Esta noche mamá necesita espacio para matarse

11.9.12

Necesito matarme. Voy a intentar explicarlo con la vana esperanza de que alguno de ustedes me entienda y, acaso, me ayude a evitar esta absurda exigencia de mi espíritu.

Verán, no tengo una razón particular para querer morirme, no me han despedido de un trabajo, ni he encontrado a mi marido con otra mujer, no he perdido grandes sumas de dinero, ni sufro una enfermedad larga y dolorosa. Soy una mujer joven con dos hijos lindísimos, un niño de tres años y una niña de uno, dueña de una florería bien abastecida en el centro de Monterrey, sí, la ciudad del progreso. Un lugar extraño para una florería, aunque las flores que vendo son de plástico. ¿Hombres?, ¡cuantos he deseado! Músicos, pintores, abogados, ingenieros, algún publicista y hasta dos o tres deportistas.

Se preguntarán entonces, de dónde viene esta pulsión. No lo sé, de verdad, no lo sé. ¡Ah!, ya te oigo, Hume, diciendo que pertenezco a ese tipo de seres desdichados para quienes toda felicidad está negada y no les queda más remedio que el suicidio. Pero yo he sido feliz, ¡vaya que lo he sido! La vida, desde el principio fue por demás benévola conmigo, me hizo hermosa y llamativa como un lirio y me ha dado a gozar las mayores fortunas. Ni alimento ni techo me han faltado, ni buenas charlas de sobremesa ni amigos con quienes compartir el pan. Mi madre cuenta que desde el primer día de mi nacimiento fui tan agraciada que nadie, ni el más insensible de quienes me conocían, podía resistirse a una caricia.

Nadie, excepto ella. Algo frío había en su tacto, una especie de distancia insalvable.

Lo más evidente de mi persona es, sin duda, la inteligencia de la que Natura me dotó, la cual me ha hecho consciente –demasiado, diría yo– de mis actos desde muy temprana edad. Disculparán ustedes, no quiero parecer presumida. Nada me apenaría tanto como pasar por ostentosa. Si lo menciono es… una mera descripción de mi carácter a fin de que tengan herramientas para juzgar la necesidad que me acongoja. La primera vez que experimenté este impulso tenía dos años. Lo recuerdo con claridad –y aquí estriba precisamente la prueba de esta consciencia terrible– porque mi memoria abarca la cuasi totalidad de mi existencia. Mi madre me tenía en brazos, una circunstancia anómala, mientras me mostraba una hilera de hormigas que avanzaban sobre una pared. ¡Mira, mira qué bonitas! Exclamó apuntándolas con su dedo escuálido.

Esos seres diminutos moviéndose mecánica y sinuosamente me causaron una sensación desagradable. ¿Acaso el contraste de su negrura en la blanquísima superficie o la imposibilidad, ante mi frágil mente de que existieran seres tan chiquitos en el mundo? Mi vista iba de un insecto a otro como en una escalera. ¡Entonces sucedió! Una larva gorda, blancuzca, se retorcía desesperada por salvar su vida. Las organizadas victimarias mordisqueaban la carne despedazándola de a poco. Sin apartar la vista de ese teatro de la muerte, de pronto me di cuenta de que era yo la presa, mis enemigas iban desollándome, arrancándome trocito a trocito la piel de la cara, de las manos, del abdomen. Una masa sanguinolenta impelida al interior del hormiguero.

Y otra vez era yo. A salvo en mi cuerpo humano.

Mi madre me miró con el entrecejo fruncido, la boca medio abierta, la frente tensa, yo diría una mueca de sutil horror como si a quien tuviese en brazos no fuera mas su hija. Desde entonces esa frialdad que la caracterizaba aumentó. Así es mi forma de ser, se excusaba; yo sé que al acercarse a mí, más que en cualquier otro momento, ese rasgo de su temperamento se acentuaba.

