Álbum de estampitas

Cuando mis sobrinos dejaron la andadera y empezaron a caminar por toda la casa de mis papás, a mis hermanos se les ocurrió que el cuarto del fondo, ese que no era más que un cuchitril para guardar tiliches, podría convertirse en una habitación de juegos para los niños, con una inversión muy razonable. Sólo era necesario reparar las ventanas que estaban cubiertas con cajas de cartón corrugado, impermeabilizar de nuevo y darle unas manos de pintura. Los abuelos estaban encantados con la idea de tener un espacio seguro para los gemelos, sin riesgo de que anduvieran abriendo el trinchador donde mi mamá guardaba la porcelana, o de manchar los muebles de la sala con sus manitas llenas de chocolate. A mi papá también le agradó la idea de ocupar el tiempo que le sobraba en un proyecto que incluyera algo de bricolaje, si bien el tema de subir al techo a aplicar epóxico o chapo, estaba fuera de discusión con una mujer que no quería pasar los últimos años de su vida cuidando a un tipo que se hubiera roto las piernas, por jugarle al Bob el Constructor.

Por supuesto, para que el cuartito de juegos de los gemelos pudiera iniciar su renacimiento, era necesario vaciarlo del montón de cachivaches (me negué a escuchar las palabras “pendejadas” o “basura”) que durante más de treinta años, el tío sin hijos había estado guardando ahí, desde los días en que iba a la escuela primaria.
No me pidieron que hiciera mas que una sola cosa, agregando que de hacerla no tendría que reparar ventanas ni pintar, ni cambiar puertas, ni cotizar herrero para las protecciones, y mucho menos subir a impermeabilizar bajo el sol de mayo: y esa única cosa que debía hacer, era vaciar el cuarto.

Así me encontré un sábado en la mañana delante de la cueva de Aladino de mis recuerdos: un conjunto de cajas, bolsas, montones de revistas amarradas con mecate, lo que parecían fierros viejos al fondo y un inquietante olor a moho húmedo, que me hizo temer por la colección de cómics que “algún día” iba a tener un espacio digno en el diminuto departamento que compartía con un gato, y cuyo estado seguramente estaría muy lejos del “near mint”. Empecé temprano, a media mañana, con la intención de rescatar lo más que me fuera posible. Al abrir la primera caja, un rasposo repiqueteo me hizo considerar una posibilidad que hasta ese momento no había contemplado: podría encontrarme con un nido de ratones, o peor aun, de cucarachas… voladoras. Como si mi mamá hubiera adivinado este pensamiento, adoptando una postura de brazos en jarras y con la boca torcida, negó con la cabeza y me recordó que habían fumigado la casa hacía un mes. Tal vez lo que le molestó más no era que estuviera dudando de su legendario afán de limpieza, sino de que le tuviera miedo a un par bichos.

Al abrir la primera caja no apareció un enjambre de alas y patas sucias y afiladas delante de mí, sino un montón de cuadernos de la prepa y la carrera, apuntes que creí me serían útiles, de materias a las que había entregado muchas horas de mi sueño, a cambio de pasar con el mínimo. A la basura. Las siguientes cajas tenían periódicos viejos, de los cuales aunque hojeé tratando de encontrar algo relevante, sólo pude caer en cuenta de la rampante inflación que se había acumulado en un par de sexenios, y de que las notas policíacas y nacionales eran exactamente las mismas aunque hubieran cambiado los nombres, los colores del partido y las fechas. Más basura.

