Gastronomía mexicana: Carne Seca – Parte 1 de 2

Confió en que me perdonen por estar aquí, preferiría no hacerles escuchar esta horrenda historia, pero creo que no tengo más remedio, habré de intervenir a fin de aclarar lo que los medios impresos y electrónicos deformaron y que hoy en día es de todos conocido en medio de exageraciones y varias imprecisiones que nos alejan de los hechos reales, por otra parte nuevamente quiero confiar en ustedes, a pesar de mi reputación de escritor de historias fantásticas, que esta última circunstancia no nuble su buen juicio ya que en esta ocasión todo lo que describo es absolutamente cierto, omitiré los generales de los involucrados porque así me fue solicitado por ellos y en otros casos lo haré por proteger a las personas de la curiosidad malsana de algunas gentes.

 Todo esto empezó una cálida noche como cualquier otra de abril, yo bebía con mi amigo Horacio, en las oficinas del periódico el Extra, lugar donde él labora como periodista, tengo que decir que el sitio se presta para charlar de manera amena, un librero repleto de revistas viejas, libros de ciencia ficción y hasta un par de narraciones del Ojo de Uk impresas en hojas amarillentas; el tocadiscos de acetato aún funcional y un siempre bien surtido frigobar hacían la velada entretenida. El viejo velador ocasionalmente llega y fuma un cigarro con nosotros, tenía fama de marihuano pero nunca le vi hacer un solo cigarro de cannabis, contaba historias larguísimas de la época de sus abuelos o de sus padres, historia viva de estas regiones, eso hasta pasadas las dos en que se retiró a dormir.
Escuchamos un poco de rock clásico, Hotel California, Dust in the wind, stand by me, hasta in gadda da vida, nos sorprendió la madrugada mientras bromeábamos, después de la segunda o tercer botella de Malbec. Justo a las tres sonó el teléfono, contestó con un cordial hello, la conversación alteró su semblante, se tornó sombrío, taciturno y encendió un cigarrillo, mientras escuchaba atentamente sin interrumpir, tomó papel y lápiz, hizo unas rápidas anotaciones y se despidió cortésmente antes de colgar, unos segundos transcurrieron en silencio, después me miró con frialdad, pareció reflexionar, escuchó atentamente la música durante largos minutos, levantó el auricular y marcó un numero de celular, inició una breve charla, hizo pequeñas preguntas a su informante, un agente de policía que a cambio de un poco de dinero le permitía fisgonear en casos importantes, colgó el auricular y antes de que le preguntara qué le ocurría, me dijo: Hay que irnos,  encontraron algo que creo que te va interesar.
Tomé mi vieja chamarra de piel y él una gastada gabardina que llevaba a todas partes, subimos al chevi 57 que le heredé su padre y encendió el motor, en media hora estábamos en Nueva Almadén, la zona conurbada aquí se diluye, la civilización puede quedar atrás en pocos minutos así como al parecer, el raciocinio. La llamada anónima a la redacción del diario fue una noticia particularmente horrenda, un par de trabajadores de obras públicas camino de regreso de su trabajo al reparar una fuga de tubería de agua encontraron un cuerpo semi desnudo y descarnado, al parecer atacado por perros, tenía poco tiempo allí. Junto al muro del cementerio local había un orificio allí producto del deterioro y el tiempo. Un predio baldío donde corría un arroyo y en las proximidades de una fábrica de textiles algunas huellas de animales, al parecer perros, rodeaban el sitio; los muros de ladrillo fueron los mudos testigos de lo ocurrido, unos uniformados ya estaban acordonando el área así que llamamos a Adalberto, un viejo fotógrafo de nota amarilla, hombre experimentado que tenía amigos entre los policías y estos lo dejaron pasar, había unas manchas de sangre seca, el suelo, los arbustos, las nubes rojizas en el horizonte parecían impregnadas del vital líquido, todavía no se identificaba al sujeto, al parecer un varón de 35 años, cabello negro rizado, complexión robusta, moreno de un metro sesenta de estatura aproximadamente, tenía arañazos y mordidas en todo el cuerpo, genitales, ojos, intestinos habían desaparecido casi en su totalidad. Platiqué con los obreros que lo encontraron pero no dieron mucha información; nos retiramos poco después, con las fotografías del cuerpo, las huellas y el entorno. Las autoridades terminaron de cercar el área para realizar los peritajes correspondientes y los restos fueron trasladados al Servicio Médico Forense (SEMEFO) para practicar la autopsia de ley.

