La niña de los ventiladores

Ella tenía nueve años y era una genia aunque un poco engreída, tenía las mejores calificaciones del estado. Fue invitada a un congreso en el que grandes personajes iban a estar escuchando los debates entre niños de todo el país. Recibió su carta de aceptación un sábado y pensó que no se podría sentir más feliz aunque hubiera recibido una de Hogwarts. El día del evento el papel estaba todo arrugado y sucio de polvo y grasa de los dedos. El personal de la entrada vio esto con duda, pero justo cuando esa duda iba a claudicar, Venia dijo:

─No me pueden decir que lo acabo de imprimir, ni que fuera un billete para querer hacerlo.

Entonces la miraron con recelo y tuvieron que llamar al supervisor, no podían arriesgar nada con tanta gente importante en el lugar.

─Todo está bien ─dijeron.
─Todo está bien, desde luego y todo estará mejor muy pronto.

No podía perder más tiempo. Las actividades de cada día fueron muy interesantes, charlas, talleres, mesas redondas. Vania participó en todas las que pudo y conoció a todas las personalidades importantes que se dejaron halagar, empresaurios, artistas conceptuales, sociólogos famosos, filólogos rockstars y personas que cada frase que decían era un palíndromo en griego antiguo. Vania jugó ajedrez con varias personas al mismo tiempo a la hora de la comida y descubrió las amarguras de la comida espacial.

La gente se acomodó en sus lugares, todos se pusieron de pie cuando entró el presidente de América, tocaron el himno nacional e hicieron el juramento. Uno a uno de los niños expusieron las bondades de construir el muro que separaría a Estados Unidos de México y de separar a los mexicans de los americans.

En el registro en línea había propuesto hablar sobre cómo La Bestia funcionaba como una criba que seleccionaba sólo a los latinoamericanos más aptos para el trabajo pesado, la supervivencia del más fuerte y todas esas cuestiones tan interesantes. El hecho de tener que pasar por tantas pruebas con el fin de pertenecer a America, el costo psicológico de entrada hacía que fueran trabajadores fieles y no opusieran resistencia cuando se les trataba mal y se les pagaba poco. Ya nadie se acordaba de ese tema.

Ella estaba temblando, ella era la única que se saldría de su guión, la que diría algo diferente, la nota discordante que lograría lo que nadie había logrado: convencer al presidente de detener la construcción del muro.

El muro no se debía construir. El smog era un tema que afecta a todo el mundo por igual y el muro que estaban construyendo era tan alto que iba a impedir que circulara el aire. Hizo una simulación en la computadora y esta fue proyectada en un holograma en medio de la sala de conferencias. El aire chocaba con el muro y hacía remolinos que en gran parte regresaban a América.

Varios intelectuales corrieron hacia ella con sus lentes de fondo de botella y sus peinados relamidos hacia un lado, ella siguió hablando hasta que llegaron y la sostuvieron de los hombros.

─No me voy a ir, tengo que exponer la verdad…

El presidente se puso de pie y todos comenzaron a hacer lo mismo, pero él les indicó que se sentaran.

─A ver, niña, quiero saber algo… ¿esto afectará a los americanos?
─Claro. A millones.
─Uy… ¿y supongo que también estudiaste la solución?
─No, sólo presento mis cálculos, porque pienso que no es justo que…
─Llévensela, no la quiero en esta sala de conferencias ni en ninguna escuela del país.

¿Por qué la escuela? No, eso era lo más injusto del mundo.

La tomaron de los brazos y ya se la estaban llevando cuando dijo: Ventiladores, señor presidente… grandes, enormes, portentosos ventiladores… justo en lo más alto del muro…
─Que pagaría el pueblo mexicano.
─No veo quién más pueda hacerlo.
─Pero se podría llevar algo de aire fresco nuestro en lugar de smog.
─Podemos poner tubos directamente de las fábricas hacia allá.
─Eso hubieras dicho desde el principio, nena.

Vania se convirtió en la becaria más joven en supervisar una construcción. A ella le llevaban los planos de cada fragmento y proponía ideas brillantes para resolver cada cosa: partes donde había ríos, desiertos, zonas de animales en peligro de extinción y espacios de nativos americanos. Para todo encontraba una solución imaginativa o terrible o a veces ambas cosas.

Tenía 84 años de edad cuando murió. Esparcieron sus cenizas por los ventiladores como una muestra de solidaridad hacia su causa.

 

Jorge Chípuli

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