Guardaré secreto sobre lo que oiga – Parte 2 de 2

All humans beings, as we meet them,
are commingled out of good and evil.
-R.L. Stevenson,
“The strange case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde”

¡William! ¡William Lemat! ¡Psssst!

¿Me escuchas?

Soy yo. No finjas que no me reconoces. Claro que sabes quién soy. Soy tu lado oscuro. Soy esa mitad siniestra, oscura y maligna que todos los seres humanos tienen. Soy tu mitad. Esa mitad que el iluso del Doctor Henry Jekyll quiso extirpar y lo único que consiguió fue crear a uno de los monstruos más temibles del siglo XIX: Mister Edward Hyde.

Eres un hijo de puta sumamente astuto. Has hecho públicas, junto con ese socio tuyo que tanto odias, las técnicas de Moreau y Frankenstein pero has ocultado lo que aporta más dinero a tu empresa: la ilegalidad. La venta de drogas. Pero no se trata del opio, sino de la mejor sustancia tóxica que puede existir: Los Polvos de Jekyll. Basta con mezclar en la solución estos polvitos rojos y beberlo. En instantes sufrirás un terrible dolor pero el sufrimiento tiene su recompensa, pues cuando termine te habrás convertido en un asqueroso y horrendo monstruo, no sufrirás por dilemas morales porque serás ciento por ciento malvado. ¿Quién no quiere sentirse libre de culpas, de miedos, de limitaciones? ¿Quién no quiere hacer a un lado la bondad, la ética, la moral, los principios y dejarse llevar por los más oscuros placeres?

Tú. Todos los seres humanos lo desean. Justo por eso la droga que vendes de manera ilegal es el producto más popular de tu empresa.

Obtuviste los apuntes de Henry Jekyll, Alphonse Moreau y Victor Frankenstein como has obtenido todo en tu vida: robando. Siempre has sido y serás un ladrón de mierda. Es cierto que ya no eres un ladronzuelo que viste gabardina repleta de liendres y usa sombrero de copa y se dedica a robar carteras en las calles de Londres, sino que te has convertido en un prestigioso empresario inglés… pero siempre serás una rata. Nadie puede cambiar su esencia. No cambiamos, sólo evolucionamos. Eso lo demuestra ese Charles Darwin, tan de moda en estos tiempos de fin de siglo.

Después que Frankenstein partiera al Polo Norte a buscar a su criatura a la que el jodido padre desobligado ni siquiera tuvo la decencia de ponerle nombre, fuiste a Ginebra y robaste sus documentos, todos sus apuntes donde transcribía los procesos para infundir vida. Comenzaste a vender tus servicios como resucitador. Regresaste a Londres y ayudaste a un abogado, Gabriel Utterson, a resucitar a su hijo muerto. Él te habló del extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Suponías que se sentía agradecido. Realizaste el mismo vulgar robo en el laboratorio de Jekyll y después de emular su fórmula la vendiste en los bajos fondos londinenses. Los periódicos sensacionalistas y la policía metropolitana de Londres no se podía explicar por qué la violencia y los asesinatos habían aumentado, y por qué, de súbito, había monstruos en toda la ciudad semejantes a Mr. Hyde. Poco a poco te forrabas de libras esterlinas y con el dinero partiste a la Noble’s Island, ubicada en Hawai. Mejor conocida como la isla del Dr. Moreau, donde aquel científico se retiró tras la denuncia de un periodista por sus experimentos tan poco ortodoxos y era encontrado por Edward Pendrick. Al volver a tu ciudad conociste a Hierophant cuando te pidió que resucitaras a su novia y antropomorfizaras a su gato persa. Te sugirió que se aliaran, que ambos construirían un imperio basado en las técnicas de esos grandes médicos. Que no te importara el juramento de Hipócrates, que pedía guardar secreto sobre lo que se oyera. Que ustedes eran hombres de negocios.

Así fundaste Arcane, tu imperio. Pero en el fondo odiabas a Hierophant. Era un hombre educado en la clase alta. De patillas pobladas, cabello blanco y trajes sastre. Un engreído que te dejaba a ti el trabajo sucio. Pero tú reprimías tu odio y rencor porque eres un inglés civilizado. Eres una persona decente, un súbdito de Victoria. Ya no eras un ladronzuelo como ese Artful Dodger.

