El regalo

Hoy era el día y al parecer nadie lo recordaba, ella misma había encerrado la fecha en círculos rojos, se aseguró que todos los calendarios de la casa estuvieran marcados, por tanto era un olvido intencional de sus dos hermanas, eso encrespaba a Alexia (en realidad su nombre era Alejandra, pero sentía que Alexia era más de mundo, como ella misma sentía ser), al parecer sus hermanas ya no le respetaban como era debido, después de todo era la mayor (60 primaveras tenía en su haber, dos años mayor que una, y cuatro mayor que la otra) y le debían algo más que respeto, agradecimiento diría Alexia.

Yolanda (la menor de las tres) embebida con sus plantas. El segundo piso, que es el que le correspondía para vivir, tenía la apariencia de una selva tropical, entre hojas y ramas no se vislumbraban las paredes, el aroma a pesticida impregnaba cada resquicio de ese nivel de la casa, incluso había algunos vecinos que creían firmemente que en las venas de Yolanda corría savia en lugar de sangre.

El tercer piso, más por necesidad que por derecho, lo habitaba Sofía (la intermedia en nacer) con sus chorro-mil gatos, ese piso era ideal para ellos, tanto por la libertad de los gatos para salir como por la necesidad de respirar de las tres hermanas, a Sofía se le había visto algunas noches de luna llorar en su ventana mientras todos sus gatos maullaban, llegó a reunir una pequeña multitud las primeras veces de este nocturno detalle, después los vecinos fueron indiferentes.

No era la primera vez que Alexia se sentía afectada por la conducta de sus hermanas, ella únicamente había ejercido su derecho de hija mayor, el piano frente al que acababa de sentarse era la primer muestra de ello. Cuando Yolanda iba a cumplir quince años esta no deseaba fiesta alguna, pensaba pedir eso… un piano; Alexia sabía perfectamente cuántas ganas tenía Yolanda de aprender música, pero también tenía la convicción de que una fiesta de quinceañera toda mujer debía vivirla, así que se anticipó a la petición de su hermana pequeña, con vehemencia solicitó un piano a sus padres y se lo concedieron, por lo tanto ya no comprarían otro para Yolanda, quien tuvo que usar un vestido que le desagradaba, bailar un vals que preferiría interpretar, convivir con parientes que ni recordaba, saludar amigos de quién sabe quien, y soportar uno que otro agarrón de los infaltables borrachos. Alexia se sentía satisfecha por su logro, su hermana menor no se había perdido lo que ella consideraba “un momento mágico”, seguramente al llegar a casa después de la fiesta se lo agradecería con lágrimas en los ojos, casi tuvo razón, porque de que tenía lágrimas en los ojos, sí que las tenía, y en abundancia, pero lo que es agradecimiento… pues no, no hubo, más bien fue algo así como lamentaciones y reproches, pero sobretodo esa pregunta “¿Por qué?”, Alexia no sabía a qué se refería la malagradecida de Yolanda, así que optó por salir de su habitación dejándola sola para que recapacitara, por supuesto que eso nunca ocurrió.

Estar frente al piano le resultó repentinamente incómodo, en realidad nunca le había resultado agradable, no entendía para qué eran tantas teclas, mucho menos el porqué Yolanda quería aprender algo tan complicado, así que se puso de pie y fue a la cocina, cada vez que se sentía decepcionada el apetito hacia acto de presencia. También cada vez que estaba contenta, cuando estaba triste, enamorada, hastiada, cabizbaja, en fin, era bastante tragoncita y cualquier pretexto era bueno para un bocado.

El tocino crepitaba al calor de la vieja estufa, el mirar el fuego bajo la sartén le resultó casi hipnótico, un efecto curioso que le evocó una sonrisa, pues frente a otro fuego encendido ya hace treinta y ocho años, Alexia conoció los placeres de la carne, no como el del vulgar y dañino tocino, sino como de…, pues de la carne, y como no creo que padezcan de inocencia profunda, fácilmente sabrán a qué me refiero: una fogata al aire libre, una noche de luna llena, la suave serenata de los insectos nocturnos y el estar lejos de casa podían volver a cualquiera una víctima sexual, no era una oportunidad para dejar pasar, por lo tanto Alexia ubicó y obtuvo a su víctima esa noche.

Las tres hermanas quedaron sorprendidas esa ocasión, sus padres habían dado permiso para que Sofía fuera con Rodrigo, su novio, de campamento un fin de semana, la sorpresa fue apaciguada cuando les comunicaron que Alexia iría de chaperona, Sofía tenía ya tres años de noviazgo con Rodrigo, eso ameritaba cierto grado de confianza en la familia, y aunque no se había hablado de matrimonio seriamente, Rodrigo ya contaba con unos ahorros para el caso, pues Sofía tenía un recurso muy efectivo para presionarlo… el sexo, primero le daba alas con caricias atrevidas y besos bastante candentes, pero cuando el pretendía desahogar las exigencias de su virilidad, ella lo detenía secamente al decirle “no, Rodrigo, quiero llegar virgen al matrimonio” mientras su seductora actitud cambiaba a la modalidad de recato y mesura. Podría parecer algo cruel en estos días un tanto libertinos, pero en aquellos años resultaba un sistema común y efectivo para amarrar marido.

