Sin tierra, sin frontera

A la distancia parecía un delfín muy grande de largas aletas. Conforme se aproximaba al muelle era evidente que no se trataba de eso. Las esclusas estaban cerradas y si la forma pinípeda seguía avanzando a saltos a esa velocidad, no se abrirían a tiempo para evitar el impacto a más de treinta nudos.

Viéndolo más de cerca, la silueta alargada, hidrodinámica, tenía una punta afilada, rematando un cuerpo cilíndrico cuyo dorso desprovisto de aleta era plateado, y su vientre estriado de un color gris pálido; la cola se movía velozmente de arriba abajo, pareciendo más el aleteo de una libélula en el aire, que una cauda luchando contra la densidad del agua de mar.

Aunque no tenía ojos propiamente, pudo percibir la silueta circular de tres kilómetros de diámetro de Euryale, con sus tres montañas perfectamente simétricas y cubiertas de vegetación sobre las que brillaba el sol. Seguramente la superficie de la laguna que había en el centro de la isla estaría tibia, y sonrió para sí pensando en cómo era posible que tras tanto tiempo nadando, se le apeteciera seguirlo haciendo cuando llegara. Las esclusas comenzaron a descender, pero a media milla de distancia y a esa velocidad, el impacto con el borde ocurriría en unos segundos.

El último salto lo dio a una decena de metros, extendiendo las aletas pectorales a los lados, planeando como un pez volador que redujese su velocidad, pasando por encima de las hojas de polímero color naranja de la esclusa, que aún no terminaban de plegarse. El cuerpo ágil y pesado del abre-brechas synthorg se estrelló en el agua, justo a la mitad de la bahía artificial, salpicando incluso a varios de los paseantes de la marina que se habían detenido para observar y causando aun más perturbación en el oleaje que mecía las embarcaciones y los cetomorfos que descansaban amarrados a los mueles.

Lili vio la forma acercarse al muelle donde estaba ella, tenía salpicaduras de agua salada en la blusa y el cabello recogido en una cola de caballo. En el implante de su oído escuchó una risita cuando la forma de vida sintética parecida a un delfín, emergió tímidamente junto a ella, en el muelle, y se adosó con cuidado. En la superficie plateada del cuerpo, donde debía haber un espiráculo, se abrió una hendedura que expuso el tejido impermeable y rojo de sus entrañas. Como una Venus Atenea parida por una deidad submarina, la delgada silueta de Karla apareció, enfundada en una segunda piel sintética gris, desde el interior de la forma de vida sintética. En cuanto sacó los pies del interior para pisar la escalinata y pisar el entablado del muelle, la abertura se cerró en un acto reflejo.

—El faro se encendió hace dos horas, ¿por qué tardaste tanto? —Lili caminaba presurosa delante de su hermana menor, quien se estaba secando el líquido que le hacía brillar el cuerpo bajo la luz de mediodía. Su segunda piel translúcida, empezó a tomar un color azul oscuro conforme se secaba, contrastando con su cabello negro mojado.
—Al final me apresuré —la única respuesta que Karla recibió de su hermana, fue un bufido entre dientes. Pensó que si su hermana hubiera visto su sonrisa burlona, el bufido hubiera sido más sonoro y acompañado de una negación con la cabeza, igual que lo hacía su padre cuando no aprobaba sus decisiones.

Más allá de las instalaciones de la marina, después de las casas de bombeo y los astilleros, un ancho prado de césped fresco y mullido, salpicado de flores y surcado por un sendero de arcilla, se extendió delante de ellas. A Karla le hubiera encantado correr y zambullirse en la tentadora superficie de la laguna, en la que algunas personas nadaban, sorprendiéndose una vez más de su propia hidrofilia.

El sendero de arcilla hacía las veces de avenida principal en la isla, conectando los enormes edificios tapizados de plantas tropicales y cristales solares, que a la distancia parecían montañas. Un enjambre de drones, parecidos a escarabajos, pasó volando sobre ellas, zumbando y se perdió entre el follaje de las palmeras que rodeaban el sendero. Después de varios minutos, se dirigieron al edificio B y ahí tomaron el ascensor.

Conforme descendían a las entrañas de la isla, pudieron observar a través de la membrana del elevador, la estructura ramificada que daba soporte a la circunferencia perfecta de la isla: enormes travesaños de depósitos minerales, ensamblados por los millones de microbots que hasta la fecha seguían dándole mantenimiento. Por encima de ellas, las siluetas de los nadadores de la laguna iban disminuyendo su tamaño, hasta pasar el fondo y llegar al área inferior, donde desde un costado del elevador se apreciaba una buena parte de los procesos vitales que se llevaban a cabo: la ósmosis inversa para obtener agua y minerales, la digestión de desechos, los huertos hidropónicos iluminados por luz artificial, y los criaderos de peces. Al llegar al nivel más bajo, quinientos metros por debajo del nivel del mar, le dieron la espalda al interior de la isla y accedieron a un amplio pasillo alfombrado con musgo pardo y flanqueado por paredes cubiertas de duela.

El laboratorio de biónica estaba ahí, donde era más sencillo refrigerar el equipo electrónico con el agua naturalmente fría del mar. Un autótrofo, con la piel cubierta de atigradas manchas verdes fotosintéticas, giró la cabeza y miró a las hermanas cuando entraron. A su lado, una mujer ciborg hacía ademanes en el aire con sus brazos artificiales, mirando en su retina una pantalla sobre la que escribía y pulsaba comandos.