¡Ah! Ya los oigo, fieles seguidores de Freud, diciendo triunfantes, ¡ajá!, aquí está el meollo del asunto. No, no se vayan por esta salida facilona. Ustedes y yo sabemos lo pretensiosos que son estos psicoanalistas, todo se lo achacan a la madre, esos dulces ángeles puestos por Dios en la Tierra, este fue un cumplido para ti, Baudelaire. Ya saben ustedes lo que él pensaba sobre las madres, especialmente de aquellas consagradas a seres desdichados. Perdón por traer a Dios a cuenta, soy atea. Absténganse los religiosos de hacer juicios morales. No le tengo miedo al Infierno ni su Diablo me provoca nada. No es que trate de ser dura ni me las doy de intelectual –mucha gente se cree que por ser atea ya es intelectual–; a mí, como a muchos de ustedes, me educaron dentro del catolicismo, me bautizaron, de vez en cuando me llevaban a la iglesia y algunas veces hasta me obligaron a confesarme. Tuve que inventarme pecados, pues ¿qué falta podía haber cometido? Desde pequeña he buscado la perfección en cada uno de mis actos. No se me dio la pereza ni la gula aunque tuve las bondades de una casa bien proveída, tampoco la lujuria, porque si bien he tenido varios hombres con ninguno de ellos me arrasó la pasión; mucho menos la ira, soy sensata, templada en mis emociones; qué decir de la avaricia, no guardo más de lo necesario y suelo ser generosa con los necesitados. ¿La envidia? ¿Qué podría envidiar yo, tan bien dotada por donde ustedes miren? Acaso la soberbia, no lo negaré, pero en alguien con mis cualidades no tener soberbia sería antinatural.

Así, llegada la primera confesión de mi vida, relaté cómo había hurtado a una compañera de clase su casete de Timbiriche. Debía contar algo creíble, ¿qué habría pensado el párroco si digo que era de, no sé… Edith Piaff? También le hablé sobre mis licenciosos deseos hacia un primo inexistente y puse especial énfasis en mi presunta compulsión por masturbarme. Tan bien me quedaron estos inventos que decidí volver a confesarme a la semana siguiente y a la siguiente y a la siguiente, ¡de verdad tenía talento narrativo! Al cura se le empezó a hacer raro que no me funcionaran los rosarios, ni los credos, y que, en lugar de disminuir, cada semana subiera la magnitud de mis pecados, sobre todo cuando confesé haber matado a golpes al perro de la señora Bertaluz; no parecía yo tener la fuerza ni el carácter para semejante empresa, además a los dos días de mi confesión ella apareció en la iglesia, muy campante, con su pastor alemán. Cuando llegó el momento de confesar que había estrangulado a mi madre, el cura me dio un regaño descomunal y dijo que me condenaría en el Infierno por mentirosa.

Volviendo al tema que nos ocupa, esa necesidad de matarme se me fue manifestando de distintas formas a lo largo de los años. Recuerdo una ocasión, como a los ocho años, tomé el encendedor de mi papá y me fui detrás de la casa. Durante un buen rato la flama, ora brillante, ora tenue, coqueteaba con el pasto seco de un solar baldío. Mientras la navaja de luz cortaba las nubes lejanas me pregunté qué tan rápido ardería una persona, digamos pequeña, digamos con poca carne en los huesos. Empecé a juguetear con la lumbre hasta que movida por un impulso irrefrenable prendí las puntas de mis cabellos. En unos cuantos segundos mi cabellera se convirtió en una antorcha. Corrí aterrorizada hacia la pileta que estaba en el patio y metí la cabeza. Cuando mi madre volvió de su trabajo no pareció notar mi maraña partida y seca. Como a los tres días se me quedó mirando y dijo con calma, vamos a la estética.

Perdí una buena parte de mi niñez ideando maneras de suicidarme, que si con una soga colgada del tapanco, que si tomando insecticida, que si con el cuchillo cebollero. Alternativas de este tipo me resultaban, digamos, vulgares. Verán, soy muy susceptible, no puedo pincharme un dedo con una espina sin ponerme a brincotear. Se preguntarán naturalmente cómo resistí dos partos. Voy a confesar la verdad, lo único que me mantuvo viva fue la esperanza vaga e inútil de que mis días terminaran en la sala de expulsión. Suena absurdo, lo sé. ¿Comprenden ahora mi turbación?

Indagué entonces sobre las porciones de sustancias para provocarme un paro cardiorespiratorio, nada de objetos complicados, sólo cosas fáciles de conseguir en la alacena. Fracasé. Tomarme cien tazas de café o fumarme mil cigarrillos en una hora me resultó imposible.

Hice varias tentativas, pero así como aquella vez corrí hacia la pileta antes de que la lumbre alcanzara mi cuero cabelludo, en otra ocasión detuve la navaja sobre mi muñeca antes de que cortara lo suficientemente profundo y, una vez más, me quedé parada en la cornisa de mi casa, diez, veinte, treinta minutos sin dar el paso definitivo hacia el vacío.

