Guardaré secreto sobre lo que oiga – Parte 1 de 2

-I-

If I cannot inspire love, I will cause fear!
-Mary Shelley, “Frankenstein”

A finales del siglo XIX regresé a Londres acompañado de mi novia Stella, una yorkshire terrier antropomorfa.

Madrid me resultó una ciudad encantadora. Permanecí una semana allí mientras desenterraba cadáveres, los cosía y les infundía electricidad. La mujer que me contrató, una dama de clase alta, pagó una considerable suma por resucitar a su amante muerto y a sus dos hijos. Me pidió además que el hombre tuviera un pene de considerable tamaño y que su hijo tuviera cabellera roja. Fue muy difícil buscar en la morgue un miembro del tamaño de un separador de libros y un cuero cabelludo que se adaptara a la cabeza de un muchacho de diecisiete años. Por suerte, la cliente quedó satisfecha.

Tuve que esperar una semana hospedándome en una posada para que una tormenta azotara a Madrid. Cuando los nubarrones se concentraron fui a la mansión de mi clienta y preparamos el equipo. Las mesas de metal, las agujas enterradas en el cuerpo de los dos cadáveres (que por cierto empezaban a apestar) y el pararrayos. Dos ráfagas blancas, de un cegador brillo, fueron directamente a la antena metálica y la descarga a su vez se dirigió a los dos cuerpos. En pocos segundos despertaron. Al principio parecieron un par de imbéciles balbuceantes, pero era cuestión de tiempo para que se convirtieran en seres humanos inteligentes, pensantes y racionales. Solía suceder con todas y cada una de las criaturas que despertaban gracias a la técnica del Doctor Victor Frankenstein.

Los otrora cuerpos muertos y remendados comenzaron a tambalearse por toda la mansión de mi clienta, intentando reconocer su entorno y sus extremidades cosidas.

—¿Se pondrán bien, señor Lemat?
—Desde luego que sí, Doña Elena. Tan sólo están volviendo a vivir. Además, no es sencillo recuperarse de una descarga eléctrica. Es el proceso de la Técnica de Frankenstein.
—Yo no tengo idea de qué habla, Mr. Lemat. Solamente sé que la empresa que usted dirige con el señor Hierophant es famosa por revivir a los muertos… y también, que sus servicios son extremadamente caros. Resucitar a un ser querido cuesta las ganancias anuales de una familia pobre.
—La Empresa que dirijo con Hector Hierophant se llama Arcane, y no solamente revivimos a los muertos, sino que dotamos de inteligencia a los animales. Pero supongo que lo que a usted le interesa, Doña Elena, es saber sobre nuestra técnica, conocida como frankensteinización, un término tan grande y difícil de pronunciar que simplemente lo llamamos Bolt of Life. Para revivir a los muertos, nos basamos en las teorías del doctor Victor Frankenstein de Ginebra. El doctor Frankenstein, a principios del siglo, se basó en teorías de Erasmus Darwin y Luigi Galvani, ambos hombres de filosofía y ciencia, y las mezcló con las ideas de alquimistas como Paracelso y Agripa. El resultado fue revivir a los muertos y alcanzar la inmortalidad. El problema fue que la primera criatura que creó fue un monstruo, y tuvo que seguirla hasta el Polo Norte para acabar con ella. Tras la muerte de Frankenstein, mi socio y yo recogimos sus papeles y perfeccionamos la técnica, para que toda la humanidad gozara la inmortalidad, para que nadie, absolutamente nadie, perdiera a sus seres queridos… por una módica y millonaria suma, claro, valga el oxímoron.

Los cadáveres abrazaron a mi clienta. Sin más, me despedí. Debía tomar un barco rumbo a Francia, para infundir en unos caballos la técnica del Dr. Moreau.

Toda Europa estaba repleta de las creaciones que la empresa Arcane. Hombres, mujeres y niños con el cuerpo repletos de cicatrices, brazos, piernas, cabezas y hasta penes y senos de diferentes tamaños, cuerpos deformes y asimétricos. Algunos tenían trozos de metal incrustados en sus cuerpos, y otros más de seis dedos en una sola mano. Mi socio y yo habíamos comercializado y perfeccionado la técnica de Frankenstein, quien por cierto, después de infundir vida a su criatura, no quiso que nadie más siguiera su “pobre ejemplo”, como le dice a Walton en la novela que en realidad es una crónica totalmente realista. El buen Víctor dijo a sus lectores: “aprende de mí, si no de mis preceptos, por lo menos de mi ejemplo, que tan peligroso es el adquirir conocimiento”.

