Gastronomía Mexicana: Carne Asada

El sol característico del septentrión nuestro dejaba sentir su calor, se encontraba en su zenit y no había más sombra que la de unos tristes matorrales y la patrulla solitaria estacionada en la orilla de la carretera, allí en el kilómetro 166 parecía no existir el tiempo, el murmullo del desierto tenue y distante podía desaparecer, un par de zopilotes planeaban a lo lejos suspendidos como por hilos invisibles en la lontananza, una sombra se movió dentro del auto, la temperatura de cuarenta y dos grados en el termómetro del tablero parecía burlarse de Edmundo, el oficial a cargo de la unidad quien se mantuvo inmóvil, pensando, hacía un par de semanas recibió la orden para trasladarse allí, cerca de la frontera y en medio de la nada, oficial nuevo es igual a problemas le dijo un comandante. El parpadeo de los indicadores, monótono y silencioso durante los diez minutos que llevaba en ese sitio desolado, le recordaban que el tiempo de alguna manera transcurría, aun en ese lugar -un vórtice de la nada- pensó, bajó de la patrulla dejando la puerta abierta, tomó del asiento una cantimplora metálica, quitó el tapón con rapidez para beber el agua fresca, esta le brindó un alivio momentáneo, el sol era tormento abrazador, miró la extensa llanura con sus pocos lomeríos, recordó los dolorosos tormentos que aplicaban los apaches en la región: amarraban a los hombres que capturaban y los hacían caminar semidesnudos, descalzos, varios kilómetros para después amarrarlos a troncos con los ojos puestos hacia el sol, tras unas pocas horas la ceguera era inevitable, seguían las quemaduras en la piel, las llagas ocurrían después, el ardor insoportable, la muerte por deshidratación era la liberación final del sufrimiento; -un mal lugar para vivir y peor para morir- pensó, el sudor escurría lento y lánguido en la frente, limpió las gotitas con la mano izquierda al tiempo que se retiraba los lentes Ray Ban con la otra, miró el reloj con impaciencia y luego volvió la mirada al horizonte, la carretera se dibujaba clara por algunos kilómetros, serpenteaba en unas lomas por un tramo corto, el sonido de motores lo puso en alerta, se acomodó el arma para tenerla a la mano, un temblor leve del ojo izquierdo surgió, después de unos segundos apareció el convoy, una hilera de camionetas blancas separadas por unos pocos metros avanzaban, en total eran cuatro, avanzando rápidamente. El oficial caminó unos pocos metros sobre la carpeta asfáltica y se colocó los lentes, las camionetas doble cabina siguieron avanzando, a través de las ventanillas los rostros y los brazos cubiertos de tatuajes eran cada vez más visibles, podría contarse unos tres o cuatro hombres por unidad, con ellos las armas largas semiocultas, el rugir de los motores se escuchaba cual melodía extraña conforme se acercaban al kilómetro 166, la cita se cumplía.

La primera camioneta se detuvo, el rugir de la maquina permanecía al acecho como un tigre en la jungla, de ella descendió primero el chofer, un hombre moreno con lentes oscuros que vestía sencillo con mezclilla, traía una colt visible debajo de la chamarra, se limitó a quedarse a un lado de la unidad. Del lado del copiloto bajó un tipo blanco con sombrero negro y botas de piel de lagarto, una cadena de oro con un pentagrama salía de la camisa vaquera color marrón, la camisa arremangada dejaba ver un tatuaje de un Baphomet, el rostro ovalado, nariz recta, labios delgados de los que pendía un pal mart, los ojos fríos e inexpresivos se mantenían firmes sobre el patrullero, en la mano izquierda un paquete amarillo y cerca de la cintura la otra mano se mantenía cerca del arma, expiró una nube de humo que recorrió la distancia entre ambos. Edmundo no se inmutó, se aproximó despacio, cuando estuvieron frente a frente se cruzaron las miradas de desprecio mutuo.