Había que aprovechar el tiempo así que regresamos rápido, llegamos justo a cerrar la redacción, la nota fue de primera plana y el tiraje se agotó antes de las diez de la mañana de tal suerte que se hizo una segunda tirada para la tarde con resultado similar. Horacio regresó al cementerio y yo decidí continuar investigando por mi cuenta y obteniendo datos útiles del médico legista y de los policías encargados del caso. Al revisar las fotos, las heridas no concordaban con las de perros, la autopsia no aportó elementos para confirmar la criatura agresora, dadas las características de la agresión habrían de pasar dos días antes de que fuera identificado. La esposa Rosalinda reportó al hombre como desaparecido y se cotejaron los datos antropométricos además un clavo intramedular en el fémur izquierdo sirvió como elemento útil para la identificación. Posteriormente una prueba de ADN confirmó de manera definitiva la identidad del desdichado, su nombre era Humberto Meza de 38 años de edad, nacido y residente de esta ciudad, comerciante dueño de una carnicería, enviudó hace cuatro años padre de una hija y militante del opus dei; sus hermanos no radican en esta ciudad y ambos padres finados. También alcohólico funcional a decir de su médico, destacaba el ser aficionado a la buena comida y las  prostitutas, no tenía muchos amigos, al parecer sus allegados eran un barman y un chef local, la relación no podía ser más obvia, uno le proveía de bebida y el otro le compraba carne para el negocio, sin embargo aunque en apariencia no tenía muchos amigos tampoco parecía ser un tipo desagradable, las muchachas que contrataba lo describían como amable y limpio, muy supersticioso, sin entrar mucho en detalles.
Horacio fue hablar con el barman y así aprovechar para beber algo, yo preferí ir con el chef, no fue difícil de encontrar el señor Luigi, su verdadero nombre era Luis, de origen veracruzano pero había viajado a Italia en su juventud y sabía preparar casi cualquier cosa, lo abordé con pequeños elogios sobre sus platillos y diciéndole que estábamos preparando un artículo especial en el periódico y le pregunté a qué hora podría tener una charla más amena, me dijo que regresara después de las cinco.
Saliendo del local llegaron unas patrullas y para mi sorpresa lo llevaron esposado, le pregunté al oficial qué ocurría, al principio se negó a hacer comentarios pero cuando le mostré un gafete que decía periodista cambió de actitud, brevemente me indicó que había indicios de un probable homicidio en el caso de Humberto Meza y no podía incluir más pormenores, en ese instante sonó mi celular y recibí una llamada de Horacio informándome que al barman, un tal Mauricio, lo acababan de arrestar en la mañana por estar involucrado en el homicidio del hombre de afuera del cementerio. Sin perder tiempo le comenté lo ocurrido y quedamos de vernos en la delegación, buscamos a Adalberto el fotógrafo y a bordo del viejo chevy nos dirigimos a la delegación. El ministerio publico recibió las declaraciones pero no pudimos obtener la copia, sólo vimos el exterior de la carpeta donde estaba el nombre del licenciado Arturo Solís, me pregunté si sería el mismo que yo conocía. Al salir casualmente este se encontraba entrando al café de enfrente, corrí para alcanzarlo, efectivamente me recordó como compañero de la secundaria, estrechó mi mano con efusividad, le pregunté cosas sencillas, cómo se encontraba, etcétera. Así logramos hablar con él, abordamos elementos del caso, al parecer había huellas dentro del cementerio y algo de ropa de la víctima, unas huellas descalzas, incluyendo un poco de sangre, por lo que todo parece indicar que el señor Meza fue atacado, pero no por estos hombres. Hay testigos que esa noche se encontraban en el restaurante del señor Luigui, o Luis según le quieran llamar, en una fiesta privada, no hay pruebas de que estuvieran involucrados. Le agradecimos al Licenciado su información e inclusive posó para una fotografía que habría de aparecer posteriormente en el diario. Para el día siguiente el encabezado fue sobre el brutal homicidio, una parte del articulo incluyendo información de los detenidos y unas entrevistas a los familiares.

