Criatura del brillo

Nació como todo ser humano lo hace, lleno de placenta, sangre y uno que otro rastro de grasa fetal proveniente de la bolsa amniótica, era normal, un pequeño bebé con algunos rollitos causados por la grasa infantil, la gordura esperada, lo cual le daba un aire de ternura, mismos que también indicaban una gran salud desde el vientre. Primero fue un silencio, después un respiro, lloró y se unió al llanto de alegría de su madre, quien era igual de especial que él. Llegó de igual manera como cualquiera, inesperado, pero se convirtió en la metáfora de un rayo de sol entrando por la ventana, o el haz del brillo lunar, alimentando a una flor de pantano. Cortaron el cordón, lo acercaron al pecho de su madre, se acomodó y comenzó a mamar, ella apenas comenzaba a lactar. Como buen neonato apenas abría los ojos, distinguía figuras y sombras, pero muy borrosas, el asombro de algo nuevo se reflejaba en sus ojos negros, el primer aroma que llegó fue a árbol de conífera y a niebla, también comenzó a escuchar la voz de sus progenitores, se sentía con seguridad, apenas diciendo pequeños balbuceos y sintiendo la calidez de los brazos paternos. Era el primogénito, lo más esperado por sus padres. Ya que provenían de una situación difícil, el pequeño no conocería nunca a ninguno de sus abuelos. Su abuela materna acababa de morir recientemente y por eso sus padres se mudaron, tuvieron que adaptarse a este nuevo cambio, sin embargo, las voces le inspiraban calma y serenidad, por lo tanto no notó eso, ni importaba tampoco.

Para su madre era un asunto reservado el juzgar su ternura, se quedaba pensando si le dolería mucho su cuerpo. Ella podría transformarse y calmarlo. El padre, apegado a la madre, líder involuntario, lo protegería al verse fuerte y es apto. Sus padres pensarían en cómo cuidarlo, incluso sabían que podría haber una cura para la condición hereditaria, ya que ellos se habían contagiado por factores ajenos; ella por ser séptima hija de una madre con igual situación, y él por una mordedura desafortunada en un paseo forestal. Tenían sus propias formas empíricas de medir sus condiciones, sobrevivieron juntos como pareja, disfrutaron de su libertad silvestre, alejados de la ciudad y de los ruidos, aunque de vez en cuando algún paseante se topaba con ellos de formas desafortunadas. Ella lo miraba compasiva en sus brazos, no perdía su encanto de bebé, era algo que el resto no comprendería, ni se molestaría en comprender. A los quince días de su nacimiento vino la adaptación, por primera vez vio aquel destello que destacaba de la gran sombra, la noche. Sus padres estaban ahí frente a él, despojados de ropa, desnudos; obviamente él no sabía sobre inmoralidad o pudor, aquella noche sería su primer reconocimiento, se escuchó un crujido, pero al tener un tejido tan adiposo aquello pareció no afectarle mucho.

—Quizá ha de sufrir en cada transformación, pequeño crío precioso —dijo él dócilmente mientras lo miraba a lo lejos, tratando de calmarla a ella.
—No quiero que nuestro hijo sufra, pero tengo tanta culpa cargando que no puedo dejar de lado ¿por qué nos arriesgamos a esto? —dijo ella inquieta, a punto del llanto, abrazando a su esposo.

Lo dejó en una esquina de la casa-bodega en la que ellos vivían. Él se sintió solitario, extendía sus brazos pequeños y entre las manchas y luces que apenas distinguía miró una luz de plateado amarillo estelar. Entonces lo sintió por primera vez, fue un balbuceo que se prolongó hasta hacerse un llorido lastimero. Ella lloró en silencio, se sintió imposibilitada de ayudarlo, porque sabía que no podía ni ayudarse a sí misma, el papá se acercó por igual a escucharlo, luego la vio a ella y también se sintió obstaculizado por igual. Él gritó de forma más áspera y tampoco podía hacer nada para impedirlo, nadie podía desaparecer la luna. El chiquillo escuchó unos gritos que podrían ser muy ensordecedores para el resto de las personas, pero él estaba preparado, ya lo llevaba en sus genes, y lo consideró normal, aunque doloroso para lo que estaba acostumbrado.

Una sinfonía de crepitar, crujido, hueso y carne lo acompañó, y como lo único que sabía era llorar lo siguió haciendo, sintió como sus diminutas cuerdas vocales se unían a la transformación, al igual que la de sus padres, quienes estaban alejados del niño para darle seguridad, ellos mismos se habían encargado de alejarse. El bebé estaba solo, sintiendo cómo su boca se alargaba, su nariz se encogía y de sus manos pequeñas surgían unas garras muy delicadas, seguía gimiendo y llorando porque no sabía qué le sucedía a su cuerpo de recién nacido. Entonces el lloriqueo del bebé se convirtió en un aullido determinado para su edad.

En ese momento sus padres, quienes terminaron su transformación de forma igualmente dolorosa y estaban a punto de destruir, lograron escucharlo y reconocerlo. Ella se acercó y lo tocó con su hocico y su nariz recién alargada, él disimuló sus colmillos y calmó la saliva. Con sus lenguas lamieron los lugares donde dolía, a diferencia de los gruñidos de sus padres, los suyos eran como los de un perro pequeño y asustado, gemidos prolongados que no iban con la conformación de sus cuerdas vocales humanas, y aunque todavía no le enseñaban algún lenguaje humano, se daba a entender mucho mejor en esas condiciones, y sus padres-lobos le procuraban dar todo en el preciso momento. Evidentemente no se sentía cómodo cada que se transformaba, pues si para sus protectores era algo doloroso, para él era lo mismo, todavía era incomprensible pues no conocía todas las señales de su cuerpo.

Cuando ambos padres vieron el resultado desde la conciencia animal y analizada con la conciencia humana, supieron que no existía nada más hermoso, ya que el pequeño no les dejaba destruir a aquellos que los temían. La carne era necesaria, sí, pero en vez de conseguirla mediante la brutalidad característica del ser humano, nacía el sentimiento de empatía, para seguir en la supervivencia de la especie por tener su espacio. Él, siendo tan pequeño como para tener una conciencia lógica, lo sabía por instinto, sólo tendría que lidiar con su dualidad bebé-cachorro hasta crecer, ya que después vendría el hombre-lobo. Sólo sus padres sabrían guiarlo en esos dolores y necesidades que se irían desarrollando por buscar carne fresca.

Finalmente entre todos ellos estaban acostumbrados, como familia y clan, al dolor que era lo mismo que el amor y este a veces requería de mucha paciencia por igual.

 

Laura Elena Sosa Cáceres

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