Cuando Víctor escribió esas palabras el conocimiento era visto con temor, con recelo. Pero ahora está por terminar el siglo XIX. Vivimos eso que los franceses llaman fin de siècle. Actualmente, la poesía de Mallarme es una de las más famosas. Nueva York, en América, es una urbe cosmopolita. En Viena, se habla mucho de las teorías sobre la mente humana de un tal Sigmund Freud. Arthur Schopenhauer es uno de los filósofos más mencionados en toda Europa, y en Francia la obra de Toulouse-Lautrec está cambiando la visión de la estética.

¿Por qué no habríamos de mejorar la vida de la gente con la ciencia? Ya no vivimos en la edad media. El siglo XX está por comenzar y tenemos que aceptar que no somos humanos, sino dioses. Es cierto que muchos científicos y médicos han criticado los procedimientos que comercializamos mi socio y yo, pero no nos importa. Dicen que hacer públicas las técnicas del Dr. Moreau y el Dr. Frankenstein es una falta de ética, una violación al Juramento de Hipócrates, pero ellos no entienden que en realidad somos unos visionarios. Frankenstein y Moreau también lo fueron, y la gente los considera monstruos, científicos locos.

Al día siguiente partí de Madrid al lado de Stella. Llevaba una sombrilla rosa y me tomaba de la mano. Yo sostenía su antropomorfa pata-mano, mientras la gente se nos quedaba viendo, anonadados. Aunque los antropomorfos, conocidos originalmente como hombres-bestia, estaban dispersos en toda Europa, muchas personas no se acostumbraban a verlos. Supongo que nunca les parecería común ver a un hombre-lagarto, a un niño-leopardo o a una mujer-yorkshire terrier caminando por la calle. Los humanos no se acostumbran a lo diferente, ya sea un esclavo negro, un sodomita o un animal con cuerpo humanoide.

Para fortuna de todos esos prejuiciosos, no suelo hacer el amor con Stella en público.

El viaje en tren fue bastante tranquilo. Me dediqué a hacer cuentas y revisar la cartera de clientes. Teníamos empleados, vendedores y sedes en toda Europa, pero yo era una de las figuras principales de Arcane, por eso me gustaba encargarme de atender a algunos clientes, aunque tuviéramos personal de sobra. Yo hacía todo el trabajo pesado mientras ese imbécil de Hiperophant se quedaba sentado en nuestras oficinas centrales en Londres. Maldito hijo de puta. Él era el administrador y el hombre de negocios, pero yo era el cerebro y la mano de obra.

Durante el viaje a Francia, leí los poemas de Edward Lear, uno de mis escritores favoritos de todo el Imperio Británico. En cierta forma yo, William Lemat, me identificaba con Lear. Era un bufón y un payaso, un experto en la sátira que siempre se salía con la suya, que siempre miraba a todos con una sonrisa burlona. Jamás realizó estudios formales, pero le dio clases de dibujo topográfico a la mismísima Reina Victoria. Además de sus ilustraciones, Lear destacó por sus limericks, o poesías humorísticas breves, que satirizaban, literalmente, todo lo que al autor se le ocurría. Desde animales hasta las damas inglesas. Sí, como mi Stella, que es ambas cosas. Uno de ellos dice:

There was a Young Lady whose chin
Resembled the point of a pin;
So she had it made sharp, and purchased a harp,
And played several tunes with her chin.

Seguí leyendo y releyendo los libros de poemas de Lear, pues mi cliente en París era un homólogo suyo. Según la carta que nos había enviado a nuestras oficinas centrales en Londres, nos solicitaba convertir en humanoide a su caballo. Monsieur Dubois era un poeta amigo de Baudelaire, de esos artistas decadentes que pululaban en la Ciudad Luz.

Durante el viaje, recordé toda la polémica que los servicios que prestaba Arcane habían despertado a los sectores más conservadores. Nos llamaban “profanadores de la ciencia”, “creadores de monstruos”, “morbosos”, solamente por revivir cadáveres y por otorgar inteligencia y antropomorfismo a los animales para que la gente los tratara como a sus iguales e incluso tuviera sexo con ellos. Nos consideraban unos oportunistas sólo por hacer de consumo masivo las técnicas del Doctor Moreau y el Doctor Frankenstein. Idiotas. Obtusos.

