El Mago Verde y el trabajo sucio – 4 de 4

El mago dejó su bastón en el pasillo ya que no tendría tiempo de ponerlo en posición una vez que el homúnculo lo persiguiera. Se aseguró de que el interruptor estuviera junto a la entrada, detrás de la puerta donde el esperaría a que la masa llegara al punto exacto en que activaría la trampa.

Marteen recorrió el camino de vuelta al tanque con cuidado tratando de no tropezar en la oscuridad, usando sus fósforos para iluminar parte del camino. Le tomó algo de tiempo pero pronto estuvo de nuevo ante la escotilla que llevaba al interior del tanque. De nuevo hizo un esfuerzo para girar la manivela y abrir la puerta. Las puertas que conducían al pasillo de concreto estaban también abiertas de par en par, para no perder tiempo valioso al correr de vuelta. Marteen rascó uno de los fósforos contra la pared y este se encendió sin problemas. Los suyos eran el doble de largos que los fósforos normales pero aun así le parecía que se consumían más rápido. Tras soltar un suspiro por debajo de la máscara de gas, puso de nuevo los pies sobre la pasarela.

El sonido de sus pasos hizo eco por el interior del tanque. La luz del fósforo se veía reflejada en la quieta superficie del agua, iluminando apenas un par de metros ante él. Con algo de vacilación el mago llegó hasta la mitad de la pasarela. La llama del fósforo casi había llegado a la punta de sus dedos. El mago lo dejó caer sobre la pasarela dónde se escurrió por la rejilla hasta quedar suspendido sobre la superficie del agua, dejando tras de sí apenas un hilillo de humo.

El mago arrancó otro fósforo, pegado con la tira de cinta adhesiva al traje protector. Caminó con cuidado hasta la mitad de la pasarela esperando atraer a la masa de microorganismos con su luz. Tras un par de minutos tensos siguió estando solo, iluminado sólo por la pequeña llama en su mano. A Marteen únicamente le quedaban otros cuatro cerillos más con los cuales iluminar su camino de vuelta al pasillo donde estaba dispuesta su trampa.

“¿Dónde estará?” pensó él, tratando de descartar las imposibilidades. “Tal vez se ha ido a otro lado, algún otro recoveco de este edificio.” Si ese era el caso no había mucho que pudiera hacer. Tendría que volver por su bastón,y continuar explorando aquel lugar.

“Entonces, ¿por qué me siento tan intranquilo?” reflexionó Marteen, mientras la llama del fósforo lamía la madera del palillo acercándose cada vez más a sus dedos.

Aiwan había insistido mucho en que no sólo los conocimientos que le transmitía le serían útiles, sino también a confiar en sus propios sentimientos acerca de cualquier situación.

—Alguna vez sentirás que tu instinto de supervivencia hace que se te pongan los pelos de punta —explicó su maestro mientras estaban alrededor de una fogata en un tiempo y lugar muy lejanos de aquel en que se encontraba ahora—. Sentirás que se pone a gritar algo como: “¡Peligro, Will Robinson!”
— ¿Quién es Will Robinson? —cuestionó el joven Marteen, mirando como su maestro agitaba sus brazos como si estuviera poseído por algún espíritu invisible.
—Era un muchacho, muy parecido a ti. Mi maestro decía que se metía en todo tipo de problemas, al menos dos o tres veces por semana —recordó Aiwan mientras se acomodaba frente a la fogata.
De vuelta al presente podía imaginar a su maestro a punto de hacer otra vez esa danza extraña. Tiró el fósforo casi consumido hacia las profundidades líquidas del tanque, mientras su corazón volvía a retumbar como tambores en su cabeza.

Entonces un horrible pensamiento le vino a la mente. Con dedos temblorosos rascó un nuevo fósforo contra el barandal oxidado de la pasarela y vio hacia el techo del tanque. Lo primero que vio fue uno de los muchos apéndices de la masa a punto de tocar su cabeza. El horrible homúnculo había estado todo el tiempo colgando del techo, su atención atraída poco a poco por la luz de los fósforos.

“¡Peligro, peligro, Will Robinson!” resonó la voz de Aiwan desde sus recuerdos.

Marteen comenzó a caminar hacia atrás, manteniendo la luz del fósforo frente a sí mismo con el brazo lo más extendido posible. Los apéndices de la masa siniestra se enfocaron en acercarse al brillo de la llama pero manteniendo la distancia ante el calor que emitía.

Él llegó a un par de pasos de la escotilla del tanque por dónde debía salir. Lanzó el fósforo ante él, y a diferencia del resto no cayó por entre los espacios de la rejilla metálica del piso, quedando atravesado sobre esta.

Su luz se extinguió y de inmediato la pasarela se resintió al caer sobre ella la enorme masa. Solo le quedaban tres fósforos más para guiar a esa cosa de vuelta al pasillo de concreto. Marteen pasó por la escotilla antes de encender el siguiente fósforo. A través de los cristales de la máscara de gas pudo ver cómo la masa burbujeaba y se inflaba ante el estímulo de la pequeña luz brillante. Llegó hasta la mitad del cuarto mientras oía la pasarela resonar ante los saltos de la masa que avanzaba tras de él.

El fósforo se acabó justo cuando llegó a la siguiente puerta. La masa había entrado a aquel cuarto y sólo pudo oír un golpe sordo cuando descendió sobre el piso de aquel lugar. Una gran cantidad de tubos de distintos tamaños surgía del tanque, ordenados de forma paralela a las paredes del cuarto, manchados con pintura de colores rojos, blancos y azules.

—Vamos, sígueme como un buen chico —murmuró el mago por debajo de la máscara de gas. Rascó el segundo fósforo contra uno de los tubos oxidados y tuvo de nuevo la atención de la masa.

