El ángel cruel

Dispuso su advenimiento. Supo que vendría pronto cuando una fina lluvia de polvo plateado empezó a bañar sus sueños. Y los convirtió en veredas por donde atravesar el laberinto de la noche sin perderse.

La ventana siempre abierta en espera de su visita. La habitación iluminada con velas en candelabros antiguos. Su vida entregada a un celibato tanto social –para que no le robaran la ilusión–, como sexual. Debía mantenerse pura. De nadie más sería consorte. A nadie más podría pertenecer.

Con paciencia formó su ajuar: azahares, perlas, seda y diamantes. La ropa de cama con sus iniciales bordadas con hilos de plata. A la medida para envolver la eternidad. La que prometía el reino de los cielos. La que desde niña se imaginó mirando los vitrales de la iglesia, enamorándose del arcángel Miguel. “Cuando sea grande me voy a casar contigo” y con su manita trataba de acariciar la imagen victoriosa de aquel ser extraordinario con armadura y sandalias de oro, espada brillante y enormes alas, tan potentes como para subir al cielo en sus brazos. Volando, surcando la nada, como las aves a las que ella tanto amaba. Era capaz de pasar horas enteras observándolas. Tratando de hallar una explicación a la carencia de alas en los humanos. Seguramente habían sido arrancadas por el Creador a Adán y a Eva cuando los expulsó del paraíso. “Tal vez así hubiéramos sido perfectos, ¿verdad, Señor?”

Una noche en especial lo sintió más cercano que nunca. Al fin la espera culminaría y con ella sus deseos de poseerle. Sentía que a su paso arrancaba susurros entreverados a los cipreses y sonatas arrítmicas al río. La luna despedía con mayor fulgor su luz que se quebraba en cientos de rubíes corriendo a través del cuerpo de ella. El aliento se transformó en vapor de caricias que traspasaban la cárcel del deseo. Despertando su vida al llamado de tan majestuoso ser.

De pronto, una figura humana bajó del cielo. Tenía un par de alas enormes… Pero eran negras, incluso debajo de la luz lunar. Apareció entre los laberintos del tiempo y ella fue a su encuentro. Sin tardanza se abrazaron como si se reconocieran. Entonces, el ser echó la cabeza de ella hacia atrás y su cuello apareció como una pieza de marfil finamente tallado… Y justo ahí, el ser depositó su beso mortal.

 

Macarena Muñoz Ramos

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