Las noches del rito

Era la noche del primer día de tres que debía durar el ritual de la forja.

Grachi había recogido los frutos del bosque esa mañana, de colores encendidos como lo pedía la tradición. En el primer rocío de la madrugada estaba el aliento de los fatuos como una bendición de las Potestades, y la doncella había recorrido alegre el caminillo que conducía al arroyo pese a que el sol aún no asomaba en el cielo. Con su risa cristalina la joven se había acercado a su hermano mayor, mostrándole orgullosa la cosecha de esa mañana que había reservado hasta ese momento. Con una mirada de complacencia Ostots le pidió que le trenzara el cabello. Las manos de la joven se movieron hábilmente: docenas de veces antes habían hecho la misma danza. Desde que tenía memoria las manos de Grachi siempre habían tejido las hebras castañas de los varones de su familia: primero, en su más tierna infancia, las de su padre y ahora, que sólo eran huérfanos, las de su hermano. Siempre antes de una salida al bosque, siempre parte de un ritual. Los suyos tenían esa forma de mostrar veneración: un ritual para la cacería, otro para ahumar las piezas obtenidas, algunos para evitar el mal de ojo, uno sólo para quitar la mancha de la Niebla y ninguno para evitar la guerra. Al recordar casi derramó una lágrima pero se contuvo. La guerra los hizo lo que habían devenido: unos huérfanos tratando de mostrar que merecían ser contados entre los hombres libres.

A su mente vinieron de nuevo las imágenes de aquellos días terribles: su aldea, envuelta en brumas espesas y los gruñidos que surgieron de la niebla aquella noche. Los gritos, a veces horribles, otras ahogados, de los que convulsionándose un instante se consumían. Y al alba, las huestes de cientos de figuras apenas nítidas, blandiendo armas de bruma y hielo y fuego. Los ojos vacíos de vida y los bramidos de los cuernos sonados sin aliento. Aunque ella y su hermano huyeron no pudieron dejar todo atrás. Los gritos de sus padres, horrísonos, los perseguían aún ahora. El humo sin fuego, el olor a carne socarrada y el frío que cala hasta los huesos estuvieron presentes todas las mañanas de su periplo. Huyeron por semanas, por meses. El arco de tejo negro del padre y unas cuantas flechas fue lo que les salvó de morir de hambre. Eso, algo de ropa y una barra de hierro rojo habían sido era todo su equipaje; los únicos juguetes de una infancia que apenas sí existió y las primeras posesiones de unos jóvenes que huían de un pasado aterrador. Cargaban a sus espaldas con una infancia que terminó mientras mataban para comer y dieron la bienvenida a una adolescencia cargada de añoranza y el remordimiento. Pero, ante todo, conocieron la incertidumbre, una muy terrible y que se había apropiado de casi cada rincón de sus vidas. Con todo y todo habían conseguido sobrevivir y asentarse cerca de una gran villa, abriéndose paso como herreros y cazadores. Pero aun debían ganarse un lugar entre los linajes que poseían el hierro, entre aquellos enemigos de la Niebla que eran capaces de tomar el metal de las entrañas de la tierra rojiza y transformarlo en un arma, para proteger, para enfrentarse a la gran cegadora. Sólo entonces serían admitidos dentro de los muros de la villa y podrían escribir el nombre de su linaje en la roca de fuego, de manera que ni la bruma ni la cellisca pudieran borrarla de la faz del mundo.

