con la culpa. Aun así me dio gusto que la película fuera un éxito desde su exhibición en 1957. Germán Robles era un tipo talentosísimo que supo capturar la personalidad de la creación de Bram. Méndez me agradeció la asesoría y decidí regresar a Estados Unidos, donde la población católica era mucho menor y por tanto las irritantes cucarachas de los cazavampiros no molestaban tan a menudo. Durante los sesenta conversé con Roman Polanski. Mi asesoría para su película de vampiros fue obvia:

—Haz ver a los cazadores de vampiros como unos estúpidos porque eso son.

Y me hizo caso: el resultado fue “The Fearless Vampire Killers”, una desternillante sátira sobre los exterminadores de no-muertos que se convirtió en un éxito y le primera película a color del director. Roman era un buen tipo, lástima de la cesárea improvisada que le haría a su esposa Charles Manson.

Durante esa época me mudé a un pequeño suburbio. Tapié puertas y ventanas y sólo salía al anochecer, usé el seudónimo de Jerry Dandrige. Mi vecino era un jovencito llamado Thomas Holland. Por las noches me visitaba y yo le daba ideas para lo que sería su película más famosa: “Fright Night”, que trataba sobre un adolescente que descubre que su vecino es un vampiro.

Tras el éxito de “Fright Night” en 1985, Joel Shumacher me buscó para que lo asesorara, ya que él quería filmar una nueva película de vampiros. Durante la entrevista, Joel dijo que el logro de “Drácula” de Bram Stoker era brillante, puesto que se trataba de una metáfora del sexo oral.

—Esa declaración la haces constantemente —comenté—. Y tiene sentido, porque eres homosexual… pero hablemos de la película: sugiero que así como tus vampiros son adolescentes, los cazadores también lo sean. Deben ser jóvenes e intrépidos, porque en la vida real, los exterminadores son unos vejetes mojigatos, apolillados y reaccionarios… franciscanos, dominicos y lasallistas. Actualmente los Legionarios de Cristo y el Opus Dei entraron al negocio, pero son igual de ineptos.

El resultado fue “Los Muchachos Perdidos”, de 1987. Un éxito cinematográfico que hasta el día de hoy tiene miles de descargas en internet. Fue la primera vez que se presentó el ser vampiro como una eterna diversión y no como una condena. Estuve muy orgulloso con el resultado.

En ocasiones ansiaba platicar con gente, contarles mis experiencias, sentir su compañía, porque esa es la maldición del vampiro: los vampiros somos el erotismo, lo preferimos al amor, porque amar se vuelve complicado a lo largo de los siglos. Las historias de vampiros ayudan a que los humanos acepten la muerte, porque la eternidad es una auténtica mierda. Cuando sabes que todos a quienes aman morirán y tú no, la idea de ser inmortal no resulta agradable. Todos los vampiros somos solitarios, salvo el fantoche de Lestat… por cierto, también conocí a Anne Rice y le di a Stephen King un curso intensivo sobre los seres como yo para crear a Barlow, el malvado Nosferatu que llega a Salem’s Lot.

De finales de los noventa a la llegada del nuevo milenio, mi pasatiempo como asesor fue disminuyendo. Por eso han surgido novelas como “Crepúsculo”, donde los vampiros son adolescentes metrosexuales y en vez de arder con la luz solar, brillan.

¿Sabes qué creo, Benjamín? Que esta época es una porquería en cuanto a historias de vampiros se refiere. Tú eres la única persona con una propuesta que vale la pena. Tengo siglos de experiencia y millones de dólares de sobra. Voy a financiar tu película.

* * *

El café estaba a punto de cerrar. Duncan y Benjamín se retiraron. Las calles del Paseo de la Fama estaban casi desiertas, como en una novela o una película de vampiros.

Caminaban rumbo al Teatro Kodak cuando de súbito un hombre alto, como de unos cincuenta años, los interceptó. Vestía totalmente de negro y usaba alzacuellos. En su mano derecha sostenía una maleta que abrió violentamente, sacando un crucifijo y una estaca de madera, que puso a unos centímetros de la nariz de Duncan.

—¡Monstruo! —gritó, con el rostro enrojecido—. ¡A lo largo de los milenios tu estirpe maléfica ha desgarrado gargantas de doncellas y bebido sangre inocente! ¡En el nombre de Dios pagarás tus acciones cuando esta estaca atraviese tu obsceno corazón!
—Lárgate —susurró Duncan, al tiempo que hacía a un lado el crucifijo con su dedo índice.

El sacerdote echó a correr en dirección opuesta de Benjamín y Duncan. El vampiro se llevó volando al joven aspirante a cineasta de regreso a su departamento. Esta vez, Benjamín lo invitó a pasar. Duncan cerró la puerta para que nadie viera cómo se acercaba al joven aspirante a director y lo abrazaba, levantando su cara y enterrando sus colmillos en su cuello. Poco a poco bebió toda su sangre hasta dejar el cuerpo completamente seco. A Duncan siempre le resultaba fascinante el hecho de que los humanos creían todas esas mentiras que les contaba. Jamás había conocido a todos aquellos escritores, actores y directores.

Las mentiras son la carnada perfecta, pensó Duncan mientras salía del departamento de Benjamin.

Bernardo Monroy

 

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