El éxito de Arcane, piensas, se debe a que cumplen sueños: que tu mascota piense. Que tus seres queridos vuelvan. Que tu lado oscuro aflore sin remordimiento. Es lo fascinante de fusionar ficción y realidad. Mary Shelley se basó en Johann Konrad Dippel, quien nació y creció en el castillo Frankenstein, en Alemania, quien buscaba transferir el alma de un ser vivo a un cadáver. De la misma forma, El doctor Henry Jekyll está basado en un personaje (¿O personajes?) real. William Deacon Brodie fue un caballero de Edimburgo que se dedicaba a la fabricación de armarios, respetable hombre de sociedad que llevaba una vida como ladrón. No por necesidad sino por la adrenalina que le provocaba cometer delitos. Stevenson se inspiró en él porque su padre tenía armarios fabricados por él, además de sus desvaríos causados por las drogas, claro.

Desembarcaste en el puerto de Veracruz al anochecer. Llevabas en una maleta frascos con la pócima de Jekyll y bolsas de seda con sus polvos. Te topaste con un marinero. Sabes que en Europa la droga ilegal de moda es el opio, traído por los chinos, pero en México será siempre favorita la mariguana. Incluso hay un corrido sobre una cucaracha, y un tal Irineo Paz creó un personaje llamado Chepito el Mariguano. Tú sabes que tienes una droga mejor. Más poderosa y liberadora. Porque eso es lo que busca cualquier consumidor de droga: ser libre.

El marinero habla un pésimo inglés. Te cuesta mucho trabajo entenderle. Le hablas lenta y pausadamente para ofrecerle la droga. Te paga en pesos. Agradeces al destino que el gobierno de Porfirio Díaz y La Reina Victoria sean igual de conservadores, pues el pueblo busca desesperadamente dejar salir sus bajas pasiones. Incluso, en la novela El Extraño Caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Stevenson nunca especifica a detalle lo que hace el médico convertido en su contraparte malvada, salvo pisotear las costillas de una niña.

El marinero te paga en pesos y bebe la pócima. Deja escapar un grito de dolor que alerta a sus compañeros y a los transeúntes. Se tira al suelo y comienza a patalear. Minutos después de una serie de alaridos que parecen interminables, se ha convertido en un enano de piel verde y cabello enmarañado. Su sonrisa es verdaderamente repugnante. El marinero toma un madero que encuentra en el suelo y golpea a un compañero suyo. Los consumidores de los Polvos de Jekyll suelen golpear gente con palos y tablas.

Sabes que el barco no zarpará a Southampton sino hasta mañana al atardecer, así que tienes tiempo de sobra para probar la pócima. En realidad, sabes que viajaste a México para dar rienda suelta a tus pasiones oscuras, no a vender mercancía. Te llevas la pócima a la boca y tu personalidad queda eclipsada completamente por mí. Te dejas obnubilar por la violencia. Ya no piensas en las sátiras de tu admirado poeta Edward Lear, con quien compartes mucho en común, pues ambos, pese a ser figuras reconocidas en Inglaterra, nunca podrán huir de su condición de payasos, de bufones de la corte.

Nos dedicamos a violar niñas, golpear prostitutas y cortar gargantas. Es una noche divertida y fructífera. Al día siguiente despiertas en un callejón y tranquilamente te dedicas a vagar por el puerto de Veracruz. Vendes más pócimas a criminales que saben que al ingerirla, no terminarán en esa horrible prisión del puerto conocida como San Juan de Ulúa. Al atardecer abordas el barco para volver a Londres. Tienes mucho qué hacer.

-3-

I must confess that I lost faith
in the sanity of the world.
-H.G. Wells,
“The island of Dr. Moreau”

Hector Hierophant llegó a su oficina a las siete en punto. Se suponía que ese holgazán de Lemat ya estaría de vuelta en Londres. ¿Dónde carajos se había metido? Pensó mientras ordenaba unos documentos y actualizaba citas de clientes que pedían convertir en humanos a sus mascotas y revivir a sus muertos.

