Pasos en el viento

Otra vez ese maldito sonido de pasos siguiéndola.

Resistió el deseo de llevarse las manos a la cabeza y cubrir sus oídos mientras caminaba apresuradamente por el estacionamiento subterráneo del edificio que albergaba uno de los diarios más importantes de la ciudad. Era la enésima solicitud de trabajo que entregaba.

No acostumbraba darse por vencida fácilmente pero llevaba cerca de medio año buscando empleo sin encontrarlo. En los últimos meses se había mudado en varias ocasiones de alojamiento por la falta de pago del alquiler. Su hermana, que era quien le costeaba los gastos atravesaba por una situación difícil. Con desaliento se acomodó el cabello detrás de la oreja, aprovechó este gesto para volver la vista por encima de su hombro y echar una ojeada a su espalda, parecía no haber nadie. El estacionamiento lucía desierto, los gruesos pilares cilíndricos que sostenían el edificio se alineaban en perfecta simetría. Entonces, «¿de dónde provienen las pisadas que oigo?» se cuestionó con angustia. En ese momento decidió que lo mejor sería llamar a Mirta para contarle que estaba ocurriendo de nuevo. Después de años de callarlo, una tarde al regresar del cementerio donde estaba sepultada su hermana Marcia, se lo había confesado.

Apresuró el paso, se detuvo un momento en el umbral del sitio cegada por la luz de los vehículos que circulaban a exceso de velocidad por la avenida y el polvo levantado por el viento que azotaba la ciudad desde hacía varios días. «Es el cambio del clima» pensó, «termina el invierno y se acerca la primavera», se echó el cabello hacía atrás apartándolo del rostro y se dirigió en la noche urbana a la parada del autobús. Cerca de las ocho descendió del transporte y emprendió el camino hacia el apartamento. Incrédula oyó el sonido inconfundible que la atormentaba.

Subió corriendo los escalones, sus jadeos se confundían con el grito de las hojas de los árboles que se azotaban sin piedad. El ventarrón hacía bailotear los letreros que colgaban de las fachadas de los negocios en la calle desierta, no se permitió volver un solo momento la mirada, sabía que de hacerlo tal vez no conseguiría llegar hasta su refugio provisional. Tropezó en el último escalón y su zapato se atoró entre los tablones desgarrados y podridos, lo jaló con desesperación intentando liberarse, en medio del rugido amenazador del viento distinguió las pisadas que oía desde hacía tiempo, eran intolerablemente lentas y sin embargo siempre parecían sonar sólo un paso atrás de ella. El sonido de una presencia pisándole los talones la atormentaba desde niña.

Se había mudado hacía poco más de un mes a ese tugurio en las afueras de la ciudad que un día soñó conquistar. Dio la vuelta al cerrojo y corrió el pasador. Se sentó desfalleciente en el único sillón que tenía su minúsculo departamento. La palidez acentuaba la blancura de su piel, se frotó la cara con las manos y pensó tratando de adivinar en vano quien producía las pisadas que la llenaban de miedo. Últimamente no conciliaba el sueño con facilidad y la madrugada la sorprendía con la vista fija en el techo manchado de humedad del cuarto donde había ido a parar.

Se afanaba tratando de descifrar los motivos de quien la perseguía con tanta perseverancia, pero algo la angustiaba mucho más, ¿por qué nunca era alcanzada?  Afortunadamente los pasos nunca llegaban hasta su puerta, «por ahora…» le dijo una voz vigilante en su cabeza. Se asomó por la ventana hacia el callejón que quedaba justo debajo de su cuarto, el aire se arremolinaba junto al marco y silbaba con un sonido lúgubre y melancólico, algunos papeles eran barridos en la dirección en que soplaba. Una figura oscura avanzaba con dificultad en sentido contrario al viento,  vestía algo parecido a una larga túnica que se movía alrededor de su cuerpo agitando girones largos que danzaban un baile extraño, no obstante su cabello daba la impresión de estar húmedo, caía a los lados y sobre la frente ocultando su rostro. La figura del callejón levantó la cabeza, unos ojos oscuros la enfocaron con mirada indescifrable, cerró con violencia la cortina y se llevó las manos al pecho sintiendo que se ahogaba. Temblando se alejó de la ventana mientras caminaba de espalda mirando fijamente a la puerta del departamento, esperaba escuchar los pasos afuera en cualquier momento.

