El Niño Gris

 Afuera tú no existes, sólo adentro…
Afuera no te cuido, sólo adentro
Caifanes.

 Anoche soñó a un señor con la cara desfigurada, y en la cama le volvió a suceder el accidente que tanto molesta a su papá. Pero eso fue anoche, hoy es de día en una especie de colegio o algo parecido. Tiene mucho miedo y no sabe por qué. Bueno, cree saberlo pero trata de quitarse la idea de la cabeza. Y del cuerpo.

—Hola. ¿Por qué no te acercas?
Los ojos del Niño Gris recorren el salón de los instructores a dónde su madre lo ha llevado para buscar ayuda. Ve sombras, oscuridad en los rincones a pesar del sol de media tarde y siente, siente alientos en su espalda que erizan los pelitos de su nuca.
—Vamos, no pasa nada.
Se detiene en la puerta agarrado del vano, no se decide a traspasar el umbral.
Adriana insiste —¿ves cosas?—, eso lo sorprende un mucho y lo ablanda un poco.
Sus ojos tímidos se enfocan con ansia en los de ella, no habla. Sólo espera haber escuchado bien. No como siempre que, piensa, escucha de más.
—Nosotros también vemos. No pasa nada —lo anima Rogelio con ese hablar pausado y sereno—. Entra.

Sigue frío, paralizado. Y gris. Su mirada fija en el rincón más lejano que él percibe como más oscuro. El señor con la cara desfigurada se hace presente, le ve el ojo que le queda y aprecia que abre también la parte de la mandíbula que aún posee, exclama un grito aterrador mientras vuela en su dirección. Un leve hilito de líquido caliente y amarillo recorre la pierna derecha del chico que cierra los ojos y aprieta los puños.

El Niño Gris tiene trece años, de pequeño, según les contó su madre en el primer contacto, sufrió incontinencia urinaria cuando cursaba el tercer año de primaria. La psicóloga de la escuela lo achacó al cambio de plantel y al nuevo trabajo del padre. Un año de tratamiento lo resolvió. O al menos eso pensaban. De seis meses para acá las pesadillas han regresado, la cama mojada también pero esto está empeorando.
— ¿Empeorando? —preguntó Adriana en aquella primer entrevista.
— Sí, él… —la madre se detiene, el niño se hunde en su asiento.
— ¿Rogelio, por qué no llevas al niño al área de relajación?
Rogelio entiende y se lleva al niño de la mano, está frío. Ahora la madre se puede explayar con más confianza.
— Sí, él… él ahora no sólo se orina en la cama.
— ¿Qué es lo que le pasa?
— Ensucia los pantalones.
— Entiendo. Entiendo más de lo que se imagina.
— Pero ¿por qué hace eso? Ya está grande. Su padre se molesta, se enoja mucho…
Adriana trata de controlar su impaciencia pero de cualquier manera se lo dice  —Si usted viera lo que su hijo ve, seguramente usted también se cagaría del miedo, señora. Literalmente.
— ¿Lo pueden ayudar? —la madre se aguanta el coraje mientras traga saliva. Su hijo importa más.
— Haremos todo lo posible, señora Martínez, no se preocupe. Le pido que lo traiga el próximo martes.
— ¿Martes? Vengo desde la colonia Miraflores y me queda un poco retirado además el tráfico está terrible —pregunta con algo de decepción la madre del Niño Gris—. Bueno, y en verdad no traigo mucho dinero para los camiones…
— Sí, si quiere el bienestar de su hijo no importa si viene de Miraflores o de Miraauroras —le ataja Adriana—, ya tenemos la agenda llena en Ciudad Juárez. Pero no se preocupe, le daremos instrucciones al niño para que empiece a trabajar en su problema y para que esta vuelta no sea en balde.
— Pero…
— Pero, también a usted y a su marido les vamos a dejar tarea. No regañen al niño si vuelve a tener sus accidentes.
— Entiendo. Entonces hasta… el martes.
Adriana la ve encaminarse a la puerta y finalmente le ofrece —No se preocupe demasiado por el dinero, le daremos una beca.

El local que consiguieron cuenta con un baño completo. La madre del Niño Gris siguió las instrucciones, lo ha traído con una mochila y una muda de ropa. Nuevamente está sentado en una de las mesas del salón. Adriana le habla con calidez y empatía.
— No tengas miedo. Como Rogelio te explicó, nosotros también vemos y estamos seguros de que vemos lo que tú ves.
El Niño Gris, su semblante realmente es cenizo, pálido, sin color, se frota las manos entre sus rodillas, suda y se ve ansioso.
— Es un hombre… —inicia Rogelio.
El Niño Gris agranda los ojos pero no atina a contestar.
— …pero no es normal… —Rogelio sopesa la reacción del niño—. Algo le falta.
Asiente.
— Parece que tuvo un accidente —aventura Adriana.
El niño niega con la cabeza enfáticamente. Ambos instructores se miran intercambiando una sutil sonrisa.
— Bien, no te preocupes. Rogelio te indicará unos ejercicios de meditación para ayudarte a controlar tus temores. Cierra los ojos…
El espanto aparece en su cara. No quiere cerrar los ojos.
— ¿Ves más cosas con los ojos cerrados, verdad? —le cuestiona Rogelio. El temor en su cara es una inequívoca respuesta.
— No temas, estamos contigo y nosotros te vamos a proteger. Cierra los ojos.

