La última

Anoche lloré.

Es todo lo que recuerdo a ciencia cierta. Mientras que hoy me desperté envuelta en cobijas llenas de sudor, un nauseabundo olor a vómito y cerveza añeja. Al levantarme me golpeé el dedo pequeño del pie en una cajonera de madera vieja y desgastada. La maldije hasta que me cansé. Me llevé las manos a la cara para quitarme el mareo y el ardor en los ojos.

Oriné, jalé la cadena y salí del baño. Seguía borracha, pude darme cuenta cuando cada acción la sentía como un proceso de edición fílmico al estilo Edgar Wright, corte, corte, corte. Regresé a la cama, pero gracias al olor no pude quedarme mucho tiempo ahí, menos aun cuando mi teléfono comenzó a sonar bajo los sutiles y golpeadores efectos de una alarma. “Es domingo por amor de dios” pensé para mis adentros, tomé el celular con la iracunda necesidad de lanzarlo al vacío, allá donde no pudiera volverlo a recoger, allá donde no hiciera daño y entonces vi el título de la alarma: “Enciende la compu”.

“¿Qué?” Solté extrañada. Me levanté y como pude encendí mi laptop, había un postit en la pantalla con una frase escrita: “El amor es una carretera de dos sentidos” pero a partir de “carretera” tenía una línea marcada, como si la frase estuviera equivocada y, bajo ésta, las palabras “de un solo sentido”. Encendí la computadora y en el escritorio todos mis archivos habían desaparecido. Renegué, ahí tenía años de escritos, mi tesis y mis últimos dos años de fotografías; nuestros viajes, las fiestas a las que asistimos juntos, nuestras largas caminatas. Había un único archivo en el centro de la pantalla. Un archivo de sólo lectura.

La cabeza me martillaba horrible, los ojos amenazaban con saltar de sus cuencas, como ratas en un barco que se está hundiendo, huyendo de la perdición de la nave. Luego, fuera de casa, escuchaba un escándalo entre los vecinos, me tapé los ojos como si eso hiciera que el dolor y los ruidos desaparecieran.

¿Por qué había llorado? Era la pregunta que seguía rondándome la cabeza. Me mentía a mí misma, sabía perfectamente porqué había llorado, o mejor dicho, por quién; trataba de olvidarlo, trataba de dejar de sentirme una imbécil. ¡Ah, esos vecinos ruidosos que siguen con sus ruidos! Me levanté y me asomé por la ventana, había un cúmulo de personas a dos casas, señalando y gritando sabe Dios qué cosas.

Volví mi atención a la computadora, abrí el archivo y había sólo una inscripción: “No te preocupes, fue la última” Sentí que esa frase rayaba en el azar ridículo, pero, como ya desde hacía bastante tiempo, una vez que caía en las dulces garras del alcohol, cualquier cosa podría pasar. Me convertí en una zombi y aunque suene a cliché siempre terminaba aceptando sus condiciones para estar juntos. Pinche patética. Me tallé nuevamente los ojos, los sentía arenosos y me ardían. Fue el llanto, me decía esa vocecilla que aparecía cada que hacía una estupidez, lloraste toda la noche, porque al final él decidió irse con alguien más. Delante de ti.

Suspiré. Fue un largo y doloroso suspiro. Intenté retener las lágrimas, intenté parar el dolor, pero seguía ahí, muy marcado, muy adentro. Me sequé el pequeño río que surcaba mi rostro aún maquillado, y sorbí los mocos que intentaban escapar de mis fosas nasales al tiempo que me limpiaba con el dorso de la mano, haciendo ese característico sonido grave.

Volví a centrarme en ese documento en la pantalla de la computadora: “No te preocupes, fue la última” me mordí el labio, intentando recordar algo de la noche anterior, algo más. Sabía que lo había, sabía que la noche anterior algo humillante ocurrió, pero no podía recordar. Lo deje pasar al momento, mientras el ruido de la calle no hacía sino empeorar.