Permaneció en silencio un buen rato tratando de descubrir el sonido de pasos acercándose, no tardó en escucharlos subiendo lentamente las escaleras, con terror esperó a que llegara hasta ella, los pasos se detuvieron justo ante su puerta. Vaciló entre abrir y acabar de una vez por todas con aquello o seguir esperando, nadie llamó, tal vez esperaría a que saliera, tenía que hacerlo en algún momento. Permaneció expectante, poco a poco se deslizó hasta el suelo con la espalda pegada a la pared, doblo las rodillas abrazándolas con las manos, se encogió lo más que pudo y siguió esperando mientras musitaba una plegaria aprendida de niña. Se mantuvo un largo rato en silencio, el corazón le latía desbocado, tanto que pensó que quien estuviera al otro lado de la puerta podría oírlo con facilidad, la sangre se agolpaba en sus sienes con violencia, tenía la boca reseca, sentía la lengua pegada al paladar y se dio cuenta de que si alguien entraba ni siquiera podría gritar para pedir ayuda y acaso tal vez no sirviera de mucho hacerlo.

Después de unos momentos de angustioso silencio tocaron a la puerta. Se llevó ambas manos a la boca para acallar un grito que hubiera delatado su presencia. Los golpes se escucharon de nuevo seguidos de la voz del conserje del edificio de apartamentos —¿Está usted ahí, María? ¿Está todo bien? —la voz del hombre reflejaba genuina preocupación.
Sintió alivio al escuchar al viejo, abrió para encontrarse a Don Polo parado en el quicio de la puerta, tratando de aparentar serenidad.
—Estoy bien —contestó—, es sólo que he querido alejarme cuanto antes del viento —luego agregó con tono vacilante—. Don Polo, ¿ha preguntado alguien por mí? ¿O ha notado algo extraño? ¿Alguien merodeando? —Y soltó por vez primera su secreto a un extraño— Creo que alguien me persigue  —dijo esbozando un asomo de sonrisa como queriendo justificarse.
El viejo se le quedó mirando pensativo un tanto conmovido y agregó con tono de complicidad —No, Mary, nadie ha venido preguntando por usted. Aunque cuando arrecia el viento parece que tocan a la puerta, varias veces me he confundido, pero cuando abro no hay nadie. Otras parece que se escucharan lamentos, o de plano, perdóneme usted si la asusto o la confundo —aquí bajó el volumen y dijo con tono misterioso—, pero la otra noche, el día que el viento arrancó de cuajo el sauce llorón que crece en la casa de al lado, me ha parecido escuchar que alguien decía su nombre —al ver el gesto de sobresalto en la cara de la joven se apresuró a decir—. Sin duda fueron ideas mías, esto es sólo cuando hace viento, son sólo figuraciones, no me haga caso —agregó con una sombra en su mirada. Dio la vuelta y se dirigió escaleras abajo.
El timbre del teléfono la sobresaltó y con el móvil en la mano escuchó la angustiada voz de Mirta, —¡debes tener cuidado, trata de no salir de noche! —luego añadió haciendo una pausa cautelosa—Tal vez deberías pensar en volver.
—No, olvídate de eso yo allá no vuelvo —dijo categórica María.
—Tal vez me dé una vuelta la próxima semana, ten cuidado por favor, María, ¡Tú sabes cuánto te quiero!

Después de darse una ducha se recostó en la cama abrazando la muñeca que su madre le había regalado al cumplir los diez años. Cerró un momento los ojos, le pareció estar oyendo su voz de acento grave y armónico “Niñas, dejen sus muñecas, lávense las manos y vengan a comer, ya es tarde”. Sara las llamaba a merendar como hiciera durante todas las tardes de su infancia. Su gesto se transformó cuando otro recuerdo se interpuso con la dulzura del primero.

