Amix

Una vez más Marion regresaba a casa cansada de las tareas y labores de la escuela. Su casa estaba silenciosa, lo cual quería decir que su mamá y su papá aún no regresaban del trabajo. Después del megaterremoto sucedido en 2044 el país quedó devastado, hubo escasez de trabajo, comida y vivienda, y muchos inversionistas extranjeros llegaron con sus empresas e hicieron convenios con el gobierno para poder instalarse.

Sus padres trabajaban para una empresa extranjera llamada Amix la cual se encargaba de ensamblar y colocar prótesis movibles así como órganos robotizados. Los padres de Marion eran médicos y al principio aceptaron el trabajo porque les parecía que era una forma de ayudar a las personas y salvar vidas, pero conforme pasó el tiempo sus rostros cambiaron y cada día parecían más tristes, cansados e incluso un poco asqueados de su trabajo.

Marion recordaba muy bien la conversación que tuvieron una domingo por la mañana. —Oye, papá, muchos de los padres de mis compañeros tienen problemas económicos por falta de trabajo, y tú siempre estas quejándote del tuyo —dijo un poco temerosa—, ¿no crees que tú tienes mucha suerte?
—Mi trabajo no es tan hermoso como muchos lo creen, hija —dijo su padre viéndola a los ojos—, hay veces que el humano se vuelve tan superficial que no logra ver los límites entre lo que necesita y lo que simplemente desea.
—Y ¿eso importa mucho? —dijo dubitativa— Es decir mientras nosotros tengamos lo que necesitamos, no debería importar lo demás.
—Hija mía, yo soy médico, mi deber es salvar vidas y pronuncié un juramento donde dije que haría lo mejor para las personas, tal vez tú no lo comprendas porque sólo tienes trece años pero no me siento cómodo con lo que hago —dijo mientras la abrazaba fuertemente y le besaba la frente—. Lo único que me hace estar ahí es la necesidad de poder darte una calidad de vida mejor. Te amo, nunca lo olvides.

Ya había pasado casi una semana de esa conversación pero ella seguía intrigada por lo que su padre le había dicho, su madre por lo contrario nunca hablaba del tema, parecía que para ella era algo rutinario que hacía por costumbre, aunque una vez mencionó que su amor por la medicina se iba apagando.

Al día siguiente era sábado y Marion siempre se levantaba tarde, sus padres como de costumbre se levantaron temprano, prepararon el desayuno y se fueron a trabajar. Los amigos de Marion que prácticamente eran sólo dos, trabajaban los fines de semana para apoyar a sus padres en la economía de su casa, a diferencia de Marion que tenía tiempo de sobra. Algunos de sus compañeros de escuela la consideraban adinerada y le hacían desaires por no tener que trabajar como ellos. A Marion le molestaba mucho que sus padres nunca la dejaban acompañarlos al trabajo, ellos siempre ponían de pretexto no podrían cuidarla mientras trabajaban. Ella sabía la dirección de donde se encontraba Amix, pero nunca había tenido el valor de ir sin el consentimiento de sus padres.

Ese día era diferente, la mañana parecía soleada y el cielo lucía un color añil resplandeciente. Ella decidió colocar en una mochila una botella de agua, un sándwich de pollo, unas galletas y una manzana, pidió por medio de una aplicación de su celular un servicio de taxis y se dirigió a la empresa. En todo el camino fue en silencio pensando en alguna mentira qué decir en recepción para poder entrar al lugar, ella siempre tenía en la mente el concepto de un hospital ya que operaban a personas y les implantaban órganos, sin embargo su padre siempre le decía que él no lo consideraba como tal, más bien era como una fábrica de androides tontos. Cuando veía su rostro confuso, simplemente la abrazaba y le decía que estaba jugando.

Al llegar al lugar, se bajó del taxi y alzó su vista, logró ver un edificio de quince pisos de alto, había una fuente en la entrada y unos asientos de piel color marrón donde las personas esperaban para hacer su cita o esperar su turno de ingresar, había pantallas holográficas donde pasaban programas de entretenimiento y una sala de videojuegos para los niños pequeños. Ninguna de las personas parecía enferma o que necesitase algún órgano, de hecho parecían sanas, nunca se imaginó ver a personas tan arregladas y bien vestidas para ir a un hospital. Las personas platicaban entre sí o checaban sus redes sociales, había un poco de bullicio y la recepcionista parecía una modelo de revista.

Marión no supo qué más hacer para poder entrar, así que decidió platicar con una mujer que se encontraba sentada en el último asiento de la fila.

—Disculpe, ¿puedo sentarme a su lado mientras espero a mis papás? —dijo con un tono inocente.
—¡Claro, niña! Soy la última cita programada en este día, y por lo visto tardarán en llamarme —dijo mientras guardaba su celular—. Mejor dime ¿qué operación se realizaron tus padres?
—¿Mis padres? ¡Oh! ninguna, ellos son doctores que trabajan aquí —exclamó Marion—. Y usted ¿qué operación se realizará?
—¡Qué bien! Yo me haré un trasplante de ojos 2.0, son lo último en la moda tienen seis diferentes tonalidades y tienen visión 20/15, puedes autorregular el color de tus ojos a tu antojo con sólo pasarlos frente a un dispositivo que aquí mismo te venden, ¿no es fantástico? —dijo la mujer con una sonrisa resplandeciente.

