Película de Terror – Parte 1 de 2

Yo estaba en Chivilcoy, decidida a empezar con lo terminado.
De repente me llama la atención mi amigo con un mensaje por feis: “¡Negra! Fíjate, parece que a quien están buscando por todos lados es a Hernán, al Gúru, está hasta en el noticiero.
Yo –como siempre incrédula– lo saqué cagando con una de mis “sugestivas y alagadoras frases: que llamen a la policía si lo están buscando. Y él, gentil y cortésmente me contestó: bueno, che, encima que te aviso me tratás así!

Estaban mezcladas en ese momento de mi vida cuestiones laborales con casos que tenía en el estudio de “renombre nacional” más mi fama pública de entonces, sumada a “el prohibido” romance, posterior amor con el hippie en bicicleta que se ganaba la vida en un hostal de Buenos Aires por las noches y “rasguñaba su guitarra” en momentos libres o cuando yo, en esos momentos lo dejaba. Era muy absorbente yo también en ese entonces y lo demandaba, porque en verdad estaba enamorada y lo celaba.. porque lo quería para mí y para mi vida. Lo había esperado tanto.
Fue así que esa noche salí enloquecida a la calle “en la mía” y también un poco burlando al destino o al menos queriendo burlarlo.
Agarré la camioneta y manejé sin rumbo. Primero me detuve a comprar unas latas de Speed en un bar y agarré la ruta. Allí en un momento apagué todo y puse el CD del Gúru. Abrí las puertas, bajé en patas y extendí los brazos mirando al cielo colmado de estrellas con una luna hermosa y grité al viento: ¡Gracias, Barba! Gracias por haberme dado tanto y hacerme tan feliz al haberme traído a mi vida a Hernán.

Estuve ahí un rato a oscuras, al borde de una ruta cercana a Chivilcoy. De ahí arranqué hacia la plaza del pueblo. Es indiscutible que en un pueblo si hay algo de bochinche o candombe suceda alrededor de la plaza del pueblo, frente a la iglesia un sábado, donde está el bar en la esquina generalmente con unas mesas de pool y la movida del lugar no es difícil de ubicar en pueblos de mi patria, al menos de mi patria.

Me colé en un casamiento de una piba de treinta –como siempre yo mezclada con los viejos– jajaja. Me invitaron los hermanos de Agustina, después de haber compartido unas mesas de pool en el Bar Rotzi. Pasamos la noche entera después de la fiesta en el Jockey Club en la esquina de la plaza. Ahí se terminó de despedir a los novios, con baile en la calle –frente a la iglesia principal del pueblo– hasta las 6 de la mañana. Un grupo desapareció por las calles, otro más quisieron ir a fumar cerca del río y ahí estaba, obviamente estaba yo. Íbamos como quince en la camioneta y otro auto a la par escuchando a Fidel Nadal (recién salía el CD y yo lo había comprado días antes cerca de la Ruta 5 que va a Luján emulando agarrar la ruta para perseguir en su odisea al Gúru). Y en verdad lo iba a hacer. Lo iba a seguir hasta el Congo Belga de ser necesario. Nunca me importo nada. Desde que lo conocí a él.

Llegamos a un parque tipo bosquecito cerca de un río, con hamacas de madera vieja y llantas de camiones, y uno que otro trampolín destrozado por el tiempo y el descuido. Ahí bajamos todos medio en estado catatónico, eufóricos pero yo estaba entera, “en pie” meta hablar del Gúru, del Gúru y del Gúru. Me habían invitado a bailar un rato antes, pero yo no fui. Primero porque no quería bailar sin el Gúru y segundo porque prefería ir a fumar en vez de boludear con algún boludo de turno. Todos me aburren como siempre. “Tocás el cielo, qué mierda vas a querer estar en la tierra”! En fín.

En este ínterin me pasan un vaso de plástico rojo con “algo” en su interior que no recuerdo el gusto pero que me taró, como que me durmió, pero despierta. Al rato, y yo sin haber fumado, decido irme. Todos se quedan en el lugar, yo arranco sola y después de costear esos caminitos de tierra de polvareda pueblerina, logro encarar la ruta rumbo al hotel.

Ya era entrada la mañana, el niño me esperaba en el hotel y yo “empecé a sentir señales”.
Espérame acá que tengo que salir a la calle. No le abras a nadie. Si querés o necesitás algo llamá que te traigan acá a la habitación o llamala a “la loca de los perros”, pero no hables con nadie porque tenemos que cuidarnos le dije y ordené antes de salir.