Sentadas en la cama de la habitación que compartieran desde pequeñas, observaba el rostro angustiado y la mirada extraviada de su hermana al tiempo que en medio de sollozos musitaba —¡te digo que alguien me sigue! El rostro de Marcia lucía atemorizado, su cara estaba pálida y un fino sudor lo cubría.
María extendió una mano y tomó la de su hermana, la sintió tan helada al tacto que se asombró —Será el viento, a veces hace que oigamos cosas que no son, mira, ahora mismo parece que alguien llora, pero es sólo el viento.
Volvieron sus rostros perturbadoramente similares hacia la ventana que daba al patio trasero, una ráfaga de viento movía ligeramente la cortina que alguien debió dejar mal cerrada. Marcia le echó los brazos al cuello y se acurrucó en su pecho, «ojalá le hubiera tocado a ella ser tan valiente como María» pensó con ingenuidad de adolescente. María la acunó y mesó sus cabellos rubios con ternura, no podía decirle que ella también había oído pasos siguiéndola desde hacía tiempo. Detuvo el hilo de los recuerdos en el instante en que abrazaba a su hermana. Días después sentiría que le arrancaban la mitad de la vida cuando Marcia dejó de existir.

Los siguientes fueron cuatro años de estar siempre tutelada por Mirta, se había convertido en su guardiana, acompañándola siempre que salía de casa, ignoraba si Marcia había contado a su hermana mayor que escuchaba pasos. Su madre sobrevivió pocos meses a la muerte de Marcia.

Durante ese tiempo dejó de sentirse perseguida y pudo concentrarse en el estudio de su carrera. Su hermana y su esposo se habían mudado a la casa materna para acompañarla, se daba cuenta que Mirta retrasaba la maternidad para cuidarla y eso le hacía sentir culpa. Por ello y porque no podía seguir soportando el pánico que le provocaba escuchar los pasos que la seguían, emigró del pueblo en cuanto se tituló.

En la fecha del quinto aniversario de la muerte de Marcia, fue al cementerio del pueblo a llevar flores a su tumba. Estaba entretenida contemplando con agrado que alguien más le había puesto una corona de rosas blancas, cuando escuchó con terror de nuevo los pasos tras ella. Se giró con la cara lívida y corrió frenética de lápida en lápida, tratando de descubrir quién la perseguía. Los pinos esbeltos y elegantes fueron testigos impasibles de la escena. La tarde caía, el cielo se pintó de girones rojos que se mezclaban con el azul, después de su arranque se alejó corriendo al encuentro de Mirta, esta vez no tuvo el valor para seguir callando y aunque no quería preocuparla decidió contarle todo. Al otro día se iba del pueblo y creyó equivocadamente, que no regresaría jamás.

***

El sueño era repetitivo y angustiante, Sara soñaba con tolvaneras visibles aun en la oscuridad, gritos, sangre y llanto, dos nombres, María y Marcia y un semblante desencajado con unos ojos negros de mirada llena de desesperación. Las manos se retorcían aferrándose a los barrotes del respaldo de la cama, de entre las piernas abiertas de la mujer manaba un hilillo de sangre que empapaba las sábanas. Las ventanas de la casita de adobe se estremecían por la fuerza del vendaval, las estrellas en el cielo del desierto brillaban con destellos salvajes y a lo lejos los lobos aullaban a la luna llena. Sara se inclinó sobre el vientre pleno de la parturienta, mientras sobaba con fuerza para empujar su carga hacia la salida, en una esquina sumergido en la semioscuridad, Andrés elevaba una plegaria al cielo o al infierno, le daba lo mismo quien respondiera, siempre que fuera escuchado. Su mujer se desangraba ante sus ojos, un último alarido y luego el silencio. Dos criaturas emergieron lánguidas y pálidas como la luna, exánimes, la madre hacía rato que había dejado de existir.

El viento aumentó la intensidad y las hojas del sauce llorón del frente de la casita parecían enloquecidas de dolor, lanzando al aire su lastimero sonido, Andrés se aproximó a la cama, contempló largo rato a su mujer y acarició con un dedo áspero la mejilla de las criaturas, Sara se interpuso en su camino meneando la cabeza y con un brillo de ferocidad en la mirada oculto por la penumbra, lo empujó con decisión hacia la puerta, entonces el hombre abandonó el diminuto cuarto, sus ojos negros refulgieron con ira y dolor inenarrable. La mujer acunó los cuerpecitos pálidos y los colocó envueltos en cobijas dentro de una canasta.