Marion se quedó atónita al oír a esa mujer que se sometería a una operación de trasplante de ojos, sólo porque quería tener el control de cambiarlos de color. Ella sabía que la recuperación incluía meses de reposo, alimentación adecuada y muchos cuidados, pero aquella mujer parecía muy emocionada sin que se viera en su rostro un atisbo de miedo o preocupación.

—¡Claro, es genial! —dijo con un tono de alegría fingida que aquella mujer ni siquiera notó.

Después comenzó a poner atención a la conversación de las demás personas, y escuchaba a un hombre hablar de su trasplante de riñón por el reciente modelo Fortex que le permitiría beber alcohol sin medida sin que este se dañara, además de que le incluía una dotación de pastillas anticruda; otra mujer comentaba que se realizaría un trasplante de oído Plus el cual le habían dicho que era realmente una maravilla y que con el amplificador que tenía ella podría oír las conversaciones de sus vecinos, incluso escuchar el celular de su marido aunque este no estuviese en altavoz; una mujer conversaba con un hombre lo contenta que estaba porque ahora podría comer todo lo que quisiera sin engordar, gracias al nuevo estómago Antifat. De pronto ella solo se quedó viendo a todas las personas y sintió un mareo repentino, como si toda aquella muchedumbre comenzara a dar vueltas, no daba crédito a lo que escuchaba, como era posible que personas estuvieran ahí por su propia voluntad, pagando para que les cambiaran partes de su cuerpo por puro gusto.

De pronto vio salir a una mujer en una silla de ruedas con la piel con un tono hermoso dorado, la mujer se veía entre dormida y despierta. Lo que más le sorprendió fue ver a su padre empujando la silla de ruedas buscando a los familiares, una vez que los encontró, solo dijo: Sigue con los efectos de la anestesia pero pronto pasarán, por lo que deben surtir estos medicamentos para controlar el dolor y untar esta crema cada 8 horas para que se desinflamen todas las partes donde insertamos agujas —dijo con tono serio el padre de Marion—, es importante seguir las indicaciones porque de lo contrario podría infectarse la piel y tener complicaciones.

Los familiares asintieron con la cabeza, tomaron la receta y le dieron las gracias a su padre. Un hombre comenzó a empujar la silla de ruedas mencionando que su esposa había quedado muy hermosa y que había valido la pena el dinero invertido. La mujer con los ojos entreabiertos sólo extendió la mano empuñada con el pulgar arriba y sus familiares entre sonrisas la llevaron hacia el exterior.

De pronto su padre volteó hacia donde estaban los demás pacientes esperando y antes que pudiera decir algo la vio sentada entre la muchedumbre. Marion que estaba con los ojos abiertos como platos, sólo sintió una sensación de vértigo y se dirigió a la puerta mientras escuchaba unos pasos tras ella.

—Marion, espera, ¿a dónde vas? —dijo su padre preocupado— No debiste venir aquí, lo sabes.
—Tienes toda la razón, no debí venir aquí —dijo Marion con la voz quebrada.
—No te oyes bien, lo último que yo quería es que conocieras este lugar y sobre todo a las personas que vienen aquí —le dijo mientras le tomaba suavemente el brazo.
—No te preocupes, papá, yo sólo quiero ir a casa y estar sola un momento —le dijo viéndolo a los ojos—, puedes pedir un taxi desde tu celular y ver que realmente voy para allá, te prometo que no miento.
—Pediré permiso para llevarte yo mismo, no quiero que regreses sola —le dijo con un tono de preocupación—, además tiene mucho tiempo que no solicito permisos.

Su padre habló con la recepcionista para avisar que tenía una emergencia y tenía que retirarse y que él le avisaría por teléfono a su esposa. Algunos pacientes se comenzaron a quejar porque sus citas se habían pospuesto, pero al salir de aquel lugar sus voces no se escuchaban más.

En el trayecto de regreso a casa, su padre y ella iban callados. Al llegar a su departamento, su padre se le quedó observando con ojos tristes o quizás un tanto avergonzados. —Hija, por favor dime algo, la verdad es que me preocupa el rostro que traes desde que regresamos.
—No te preocupes, yo no siento tristeza o enojo por ti —dijo Marion mientras se acercaba a abrazar a su papá.
—Lamento no ser un médico de verdad y que no estés orgullosa de mí —dijo su padre con la voz entrecortada.
—No, papá, no digas eso, además si tú no lo hicieras alguien más lo haría —dijo Marion mientras se sentaba en el sofá—, es sólo que tenías razón, la gente no siempre sabe la diferencia entre el deseo y la necesidad. Sólo sé que soy una niña que desconoce muchas cosas, pero que tiene miedo de terminar siendo esclava del deseo y los caprichos.
—Mientras estemos contigo trataremos de educarte, guiarte y sobre todo hacer que te ames por lo que eres. Las personas inseguras son capaces de soportar dolor, de someter su cuerpo a diversos cambios para agradarles a los demás, lo único que debes recordar es que únicamente debes agradarte a ti misma.

Los dos se quedaron sentados en el sofá abrazados por un momento y después decidieron comenzar a preparar la comida para sorprender a su mamá, quien se había quedado a terminar su jornada laboral.

 

Brenda Karina López Vázquez

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