Hierophant se miró al espejo. Era un hombre de cincuenta y dos años, de cabello blanco, ojos azules y patillas pobladas que llegaban hasta sus mejillas. Todo un caballero de buena cuna. Totalmente lo opuesto a Lemat. Su repugnante socio había crecido en los barrios bajos de Londres y su único mérito era ser un ladrón. Nada más. No era audaz para los negocios, talentoso para la elocuencia, ni un buen abogado. Era un simple ladrón. En más de una ocasión había pensado deshacerse de él, pero para su desgracia, era un elemento necesario para Arcane.

Gracias a los documentos y apuntes que Lemat había robado, eran dos de los hombres más ricos de Inglaterra, Europa y en poco tiempo, del mundo. Ya era normal ver por la calle humanos remendados, animales en dos patas y en el bajo mundo, monstruos tan horrendos como Mr. Hyde, que al convertirse en humanos comunes y corrientes eran adictos a Los Polvos de Jekyll, la droga de moda a finales del siglo XIX.

Muy a su pesar, debía aceptar que los criminales y hombres de negocios no eran muy diferentes entre sí. Que William Lemat y Hector Hierophant tenían mucho en común.

Justice Blackborough fue un abogado que usó la ley para volverse rico, Lord Mac Donald engañaba por igual a pobres y ricos, mientras que John Wheeley Lea y William Henry Perrins usaron sus conocimientos en química para crear la famosa salsa inglesa. No se puede olvidar a Charles Peace, uno de los criminales más temibles de la época. Peace siempre hizo quedar en ridículo a los policías, y en su tiempo fue uno de los más buscados de Londres. Peace se dedicó al crimen durante 25 años, y era un magnífico maestro del disfraz. Su fama fue tal, que incluso lo mencionaron no solamente todos los periódicos de Gran Bretaña, sino los escritores Arthur Conan Doyle y Mark Twain, en The Adventure of the Illustrious Client y Captain Stormfield’s Visit to Heaven, respectivamente.

Hierophant no quiso reflexionar si un empresario no era más que un ladrón con categoría y estudios. En vez de eso se dedicó a arreglar los asuntos de Hierophant.

No prestó atención a la pila de documentos que cayeron frente a él, ni tampoco a la puerta, que osciló durante unos segundos. Mucho menos le dio importancia a la figura de unas piernas subiendo a su escritorio.

Sin embargo, le fue inevitable pasar por alto el puño que lo golpeo, y las manos que lo cargaron para azotarlo contra el suelo. Tampoco pudo evitar sentir los pies que lo golpeaban en el estómago una, otra y otra vez.

No podía razonar. La única pregunta que pasaba por su mente era: ¿Qué rayos está pasando?

─¿Creíste que te había contado todos mis secretos? ¿En verdad creíste que sólo había robado tres apuntes de tres de esos científicos?

Las manos invisibles lo cargaron de su chaqueta y de nuevo, lo arrojaron. Esta vez chocó contra la pared. Hierophant reconoció al instante la voz: pertenecía a William Lemat.

─Por favor, Hector. Me asombra que no lo dedujeras. Que no intuyeras que siempre te desprecié, y que te oculté la mejor fórmula, la que usé para robar todo y que solamente yo sé. Seguramente nunca escuchaste hablar del doctor Hawley Griffin, un físico que mediante opio y otros medicamentos, y radiación, logro hacerse invisible. Él era un albino psicópata, que incluso le robó a su padre para financiar sus experimentos en densidad óptica. Se convirtió en el Hombre Invisible, y era un excelente amigo mío. Cuando murió me proporcionó su formula y la forma de revertir el proceso, ya que a él en vida no le fue posible.

Los puños invisibles comenzaron a golpearlo. Después unas manos se cerraron en torno a su cuello hasta que no pudo respirar más.

Lemat dejó el cadáver y esperó a que su secretaria lo encontrara. Sabía que tendría mucho que hacer al día siguiente, como el único presidente de Arcane.

Sonrió, pero nadie pudo verlo.

Bernardo Monroy

 

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