Embarazo adolescente

“Pobre de ti, pobre de ti.
Si no das el trancazo tú
te lo da el de la esquina, lo sabes”
Tijuana No.

Algo salió mal. Ese día me cambió la vida. Voy a ser padre, probablemente, y apenas soy un adolescente. ¿Como un balde de agua fría? Nos cambió la vida. Para acabar pronto: a mí y a mi perfecta sociedad. No, como un balde de agua fría no, eso es muy dosmilero, más bien como un aterrizaje fallido en las plataformas marcianas.

En esta sociedad no existen los embarazos adolescentes. Es más, para que existan embarazos se tiene que pasar forzosamente un examen en el Centro de Habilitación para Padres. Los míos pasaron la prueba gracias a que trataron muy bien a Tim, al menos eso me contaron ellos. Y aquí me tienes: esperando la decisión de la madre y de la sociedad. Pobre de mí.

—¿Pero cómo pudiste hacernos esto? —lloraba desconsoladamente mi padre— Nos has deshonrado.
—Calma, hombre, no exageres, esto se puede arreglar por la vía legal —lo trataba de tranquilizar mi madre—, recuerda que nuestros abuelos pasaron por lo mismo.
—No fue mi culpa —alegaba yo a quien ni tomaban en cuenta.
—Pero en sus tiempos era diferente —decía entre sollozos mi apá.
—Y justo ahora, ¡demonios! Justo ahora que me van a dar la gerencia, ¿qué le voy a decir a la directora general de todo este escándalo? —se alteraba hasta la madre mi ídem.
—Tú tranquila, amor —mi apá un poco más calmado—, toma tu desayuno que se te hará tarde —mi padre le había preparado huevitos estrellados con tortillas de harina y frijoles refritos con chorizo. Él ya sólo soltaba ocasionales suspiritos llorosos pero me veía de malos modos con su servilleta moqueada en la mano.
—Te los acaba de hacer mi apá, amá, le quedaron buenos.
—Cállate, y quiero que cuando regrese por ustedes estén listos para ir al juzgado.
—Sí, amá.
—Sí, mi amor.

Salió dando un portazo, mascullando palabrotas y llevándose su taza de café.

En realidad no sé que pasó. Lo juro. Fue en el quinceaños de Julio, ya sabes, baile de gala para presentarlo en sociedad, sus damas acompañándonos a sus chambelanes, todo normal. Y después en el tornaquince, los padres de Carla, la novia de Julio, nos rentaron una quinta para nosotros solos y pues también, todo normal. Limusina, carnita asada, aguas locas, alberquita, pastel, baile, luces, dulces y de todo lo demás. Empezaron los jueguitos inocentes seguidos de los cachondos. Los más tímidos cedieron a las proposiciones de las más aventadas sólo que en privado; los más aventados, como yo, nos fuimos con las más experimentadas, claro. Sí, ya sabes, lo normal, sexo entre noviecitos y ya avanzada la noche pues en grupitos o grupotes. Es más, hasta mi noviecillo conoció a mi noviecilla y nos lo pasamos genial, se cayeron muy bien. Lo normal de cualquier quince. Claro que algunos de mis amigos se quieren quejar de acoso pero en realidad yo vi que se la pasaron muy bien. Otros de plano mejor se fueron a su casa, tan vírgenes ellos. ¿Que ellas nos cosifican? Wakala que rico. Ya sé, ya sé, mis padres estarían muy decepcionados si saben que “no me doy a respetar”, cualquier cosa que eso signifique. Por mí no hay tox.

Mamá pasó por nosotros, claro que tuvo que esperar a que papá estuviera listo y terminara de maquillarse, y una vez arreglado ella nos llevó refunfuñando a la junta de Asuntos Familiares del Estado. Ahí estaba también Ayanti con sus padres un poco consternados. Aunque, la verdad, la madre de ella se veía sospechosamente orgullosa.

—Maldito pitofácil —me espetó al verme entrar a la sala el padre de Ayanti. ¿Que quién demonios es Ayanti? Ya te lo diré, no te comas el gansito antes del recreo. Como yo.
—Tranquilo, Sergio, tranquilo —le dijo la madre de Ayanti a su esposo—, deja que yo me encargue de esto.
—Cuidado con lo que dice, señora Kulkarni, eso puede tomarse como womansplaining —le amonestó el juez encargado de revisar nuestro asunto—, cuidado con lo que dice.