Andrés desapareció por cinco años, no se le volvió a ver, hasta que una noche al pasar por la iglesia, distinguió a dos niñas pequeñas muy parecidas a su mujer, fue cuando escuchó incrédulo a Sara llamándolas —¡María, Marcia!—, ansiosamente corrió hacia ellas sin pensar en nada más. Sin darse cuenta que no podía ser, que ya era imposible, pero él no lo sabía. Las gemelas retrocedieron asustadas por el repentino ventarrón que lo acompañó, se ocultaron tras el vestido largo de Sara que enmudeció al verlo. Sujetó a sus hijas con ambas manos y las cubrió con su cuerpo. La gente empezó a rodearlos y Andrés desapareció del atrio de la iglesia. Esa noche la mujer supo que algún día habría de pagar el silencio de todos esos años.

Aquella noche en el camino de regreso al pueblo Sara escuchó con incredulidad e íntima alegría el llanto de las niñas recién nacidas y contempló sus caras pálidas bajo la luz de la luna. Volvió la cabeza hacia todos partes temerosa de descubrir la figura de Andrés, pero él no se veía por parte alguna, nerviosamente y de prisa ahogó el sonido de su llanto cubriendo la canasta con varias cobijas más y apresuró el paso. Después se encerró en su casa todo un año, al final del cual apareció en el pueblo con sus hijas en brazos. Varios decidieron ignorar el hecho de que ya no tenía marido, era viuda desde hacía dos años, y la compadecieron por su “mal paso”, después de un tiempo fue aceptada de nuevo por la comunidad.

Recién salida de su encierro se topó una noche de verano cerca del río con Andrés. Él deambulada como un alma en pena, se cubría con un largo jorongo con capucha que le ocultaba el rostro y buena parte del cuerpo, parecía ebrio. Sus pisadas hacían crujir la hojarasca de la vegetación próxima al río, una pregunta desesperada se leía en los ojos negros del hombre, sombríos de dolor. Sara se echó el cabello detrás de la oreja, y con frialdad negó varias veces con la cabeza. Entonces Andrés se arrojó al río crecido. Lo último que ella vio fue el cabello pegado a su rostro cubriéndoselo casi por completo. Pensó que se había ahogado, dio unos pasos en su dirección y luego con perversa satisfacción se cruzó de brazos mientras veía desaparecer la figura de Andrés. Permaneció en el mismo sitio varias horas hasta estar segura de que el hombre no aparecería más. En ese momento empezó el viento, y fue ahí cuando decidió como nombrar a sus hijas: María y Marcia, como la madre y la abuela paterna de las niñas, ese gesto de expiación sería lo que la delataría cuatro años más tarde a la salida de la iglesia, eso y el extraordinario parecido de las gemelas con su madre.

Sara decidió irse del pueblo la misma tarde en que se encontró con Andrés a la salida de la iglesia, luego desistió de la idea porque jamás volvió a verlo. Preguntó discretamente por él en la iglesia, en la cantina y a varios de sus conocidos, nadie lo había visto, incluso muchos aseguraban no haberlo visto afuera de la iglesia. Días después del encuentro con Andrés en el atrio, una tarde a finales de marzo encaminó sus pasos hacia la casita donde habían nacido sus hijas, el viento empezó a soplar con fiereza a medida que se acercaba al sitio. De lejos distinguió la soledad del lugar, las paredes de adobe deterioradas y la desolación del paisaje. No había más viviendas y la choza se veía oscura contra la luz del atardecer. Con un escalofrío siguió adelante mientras a lo lejos se divisaban auras en el cielo como moños negros de luto volando en círculos. Varias cosas habían cambiado desde la última vez que había estado ahí, el sauce llorón no estaba más, no se veían animales de granja, el sitio lucía desierto y varios metros a la izquierda de la casa se adivinaba un promontorio con una cruz hecha de madera con el nombre de María. Tragó saliva y se detuvo un momento, intentó convencerse de que había hecho todo lo posible por salvarla, ella no era médico, sólo una comadrona con poca experiencia. Aunque sí sabía que debió levantar la parte de la cadera de la mujer y las piernas para tratar de aminorar el flujo de sangre, pero estaba extasiada contemplando los rostros idénticos de las gemelas. Perdió un tiempo precioso, tal vez debió decirle a Andrés que fuera por el médico al pueblo, sacudió la cabeza y se acercó hasta la tumba de María, vio con asombro que tenía una corona de rosas blancas al lado de otra marchita, parecía que alguien le había estado llevando ofrendas. ¡Sólo podía ser Andrés! Este pensamiento la hizo dar media vuelta y regresar de prisa al pueblo, dejando tras de sí sólo la desolación del lugar que debió albergar a una familia feliz.