Conforme el espacio se abrió ante mí, aparecieron videocassettes en formato VHS de programas y películas grabados, algunos de la televisión abierta, otros de la antena parabólica de mis primos. ¿Habría algo que rescatar de ahí, que no estuviera disponible en formato digital? ¿Algún episodio perdido del “Dr. Who” de 1970? No, de ninguna manera: conforme revisaba las cajas y los títulos, vagamente recordé que era material bastante popular de las décadas de 1980 y 1990. Además, los hongos habían anidado en la cinta magnética y no invertiría ni tiempo ni parte de mi salario, en la restauración de la versión para TV de “Evil Dead 2” o “Amazing Stories”. Les siguieron montones de revistas de cocina de mi mamá, ropa de invierno que no sólo estaba pasada de moda, sino que se desgarró con el tirón más suave; en otras cajas surgieron algunas herramientas corroídas de mi papá: hojas de segueta que gritaban “tétanos” desde sus dientes podridos, pinzas y llaves fusionadas por la herrumbre que jamás volverían a morder nada; unos rollos de alambre y varios desarmadores que tal vez tendrían salvación, si el señor de la casa les dedicaba tiempo para recuperarlas, cosa que tal vez haría, así que separé esa caja. No tardaron en surgir los vasos de licuadora amarillos y cuarteados por las décadas, los delantales desvaídos y una olla de presión que probablemente de haber vuelto al fuego, se habría convertido en algo tan letal como una mina de la Segunda Guerra Mundial. Caí en cuenta de lo tradicionales que eran mi padres: no hallaría en ese cuarto un poster de Jenny The Riveter diciendo “Podemos hacerlo” propiedad de mi mamá, ni tampoco alguna camisa rosa que hubiera sido de mi papá, ni siquiera entre la ropa vieja de la década de los 1960’s. Sus antiguas propiedades, las que definían sus roles sin cuestionamientos, eran la prueba fehaciente de una educación acorde a la mitad del siglo XX.

Cuando dos terceras partes del cuarto de los tiliches había sido vaciado, y sus preciosas entrañas ya estaban mayormente esperando al camión de la basura en la banqueta, o resguardadas en otro lugar de la casa, encontré mi colección de cómics. Sin pensarlo mucho, tomé la caja y la subí al sedán, para poder disfrutar el día siguiente de un paseo por la Avenida del Recuerdo, en la privacidad de un departamento en el que ya casi no cabíamos ni el gato ni yo.

Adolorido de los brazos y la espalda, por la falta de ejercicio a la que estaba acostumbrado, una de las últimas cajas tenía mis figuras de acción, y otra más, un surtido inclasificable de recuerdos que sólo para mí tenían sentido: una regla rota en un duelo de sables de luz en tercer grado de primaria; algunas hojas escritas a máquina con el argumento de la que sería mi propia serie animada; la deforme escultura en plastilina de un dragón que remotamente recordaba al de “El séptimo viaje de Simbad”, algunas conchas de caracol y ostra; una carpeta con dibujos de robots y super héroes, y finalmente, un álbum de estampas coleccionables de una serie japonesa de dibujos animados. Como la trampa de resorte de una ratonera, al ver la portada reparada con cinta adhesiva, recordé de inmediato la aventura que había significado llenar aquel álbum… pero no, no estaba lleno. Nadie lo había podido llenar. Giré las páginas en busca del espacio vacío, sin hallarlo. Miré la tercera de forros, ahí donde una cuadrícula numerada del uno al cien, tenía sin marcar el espacio setenta y cinco. Hojeé de nuevo, y ahí estaba, el collage de un mecha gigante al que le faltaba el pie izquierdo, y en ese espacio sólo se veía un rectángulo con un “75” al centro.

El resto de la tarde mientras terminaba de sacar las cajas, en las que ya no encontré nada más relevante, me dediqué a recordar la leyenda de la estampita o baraja o cromo 75, dependiendo de en qué país se había intentado completar el álbum. Debía ser de alrededor de 1985 o 1987, cuando el programa se puso de moda en la barra de caricaturas de la tarde. En cuanto salió el álbum a la venta, los primeros ejemplares desaparecieron de las papelerías. Pronto hubo una segunda y tercera impresión (incluso en eso se fijaban los coleccionistas, y el mío pertenecía al segundo tiraje) y al cabo de unas semanas todos estábamos unidos por la fiebre del intercambio de estampitas, la exhibición de dibujos copiados de sus páginas y por supuesto, más que unidos, atrapados por el consumismo que nos obligaba a gastar el dinero del lonche del recreo en sobrecitos, con tal de encontrar las piezas menos comunes, bajo la mirada complacida del tendero en cuya miscelánea se ejercía el monopolio de venta de sobres, quien también solapaba el como la Mafia del Quinto “B” Matutino, había establecido un pequeño mercado negro de venta de estampitas raras, de la cual yo formaba parte: porque en mi afán por completar la colección, había aprovechado incluso los viajes al otro lado de la ciudad a ver a mis tíos, para comprar sobres en otros locales, siguiendo la leyenda urbana de que la distribución era al azar, y que probablemente en otras escuelas tendrían exceso de estampas que aquí nos faltaban, hipótesis que al paso de los meses, concluimos que era falsa.

