Versus – “The Disaster Artist”

Debo admitir que James Franco nunca me ha simpatizado, por lo que posiblemente este texto esté un tanto sesgado. Nunca me ha caído bien porque me parece un actor limitado, cuyo único mérito es parecerse a James Dean e intentar explotar ese papel de galán mariguano que se ha ocupado de perfeccionar en los últimos años.

Lo recuerdo en la trilogía original de El Hombre Araña y sólo veo a un actor impotente, incapaz de dar vida al mejor amigo -y a la postre archienemigo- del personaje principal. Ahora, con una película dirigida por él, que se centra en burlarse de los aspectos raciales de un inmigrante, con las acusaciones de acoso y abuso sexual en su contra y la actitud que mostró con Tommy Wiseau en la pasada entrega de los Globos de Oro, queda claro que mi animadversión puede que esté bien justificada.

The Disaster Artist está cosechando premios y elogios no por su calidad, sino por representar el antisueño americano, ese donde la caída del poderoso genera una alegría malsana en el público y crítica gringos, a los que no les basta con que The Room sea una pésima película, encima tienen que asegurarse de que su creador esté loco, sea un inadaptado que no merece comprensión alguna y que evidentemente no sea gringo de nacimiento. En otras palabras, todos los estadunidenses que alaban a una película evidentemente mediana se están comportando como el presidente de su país.

La película narra las peripecias de Tommy Wiseau y Greg Sestero para rodar lo que los ignorantes llaman la peor película de la historia, o más condescendientemente, la mejor peor película de la historia. The Room es una cinta imposible de ver, fruto de la incompetencia de sus creadores, pero de ahí a nombrarla la peor película es una muestra evidente de que se desconoce el videohome mexicano. Por otro lado, tampoco es siquiera una película que valga la pena para burlarse de ella: está tan mal realizada que después de unos pocos minutos la pena ajena lo embarga a uno y no puede sino sentir lástima por los participantes y es preferible abortar la misión. James Franco, con toda la actitud de hacer leña del árbol caído, decidió hacer una película que todo el tiempo se centra en representar a Tommy Wiseau (director, escritor, productor y actor principal de The Room) como un villano al estilo Disney: tonto, con secuaces todavía más tontos y que al final es redimido por la comedia. Lo convierte en un niño berrinchudo cuando es evidente que Wiseau es un personaje muchísimo más interesante y que de haberse centrado en su vida, y no en su obra, la película habría resultado más aventajada.

The Disaster Artist se encarga de explicarnos las situaciones que pueden limitar el triunfo en Hollywood y lo hace a través de burlarse constantemente de la desconocida etnicidad de Wiseau, del misterioso origen de su fortuna y de su evidentemente frágil autoestima. Es una película hecha para reírse de una persona, no para reírse con la película que dice mencionar. Es el reflejo de un público y crítica más enfocados a señalar los errores que a desmenuzar los ingredientes del entretenimiento actual. En estos tiempos de señalamiento al bullying y sus consecuencias, es irónico que una película que se la pasa menospreciando a una persona esté gustando tanto a la crítica. Es como si proyectasen sus filias y fobias en la figura de un hombre que intentó llegar al estrellato sin ceñirse a las reglas de la industria y ahora esa industria se lo está cobrando a lo chino.

James Franco únicamente intenta imitar el acento de Wiseau para su actuación (porque las prótesis no cuentan como actuación), decir que lo logra es mera presunción porque tampoco es que sea un acento difícil de imitar. De ahí en fuera se limita a imitar la actuación de Wiseau en su película, sin llegar más allá. Dave Franco hace su mismo papel de siempre, el de chavo buenaondita y simpático, sin lograr un trabajo más profundo. El resto del elenco es invisible porque sale muy poco tiempo o porque realmente no aporta trabajo alguno. The Disaster Artist es una película hecha entre amigos, que realmente no tiene mérito alguno y no tendrá trascendencia una vez pasado su estreno. Es de esas cintas que hacen que uno odie al cine, no por mala, sino por evitar el análisis y centrarse en el chiste fácil, un chiste de después de media hora de metraje deja de ser gracioso.

Quizás lo único rescatable de todo este affair es que, ahí donde Franco está fracasando cualitativamente como cineasta, Wiseau ha logrado pasar a la posteridad, pues no sólo puede presumir que su película siga proyectándose después de tantos años, ahora tiene una película que habla de un momento de su vida. Sin quererlo, el bullying lo volvió inmortal.

(Publicado originalmente en  REVISTA CINEFAGIA y reproducido con permiso escrito del autor)

 

 

Rodrigo Vidal Tamayo Ramírez 

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