Sin embargo tuvimos serias dificultades cuando tratamos de hablar con la mujer del finado, no se encontraba en casa y al asomarnos por las ventanas esta se veía desierta desde varios días, moscas, ropa tirada, juguetes de la niña tirados, pero no había rastros de Rosalinda. Preguntamos a las vecinas al principio sin éxito; al parecer estaba oculta por lo que de inmediato nos hizo sospechar que estaba involucrada en la muerte de su marido. Una de las secretarias del diario nos remitió el número telefónico de su hermana Magdalena, ella nos dijo dónde podríamos encontrarla, estaba internada en el manicomio víctima de una depresión profunda, por ello la policía no la había arrestado, después de tratar de manera infructuosa de comunicarnos con ella en el hospital psiquiátrico tomamos una decisión peligrosa: decidimos ir a la casa durante la noche aprovechando que estaba sola para ver si podíamos encontrar algún indicio. Hurgamos en todas partes: cocina, baños, closets, la cochera, recámaras; para nuestra sorpresa encontramos que tenían cuartos separados, en la habitación de ella había algo de desorden, al parecer producto de la depresión que le aquejaba; el cuarto de Humberto sin embargo estaba en peores condiciones: revistas pornográficas bajo el colchón, películas, una lap top tirada en suelo y algunas cajas de viagra en el buró, una libreta de anotaciones donde llevaba registro de las acciones del negocio, pero en las páginas finales de esa libreta encontramos los nombres de sus amigos tachados con sangre y algunos signos extraños. Encendimos la computadora y tras varios intentos pudimos descubrir la contraseña: la palabra era “viagra”. También tenia una versión en PDF del libro de San Cipriano, de hechicería. A partir de entonces fue que el caso cambió sus características, dejó de ser sólo un crimen horrendo para ser algo más.

Guardamos lo que pudimos de información en una memora USB y abandonamos el lugar, entonces pensé en dejar las cosas hasta allí, le pedí a Horacio que me llevara a mi casa, con el pretexto de que necesitaba dormir, me miró a los ojos como sospechando mis intenciones —No te preocupes, descansa unos días, me has ayudado bastante, luego te busco —le agradecí sus consideraciones y nos despedimos por un par de días.

Regresé a atender el negocio de la familia, mi hermano me informó que habíamos tenido buenas ventas y que el nuevo ayudante que contraté era bastante honrado y eficiente, como quiera me incorporé a las actividades tratando de despejar de mi mente los inquietantes pensamientos, pero fue inútil, pasados los dos días yo fui quien llamó a Horacio, este respondió rápidamente:
—¡Estaba a punto de marcarte! ¿Tienes tiempo para que hablemos?
—¿Pasa algo grave? —pregunté a su vez.
—Encontré varias cosas y tal vez puedas ayudarme nuevamente.
—¿Dónde te busco, voy para tu departamento o prefieres otro sitio?
—Yo paso por ti, mejor, luego te explico, todo.
—Te veo en unos minutos entonces, te espero.