Una cosa fue cierta, él jamás volvió a verse, por lo que Sara se convenció de que el hombre que había visto a la salida de la iglesia no podía haber sido él. Andrés había muerto esa noche en el río, mientras ella negaba que sus hijas estuvieran vivas, con esta certeza abandonó sus planes de irse del pueblo y se dedicó a criar y amar a sus tres hijas. Hasta la noche del cumpleaños dieciséis de las gemelas, cuando Marcia le contó entre sollozos que era perseguida por un hombre de ropas andrajosas y rostro oculto por un cabello húmedo y pegado al rostro de ojos infinitamente tristes.

Sara casi enloqueció de preocupación, acompañaba a sus hijas a todas partes, pero una noche en que el viento azotaba con fuerza descomunal el pueblo, escuchó con incredulidad que Marcia conversaba animadamente con alguien en la recámara, incluso le pareció oírla reír. Tocó con fuerza a la puerta de la habitación, la chica no contestó ni abrió. Con desesperación tocó en repetidas ocasiones, cuando al fin pudieron entrar, encontraron a Marcia desvanecida sobre la cama, sumida en una inconciencia profunda de la cual no despertaría nunca más.

Meses después de una larga melancolía, de horas de permanecer en vigilia noche tras noche, Sara abrazó a sus hijas, se vistió de luto como siempre desde la muerte de Marcia y salió de casa. Era una tarde de otoño, se dirigió hacia el río donde había visto arrojarse a Andrés. Se acercó a la orilla, la noche había caído. La oscuridad estaba presente y no le permitía ver bien donde pisaba, aunque no podía distinguir casi nada, sí podía escuchar, no se sorprendió cuando unas pisadas le anunciaron que alguien más estaba ahí:

—Nunca te fuiste, no moriste esa noche —dijo con rencor—, has estado cerca todo este tiempo acechando a mis hijas.
—Sí —dijo con furia.
—¡Son mis hijas! Las he amado todos estos años y las cuidé mejor de lo que pudieras haberlo hecho tú, un hombre solo, sin recursos ¿con qué las hubieras alimentado? Hubieran crecido aisladas de los demás como su madre. En la misma miseria con la que rodeaste su vida, deberías de estarme agradecido. He venido porque supe que aquí te encontraría, has sido lo suficientemente mezquino para aterrorizar a dos niñas siguiéndolas todos estos años, ¡te exijo! —dijo levantando la voz e irguiendo su delgada figura vestida de luto— ¡Que nos dejes en paz!
Como respuesta escuchó reanudarse el sonido de las pisadas en la hojarasca aproximándosele, Sara retrocedió y con la voz descompuesta por el temor y el odio gritó —¡Debiste haber muerto la noche que caíste al río! —mientras decía esto una de sus botas se atoró perdiendo el equilibrio y precipitándose al torbellino de las aguas nocturnas y caudalosas.
—¡Ayúdame! —gritó— ¡Andrés, ayúdame! —repitió mientras su boca se inundó de agua, por lo que un gorgoteo siniestro se escuchó mientras manoteaba desesperada intentando mantenerse a flote, por respuesta sonaron unos pasos que se alejaban del río.

***

Mirta llegó el fin de semana, con congoja miró el estado de deterioro y abandono del edificio donde vivía su hermana menor. Los muebles viejos, el tapiz gastado del único sillón de la reducida sala, la herrumbrosa estufa de gas y el colchón donde asomaba un pequeño resorte. Todo indicaba decadencia y pobreza, sin embargo, no dijo nada, María debía estar pasandola mal. Abrazó a su hermana con gran amor, nunca había entendido porqué eran tan diferentes, pero la amaba, era todo lo que quedaba de su familia, su madre y su otra hermana habían muerto.