—Doctora Van Dover.

La mujer extendió su mano izquierda y un dedo índice de polímero, tan rápido como lo volvió a dirigir a la pantalla invisible. Después de unos minutos, hizo un ademán con ambas manos delante de ella y giró para encarar a las hermanas —Me dejaron esperando una hora y media, y hay muchas cosas que hacer. Pasen por favor.

La sala de estar del laboratorio era bastante cómoda: una pantalla mostraba el paisaje soleado de la laguna central, y otra la ubicación actual de la isla, entre el meridiano veinte y el trópico de capricornio. Había tres sillones amplios tapizados en color olivo, una cocineta junto a una barra donde varias botellas de vidrio con licor reposaban fijas a sus dispensadores. Sin ceremonia Karla sacó un vaso de un cajón y vertió un chorro de xtabentún ámbar en este, apurando el anís tanto por su boca como con su olfato.

—¿Nos acompañas, Karla? —Lili estaba más tensa que su hermana y no era ella quien daría el informe.

Karla se encogió de hombros y se sentó en el sillón del fondo, la Doctora Van Dover ya había iniciado una conexión entre ambas, en una pantalla que compartían su asistente autótrofo y su hermana. Un asistente gynoide entró a la habitación y se puso del lado de la doctora, iniciando transmisión hacia la Inteligencia Artificial que coordinaba la operación de la isla.

Karla recordó en fracciones de segundo cómo se había conectado a la forma de vida sintética con forma de delfín, que ahora descansaba en coma en el muelle, desprovista de la conexión a su cerebro. También recordó el registro de variaciones de presión, temperatura, flujo de alimento y oxígeno a través del fluido en el interior del synthorg, y todo dato obtenido durante sus recorridos diarios, desde hacía seis meses. Y sin ninguna ceremonia, la transferencia de información terminó en unos minutos.

— Los datos ya fueron interpretados y enviados —anunció la gynoide de apariencia antillana y vestida con shorts y blusa floreada.

Van Dover se dispuso a cocinar. Pudo haberlo hecho la gynoide de habérselo pedido pero era su forma de relajarse. Manipulaba información genética todos los días, hervir y colar spaghetti, y preparar albóndigas, hacía que la parte analítica de su cerebro descansara y le dejara el trabajo a su instinto, a su olfato y sobre todo, a su tacto. La doctora tenía un excelente sazón, si bien su repertorio de cocina no era tan extenso como su experiencia secuenciando genes.

Durante la comida y la sobremesa, la conversación fue sobre el torneo local de voleibol, la organización del baile de primavera y la pieza musical que estaba componiendo Lili entre otros chismes. Para cuando estaban terminando el quindim de postre, la gynoide anunció que la videoconferencia estaba lista y empezaría en unos minutos más.

Acomodados de nuevo en la sala, un autótrofo completamente verde, sin cabello y con labios muy gruesos, se presentó —Van Dover, me da gusto verla de nuevo. Karla, Lili, Niles, buenas tardes. Conmigo se encuentra el Consejal Gabino Gaona, quiere agradecerles en persona su trabajo.

En la pantalla apareció un transhumano como habían visto pocos: carente de pelo, ni siquiera tenía cejas. Un grueso tercer párpado transparente cubría su ojo. Sus fosas nasales, reducidas a dos rendijas que se abrían y cerraban herméticamente al respirar, estaban instaladas en medio de una cara chata de labios carnosos y en cuya cabeza sin orejas, un moko maorí parecía fluctuar en una especie de modo de comunicación gestual. Una voz sintética, grave y tersa, se escuchó en la pantalla —A nombre de mis compañeros exiliados, les damos las gracias por compartir su tecnología.
—No entiendo, Consejal Gabino, si ya están adaptados a vivir en el mar, ¿para qué quieren desarrollar synthorgs? –Karla había hecho la pregunta de forma inocente, curiosa, algo que Van Dover no reprochó, pero si causó un gesto de desaprobación por parte de su hermana.
—Las modificaciones actuales nos mantienen atados a las costas. No podemos alejarnos mucho nadando y necesitamos emerger para respirar y descansar. En cambio, unidos permanentemente a un synthorg cetomorfo, somos libres para explorar mar abierto, alimentarnos, respirar y descansar a través de él. De este modo, sólo necesitaremos volver a tierra para procrear.

Karla estaba a punto de responder, pero Van Dover alzó de nuevo el índice para señalarle que se contuviera. La conferencia continuó durante casi una hora, al cabo de la cual, después de intercambiar buenos deseos, se despidieron. La tarde caía, no tardaría en anochecer.

Nadando de dorso en la laguna artificial de Euryale, la noche cayó. Esperó a que los bañistas se retiraran a sus habitaciones, y para cuando se quedó sola, las primeras estrellas ya brillaban en el cielo sobre ella. En el intersticio de la masa de agua dulce y el mar estelar, cerró los ojos y recordó los seis meses anteriores, pasando más de la mitad del día dentro del cetomorfo, persiguiendo atunes, saltando con delfines, e incluso algunas veces teniendo relaciones con algunos de ellos.

Imagino entonces un futuro cercano, en donde muchas personas colonizaban los mares de forma permanente, sin suelo, sin fronteras, sin más patria que todos los océanos de la Tierra.

 

Abraham Martínez Azuara “Cuervoscuro”

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