Viral

¿Has visto tu video?

Mario despertó nuevamente de esa pesadilla, donde escuchó la pregunta desde distintos puntos, distintas sombras y rincones, luego, abruptamente, abrió los ojos, con el mismo ardor en el cuerpo al que difícilmente habría de acostumbrarse.

¿Has visto tu video?

Volvió a recostarse, viendo el cielo raso color blanco marfil, las láminas que sirven para correr las cortinas y en donde el cuentagotas del suero sigue dando su marcha lenta y constante. Cerró los ojos susurrando que sólo había sido una pesadilla.

¿Te dieron el té que te traje?

Su madre estaba a un lado de la cama, había pasado ahí los últimos tres meses, junto a él, sufriendo el dolor agónico de no saber lo que le depara a su hijo. Él sólo asiente, no ha podido hablar mucho últimamente. Ha aprendido a limitar los movimientos de su rostro. En cada ir y venir del sueño se topaba con un rostro diferente, a veces su madre, a veces un tío, una tía. A veces a él. El hombre que hizo la pregunta.

¿Has visto tu video?

Pensaba mucho, sobre todo en el azar. En las probabilidades. En la vida y los momentos que lo llevaron a ese punto. Pudo tomar otra ruta, pudo correr, pudo no ir a casa de Pao esa noche. Pudo haber no sido quien era, ni quien fue. Cerraba los ojos cada vez que recordaba, el alma le dolía tanto de sólo pensar en aquello.

Él caminaba esa noche, riendo, burlándose de cuanto veía en el camino, llevaba, como siempre, su tablet en mano. Lo acompañaban su primo Mauricio y su amigo Abraham, habían estado todo el día grabando los segmentos; su canal de Youtube había incrementado las visitas desde que comenzaron con sus bromas a los transeúntes, ahora, con el paso de los días, ellos se estaban volviendo parte de la subcultura “Influencer”. Decían en su canal dónde comer, en dónde vestir, en dónde ponerse borrachos, pero su nuevo segmento estaba destinado a grandes oportunidades. Patrocinadores, dinero, bitcoins y toda esa parafernalia moderna. Aun así Mario sentía que les faltaba ese gran salto, ese video que los llevara a la inmortalidad. Convertirse en leyendas.

—Pao te manda saludos, vato —su primo se veía incomodo cada que lo visitaba—. Pero dice que aún no siente las fuerzas para verte.

No lo dudaba, ni siquiera él mismo había tenido las fuerzas para verse, con la sola expresión que sus familiares hacían cuando lo visitaban era suficiente. Y su primo, bueno, debía ser algo muy difícil de ver si las cosas fueran al revés, al menos eso suponía.

—Lo están buscando, güey. Al cabrón que te hizo esto. Lo van a refundir en el bote.

Dirigió nuevamente su mirada al cielo, buscando un punto en el cual refugiarse, su primo seguía hablando de  trivialidades, del canal, de las bromas nuevas que seguían planeando entre Abraham y él. Recordó nuevamente el rostro de aquel sujeto, era tan claro como tenerlo ahí dentro de la habitación, con su sudadera roja y el gorro encima de la cabeza, un rostro adormilado, lentes gigantes enmarcaban sus ojos somnolientos y una barba tupida le cerraba las facciones. El solo pensarlo, recordarlo de esa manera, hacía que su piel ardiera, literalmente.

Aquella noche la pasaron genial; cerveza, taquitos, grabaron un par de bromas subidas de tono, tuvieron que correr un par de cuadras para evitar las retribuciones de sus víctimas; llegaron a una calle sola y avanzaron, irían con Pao, era el plan. Más cerveza y un rato de diversión. Mario se retrasó un momento mientras acomodaba la cámara, y lo escuchó. La voz somnolienta que venía de los rincones más oscuros de la calle. El sujeto con la sudadera roja lo veía. “¿Has visto tu video?” le preguntó.

Cuando se acercó para preguntarle qué había dicho, apareció su primo y lo jaloneó hacia el otro lado, mientras reían de una nueva gracia que habían hecho. Y siguieron el rumbo. El resto de la noche se divirtieron a lo grande, y él pudo estar con Pao un tiempo a solas. Caminaron entre las bodegas vacías de las inmediaciones, grandes casacas de concreto y lámina que rodeaban el circuito de casas-habitación de la chica. Vieron el azul oscuro del cielo pintarse con tonos morados y azules luminosos, gracias a un efecto de la contaminación de una de las empresas de químicos industriales. Abraham fue el primero en retirarse, seguido por Mauricio, sólo quedaron Pao y Mario, viendo las estrellas marcar el cielo nocturno después de aquella oleada de colores, buscando un infinito, queriéndose encontrar en aquellos brillos. Se besaron y se despidieron.