Fui una suicida mediocre hasta que…

Debí empezar por aquí mi relato, en fin, a estas alturas ya saben ustedes bastante acerca de mí. Estoy cansada de esta lucha interna. No, no vayan a creerme tan ramplona como para estar escribiendo pistola en mano o con un bote de cianuro a mi lado. Estoy tranquila, en realidad, tranquila. Es sólo que… dirán ustedes que si llevo viviendo así treinta años, bien podría… ah, ¿es que no les había dicho mi edad?, ¡vaya distracción! Pues sí, hoy cumplo treinta años, de los cuales unos veintiocho me los he pasado pensando en matarme.

Hoy he decidido que esto termine, no lo aguanto más, de veras, no lo aguanto más. No sé si ustedes tengan un rasgo de carácter, una idea, un recuerdo del que no pueden escapar. Por ejemplo, conocí a un tipo que siempre le presionaba la nariz a su gato. Una trivialidad. En verdad no podía dejar de presionarle la nariz a su gato, por más que éste le rasguñaba la mano o se le iba encima a mordidas. Finalmente el desdichado animal huyó. El hombre se puso muy triste; amaba a su mascota. El día que volvió a tener un gato, ¿qué creen que hizo al echarlo sobre su regazo? Estoy segura de que si hubiese tenido mil gatos habría aplastado mil narices.

Hoy me he enterado de que estoy condenada a muerte. ¡Oh!, los oigo, ¿no debería esto hacerme feliz? Verán, lo que menos desea un suicida es estar condenado a muerte. Y no es que caiga en ese viejo cliché de que lo que importa es la decisión. No creo que exista decisión en un auténtico suicida. Ya conozco esa filosofía tan manoseada, el derecho a quitarse la propia vida, todo eso. No, ustedes y yo lo sabemos, matarse es algo circunstancial, y si acaso alguno opina lo contrario será porque, necio, se ha dejado convencer por cierta clase de existencialistas.

Podrían pensar que caigo en una odiosa postura de determinismo biológico o matemático, ¿por qué no?, ¿qué somos sino ecuaciones, códigos? Sin embargo me inclino a creer en el albedrío. La pulsión suicida es otra cosa, una de esas singularidades que rompen el orden de nuestro universo. No me tomen por ingenua, bien sé que ese orden es una mera ilusión, que las titánicas galaxias, sus soles, los asteroides, ustedes, yo, los quarks, nos dirigimos irremediablemente hacia la nada. Aun así creo que existe la voluntad humana, efímera, inútil, pero aquí está, la tenemos al alcance de la mano como un frasco de mermelada.

Perdón por no buscar un símil más elegante de las facultades volitivas, les ofrezco una disculpa por lo que parece ser pobreza de vocabulario, mi fatigosa verborrea. Ya habrán caído en cuenta que doy muchas vueltas a los asuntos y acabo no diciendo nada. Ay, Baudelaire, qué feliz estarías de ver que las mujeres seguimos parloteando entre las resmas. Es que el parisiense viene como anillo al dedo. Miren, prefiero a Rimbaud, él sí comprendía a fondo el alma femenina… Bueno, ya no voy a dispersarme, iré al grano. Una condena pesa sobre mí. Dentro de poco estaré muerta.

Se preguntarán ustedes, qué importancia tiene ahora resolver este conflicto si, de cualquier modo, pronto moriré. Se los explicaré. Esas manías sin sentido, como apretar una nariz, se parecen mucho a mi obsesión por pensar en matarme. Así como el tipo en cuestión del que les hablé apretujó la nariz de su gato hasta hartarle, yo me presiono a mí misma, pero mi alma atormentada no es un gato que puede echarse a correr. Definitivamente veo ridículo llegar con esta pulsión hasta el cadalso. Si voy a morir por una causa externa será muy penoso seguir teniendo esta imperiosa necesidad hasta el último de mis alientos. ¿Y a quién le importa?, nadie sabrá lo que estaré pensando. No me dirijo a ningún lado, no hay luces ni túneles ni ángeles, pero estaré yo atestiguando mi partida y no puedo tolerarlo. ¡No me moriré deseando matarme!

