Veo la luz

Veo la luz atravesando las rejillas. Titilando. El camión no deja de moverse, meciéndome con cariño. Mis hombros se rozan con los de los demás, y no puedo recordar nada.

Una escotilla se abre. Dos hombres se ponen de pie.

 —¡Listos!

Me obligan a levantarme. No quiero. Toman sus macanas y asestan mi costado. Me levanto. El camión se detiene y la puerta de metal se contrae. De nuevo la luz; más brillante y poderosa.

—Abajo.

Noto los grilletes en mi cuello, arrastrados por cadenas. El suelo es frío y corrosivo; daña mis pies desnudos.

—Pobres criaturas. Miren el estado en el que vienen —una voz paternal nos recibe. Nos abraza. Nos besa.
—Pasen a la siguiente habitación.

El piso se vuelve liso, pero mis pies me gritan que pare. Mi boca está reseca y mis ojos hinchados. Y mis manos, mis pesadas manos. ¿De dónde han salido esas placas? Esas tiras grotescas de metal incrustadas en mi piel.

Siento un arrebato eléctrico. Y luego el pánico. ¡Me están quemando!

—¡Muévete!

Me empujan. El dolor no decrece. Esas malditas cosas en mis brazos no me dejan de arder. Llegamos a un cuarto. Nos detenemos. Formamos una fila.

—El Representante dará un discurso —la voz es gruesa y grave y viene de lo alto—. Ustedes se colocarán detrás y guardaran silencio en todo momento, incluso cuando haga referencia directa a ustedes, ¿entendieron?

Ninguno respondió.

Una nueva voz llama desde mi espalda —¿Dónde estamos?

Nada; sólo el sonido amortiguado de una macana encontrando otra costilla que golpear.

—Al final, podrán ir a casa… O más bien, al lugar que les hemos preparado para que se queden.

El silencio es mortal. Las sirenas suenan. Los hombres se ponen rígidos y saludan. Alguien pasa frente a mí. Nos hacen avanzar. Salimos del cuarto. Nuevas luces. Millones de nuevas luces. ¿Acaso son fotógrafos? ¿Quién mierda se atreve a tomarme fotos en éste estado tan patético? Y esas placas.

Nos vuelven a colocar en fila. Murmullos. Aplausos. Silencio.
Alguien sube y empieza a hablar.
—Desearía poder decirles a todos que ésta es una buena noche —la voz paternal regresa—. Pero no lo es. No después de lo que, tras siete años de investigación rigurosa y el completo compromiso de ésta administración, hemos descubierto hace seis horas, en un complejo de fábricas que se hacía pasar por un centro de producción.

Susurros. Susurros.

—Hoy por la tarde, un comando especial irrumpió en la planta de producción de la empresa WINGURT, cuyos directivos ahora mismo están siendo procesados bajo la acusación de los crímenes más perversos que su servidor haya sido testigo jamás. En concreto, se les acusa de la más alta profanación que un ser humano puede comentar contra su igual… la experimentación científica invasiva.

Alientos contraídos. Miradas punzantes. Bolígrafos rasgando papel.

—Y no estoy hablando de simples métodos inofensivos. No, mis señores. Si por algo los convoqué a ésta rueda de prensa no fue para hablarles de crímenes sin mucha importancia. Lo que estos hombres hicieron, supera los horrores de las peores pesadillas concebibles.

Un soldado a mi lado se ríe. ¿Por qué? ¿Qué le parece tan divertido?

—Sus retorcidos objetivos aún son desconocidos por mi o por el Departamento de Asuntos Internos. Aún estamos trabajando en averiguarlos, así tengamos que sacarles la verdad a portazos. Pero tengan algo en claro, no descansaré hasta que cada uno -golpes-, de esos monstruos -golpes-, ¡pague por sus crímenes! -golpes- No puedo manifestar con suficiencia mi repulsión. Así que no me queda otro remedio. Quiero que lo vean. Quiero que sepan lo que hicieron. Tengo detrás de mí al grupo de afortunadas almas que logramos rescatar de esos infiernos, para que observen por ustedes mismos, y vean las marcas, las piezas de metal, los moretones, tubos y demás torturas a las que fueron sometidos. No por morbo. No. Lo que les mostraré servirá como una prueba más del brazo férreo que es necesario utilizar contra estas corporaciones que se creen a sí mismas intocables. Hartos estamos de su presencia cancerígena, de sus abusos, de su poderío supuestamente incuestionable. Mi nueva dirección constará en darles caza ¡Una carecía encarnecida hasta arrancar de nuestra sociedad sus pútridas garras del demonio! Y juro por Dios que lo haré. No por mí; por lo que hicieron a estas criaturas, y a quién sabe cuántas más. Por haberlos privado de su libertad, de sus vidas. Por haberlos… ¡contaminado!

Aplausos. Luces. Los hombres nos sujetan de las cadenas. ¿Esto es miedo?

—Les pido total discreción.

Me empujan al frente. Avanzo y tropiezo. Estoy empezando a llorar. Estoy llorando. ¿Por qué mierda estoy llorando?

—Mírenlos.

¿A quién deben mirar? ¿A mí?

—Mírenlos.

 No, no me miren. Quiero irme; salir corriendo.

—¡Mírenlos!

Luces, por todos lados. Me desnudan.

—¡MÍRENLOS!

 ¡No!… ¡No más!

—¡POR EL AMOR DE DIOS, MÍRENLOS!

 ¡NO!

Ya veo la luz.

 

Julio Francisco Castañón Pizaña

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