Don Esteban

A lo largo de la cara sur del muro había imágenes pintadas a mano: anuncios de conciertos, shows para niños y grandes, bailes, palenque, eventos de diferentes clases. También logotipos de diferentes marcas de refresco y cerveza, grafitis de pandilleros y artistas. Don Esteban cobraba unos cuantos pesos por el derecho de subirse a su escalera, era una escalera enorme, de tubos que él mismo había soldado y que se plegaba y se desplegaba, se tornaba varios metros de peldaños uno después del otro. No, no podías llegar al otro lado con ella, muy apenas ascendías una fracción de su altura… no importaba, estabas más cerca que muchos y te sentías feliz, te tomabas algunas fotos allá arriba y quizás dejabas tu nombre por ahí escrito con una lata de pintura como instrumento de caligrafía, la cual el viejo te cobraba por separado. Mientras esperabas turno te sacaba plática, hablaba sobre los días en que lo habían construido y en los que él anduvo cargando ladrillos, mezclando cemento y doblando varillas bajo el sol. Ya sabías que habían usado sólo máquinas para levantarlo aunque sí, con materia prima mexicana. Generalmente tú eras de piel más blanca que Don Esteban y tenías una escalera mucho mejor en casa y la mirada no era tan profunda ni parecía ver tan lejos como la de él, hacia allá, hacia arriba de donde venían los sonidos de disparos.

Dos hijos suyos le ayudaban a cargar la escalera por las mañanas, los que no se habían catapultado al otro lado, le ayudaban y luego se iban a sus trabajos. Uno ya estaba casado y toda su familia vivía con él. Su otro hijo vivía cerca, quizás era homosexual porque no lo habían visto con nadie. Por las noches regresaban y a veces se quedaban platicando ahí con unas caguamas.

Si lo encontrabas melancólico te hablaba sobre Abegail, así, con una “e” porque la madre de ella adoraba a las aves. El papá de Abegail era un gringo que un día se la arrebató a México, como no era tan prieta la dejaron quedarse allá. Parecía una artista sólo que más chaparra y no tan exuberante y no cantaba más que en la regadera. Esteban hubiera querido que la mandaran patrás para acá, pero fue ella quien eligió la buena vida en lugar de a él, la vida de allá, del otro lado. Acá nomas hubiera sufrido y eso no se lo deseaba ni a su peor enemigo, mucho menos a la que había sido el amor de su juventud. Sus hijos hubieran nacido más güeritos y menos pendejos.

La casa de Don Esteban quedaba derechito, a medio kilómetro, era una en una esquina, por eso se la han querido comprar aunque se está medio cayendo. La quieren para tumbarla, decía, y ahí murió mi señora, ahí me quiero morir yo también. Ya luego que me entierren o echen mis cenizas donde quieran y que vendan la casa si quieren, nomas que pongan como condición que no quiten el nogal viejo, porque ahí regamos las cenizas de ella, de la madre de mis hijos.

El nogal estaba ahí cuando llegaron. Ahora estaba medio seco, como él mismo, y estaba seguro de que no respetarían su deseo, ya ellos sabrán, ya ellos sabrán… Ya no daba nueces. Ahí quería sus cenizas también, ya ellos sabrán… Una vez bajó el gober de Wallmérica porque su mansión la iban a construir sobre la misma línea, sólo que allá arriba, también ahí derechito de donde estaba con su escalera y su hielera de refrescos y unas cuantas cosas más que vendía. Eso era lo que realmente te interesaba, saber más sobre el muro, no sobre el viejo. Era una enorme mansión hecha de madera, la única construcción de madera en toda la ciudad y estaba hecha como una enorme “n” pues por debajo pasaba el tren. El caso es que se llevó nueces y le pagó con un billete de cien dólares. Las nueces no valían eso, aun así se le hizo muy poco dinero por las atenciones que le dio, por dejarse verificar e intimidar por sus achichincles. Pinche gober tacaño.

El otro lado es como un espejo, decía, y ponía la mano en la piedra caliente y pintarrajeada, llena de grasa y gotas de sangre hecha polvo. También en el otro lado está pintada con símbolos y frases de odio: suásticas, cruces, go, mexican, go, mexicans no more, America for the americans, etc.

Nada más a dos personas les dijo cómo sabía todo eso, se lo había dicho el fantasma de su esposa que le platicaba cómo era todo por allá, cómo eran las casas y las personas, cómo los mexicans que lograban ir legalmente dejaban todo, la vida en el campo, a sus familias, a sus amigos y adoraban a las máquinas rojas. La casa de ella, la de su infancia, había quedado debajo del muro, aplastada, por eso pasaba como si nada, sin esas madres implantadas en la nuca como los domesticados, ni muzzlers, ni catapultas. Así, iba por aquella otra realidad en la que no estaba vadeado el mundo, cortado en pedazos con cuchillas al rojo vivo en forma de muros, aquella realidad de sus infancias.

Don Esteban reía cuando hablaba de su esposa y tal parecía que la invocaba y que de pronto la tenía mero enfrente y la veía bien clarito y hasta podía tocarla y reía… reía con la risa que adivinabas que reía de niño.

 

Jorge Chípuli

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s