Es curioso, ¿verdad? Que parezca estar defendiendo la vida. En realidad no me interesa morirme de una vez o seguir viva otros treinta años. Lo que no soporto es no tener control sobre mis pensamientos, que este deseo sea lo último que sienta antes de que mi cuello esté constreñido y mi cuerpo oscile como un péndulo a medio metro del suelo. Sería más digno cortar de tajo la línea de mi vida yo misma. No vayan a confundirse, ya les he dicho, al principio de esta confesión que no tengo un motivo particular para matarme; no crean que la condena que me han impuesto es mi “motivo”. De ninguna manera, sólo pienso que es indigno y penoso que otros te maten cuando tienes ganas de suicidarte.

Imagino a los lectores más perspicaces argumentando que he caído en una contradicción: al parir, dije, me sostuvo la esperanza de acabar ahí mis días. ¿No sería esta una causa externa a mi pulsión?, ¿por qué esa vez la consentí? Se los diré. Embarazarme fue un acto suicida. No vayan a creer que considero de mi calaña a todas las embarazadas, no, no, sería la peor paradoja de la naturaleza que la vida surgiera del deseo de morir.

¿Es que yo me salgo de lo natural?

Estoy en un callejón sin salida.

Ya los escucho de nuevo: a esta mujer le interesan más sus pensamientos que sus hijos. Y en efecto, así como no he tenido un motivo verdadero para desear matarme, tampoco lo he tenido para desear vivir. He dicho que he sido feliz, pero la felicidad no significa que espere mantenerme aquí en el mundo. Júzguenme, pues, por no sentir que quiero vivir por mis hijos. No es desamor, verán, yo amo tremendamente a estos dos niños, los amo desde el momento en que fueron engendrados en mi vientre. No les he dado una madre fría y distante como la mía, ellos han crecido rodeados de mimos y arrumacos. Sin embargo, si no los hubiera tenido igual habría sido feliz.

No faltará quien le atribuya un efecto perverso a mi carácter. Quizá sea así de simple. Demos por perverso mi espíritu, no hace falta explicarlo. ¿O no es una refinada ruindad la que orilla a una mujer a parir hijos por los que no está dispuesta a vivir? Hijos que la hacen feliz y a los que ella hace felices, amados como ninguno sobre la Tierra y aun así factibles de excluirse como motores de su existencia. Hasta aquí, si alguno de ustedes asqueado por mi sinceridad quiere mandar mi blog a la basura, lo entenderé. No trataré de quedar bien con nadie.

Me gustaría que vieran la escena, mi hija Sonia mamando la leche tibia de mi pecho, ajena por completo a mis elucubraciones, mientras Enrique, el mayorcito, juega con los peones de un ajedrez. Se darían cuenta de la ternura, de lo fácil que es estar juntos. No hay mentiras aquí. No les he prometido estar con ellos siempre ni los he encomendado a ningún dios.

Me estoy dando cuenta de lo absurdo que ha sido escribir estas líneas. Seguramente, para cuando tenga lectores ya estaré muerta y de nada me valdrán sus opiniones. Acaso le sirvan a otra mujer en condiciones similares. Otra vez te veo, lector perspicaz, suponiendo una fractura en mi argumento: así que después de todo sí tengo afanes de trascendencia. En absoluto. Me da igual que alguien le saque provecho a mi testimonio, pero ya está escrito y no voy a borrarlo, eso, precisamente, sería otorgarle una importancia innecesaria. Tenía valor en cuanto me dijese algo acerca de mí misma y he terminado como empecé, sin respuestas, sin rumbo, sin nada.

¿Será que no todo esté perdido? Quizá no sea demasiado tarde. ¿Tarde para qué? La noche va avanzando como un fantasma oblicuo hacia la ventana. Y qué importa noche o día, en cualquier momento mi verdugo tocará a la puerta, ceñirá mis muñecas, me pondrá de pie frente a la multitud y me colocará la soga. Y no sabré porqué estoy allí, igual que nunca supe porqué nací. Cuando los de Multimedios comiencen a filmar sólo preguntaré ¿dónde están mis niños?

Desde mi ventana veo el cadalso alzándose sobre el pavimento, junto al Mc Donalds, firme, limpio, impávido, como una bestia serena bañada por la luz de los faros de los autos que pasan.

 

Marisol Vera Guerra

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Un comentario sobre “Esta noche mamá necesita espacio para matarse

  1. Me mantuvo interesada de principio a fin. Me parece que tiene calidad narrativa, de fácil lectura y con puntos muy curiosos. Me encantaron las confesiones al cura!

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