Con el rostro ensombrecido le narró que los pasos habían iniciado de nuevo.
—Tendrás que cambiarte a un sitio mejor, más seguro, María. No puedes seguir aquí. Este no es un buen lugar para una muchacha y lo sabes —como vio que pensaba interrumpirla agregó con tono conciliador— Hay una propiedad de la que no teníamos conocimiento, pertenecía a mamá. Está cerca del río, no es muy grande y tal vez no valga mucho, pero el dinero de su venta puede servirte para que te mudes a un mejor sitio en lo que te pagan en el periódico. Acompáñame de regreso al pueblo, entre las dos podremos ponerla a la venta. Ramiro anda fuera, ya sabes que viaja seguido.
María vio el rostro ansioso y extrañamente opaco de Mirta, asintió un tanto dudosa. Esa noche compartieron la habitación y por vez primera en muchos días pudo dormir tranquila.

Mirta y María abordaron una camioneta para dirigirse a la propiedad que iban a vender. El polvo que levantaban dejaba una estela blanca como un cometa a ras de tierra. Se les había hecho tarde, pero no deseaban posponer la visita para otro día, María no duraría mucho en el pueblo. El siguiente lunes iniciaba su trabajo en el diario. La tarde caía pintando de rojo el cielo y un leve temblor del viento estremecía imperceptiblemente las hojas de los árboles a su paso. El panorama se veía nostálgico y las jóvenes se mostraban silenciosas como si fueran a cumplir con un deber penoso. Cerca de media hora después de dejar el pueblo divisaron la casita de adobe con una tumba al lado. A María se le encogió el corazón ante la vista, se veía tan triste y solo, la cruz de madera se notaba con mayor claridad a medida que se acercaban. Sintió un vértigo cuando vio su nombre escrito con letras negras en ella, se volvió a ver a su hermana, pero ésta parecía concentrada en el camino y no dio señales de haber reparado en la cruz, no obstante, su voz sonó apagada cuando detuvo la camioneta y dijo sencillamente —Ya llegamos, María, esta es tu casa.

La penumbra se enseñoreaba en la vivienda que parecía no estar deshabitada, lucía limpia, no había insectos en el lugar. Sobre la cama estaba una bata blanca de mujer, con ropas de bebé al lado, eran dos sencillos vestidos de algodón blanco. Todas las prendas lucían amarillentas por el tiempo, tenían los pequeños vestidos unas descoloridas cintas rosadas y zapatitos de estambre de color rosa. Mirta permaneció en la puerta mirando a lo lejos, dejó que María se aproximara a la cama. Sobre el buró de al lado había dos fotografías, la primera reproducía la imagen de una mujer idéntica a ella con un vientre muy abultado, parecía estar a término, a su lado se veía un hombre de rostro feliz y orgulloso que posaba la mano sobre la barriga de su mujer. Las manos le temblaban cuando dio vuelta a la imagen, leyó los nombres: María y Andrés, fechada un poco más de un año antes de su nacimiento. Temblorosa se sentó en la cama, tomó la segunda fotografía, en ella aparecía Sara con la mujer embarazada, la dedicatoria decía simplemente: “Para mi amiga Sara que traerá a mis hijas al mundo, con amor María”. Le dolió el corazón cuando contempló juntas a la que siempre creyó era su madre y a la mujer que le había dado la vida. Sólo los ojos eran distintos, los suyos eran oscuros, los de la María de la imagen eran claros, el cabello del mismo tono rubio, tomó de nuevo la primera fotografía y reconoció sus ojos en los de Andrés. Sintió una opresión en el pecho cuando contempló los ojos del hombre que la perseguía, el del cabello húmedo cubierto por ropas hechas girones, se volvió a ver a Mirta, pero ésta había desaparecido del vano de la puerta.

Con lágrimas de dolor y de desconcierto, salió en su búsqueda, cuando la vio en la parte trasera de la casa gritó con una mezcla de alivio y de tristeza  —¡Ya sé quién es el hombre que me ha estado siguiendo todos estos años desde que era una niña! Se llama Andrés —y añadió con una nota de ternura—, ¡Es mi padre!

—Lo sé —contestó Mirta con tristeza—, ya he estado aquí, un amigo de tu padre me contó su historia y como rescató su cuerpo del río.

En silencio María se aproximó hasta ella y lo que vio la dejó sin palabras, sobre otra tumba un tanto detrás de la casa estaba colocada una cruz que tenía escrito simplemente “Andrés” seguido de su año de nacimiento y el de su muerte, justo un año después del nacimiento de las gemelas.

 

Rosario Martinez

 

 

 

 

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