Ayanti me saludó altiva. Creo que estaba algo orgullosa por estar encinta. De hecho por eso estamos aquí, porque salió embarazada y resulta que yo fui el buenero. Yo la verdad no sabía ni qué onda. Me sentía más perdido que un hombre opinando de motores balísticos Telsa, ya sabes: no entendía nada, cosas de mujeres. Ayanti me guiñó un ojo y se fue a sentar al lado de su madre, su padre se sentó atrás, en la primera fila del público. Igual que mi padre pero él detrás de mi madre y yo. Estábamos en mesas encontradas y en medio de la sala, el estrado del señor juez.

—Buenos períodos a todas —nos saludó el del estrado—, estamos aquí para resolver este caso, inaudito por el lado que sé le quiera ver, que no había sucedido desde que se implantó el sistema robotizado de prematernidad responsable. Por un lado tenemos a… la señorita Ayanti… ¿Nunca había oído ese nombre? ¿De qué origen es, señora Kulkarni?
—Mi origen es hindú, señor juez —explicó la madre de Ayanti—. Su nombre significa “afortunada”.
—Mira, que adecuado —eso me salió del alma—y yo aquí bien jodido.
—Silencio, jovencito, usted no puede hablar hasta que se lo pida yo, ¿quedó claro?
Sólo atiné a mover afirmativamente la cabeza ya que no me ordenó que hablara.
—Mi hijo no es culpable de nada, señor juez.
Este torció los ojos y le aclaró lo mismo a mi madre que a mí.
—En este caso, señora Vega, miré que adecuado, su nombre significa “fértil” —el juez se rió con una risita como de puerquito atorado conocedor del origen de los nombres y apellidos—. Decía, señora Vega, en esta ocasión, puedo adelantar que los adolescentes involucrados en este tremendo caso no tienen nada de que arrepentirse… —alzó una mano para hacer callar a nuestras madres—, ah, ah, ah, es sólo para tratar de entender qué fue lo que no funcionó como estaba planeado que funcionara.

Según el expediente médico del chico —continúo el juez hojeando papeles—, que nació después de las modificaciones constitucionales de las Naciones Unidas, y bajo las reglamentaciones del Instituto de Control Natal, al momento de nacer se le aplicó la vasectomía reglamentaria…”
—¿Que me hicieron qué? —me azoré todito, nunca había oído de eso—, mamá, ¿qué es eso?
—Tranquilo, jovencito —se adelantó el juez a las explicaciones de mi madre, mi padre ya empezaba a sollozar en su asiento—. La vasectomía es un procedimiento quirúrgico en la que se extirpa el conducto deferente de los órganos sexuales masculinos para conseguir una esterilización…
Me sentí desvanecer, ¿que nos mutilan qué? Y pum! Sí, pum. Del susto me tiré un pedito que claramente escuchó la señora policía justo cuando el señor juez le ordenaba: Agua para el joven por favor, señora policía.

Al oír aquello, lo del pum, no lo del juez, la señora policía y demás damas presentes, excepto mi mamá, me acusaron de ser un machista opresor por tratar de amedrentarlas con la flatulencia que salió por accidente, alegando la jurisprudencia nacida a principios de siglo en Valencia, España, que castigaba tan naturales actos. Después del escándalo y de aplicarme la multa procedente el juez continuó con su rollo —Ya, tranquilo, pollito, tranquilo, recuerda que la vasectomía es una operación reversible… en caso de que obtengas el permiso para ser padre. Joink.

—Pero eso aplica como mutilación genital, y eso lo prohibieron en las mujeres a inicios de siglo —gritó el padre de Ayanti— ¿por qué a los hombres…
—No hable, si no se lo ordeno —dijo ya sabes quién golpeando su martillito en un pedazo de madera y dejando a medias la pregunta tan oportuna del señor padre de Ayanti—. No estamos aquí para discutir temas activistas de los derechos de los hombres, por favor, señor de Kulkarni, serénese.

