Gaby

“Y en las noches, me pongo a bailar
Y se dibuja mi sombra en la pared “
Las Víctimas del Doctor Cerebro.

Tu madre acaba de darte el beso de buenas noches y dejó la lamparita de tu buró tenuemente encendida.

Estás cansada, las clases del primer año de primaria son divertidas pero muy largas, los juegos con tus compañeritos y la visita a la abuela te han dejado cansada. Tus ojos empiezan a cerrarse pero alcanzas a escuchar los gruñidos de un perro, o al menos eso te parece. Es cerca, tal vez en la casa del vecino. Gruñe y rasga. Pero recuerdas que los vecinos se mudaron hace meses, Juanito te contó que ahí murió su tío. También su perro. Por eso, y otras cosas, decidieron mudarse. Empiezas a sentir miedo y estiras las sábanas, te cobijas hasta la barbilla. Das la espalda a la ventana.

Los rasguños en la puerta se escuchan más fuerte, cerca, en la puerta que queda justo al otro lado de la barda del patio de tu casa. Estás segura que no hay nadie en la casa de los vecinos, lloraste cuando despediste a Juanito, con quien empezaste la aventura de la escuela primaria, al marcharse él te juró que vendría a verte. A veces, como hoy, escuchas ruidos al estar ya a punto de dormir; otras te despiertan y corres a la cama de tus padres. Ellos, casi siempre tu madre, te consolaban y dejaban que alcanzaras el sueño en la seguridad de su habitación. Después, sin que te dieras cuenta te traían a tu cama. Hace varios episodios que ya no, últimamente tu madre te reprende y sin hacerte mucho caso te manda de vuelta a tu cuarto. A este cuarto que te deja oír claramente los ruidos del perro, o lo que sea que hace ese escalofriante sonido. Sigues sin querer voltear a la ventana.

La lamparita se ha apagado. Ahora, a oscuras, se te aguzan las sentidos y los ruidos, que se parecen a los que haría un perro encerrado, se vuelven frenéticos. Piensas con tu pequeño raciocinio que tal vez en las casas aledañas a la tuya ya se mudaron vecinos nuevos. El fraccionamiento es reciente y tus padres y la familia de atrás, la de Juanito, eran los únicos que se habían asentado en estas casas nuevas. No, lo sabes, no hay vecinos nuevos, eso le agradaría mucho a tus padres. Tus nudillos aprietan la sábana y se ponen pálidos. No, nos son ladridos, no puedes asegurar que sea un perro. Los arañazos en la puerta los podría hacer otro animal, no para salir, probablemente para entrar, un tlacuache tal vez, quieres pensar. Algo golpea el vidrio de tu ventana. Sólo se te ocurre cubrirte hasta la cabeza en el cobijo de tus sábanas. Tu corazón se acelera lo mismo que tus incipientes rezos.

Quisieras correr a la cama de tus padres pero ya sabes la respuesta: una reprimenda y de vuelta a tu cuarto. Con más miedo, con menos luz, con más ruidos, con la puerta cerrada, con más…

Tu vecinito te contó que un día regresando de la primaria le pareció sumamente extraño que el perro no los hubiera recibido con sus habituales faramallas; Juanito se dirigió al patio por el pasillo de la casa, encontró a Coster, el perro de su tío, muerto junto a la lavadora. Estaba con espuma en la boca pero con los ojos muy abiertos y una mueca de malo en su hocico, como si hubiera visto algo que lo enojara mucho. Juanito sentía bastante miedo al contárselo. Entró la madre por la puerta principal y un grito hizo que tu vecinito corriera a la sala. Su madre trató de evitar que él viera la escena cubriéndole los ojos pero no lo suficientemente rápido. Juanito alcanzó a ver el cuerpo de su tío colgado del techo en medio de unos dibujos rojos realizados en el piso. Los gruñidos afuera y los toquidos en la ventana ahora son tan reales y más fuertes que decides voltear a ella, y ves en ahí una figura de pie que te espanta y te hace salir corriendo a la cama de tus padres.

Después de un rato tu madre te regresa del brazo, no se da cuenta que entras a la habitación con los ojos cerrados y el corazón acelerado. Modorra y molesta hace que te sientes en tu cama. Tampoco se ha percatado de que tu lamparita está apagada. Te reprime, te dice que ya estás grande, que debes dormir en tu cama, sola, que los fantasmas, ja, no existen, que los dejes dormir porque mañana se levantarán temprano. Finalmente atina a tomarte de una mejilla y te siente helada. Se sorprende y tú sueltas el llanto. Acaricia tu cabeza mientras te pregunta qué te pasa, baja su mano por tu cara fría, por tu cuello helado y llega a tu pecho. Justo ahí se da cuenta que tu corazón casi se desboca por tu miedo. Ahora sabe que tu pavor es real y no cuentos de una niñita chiflada que quiere dormir en la cama de sus papás. Te abraza y ahora te escucha.

— Hay alguien en la ventana —le dices con tu voz apenas audible.
— No puede haber nadie ahí, Gaby, tu cuarto está en el segundo piso, es imposible —lo dice mientras te acomoda el cabello en la frente.
Tiemblas, cierras los ojos, insistes —Ahí está—, apuntas hacia la ventana sin voltear, señalas directamente hacia afuera.
Tu madre sigue tu dedito hacia la oscura noche y, estoy seguro, alcanza a apreciar mi silueta recortada contra la luz del cuarto menguante de la luna en tu ventana.

Siento como su piel se eriza y ahora, lo sé, empezará a creerte.

 

Samuel Carvajal Rangel
6/2/18

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