Todo resultó agradable en el paseo, Rodrigo era un tipo simpático, de complexión atlética y de aspecto inteligente, Alexia notó esos detalles hasta ese día pues nunca le había prestado atención, mientras más avanzaba el día más interesante le parecía la pareja de su hermana, su interés llegó al máximo al caer la noche, su paciencia ya se agotaba, pues la necesidad de tocar a Rodrigo quemaba a Alexia por dentro, el fingir tantas horas de indiferencia frente la pareja la tenían en un estado de alta tensión, ambas damas dormirían en una casa de campaña mientras el caballero ocupaba otra.

Alexia esperó a que su hermana se quedara profundamente dormida, el cansancio del día no era para menos, ambas padecían la misma fatiga pero Sofía no tenía la menor intención de echar a perder su plan a base de virginidad, ni una pizca de desconfianza hacia su hermana, por eso concilio el sueño fácilmente y al llegar el momento adecuado Alexia salió discretamente de una habitación de lona para entrar a otra. Al tiempo que acariciaba el cuerpo del dormido Rodrigo trataba de justificarse a sí misma, se repetía una y otra vez que lo hacía por su pobre hermana, debía de poner a prueba la fidelidad de esa relación y que no lo hacía por puro instinto animal. Entre sueños Rodrigo reaccionó a las caricias de Alexia y sin abrir los ojos respondió como lo habría hecho cualquiera, bueno, cualquiera que como Rodrigo hubiera confundido con su novia a la hermana de la misma, pues en su estado de excitación somnolienta no se preguntó por qué ahora su novia estaba dispuesta a todo, ni por qué su voz al gemir era un poco más grave, la confusión terminó cuando Sofía se levantó para orinar y se dio cuenta que su hermana no se encontraba a su lado, tal vez también tuvo la misma necesidad pensó Sofía, pero mientras se relajaba en cuclillas escuchó un grito de mujer proveniente de la tienda de su novio, corrió para ver qué ocurría… era Alexia que había tenido su primer orgasmo. Sofía al llegar también gritó “¡Rodrigo!, ¡¿Cómo pudiste?!” dio media vuelta y se fue a su propia tienda a llorar, al darse cuenta de con quién había casi consumado relaciones (pues fue interrumpido siete  segundos antes de su propio clímax), sólo le pudo decir con rencor “¿tú, cómo te atreviste?” al tiempo que cubría su desnudez con una manta, Alexia aún aturdida por la nueva sensación que acababa de experimentar le contestó, “¡por mis hermanas me atrevo a cualquier cosa, y si es necesario lo volvería a hacer!, ¡engaña-mujeres!” tomando sus ropas y saliendo a consolar a su decepcionada hermana.

Rodrigo quedó consternado por la respuesta de la desnuda mujer, ya que el engañado y utilizado había sido él. El regreso a casa se realizó con los primeros rayos del sol, en un absoluto e incómodo silencio, por más que Alexia le dijo a la ofendida que lo había hecho por su bien, que fue un acto de sacrificio para desenmascarar a ese farsante, Sofía se negaba a creerlo, pues poco antes de ver el sucio espectáculo alcanzó a escuchar a su novio decir suavemente “es delicioso Sofía, te amo”, eso le había dado un esbozo de la verdad, pero no se lo menciono a nadie, ni a la ventajosa de Alexia; en cambio ésta última, de tanto repetir su imaginario argumento había terminado por creérselo, y al paso de los años, aunque recuerda esa noche con cierto placer morboso, también hace que se considere una mezcla de mártir y heroína, a la cual nunca se le recompensó como era debido, en lo referente al ultrajado Rodrigo, las dejó en su casa y jamás volvió, aunque Sofía lo buscó para decirle que aún lo amaba y que lo ocurrido no era culpa suya, él supo esquivarla, pues estaba convencido que deseaba verlo sólo para reprocharle su canallada. Ahora es un feliz abuelo de catorce chiquillos.

Lo malo de comer algo en casa es que después se tienen que lavar los trastos sucios, Alexia recogió la cocina dejándola bastante limpia, creía que manteniéndose ocupada olvidaría el desaire de este día llevado a cabo por sus hermanas, pero en ese aspecto era bastante obsesiva y no lo olvidó. Salió de la cocina decidida a tomar una siesta, pues el enojo a esta edad ya le provocaba estragos notorios, se le subía la presión y le daban mareos, en el caso de estar acompañada hasta desvanecimientos sufría.