Yo me tocaba mis partecitas pero las sentía completas. Miedosas pero completas.
—Bien, gracias, continúo, gracias a esas medidas (impulsadas por el ala feminista del congreso en turno hace varios lustros) que forman parte del plan de control de población universal —dijo el señor—, se terminaron los casos de embarazos adolescentes. Por ello ustedes pueden disfrutar libremente del sexo si así lo desean, sin necesidad de uso de aquellos artilugios conocidos como condomes o píldoras anticonceptivas y demás antigüedades de control natal, sin riesgo de enfermedades de transmisión sexual ni de embarazos… hasta ahora —otra vez la risita de puerquito—. Este es un caso sin precedentes desde que se robotizaron las vasectomías. Al menos en esta tremenda corte.

Mi madre levantó la mano para pedir la palabra. Se veía que le chocaba pedirle permiso a un hombre para hablar. Si no la conoceré yo.
—Adelante, señora Vega.
—Pero si la vasectomía está en regla —empezó diciendo mi amá—, eso quiere decir que hubo una iatrogenia robótica. Y podemos demandar.
—No se me adelanté, señora —el puerquito otra vez—. Tendremos que hacerle un examen médico al chico para deslindar responsabilidades y tratar de que no se repita.
No mis cositas, pensé.

—Adelante, señora Kulkarni —ordenó el juez.
—Pero queda por resolver el asunto del producto —dijo tajante la mamá de la suertuda.
—Sí, por ello estamos aquí, en realidad eso es lo más complicado del asunto porqué…
—No voy a permitir que decidan por mi hija —alzó la voz y el puño—, su cuerpa, su desiciona.
—Tranquila, tranquila —el puerquito juez tragó saliva—, eso no está de ninguna manera a discusión, el problema es que…
La mamá hizo ademán de ponerse de pie.
—Es que qué —casi escupió. Sí se puso de pie.
—Verá, tome asiento por favor, verá, de acuerdo a la reglamentación para engendrar, ustedes pasaron por el Centro de Habilitación para Padres, sabe que a un hombre sólo se le revierte la vasectomía para concebir con una mujer mayor de edad, sabe que los procedimientos son muy estrictos para que a alguien se le permita concebir. Y estos dos se los brincaron completamente.
—Y bien rico —dijo Ayanti mientras me veía con su mirada acosadora. Me sentí desnudito. Otra vez.
—¿Y no puede existir —dijo mi amá ya engallinada—algún fallo robótico en la determinación de la paternidad de mi hijo? Digo, si ya fallaron en la operación al nacer…—Buena, señora…—empezó muy serio el señor juez.
—Ni se le ocurra hacer mansplaining…—le amenazó con su famoso dedo encabronamígero. Yo hundido en mi asiento.
—Señora —ese fue un gruñido de jabalí—, le aclaro que la corte me permite explicarle algo en caso de que yo lo considere necesario, sin que se tome eso como mansplaining. Diez créditos de multa.
Mi amá se tuvo que contener, cosa que rara vez hacía con mi apá.
—Mire que nos costó una pequeña fortuna hacer la prueba de ADN a todos los posibles involucrados —dijo seriamente consternado el juecito—. Vaya que fue una fiesta muy concurrida.
Lo normal, pensé yo, lo normal de cualquier quince, que no exagere.

Bien, después de ese día, que no decidieron nada, sólo me avergonzaron porque resulta que yo nací con más conductos deferentes de los normales, pero también porque a pesar de haber participado entusiastamente en la orgifiesta, sólo a la suertuda de Ayanti le tocó el muñequito en la rosca. Bien raro. Finalmente el caso fue turnado a los más altos tribunales ya que se enfrentaban las derechas de la mujer a decidir por su cuerpa y los estrictos reglamentos de paternidad existentes en nuestra sociedad. Claro que a mí me los quieren cortar otra vez pero yo apelé. Ni padres.

Y mientras, aquí me tienes acompañando a mi apá a tejer chambritas de colores neutros por aquello de que Ayanti decida tomarme en cuenta en su maternidad.
—Eh, apá, esa te salió con una manga más larga.
—A ver si no sale deforme como tú, pollito —gritó desde su despacho casero mi amá.
—No le hagas caso a tu madre, ya ves cómo es.

Maldita matriarcada opresora.

 

Samuel Carvajal Rangel
6/2/18

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