Para cuando la Dirección tomó cartas en el asunto del álbum, y después que fuera tema en la minuta de la reunión de padres de familia, no nos resultó tan grave que se prohibiera el intercambio o venta de estampitas dentro de la escuela. La urgencia del asunto ya había tomado otro rumbo: con cientos (o miles) de pequeños rectángulos coloridos en nuestro haber, más de un compañero ya tenía casi completo no sólo uno, sino dos álbumes. El “casi” como dije antes, era porque el pie izquierdo del robot gigante, seguía sin aparecer. Cuando alguien clamaba que lo había conseguido, decía que el primo de un primo lo había llamado para ofrecérselo, que le había salido hasta repetido, que se lo iba a vender por un precio significativo para un niño de primaria. Después de unos días de ser centro de atención, e incluso de prometer a más de un ansioso desgraciado que le conseguiría la 75 a él también, el escepticismo atracaba en nuestras mentes, así que tras insistir en demostrar tan arrojada declaración y recibir sólo excusas, aquel infeliz que hubiese podido ser leyenda, se convertía en el más despreciable de los mentirosos, prácticamente al nivel de la mascota de la maestra o el soplón de la escuela.

Las ventas de sobres para el álbum disminuyeron al grado que el tendero de la esquina los ofrecía al dos por uno. Con una sonrisa, preguntaba a los hijos de sus clientes si no querrían llevar uno, junto con el pegamento, cartulina y la lámina con la ilustración de la Madre Patria, para la tarea, oferta que era respondida con un cortés “No, gracias, Don Mateo” de padres que estaban al tanto de la fiebre y habían encontrado las estampitas rebosando en cajones, bajo la cama o uno de esos sobres “tan caros” tirados en la basura, apenas después de ser abiertos, como si hubiera sido un mero capricho y dejaran de interesarles esos “monos chinos” apenas verlos.

Para nosotros, con uno, dos o hasta tres álbumes casi llenos, la obsesión de ver aquel cromo ocupando su lugar, por disfrutar del momento glorioso de tachar el recuadro setenta y cinco de la tabla de control de llenado; había alcanzado límites demenciales: algunos optaron por ponerle la estampita 73, la del pie derecho, de manera que el noble guerrero de metal se convertía en un bastardo contrahecho, víctima de la cruel broma de un aspirante a Cibermecánico vuelto loco. Otros, bajo una lógica similar, dibujaron la silueta por el reverso de la estampa 73, con tan poco pericia que ahora parecía haber sido reparado en cualquier hojalatería del tercer mundo, con pedacería mal soldada. En un intento más osado, vimos como el ilustrador favorito de la clase intentó la proeza de dibujar el mismo el pie, en la perspectiva correcta, después de ensayar en la última página del cuaderno de matemáticas las referencias, vistas en la serie de televisión durante varias tardes. Un esfuerzo digno del más temerario de los motociclistas, que al cabo de acelerar en la rampa, pareció suspendido en vuelo a mitad del precipicio, para después aterrizar torpemente, despedazando la moto y terminar camino a una ambulancia, alzando el pulgar en señal de triunfo… porque aunque para algunos la ilustración, hecha sobre el papel con pluma, era suficientemente buena, para la mayoría era evidente que no supliría de ningún modo una impresión a color en papel brillante. Y aun así, la audacia de arriesgarse a arruinar un álbum casi lleno, tras meses de esfuerzos, no hizo más que apuntalar la leyenda de un dibujante, que sería recordado por toda la generación.