La puerta de su cuarto estaba entreabierta cuando ella siempre la cerraba, entró con desconfianza revisando visualmente por si había alguna anomalía, y la encontró, en el buró junto a su cama había una maceta y una tarjeta roja, Yolanda sí lo recordó, su hermana menor no hizo de lado su cumpleaños. Alexia se extrañó de la impersonal forma de entregar el obsequio, tal vez bajaría mas tarde para brindarle un fuerte abrazo, tomó la tarjeta y sin leerla la dejó sobre la cama, “una planta, ¿pero Yolanda cree que a todos nos gustan esas cosas verdes?” pensó Alexia desdeñosamente, y aun así le vacío un vaso de agua de la jarra que se encontraba en el otro buró, miró con curiosidad la planta, pues al recibir el agua pareció crecer un poco, así fue en realidad los primeros segundos, ya que enseguida no fue un poco sino un mucho, antes del minuto ya media un metro y medio, al parecer era una especie de enredadera, ya envolvía el buró donde se encontraba, e iniciaba con la orilla de la cama en la que estaba Alexia totalmente embobada, jamás había visto a una planta crecer de esa manera. Su mirada trató de seguir las extensiones de los tallos que ya cubrían medio muro y los pocos muebles de la habitación, una incómoda sensación en sus piernas la arrancó de la fascinación por el fenómeno, la pierna derecha estaba cubierta por la planta hasta el nivel de la rodilla, la izquierda en cambio tenía sujeto hasta el tobillo, se sacudió frenéticamente hasta que el pie izquierdo quedó libre, se quitó el zapato de tacón del mismo y con él destrozó los tallos que cubrían la otra pierna, en su desesperación por liberarse no sentía como rasgaba su propia carne, para cuando zafó la pierna ya no podía moverla, pero el miedo es un motor poderoso que la hizo avanzar lenta y firmemente hacia la puerta. A pesar de la corta distancia tropezó varias veces debido a la verde y móvil cubierta del piso; mientras vigilaba el lugar donde pisaba, en la puerta se formaba una reja vegetal, al ver su salida bloqueada enloqueció de rabia por lo inútil de su esfuerzo, con toda la furia que su escasa fuerza le permitió… empezó a morder como un castor demente, tallo que conseguía romper, uno nuevo lo substituía, el cansancio y el dolor se volvieron insoportables para la desesperada anciana, ya no era posible ver el exterior del cuarto, se había convertido en una especie de capullo vegetal, varias extensiones de la planta ya se aproximaban decididas, entonces escuchó… maullidos, uno más potente y angustiante que los demás.

Sofía estaba comandando a los felinos en su propio idioma, la horda de mascotas penetró sin dificultad al irreconocible recinto gracias a sus colmillos, garras y enorme cantidad, la enredadera casi quedó destruida y Alexia reposaba al borde de la inconsciencia tendida en el piso, los maullidos se volvieron ronroneos en los animales que ya rodeaban el maltrecho cuerpo, la herida mujer a punto estaba de darle las gracias a la corte gatuna, cuando escuchó dos voces discutiendo, eran las hermanas menores tratando de decidir algo, sus oídos captaron el incidente del piano y la fiesta, el del novio de Sofía, y otros tantos en los que Alexia había tenido que ver cambiando el curso de vida de sus hermanas, sólo que se escuchaban tan diferentes en boca de ellas, la hacían ver como la mala de la película, la nombraban con un rencor que había madurado a través de los años y los hechos.

Repentinamente el dialogo cesó, una de ellas había cedido ante los argumentos de la otra, pero fueron ambas las que entraron al cuarto de Alexia, los gatos se apartaron al paso de las mujeres e incluso la planta parecía ofrecerles un camino menos accidentado, cuando llegaron frente a Alexia, ésta no pronunció palabra alguna, pues no sabía qué esperar, pero adivinó que Yolanda resultó la perdedora en el alegato de segundos atrás, la delataba el puchero un tanto infantil que se dibujaba en su cara, además la mirada altanera de Sofía corroboraba la sospecha, ¿pero qué había ganado? ¿Cuál era el motivo de la discusión? Sofía se agachó lentamente hasta el oído derecho de Alexia.

—Yo tendré el honor de retribuirte una pequeña parte de todo lo que nos has dado— dijo Sofía suave pero triunfalmente, se incorporó y salió de la habitación junto con Yolanda, en cuanto cruzaron el umbral, Sofía emitió un profundo ronroneo que se tradujo en un ataque del ejército felino sobre la tendida Alexia. Garras y colmillos se tiñeron de carmesí rápidamente mientras la vieja Alexia se convertía en jirones de piel y nervio, Yolanda y Sofía preparaban en la cocina un pastel que adornarían con la leyenda de “FELÍZ CUMPLEAÑOS QUERIDA ALEXIA”.

 

Fernando García Rosales

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