Logró atraerla fuera de ese cuarto hasta la entrada del pasillo de concreto. La llama se extinguió justo cuando cruzaba la puerta. La luz de la lámpara de su bastón bañaba las paredes del pasillo con su pálida luz verde. Marteen se ocultó detrás de la puerta y tomó el interruptor de la luz en sus manos. Trató de calmar un poco su respiración pero se sentía tan nervioso que no pudo lograrlo. Los golpes en el suelo se acercaron hasta la puerta. Si no hubiera tenido puesta la máscara de gas, Marteen habría visto como varios de los apéndices de la masa atravesaban el umbral, extendiéndose de manera lenta hacia la brillante esfera de vidrio verde.

El horrible homúnculo atravesó la puerta desparramando su enorme masa a través del umbral. Marteen estuvo a punto de presionar el interruptor por los nervios pero se forzó a esperar a que el monstruo estuviera en posición.
La masa se arrastró con lentitud hacia la luz que llamaba tanto su atención. En quince segundos o poco más estaría en una posición perfecta. Fue justo en ese momento, que la luz de su bastón bajó su intensidad de manera repentina hasta apagarse. Su batería se había agotado por completo.

El mago tuvo que pensar con rapidez en cual sería su siguiente movimiento. Velozmente arrancó el último fósforo que tenía pegado al traje de protección, lo rascó contra la pared de concreto y lo lanzó en un arco que lo hizo aterrizar del otro lado del pasillo. Logró librar el charco de aceite por muy poco, pero cayó del otro lado sin problemas. La masa se había detenido al apagarse la luz del bastón pero la llama del cerillo le atrajo lo suficiente para ponerse en posición. Marteen presionó el interruptor. El filamento de carbono se encendió iluminando por un momento el pasillo y todo lo que había en él. Luego un brillo más intenso, proveniente de la tira de magnesio, le hizo volver la mirada. La luz del filamento se extinguió dejando su lugar a la luz proveniente de las llamas que ahora llenaban el centro del pasillo.

La masa de termita había caído justo en el centro del homúnculo, quemando un gran boquete justo a través de este. El calor intenso encendió los aceites, asegurándose de que no pudiera escapar de la acción purificante de las llamas.

Marteen vio como las burbujas y pústulas en la superficie de la masa estallaron por el calor. Si no hubiera tenido la máscara puesta, el hedor le habría hecho vomitar justo ahí. El superorganismo se consumió sin hacer ningún quejido. El único sonido que podía oír en medio del silencio de la estación de bombeo provenía del crepitar de las llamas, que poco a poco se fueron apagando, sus tonos naranja y amarillos reflejados en el cristal de la máscara de gas del mago.

* * *

Marteen salió de la estación de bombeo y se quitó el traje protector con cuidado. El aire se sentía fresco al despojarse de la estorbosa máscara de gas, con una suave brisa que refrescó su rostro cubierto por el sudor. La oscuridad de la noche iba dejando paso a la luz gris de la madrugada.

Dejó el traje y la máscara en el interior de la estación, a poca distancia de la puerta. Aún tendría que hacer algunas visitas más al interior del edificio para empezar con la limpieza que tanto necesitaba. Por fin había entendido lo que Aiwan dijo cuando lo había despedido en aquella clara mañana de primavera hace poco más de un año: “Los trabajos de los magos verdes no acaban en un instante, Marteen -aleccionó el hombre mayor a su aprendiz, por última vez-. Si alguna vez crees que has resuelto el problema en un instante, mejor da un paso atrás y observa mejor la situación.”

Aiwan había sonreído al decir esto, mostrando un espacio vacío dónde faltaba un diente en la parte inferior de su boca. Los pocos cabellos pelirrojos que le quedaban estaban superados por los cabellos blancos que brotaban de sus sienes. Su rostro curtido estaba atravesado por un gran número de arrugas que se hacían más evidentes al sonreír. Su maestro le había dado un breve abrazo, junto con palmadas en la espalda para luego dar un paso atrás, dejándolo libre para que pudiera iniciar su búsqueda.

Marteen caminó hasta uno de los tubos grandes que surgían de las paredes de la estación de bombeo, se sentó sobre el que parecía menos oxidado y buscó en el interior del saco de lona. Pronto logró sacar un pequeño cuaderno con letras doradas que lo identificaban como “Agenda: 1988” con páginas amarillentas que contenían un sin fin de notas y números. Sujeta a esta con una cinta elástica había un lápiz amarillo con su punta de grafito afilada a cortes de navaja.
El mago tomó el lápiz, abrió las páginas del cuaderno y comenzó a escribir un plan para comenzar a purificar el agua de ese lugar.

—Necesitaré una fuente de energía eléctrica —murmuró Marteen sin dejar de escribir—. Y tendré que ver a Becca para conseguir los químicos para matar los microorganismos que queden en el tanque…

El Sol ya había subido bastante en el cielo para cuando el mago terminó su lista. Su luz caía por doquier en este mundo roto, lleno de horrores creados por el descuido y la perfidia del ser humano, empeorados por energías salvajes más allá de la imaginación.

—Vamos a intentarlo —finalizó Marteen cerrando la libreta de un golpe.

Y así Marteen el Ingenioso pudo comenzar con el trabajo que le ganaría su apodo, convirtiéndose en un verdadero Mago Verde. Esta obra la concluiría tras muchos esfuerzos y penurias cuando su propia cabeza comenzara a tener varias canas.

Una gran obra, pero sólo una entre las realizadas por muchos otros de su Hermandad, que iremos conociendo poco a poco, cada uno tratando de reparar el mundo a su manera.

 

José Luis Toscano

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