La mano de Ostots sobre la suya le sacó de su ensimismamiento. Era hora. Ostots tomó el viejo arco negro, la aljaba nueva repleta de flechas y su afilada daga de caza. Por último tomó la espada de hierro rojo con el filo nuevo y encarnado. Iba a usarla por tres noches. Se adentraría en las estepas de las que escaparan años antes y regresaría con un trofeo. El rito de la Noche de la Forja les probaría a todos que el hierro de la espada era suyo, que no lo habían robado, que merecían ser admitidos en la ciudad. Les diría que sus manos hicieron la espada, como sus padres antes de ellos, y antes, sus abuelos. Ya no serían los huérfanos de la Llanura de Erdia, ni los vagabundos del bosque. Con ella, después del ritual, podrían fundar de nuevo un apellido y retomar el sendero de su estirpe. Podrían vivir al abrigo de las murallas y ser contados en los anales del Forjador. La luz de la luna yacía prendida de los grandes abetos y pájaros innominados imitaban torpemente el ulular de las lechuzas cornudas. Ostots salió de la choza, con paso decidido, mientras recitaba en voz alta y firme un ensalmo antiguo, tal como lo exigía la tradición: “la sangre, letra siempre
de la estirpe del nombre
guarde el aliento, lo proteja
el de nuestra raza y nuestro linaje
la sangre, letra siempre
de la voluntad de las Potestades.”
Un beso lejano y una lágrima de Grachi lo acompañaron en el aire nocturno.

Grachi vivió los días siguientes con desasosiego. Nada la calmaba. No podían tranquilizarla ni la ilusión de vivir entre la gente de nuevo, dentro de la villa, ni ver el nombre de su familia restaurado. Ostots, el mayor por cinco años, no le había hablado mucho de las noches de la forja, pese a que padre le relataba las tradiciones del ritual todas las noches, sin que ni madre ni ella pudieran oírlos. Todo lo que sabía era que él debía salir a los páramos en donde medraba la Niebla y que debía regresar vivo, con la espada que ellos habían forjado, bañada del licor de la sangre de las nieblas.  Años atrás, cuando llegaron del bosque, tenían la esperanza de ser aceptados en la gran villa. Pero los regentes fueron inflexibles. Sólo la venia del Forjador podría haberlos ayudado y sería hasta el próximo solsticio en que él, en su continua travesía, cantaría los nombres de las familias libres en la plaza central de Gartzene, la gran villa de Frenzel Meridional, para después escribirlos en las rocas de fuego. Cuando llegó el día, el Forjador los llamó ante él. Su mirada insoldable les habló de la severidad de su juicio. Podrían vivir entre los hombres si forjaban su propia hoja, como cada familia, y si Ostots acudía al ritual la noche en que fuera llamado. De no hacerlo, la Niebla habría oscurecido su destino y sus vidas estarían tocadas por la desgracia. Permitirles vivir en Gartzene sería como abrirle las puertas a las huestes de la niebla y a las sombras nocturnas.

