La última travesía

El bote se estremecía arrullando a mis hombres y escuderas mientras el agua salada nos abrazaba con agresividad.
El cielo era tan oscuro que podía jurar que era una amatista gigante que cubría todo el mundo. Ya no podíamos esperar mucho, estábamos pereciendo, aquella tormenta nos lo había arrebatado todo. Thor debía estar furioso. El sol por fin se asomó, no podía estar tranquilo sabiendo que una tempestad como la anterior podía terminar nuestra excursión, el color anaranjado de la mañana ya lamía el mar y la noche había muerto una vez más. La tripulación seguía dormida, sólo yo me encontraba consciente, el líder de esta travesía eterna. La embarcación ya no se movía, habíamos encallado.

Mis ojos se deleitaron al ver el gran paisaje frente a mí, el verde inundó mi vista, los ríos fluían como caballos desenfrenados, las montañas me observaban a lo lejos, los pinos rugían en las alturas y el viento acariciaba mi rostro, era hermoso. “¡Amigos míos, despierten y admiren la tierra que Odín nos permitió presenciar!” exclamé de muy buen humor y gritando de alegría. Uno a uno mis colegas dejaron su lecho y se levantaron a conocer la tierra inmaculada.
“Esto no es ningún reino de Inglaterra, Daven, ni siquiera es Frankia” afirmó Gerda. “No, no lo es, es mucho mejor que eso” dije estupefacto. En verdad es que este lugar era tan surreal que bien podría ser un truco de Loki. Todos se regocijaron al ver el panorama frente a ellos, festejamos tomando los últimos cuernos que nos quedaban de cerveza.

Decidimos acampar cerca de la costa y disfruté viendo cómo la luna llena utilizaba el agua como espejo, de cómo la brisa cantaba en la oscuridad y de la grata compañía de mi tripulación, me quedé dormido escuchando la canción de los lobos que habitaban en las montañas.

El viejo Jensen me despertó con dos golpes de la parte plana de su hacha. Una morada tímidamente nos miraba a lo lejos, la tenue luz de sus antorchas ascendía creando dragones de humo que desaparecían en las nubes, tenía un inmenso tamaño, un patio de entrenamiento y la arquitectura me era muy familiar. Definitivamente habíamos dado con un asentamiento vikingo. Nos pusimos en marcha enseguida, preparamos nuestras hachas y amarramos alrededor de nuestras cinturas la cuerda que utilizamos para atracar nuestros navíos. Alzamos nuestras armas y las clavamos en la piel de la cumbre.

“¡Escalen ahora!” exclamé con entusiasmo, todos respondieron con cabeceó silencioso. Nos situamos en dos filas de cinco personas pero todos estábamos unidos por la misma soga.

La fuerza de todos juntos apenas nos permitía ascender. El viejo Jensen tropezó y quedó suspendido en el aire como si una gruesa y fuerte serpiente detuviera su caída. La cuerda se tensionó y mordía mi torso inferior, mi hacha se deslizó por la roca como si hubiera untado grasa de ballena en la hoja, hilillos de sangre brotaban de mis manos y descendían a lo largo de la cuerda, mis brazos se incendiaban del dolor y esfuerzo. Podía escuchar como la soga perdía fuerza y los jadeos de mis compañeros. El anciano se balanceaba como péndulo intentando aferrarse a la montaña y a su preciosa vida. Un sonido desgarrador invadió el ambiente de una forma repentina y sutil, volví mi vista hacía Jensen, lo único que quedaba de él era un pedazo de cuerda rota.

Cuando llegamos a la cima todos estábamos exhaustos y la noche ya nos estaba echando un vistazo así que decidimos acampar ahí.
Me quedé dormido al poco tiempo y soñé con esa noche…el martillo de Thor golpeaba su yunque generando esos destellos azules de luz que llamamos truenos, el bote se balanceaba y el agua salada golpeaba nuestras caras irritando nuestros ojos y llenando nuestras bocas. Reviví ese trágico momento en el que mi unigénito cayó por la borda y yo no pude hacer nada al respecto pues era la voluntad de los dioses y ellos habían decidido que mi hijo estaba destinado a morir aquella noche antes que su padre.

Desperté, ríos fluían por mis ojos sin embargo sentí una sensación extrañamente reconfortante.

Al despuntar el alba desperté a la tripulación. Teníamos nudos en nuestros estómagos y nos pesaban los parpados. Había algo que nos brindaba consuelo, ya estábamos mucho más cerca de aquella magnifica morada. Se veía aun más grande de cerca, estoy empezando a creer que puede albergar una infinidad de hermanos vikingos en sus corredores.

“Admiren, amigos míos, un refugio, no desesperen; en cuanto entremos le pediré al conde del lugar que nos hospede en su hogar, le prometeré un pago por su hospitalidad” dije para levantar el ánimo de mis colegas. Después caminar por dos horas nos encontrábamos a pocos metros de la imponente estructura, se apreciaba en todo su esplendor, las puertas gigantes que tenían ojos de oro invitaban a los forasteros a pasar a sus inmensos salones, dos lenguas de fuego rojo a sus lados, en el patio de entrenamiento había muchos guerreros y escuderas luchando con ferocidad.

Cuando llegamos a las puertas un estrepitoso sonido de tambores y trompetas nos dio la bienvenida, era como si nos estuvieran esperando desde hace mucho tiempo. Cuando se abrieron las puertas Jensen nos invitó a pasar, no podía ser posible. No se dijo ni una palabra los ojos de mi amigo se cruzaron con los míos y entonces comprendí.
“¡La tierra de los dioses!, ¡Valhalla!” exclamé con la mayor alegría que puede expresar, sentía como mis ojos se saltaban de mis cuencas, no podía contener la excitación.

Entonces escuche una voz familiar “Padre, vengan, siéntense con nosotros a disfrutar de este banquete y brindar con hidromiel por su llegada”.

He llegado a casa.

 

Pedro Domínguez Martínez

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