Pensé en salir a caminar, sólo para distraerme, en abandonarme al ritmo de los pasos tranquilos por una calle que desconociera, tal vez así recordaría más. Aunque conociendo mi historia, era algo que me avergonzaría saber. ¿Qué hiciste, cabrona? Me preguntaba mientras me vestía, piensa, recuerda, analiza. No ayudaba mucho. Bajé a la cocina en busca de un Alka Zeltser, para mitigar mi dolor estomacal. Cuando llegué, mi cabeza comenzó a dar un nuevo giro y me pregunté ¿Por qué tendría que haber sido culpa mía? ¿Por qué tenía que echar todos los demonios del dolor  y la miseria sobre mis hombros? ¿Acaso no era él quien siempre encontraba el modo de hacerme sentir como una Diosa del antiguo Olimpo, sólo para terminar tratándome como una mierda al final del día? Entonces, ¿qué fue lo que pasó?

Encontré un sobre nuevo del producto milagroso para mi estómago y dolor de cabeza, tomé un vaso, lo llené con agua al tiempo que vaciaba el contenido del pequeño empaque y veía como sus burbujas comenzaban a subir por el cristal. Al parecer los acontecimientos en la calle dieron un giro dramático, pues ahora se había involucrado a la policía, quienes intentaban calmar a la población reunida. Tristemente, dentro de mi casa se escucha todo lo que pueda pasar en la calle, a cualquier hora; culpo a la clase de construcción, a la ubicación, a mi poco tino en escoger vivienda. “Poco tino” eso resume la mayor parte de mis decisiones. ¿Qué me hiciste, hijo de la chingada? Volvía a preguntarme. De pronto recordé haberlo visto en el mismo bar en el que yo estaba con unas amigas, abrazado junto a otra, besándola como si no hubiera un mañana, como si intentara fundirse a ella, desesperado, apasionado. Me recargué en el lavabo, sintiendo una ligera arcada de náuseas. Intenté no llorar, sentí una mezcla de asco, coraje y tristeza. Me culpé por caer ahí, con él. Siempre con él.

Estúpida. Me sentí realmente estúpida. Por mi debilidad por él, mezclada con la del alcohol, todo se vuelve borroso a partir de esa mezcla, todo se vuelve simple, fácil. Pero al final nunca lo es y todo, eventualmente, empeora. Recordé que había una bebida hidratante a base de electrolitos en el refrigerador. Di media vuelta para dirigirme a él cuando casi resbalo por el piso mojado, no sabía que carajos había derramado la noche anterior, ni siquiera me importó, entonces comenzaron a golpear la puerta en forma insistente. Sentí enojo y exasperación, así que los dejé esperando un poco, entonces, al grito de “Abra la puerta, es la policía” yo abrí el refrigerador, y fue cuando entendí todo lo que había estado pasando a mí alrededor y no lograba darle sentido a las piezas como debería haberlo hecho. El significado absoluto del único archivo de texto en mi laptop, la  falta de fotografías, de nuestra historia, una despedida definitiva, un ultimátum cumplido, el sentido a la frase “No te preocupes, fue la última”

Él estaba ahí dentro, en partes, adornando el área destinada a la despensa semanal, pálido, con una mirada perdida y costras de un carmesí oscuro. Al momento, no sé porqué, reí a carcajadas, como si hubiera entendido el final de un chiste días después. Volví la mirada a él, su rostro yacía recargado a un galón de leche a medio consumir, sus ojos vacuos, sus enormes cejas, el lunar cerca del pómulo derecho, y claro, su sonrisa fingida.

 Y mientras lo veía, los oficiales lograron abrirse paso dentro de mi casa, para toparse, con lo que imagino, pudo ser el escenario macabro de una mujer riendo como loca, parada sobre un charco de sangre coagulada, con su ex, o al menos partes de él, metido en el refrigerador.

“Al menos si fue la última, cabrón” pensé.

 

Jorge Robles

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