Hice el amor con Stella. Afortunadamente no se quejaba… supongo que se debía a que le había cortado la lengua durante el proceso de antropomorfización. Stella seguía siendo mi perra, en el sentido más literal, metafórico, literario y científico del término.

Lo sé. Sé que no tengo moral… pero eso es algo que no se dice. Los victorianos, solemos decir una cosa y hacer otra. Double morality, le decimos.

Stella me acompañó al Moulin Rouge, uno de los lugares más importantes de la Belle Epoque y el fin de sciele parisino. Las meseras pavorreales antropomorfas, faisanes y águilas. Por supuesto, no podía faltar el característico gallo francés. Alrededor de las nueve de la noche llegó mi cliente: el poeta Gascon Dubois, quien por cierto tenía todo el cuerpo repleto de cicatrices y dos manos que contrastaban con su físico delgado y casi femenino. Eran unas manos grandes, robustas. Sin duda habían pertenecido a un obrero o un pugilista. Se sentó frente a mí y me extendió su mano morena y velluda que contrastaba con su cuerpo blanco y lampiño.

—Encantado de conocerlo, Mr. Lemat. Sus técnicas nos han ayudado mucho. Antes de morir de sífilis les pedí a mis amigos más cercanos que usarán su técnica de Bolt of Life en mí. Ahora quisiera volver a usar los servicios que ustedes ofrecen. Usted sabe que los poetas franceses tenemos gustos sexuales muy… humm… diversos, por decirlo de alguna forma. Mi colega Charles Baudelaire le excitan las mujeres enanas. Yo quisiera probar algo distinto…

—No diga más —levanté la palma de mi mano y esbocé un gesto empático—. Quiere que use la técnica del Dr. Moreau para que su caballo se convierta en un hombre-bestia y pueda fornicar con él.

Dubois sonrió, aliviado de no tener que justificarse conmigo. Conversamos durante toda la noche y bebimos champaña. A la mañana siguiente llevé a la casa del poeta mi equipo necesario para usar la técnica de Moreau. El caballo, un hermoso corcel que por cierto, no sería anestesiado. Le expliqué a mi cliente el proceso:

—Las teorías del Doctor Alphonse Moreau se basan en que si usamos la vivisección en los animales y les damos forma humana, es decir, los antropomorfizamos, adquirirán inteligencia humana. Vivisección es realizar disecciones de animales estando estos vivos y sin anestesia. Por supuesto, el dolor que padecen las criaturas es indescriptible… pero al final de cuentas, cuando tienen la forma que tenemos nosotros, han adquirido inteligencia, de modo que su sufrimiento ha valido la pena. En Inglaterra hay necios que se oponen a esta técnica, asegurando que es tortura animal. Incluso existe la “Unión Británica para la Abolición de la Vivisección”. Idiotas. Seguro que si dejamos que esos fanáticos crezcan en el siglo XXI lucharán por los derechos de los animales y su trato ético. Le advierto de antemano que su caballo sufrirá demasiado. Pero los frutos serán notables.
—Estoy de acuerdo y asumo los riesgos, pero tengo una duda por simple curiosidad, Mr. Lemat: ¿Cómo encontró los documentos donde los doctores Moreau y Frankenstein detallaban sus técnicas y descubrimientos?
—Lamento mucho no poder contestar a esa interrogante, Monsieur Dubois, hay políticas que nuestra empresa no puede divulgar.

Permanecí encerrado tres horas en la sala de Dubois, que había acondicionado como laboratorio. Después de dos días de recuperación, el caballo era un ser con figura humana. Aún le costaba trabajo no relinchar y articular palabras.

Stella y Dubois me esperaban en el comedor. Mi perra, como siempre, estaba callada, y el poeta aplaudió como un niño al ver las modificaciones que le hice a su caballo. Así compensó los relinchos de dolor que emitió durante toda la operación.

—¿Satisfecho, monsieur?

La sonrisa de lujuria del poeta fue suficiente respuesta para mí. Cobré y me retiré de París junto con Stella. La siguiente parada antes de volver a Londres era México. Más concretamente el puerto de Veracruz.

¿No había mencionado que no todos los negocios de Arcane son legales? Oh, lo siento. También vendemos drogas ilegales. Incluso más ilegales que el opio.

(Concluirá)

Bernardo Monroy

 

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