“No debí irme” Pensaba mientras abría nuevamente los ojos, el cielo raso seguía ahí, esperándolo, anhelando su compañía visual. En esos momentos no se encontraba nadie acompañándolo, solamente el techo de la habitación y el cuentagotas del suero, cantando su repiqueteo monótono, salvador. Quiso cerrar nuevamente los ojos y lo vio ahí, frente a él,  con su sudadera color roja y su capucha puesta.

—¿Has visto tu video?
—¿Cuál video? —logró preguntar a base de esfuerzo sobrehumano.
—Tu video, el que se ha hecho viral.
—¿Por qué haces esto?
—¿Yo? No, no fui yo.

Levantó un dedo torcido y largo señalándolo, repiqueteando el aire mientras lo sostenía.

—¡Tú! —gritaba Mario más hacia dentro de su mente que hacia afuera— ¡Tú me hiciste esto!
—Fuiste tú mismo el que lo hizo —le guiñó el sujeto de la sudadera. Se retiró el gorro de la cabeza, sus orejas estaban pegadas al cráneo, este tenía una masa informe de cicatrices, las marcas características de la piel quemada. Sus ojos dormilones lo observaban con demasiada calma, juzgándolo de modo pasivo. Bajó la vista y en sus manos tenía la tablet con la que solían grabar las bromas.

—Fuiste tú mismo… —susurró.
—No… ¡NO! —su grito sonaba más a una súplica.

De pronto estaba nuevamente en aquel lugar alejado, solo, caminando y sonriendo después de haber estado con Pao, después de haberse encontrado en sus ojos, tocado sus labios, sentirse completo y a gusto. Caminaba en lo que quedaba de la noche, cuando lo volvió a ver. Estaba de pie, viéndolo de lejos, mirándolo con escrutinio.
—¿Has visto tu video?
—¿Pues cuál pinche video, güey?

Se acercó pesada y amenazadoramente hacia el sujeto de la sudadera roja cuando este levantó los brazos y cinco drones despegaron del piso, con unas pequeñas mangueras sujetas a la parte baja pero que se unían a unos pequeños depósitos en la parte superior.  Volaron marcando su territorio con los zumbidos y posicionándose por encima, rociándolo con un líquido que quemaba un poco la piel, luego al olerlo entendió lo que era; gritó un “NO” que se ahogó cuando el sujeto de la sudadera lanzó una cerilla encendida.

La visión fue tan vívida que se necesitaron de cuatro enfermeros para sujetar las convulsiones que estaba sufriendo. Los gritos se ahogaban en su garganta, sus nervios destrozados marcaban el dolor en una melodía sinfónica de gritos guturales. Y él… él sólo alcanzaba a ver al sujeto de la sudadera roja de pie al final de la habitación, con la tablet en mano.

En ese momento entró su madre, acompañada de Mauricio, se quedaron estupefactos al verlo así, moviéndose como una serpiente agónica, lanzando espuma por la boca, levantando una mano que señalaba hacia el final del cuarto, ambos giraron la mirada hacia el lugar marcado, vieron solamente una silla, con una sudadera roja colgada en el respaldo.

Mauricio se acercó a ella, la tomó y descubrió, por el peso, una tablet escondida en un bolsillo interior, encendió la pantalla, tenía unas marcas negras de hollín rodeando los botones y estaba un poco maltratada. Mauricio no entendía cómo es que había llegado hasta ahí, o cómo era posible que no la hayan visto anteriormente, al levantarla encendió el botón de play y vio lo último que se grabó con ella.

Levantó la vista sin poder creerlo, viendo a su primo agonizar entre gritos de dolor, llamaradas de piel roja inundándolo y espuma adornando sus labios. Mauricio regresó el video y lo volvió a ver todo.

—¿Has visto tu video? —se escuchó fuera de cámara, mientras esta era puesta con cuidado en el piso.
—¿Pues cuál pinche video, güey? —continuó.

Mauricio vio a su primo en la imagen, caminando hasta un viejo auto y sacando de la parte trasera un galón de combustible y rociándolo sobre sí mismo. Después braceaba como un loco poseído, como si estuviera espantando un enjambre de abejas que lo hubieran rodeado, luego sacó una caja de cerillos y encendió uno solo para lanzarlo al aire, por encima de su cabeza, mientras intentó proferir un grito de NO, para luego encenderse como una antorcha humana y caer al piso de grava y arena.

Vio aparecer una pequeña bandera digital color amarillo, en la parte inferior izquierda de la pantalla, al pasar los dedos por ella se abrió una pequeña ventana, en donde mostraba el video en línea. Había sido programada para distribuirse en la web minutos después del incidente. El regalo máximo de su primo para el canal, la broma finita, el viral perfecto que había alcanzado dos millones de visitas.

Mario murió tan solo minutos después del descubrimiento de Mauricio, con terror en los ojos y dolor en el cuerpo, volviéndose a sí mismo una leyenda del mainstream digital, un héroe de los imbéciles. Un nuevo Dios Influencer.

 

Jorge Robles

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