Me subo a la camioneta y la enciendo. Empiezo a sentir que las cosas y las imágenes me hablaban. “Que siga a tal auto, que lea tal cosa, tal otra, que gire a la derecha, y seguían, así en ese estado y orden hasta el mediodía en que se me cruza una camioneta con un carrito de esos que llevan a los caballos. Este era un caballo negro “hermoso”. Que me miraba y yo a él.
Yo no tenía dudas, pensé que era “otra” de las ocurrencias o inventos de Hernán (porque es brillante, es un genio. Aunque siempre lo creyeron un boludo. Y hasta un golpeador.
Sigo al tipo, doblaba a la derecha y yo igual, a la izquierda y lo mismo. Así hasta que llegamos a un lugar lleno de gente y caballos. Era la Sociedad Rural de Chivilcoy. Yo no me había dado cuenta,  Sólo quería “ese caballo” y le dije al dueño (un gaucho vestido como tal y todo, incluyendo pañuelito al cuello y alpargatas con cinturón de plata con sus iniciales grabadas y cuentaganados colgando al lado izquierdo cerca del pañuelo que le colgaba del bolsillo trasero) “le cambio la camioneta por el caballo”.
¿Usted está loca? Me dice el tipo. Este caballo sale en doce mil, pero yo le pago sesenta y cinco mil que es lo que sale mi camioneta. Tome acá tiene las llaves y todos los papeles están adentro de la guantera, le digo. Que no, que sí.. el tipo sale del lugar y un vaguito sale corriendo en una moto y se lleva al caballo atado y corriendo como si fuera un barrilete. Yo lo sigo. Me quedo sin nafta y el pibe vuelve. ¿Quiere que la lleve? Me dice.
¡Sí! ¡Por favor!
¿A dónde? Me dice el pibe.
Adonde esté el caballo. Yo quiero estar con el caballo, (pensaba que Hernán me había hecho ese juego para escaparnos del mundo y me esperaba en algún paraje en medio del campo o de la nada y que el caballo estaba adiestrado o conocía cómo llegar al lugar ya que Hernán lo había adiestrado como para eso. El pibe me está llevando en la moto y me dan ganas de mear. Como siempre. Ja. Le digo al pibe: ¡frená! Me meo! Y no me mires ¿eh? Yo soy nena y vos tenés que mirar para otro lado aunque estemos en medio del campo o en un monte. ¿Me escuchaste?.
El pibe –con cara de boludo pero con ojos traicioneros porque lo ví–, se da media vuelta y arranca. Me dejó en medio del campo en un cruce de caminos en pelotas. En bermudas y remera con unas ojotas y sin documentos. Volví a pensar que “era otras de las de Hernán” y que incluso estaba en complicidad con Tinelli o alguien con una cámara oculta, ya que él estaba con que “quería ser famoso”. Me quedé piola, tranqui me tiré en patas al borde de lo que sería una vereda en medio del campo entre los yuyos y juntaba florcitas silvestres y cantaba ”yo soy tu amor y tu compañía” larala lalala de Fidel Nadal. Hasta que se aproxima a lo lejos un camioncito policial blanco. Bajan dos. Uno varón, otra mujer.
De malos modos, como siempre me dice la milica:”Vos, ¿qué te pasa? ¿Qué decís, que sos doctora? ¿Qué quién te hace la cámara oculta? Ven ¡Vení! Vení para acá, no te hagas la loca que te vamos a llevar igual. No corrás ¿eh? Mirá que sos boleta, ¿eh?
Medio histeriquié al milico que me quería empujar, le pegué un empujón al estómago y le escupí un ojo. Ya más entrada en mí y como no me quedaba otra, le cedí el brazo derecho a la mina para que me esposara. Ya arriba del vehículo me ataron al cajón (cuadrícula que separa a los delincuentes de los policías en los móviles y patrulleros). Yo seguí creyendo convencida que todo era un chiste, una broma o algo “creado o inventado” por Hernán en su afán de ser famoso y conocido. Aunque de ratos medio me asustaba.

Al llegar a la Comisaría yo seguí en la mía (en mi creencia y convencimiento de que todo era parte de un juego o de una cámara oculta). Empecé a pelotudear a los milicos y le digo a uno: ¿qué me mirás? ¿Te debo algo? El tipo me miraba… ¡las tetas me miraba! Le digo ¿querés mirarme las tetas? Pero sólo mirarme porque tienen dueño, ¿sabés?. Son de Hernán Helman (el Gurucháin) y no me las toca nadie porque son de él. Prestame tu camisa de milico, le digo. Y sácame una foto así se la mando, para que se ría un poco. Nunca me saqué una foto vestida de milica.
El tipo me dice no te hagas la loca. Te voy a tener que pegar.
¿Qué? ¿A mí me vas pegar? ¡Eso está prohibido! Le digo como una pelotuda yo.
Se ríe y me contesta el tipo. ¡Haceme reír! Abogadita, “las leyes no existen. Si quiero vos no existís desde ayer, ¿sabías? Si quiero…
No tranquila con esto, como siempre yo, mandada a ser me arranco la remera y me quedo en tetas..con la bermuda (seguía convencida que me estaban filmando en cámara oculta y que iba a ser el mejor film para verlo con el Gúru cuando nos encontremos y el ser famoso) jajaja.
Le digo, ahora me tenés que dar la camisa, porque así no me puedo quedar.
El tipo empezó a llamar a los otros guardias y milicos a los gritos. ¡Esta mina está loca! Dice que está en una cámara oculta con un músico que lo están buscando y es su amor, el amor de su vida. Que quiere que le preste la camisa y le saque fotos para mandárselas y que se ría. ¡Está loca! Gritaba.
Vinieron en menos de cinco minutos como cincuenta milicos. Entre hombres y mujeres y me miraban… todos me miraban. Y yo, sólo me reía. No paraba de reírme y de decir: Sos un capo, Gúru. Cómo te amo. Sos mi Dios.
Después del barba, de John Lennon, George Harrison y todos mis muertos. Y seguía como una diva agarrándome las tetas con las dos manos porque estaba en bolas -risas – .

Bueno, El final, ya lo sabemos… terminé encerrada desde el 19 de febrero al 5 de mayo de 2011. Soporté lo que nunca pensé que iba a soportar: el encierro, la pérdida de mi libertad, de mi dignidad, de mi cordura… dicen “ellos”.

 

 

Silvia Laura Piedrabuena

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