El año escolar terminó, el verano llegó. Hubo dos álbumes más de estampitas, uno de luchadores nacionales y otro de una caricatura canadiense, pero ya fuera porque no hubiéramos superado el fracaso de no haber completado el otro álbum, o porque la caricatura no era tan buena, no nos sentimos igual de atraídos a embarcarnos de nuevo en una aventura similar. No supe si hubo un furor igual en los años que siguieron, cuando otros culebrones de “monos chinos” se pusieron de moda, pero a más de tres décadas de distancia, teniendo en mis manos aquel recuerdo cristalizado, casi esperaba alzar la vista y encontrarme con Pepe, La Mosca, El Caballo y Villa, los capos de la Mafia de Quinto, paseando una paleta en la boca, hablando entre dientes, como pretendiendo que fuera un cigarro; y estuviéramos planeando como introducir al mercado negro la siguiente carga de contrabando afuera de la miscelánea frente a la escuela.

Volví al presente. Después de terminar la faena de la limpieza, no dediqué el domingo a revisar los cómics, que se quedaron en la misma caja al pie de un librero en mi departamento, sino que me puse a googlear en qué había quedado la historia de la estampita 75.

El drama personal que habíamos vivido en aquel año, se había repetido en varios países de América Latina e incluso del Caribe: recopilando experiencias escritas en blogs, convertido en  una especie de detective virtual, la historia era la misma en todos los casos. Al paso de los años, con la aparición de la edición en formato digital de la dichosa caricatura, había sido posible dar con el shot exacto del que se había tomado el robot, e incluso había un tutorial de youtube en el que se seleccionaba la imagen, se ajustaba la definición, las medidas, se imprimía en el papel couché del gramaje correcto, y el vlogger adhería el proxy al espacio correspondiente.

Pero eso era un fraude, con los recursos de un cuarentón pero no muy diferente a lo que algunos de mis compañeros habían hecho con sus limitados recursos en aquel entonces.

Había también quienes ofrecían el álbum completo en venta, omitiendo lo que los verdaderos coleccionistas sabíamos desde hacía mucho: que NO podía estar completo. Más de una vez se le hacía al ofertante la pregunta clave: “¿Tiene la 75?” y este no respondía, porque alguien más ya había señalado que seguramente no.

Sobre las causas de la falta de esa estampita en particular, se hablaba de las más variadas teorías de conspiración: Por un lado, que si el álbum era completado, la editorial daría un gran premio, y que la estampita para lograr esto sólo se había impreso una vez. A partir de ahí a modo de leyenda urbana, se decía que aquella impresión legendaria se habría perdido en los últimos sobres que nadie habría comprado, hacia el declive de las ventas y que tal vez estaría por ahí. Por esta razón cuando alguien ofrecía un sobre cerrado, no faltaba quien lo comprara por sumas suficientemente serias para alguien que tiene hijos en edad escolar, o que debe una hipoteca. Sin embargo esta hipótesis era fácilmente desechada,porque en ningún lado, en ningún país, había alguien que supiera de la existencia de tal premio.

Conforme me internaba en publicaciones de sitios de dudosa reputación, descubrí versiones que se fundían con la creepy pasta: Que la empresa había quebrado y el tiraje del último cromo había sido incosteable; que los derechos de la productora de la animación se los había retirado debido a las quejas de los padres de familia; que la imprenta se había quemado cuando se estaba haciendo la estampita y varios obreros habían muerto, convirtiéndola en objeto maldito; que era un plan para inducir a los niños a comprar estampitas con LSD y hacerlos adictos; que cuando se completaba el álbum también se hacía un conjuro que despertaba a un demonio lleno de tentáculos violadores, y que gracias a los esfuerzos de un sacerdote jesuita brasileño se había evitado que llegara a manos de los menores.

Algo era cierto: la editorial había desaparecido a mediados de los 90’s del siglo pasado debido al alto costo del papel importado, la familia de los fundadores había liquidado los activos y no tenían ni idea de la existencia del álbum. De haber tenido registros en papel hacía mucho que se habrían vendido como archivo muerto para el reciclaje. Sin fuente oficial, todo lo demás eran especulaciones.

Dejando de lado el dolor del brazo, repasé de nuevo las páginas del álbum, en el que el tiempo, los cambios de temperatura e incluso la humedad, las habían envejecido, volviéndolas amarillentas y onduladas. Los cromos mantenían vivos sus colores, y el hueco enumerado como setenta y cinco seguía ahí, esperando la estampita después de tantos años: un espacio en el que la pérdida de propósito parecía tan imperecedera, como la esperanza de algún día encontrarlo.

 

 

Abraham Martínez Azuara “Cuervoscuro”

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