Colgué el teléfono, me levanté para tomar una chamarra de piel del closet y una vieja gorra de béisbol, recogí mi libreta de notas, leí las publicaciones del periódico en internet: los dos sospechosos detenidos habían sido liberados después de pagar fianza y no acreditarse pruebas de su participación en la muerte del Sr. Meza. La esposa, la señora Rosalinda, fue egresada de la institución mental y reveló que su esposo creía que le habían embrujado robándole su vigor físico; unos días antes de su desaparición le dijo que “les haría un trabajito en el panteón” a los que le habían hecho daño, hasta la fecha siguen sin aclararse las circunstancias de la horripilante muerte… en ese momento sonó el timbre de la puerta, Horacio se encontraba allí, traía un paquete de cervezas ya empezadas, me dio una sin abrir y lo invité a entrar, se sentó como siempre en la sala, mientras fui al refrigerador para depositar el resto de las cervezas antes de que se calentaran, regresé a la sala donde lo había dejado, su rostro se veía ojeroso y pálido, sin embargo sonreía extrañamente, cosa que me inquietó un poco, sin embargo decidí empezar a beber como si todo estuviera normal.
—Descubrí varias cosas, pero imagino que ya leíste algo de eso en el periódico —inició la conversación.
—Así es, leí tus artículos con cuidado y al parecer no hay muchas pistas.
—Te equivocas, hay demasiadas pistas, sólo que la policía no quiere mirarlas.
—¿A qué te refieres con eso? —pregunté sin entender— Ellos son los profesionales, nosotros aficionados.
—La policía quería encerrar a Mauricio y al chef, dar carpetazo al asunto y se acabó.
—Pero ellos ya están libres y dicen que no había pruebas suficientes.
—La verdad es que la información que publicamos de tu amigo el abogado ayudó mucho—se alegró Horacio.
—¡Excelente! Entonces nuestro trabajo sirvió de algo.
—Aún no es suficiente, aún no sabemos de todo qué ocurrió, pero tengo ideas…
—Explícame, por favor —le pedí.
—Mira, Humberto era impotente, creyó que lo habían embrujado sus amigos —me dijo ufano.
—¡Eso es un absurdo! Ellos lo apreciaban mucho.
—En realidad sólo se robaban entre sí, uno le vendía caro al otro o no pagaban sus deudas.
—Vaya, eso no lo imaginé —reconocí.
—Humberto decidió investigar y hacerles brujería, fue al cementerio esa noche y…
—Espera, ellos pudieron haber contratado a alguien para que lo matara y lo sembrara allí.
—Pensé algo así —reconoció—, pero resulta ser que hoy logré encontrar al taxista que lo llevó al cementerio.
—¡No! ¿Cómo lo lograste?
—No fue tan difícil, esta ciudad es pequeña, pocos taxis viajan de noche ¿cuántos de servicio ese día?
—Pero ¿cómo supiste que viajó en taxi? —inquirí.
—Investigué, el auto lo tiene descompuesto desde hace varias semanas.
—No recordaba que hubieras visto ese detalle, ¿fue después de que me fui?
—Así es, hablé a las oficinas del sindicato y me informaron de los choferes.
—Debió ser una lista no tan corta.
—Tengo que decir que hubo algo que me facilitó las cosas —presumió.
—¿Qué fue lo que te ayudó?
—Fácil, tú y yo bebemos con regularidad y conocemos muchos taxistas.
—Eso es cierto.
—Hubo uno que faltó al día siguiente del asesinato, un tal Renato.
—¡Renato! El viejo mulato que tiene como ocho hijos.
—Efectivamente, por eso estoy celebrando, le llamé y nos espera en su casa para la noche.
—Extraordinario, la solución a este asunto está cada vez más cerca.
—Creo que beberemos un poco más y ¿por qué no le llevamos un whiskey al viejo? —sugerí.
—Excelente idea.

Seguimos sentados un rato hablando en la vieja sala, pero el asunto de la brujería y los cementerios aun me inquietaba. Después de eso fuimos a la licorería donde compramos un bourbon, un escocés y otras pocas cervezas, aproveché para hacer unas anotaciones en mi libreta abordo del viejo chevy; salimos al filo de las ocho a la casa de Renato, el lugar era una modesta vivienda en las afueras de la ciudad, había anexado un pequeño tejaban de madera y tenía dos árboles frutales al frente, allí había dispuesto una rustica banca hecha de concreto; descendimos del vehículo y esperamos pacientemente la llegada del taxi, Horacio encendió un cigarrillo, sentí un olor peculiar, lo miré con preocupación ya que ocasionalmente vaciaba algún cigarro normal y lo rellenaba con marihuana, sus manos mostraban un temblor fino que se fue disipando después de unas pocas inhalaciones, sonrió con una expresión relajada, ¿quieres?, decliné amablemente, sabía que estaba nervioso igual que yo, los minutos se hicieron eternos, durante media hora estuvimos así, de pronto las luces del carro Nissan amarillo nos deslumbraron, el letrero taxi en la capota y el grito ronco del veterano chofer diciendo ¡quítense de allí par de tarugos que me los llevo!, después una sonora y contagiosa carcajada, se estacionó con brusquedad, desde la ventanilla del auto nos invitó a subir, la charla tendría que ser en otra parte.

(Continuará)

Pedro Martín Rojas Rosas

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