Sin poder apartar esos recuerdos, Grachi había pasado esos días dentro de la cabaña, apenas saliendo para recoger agua en el arroyo. Al tercer día permaneció cerca de la forja, aquella que les había costado tanto sudor construir y en donde ella y Ostots se habían turnado para golpear el metal. El crepitar del fuego proclamaba que esa noche era decisiva. Los ojos de la chica se nublaron con lágrimas de añoranza. “Y  si no llegara… “. No se había atrevido a pensar en ello hasta ahora. La noche caía y un viento sopló desde las llamas siempre encendidas. El calor abrazó su rostro por momentos. Los carbones comenzaron a encenderse con ímpetu, como si alguien moviera el fuelle. El fuego comenzó a avivarse por sí mismo. Tiñó de carmesí la habitación, del mismo tono del metal que había pertenecido a su familia por generaciones. Las llamas le recordaron a la joven las viejas historias de cómo el hierro rojo había llegado hasta ellos de oriente, de cómo fue sacado de las fauces de las grutas más profundas. Ahí residía el orgullo de su familia. Ese metal era sangre derramada por unicornios y por bestias de antaño, encerrada en el vientre de la tierra, endurecida por los males de ese mundo, pero mantenida incorrupta en su sino de proteger y bendecir. El fuego danzaba ante ella, vorágine sibilante, recreando las imágenes de edades pasadas, formando las figuras de hombres y de seres de otras razas, todas luchando ante la vicisitud, ante la inquina, ante la incertidumbre, todo eso producto de la niebla que nublaba la vista y hacía perder la esperanza. Y las brasas, enardecidas y crepitantes, le mostraron el final de ese destino: Ostots yacía en las estepas, apabullado, con el cuerpo roto, asediado. Clamaba por ella y la espada yacía a muchos pies de él, bajo los cuerpos exangües de cuantiosos enemigos, etéreos unos, corpóreos y húmedos otros. El fuego le urgía a salir y la sangre de sus venas ardió. Nunca antes había sentido una furia tal, ni tal desesperación. No tomó su capa ni sus botas. No tenía montura, sólo una daga del taller, y sus pies descalzos y palpitantes, y el aliento anhelante en furia. Se adentró con premura en la noche, rugiente, con su cabello, otrora castaño, teñido del furor de la forja. La luna se ocultó tímida ante tal despliegue. El fervor rugía en su pecho, aceite hirviente, fuelle de la forja, metal chirriante y quemante. Sus ojos tomaron un toque cinabrio y recorrió la estepa a grandes zancadas, como un lobo rojo cazando en solitario; y su paso era como el de lava rugiente. Su agitación creció al ver un cuerpo yerto, tendido entre las hierbas resecas. Su fulgor no desvaneció y parecía que el pasto agostado iba a incendiarse en cualquier momento. Ahí yacía Ostots, todavía con un hilo de vida pero inconsciente. Un rastro de sangre mostraba el lugar en donde había caído muchas veces para levantarse después y seguir luchando. La espada yacía a unos cuantos pies. Grachi la tomó, estaba fría como el aliento de los gigantes que soplan las tormentas. El fuego en su cuerpo acalló. Ahora no era furia, era desesperanza. Tocó la mejilla helada de su hermano. Antes sabía que estaban destinados a crear una familia entre ellos, a ver restaurado el linaje. Pero ahora no quedaba ni eso. Era cuestión de momentos verlo partir. Y en ese instante fue que la niebla la rodeó. Se hizo fuerte con su dolor. Se bebió la sangre de todos los caídos y el miedo de ambos jóvenes. En un santiamén se construyó una figura terrible, de garras y colmillos acerados y aulló de júbilo en la noche pues devoraría a un par de almas quebradas.

Grachi se dio cuenta que la niebla se arremolinaba a sus espaldas. Sólo quería caer yerta. Pero tocó a Ostots, tocó su sangre roja y vio la sangre espesa y clara de la niebla que cubría la hoja. No podían llegar a ser lo mismo que la niebla. No iba a ser uno con ellos, no serían lo mismo; la niebla, la desazón, no los devoraría. Y surgió de nuevo el resplandor del fuego y los transmitió a la espada. Rugió como un volcán, su destino siempre había sido explotar y llenar los vacíos de la noche con llamas. Encaró a la niebla, henchida de furia. No era la primera vez que luchaba por sobrevivir y rememoró los gritos que siempre la habían perseguido. Ella era un trozo de sol y la espada refulgía como un aguijón, como una esquirla de estrella. Blandió la hoja, y cruzó el aire, hendió la niebla, apartó las sombras. La bruma, lastimera, le hería con furia, pero la sangre derrama sólo daba más vigor a la doncella. El cabello de la joven era rojo, de fuego y de sangre, y sus ojos perforaban la noche y cortaban las mil extremidades de la niebla. Aullidos estremecieron la estepa, unos de furia, otros de derrota. Marcas de caídas titánicas, rocas partidas, fuego, eso era la llanura esa noche. La sangre roja chorreaba por la espada, bajaba y caía sobre la tierra. La niebla se apartó, mutilada. Grachi yacía apenas en pie y Ostots todavía respiraba. De los labios trémulos de la joven, surgieron versos que no conocía pero que habían estado siempre ahí, la continuación antes ignota del rito ancestral. Surgieron como las últimas chispas de una brasa que va a dormir:
“la sangre,  letra siempre
de la estirpe del nombre
guarde el aliento, lo proteja
la sangre, hija del fuego
permite que respiremos otro día”.

 César Raziel Lucio Palacio

 

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