—¿Cuánto llevan ahora? ¿Trescientos kilos o más?
—Usted no sea metiche, aquí tengo su paga, nos vamos y no has visto nada.
—Creo que no es tan simple, a más carga más paga.
—Eso se discute antes, no ahora.
—Creo que siempre es buen momento para negociar.
—Ustedes los policías se creen los dueños de la carretera, pero se olvidan con quien están tratando.
—No me interesan sus amenazas, la cuota es más alta a mayor cargamento, si no pagas no pasas.
—Voy a pasar, novato, ya pagué las cuotas de los otros dos y tú eres el ultimo, mi jefe no acepta fallas.
—Bien, entonces ¿cuantos kilos?
—Pérame, ¡Jonás! Dame otro paquete para este y avisa a las unidades.
—Ya nos vamos entendiendo, no les cuesta mucho trabajo —respondió Edmundo al tiempo que su rostro dibujaba una amplia sonrisa.

El chofer se metió en la unidad y habló por radio, unos instantes después sacó un bulto amarillo, que lanzo a su compañero.

—Muy bien, chico listo, acá está el segundo pago en billetes de cincuenta dólares igual que el anterior.
—¿Qué esperas? Tráelos, no tengo todo el día.
—Hey, novato, ¡allí te va! —al tiempo que lanzó los paquetes por encima de la cabeza del oficial.

El policía levantó ambas manos para sujetarlos, cuando controló ambos paquetes miró con sorpresa: los dos hombres habían desenfundado y los otros descendían de las unidades portando armas largas, corrió hacia la patrulla buscando refugio, un revolver calibre 45 y una colt del mismo calibre detonaron casi al unísono, los impactos alcanzaron ambas piernas haciéndolo caer aparatosamente, sintió el crujir de huesos, apretó los dientes y juntó los paquetes contra su cuerpo, se arrastró con dificultad, la patrulla representaba su única oportunidad, su mente se nublaba, el dolor tomaba el control de sus acciones, el pánico se adueñaba de la situación, los gritos y el ruido del despliegue de los delincuentes sólo contribuyeron a desorientarlo más, cuando llego a subirse a la unidad, pudo ver con claridad ocho hombres le apuntaban con AK 47 y R 15 y otros dos con armas cortas, se aproximaban lento y pausadamente al ritmo de la sangre que escurría de sus piernas, agudas palpitaciones recorrían su cuerpo, las lágrimas fluyeron de sus ojos, la pierna derecha colgaba fuera de la patrulla, hizo un esfuerzo y logró subirla para cerrar la puerta. Los gritos se hicieron más claros, ¡Perro! Ven, ¡sal de allí! Levantó el arma en un gesto instintivo pero Jonás lo encañonaba desde su derecha, lo que siguió fue una lluvia de balas sobre la unidad, cinco minutos más tarde el líder del grupo daba la orden de detener los disparos, Edmundo los miró acribillado, el pulmón derecho recibió cuatro impactos, otro más dio en el cuello y otros cinco más en ambos brazos, la gasolina empezaba a derramarse del tanque, el olor se extendió rápidamente, los hombres retrocedieron, formando un semicirculo, la risa de Jonás se escuchó por un instante, —el segundo paquete sólo tiene periódicos— gritó; el líder del grupo se aproximó despacio, encendió una cerilla y la lanzó al asfalto, la gasolina llegó hasta la frágil flama iniciando el incendio, el fuego se propagó, los gritos de agonía retumbaron por algunos minutos, los delincuentes lo contemplaron por unos pocos minutos, la piel del desdichado se desprendía a girones, retornaron a las unidades; la entrega estaba pactada para antes de las tres.

—¿Te gustó mi idea del segundo paquete con periódicos? Siempre hay alguno que se quiere pasar…
—¿Qué sigue? —preguntó Jonás.
—Lo que dije, en la mañana entregamos y nos vamos a otra carne asada…

 

Pedro Martín Rojas Rosas

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