Algunas semanas después, la señora Martínez estaba encantada con el progreso del niño ya no tan gris.
— Ha mejorado mucho en la escuela. Sus maestros sorprendidos nos preguntan qué le hemos hecho.
— Esperamos que no les haya comentado de nosotros —contestó animado Rogelio.
— Pues… no, en realidad no. Pero les estoy muy agradecida. No sólo sus calificaciones han mejorado; su desempeño con los compañeros, ha perdido algo de su timidez. Y ha recuperado su color, su semblante ya no se ve tan… gris.
— Nos alegra que esto haya funcionado para él —terminaba a manera de despedida Adriana—. Y para ustedes. Nosotros nos marchamos mañana de Ciudad Juárez.
— ¿Regresan pronto?
— No tenemos nada programado pero nos gustaría regresar —le contestó Rogelio.

En el local, en alguna clase avanzada del Niño Gris, días después de su primer encuentro.
— ¿Lo ves? —le cuestiona Adriana sumamente satisfecha por los progresos del jovencito— Ellos no te pueden hacer nada.
— No, no pueden —contestó una vocecita que perdía su tono infantil para ganar el de adolescente.
— Entonces ya sabes lo que tienes que hacer —Rogelio.
— Sí, debo meditar y enseñarles el camino a la luz.
— Bravo, Damián —lo felicitan ambos.
— No quiero que se vayan.
— Como todos, lo sabes, nos tenemos que ir.
Un tierno abrazo grupal cierra aquella reconfortante reunión.

Algunos meses después Damián entra en su cuarto, arroja su mochila en el escritorio y se dispone a hacer la tarea. La luz de su lámpara parpadea. Un conocido pero no extrañado viento helado en su nuca lo paraliza. Siente el miedo pero decide controlarse, baja a cenar y opta por pensar que fue su imaginación. O en el peor de los casos su memoria. Pregunta por papá y conoce la respuesta: se ha marchado por trabajo. No ha llamado, no lo ha visto, tampoco se despidió.

Damián está en exámenes, debe estudiar un poco más tarde de lo acostumbrado. Mamá se ha acostado temprano. Papá hace algunas semanas que no ha regresado, le llamó a mamá pero esta no entendió gran cosa. No tiene hermanos pero sí un perro. Loki empieza en el patio a aullar insistente y lastimeramente. Esos vellitos en la nuca. Aprieta el lápiz contra el papel. Hace algunas semanas, justo cuando papá le regaló el Xbox a él y la camioneta del año y otras cosas a mamá, empezó a sentir presencias, al principio unas pocas pero con el paso del tiempo estás se fueron haciendo más numerosas. Igual que los regalos y compras de papá. Las presencias no lo visitaban pero sabía que no estaban lejos. Las percibía  confundidas, enojadas, muy temerosas.
La luz nuevamente parpadea. Él suda frío. La puerta de su closet se abre con violencia. Recuerda las instrucciones del curso que le arregló la vida y le dio armas para vencer sus miedos. Medita, reza, se concentra, cierra los ojos. La puerta inicia un golpeteo constante y algo menciona su nombre. Ha rasgado con el lápiz la hoja de su libreta donde hacía la tarea. Su nombre en un grito aterrador. Corre a la cama y se trepa en ella tratando de cubrirse el rostro para no ver. Pero sigue escuchando: pasos, respiraciones agitadas, carcajadas de gente mala, golpes, llantos. Una presión en su vejiga. No otra vez. La luz se apaga y el silencio se hace espeso. Finalmente algo se proyecta en el techo. Es un rostro totalmente ensangrentado rogando que no. Ignora que no qué. La ropa: una camisa a cuadros azules con blanco y unas trusas blancas, no hay zapatos, no hay cabello en algunas partes del cráneo. “Sácame de aquí” es el aullido final y el sonido hace que su vejiga se vacíe. No otra vez.

Camino del aeropuerto a la casa de la familia Martínez la señora les resume la nueva situación. La camioneta aún huele a nuevo.
—Perdió el ciclo escolar, ya no quiso ir al colegio. Se encierra en su cuarto y trata de dormir de día. De noche se la pasa en la sala.
—¿Colegio? —preguntó suspicaz Adriana— ¿Ya no va a la escuela pública?
— No —responde ufana la madre—, a mi marido le ha ido bien económicamente.
—¿Y el padre? —inquirió Rogelio.
—Se largó justo cuando empezamos de nuevo con esto. No quiso saber más. O al menos eso dijo. Que lo hacía por nosotros. Por eso les llamé. Sólo ustedes lo han podido ayudar. El colegio amenaza con mandarlo a una instancia de salud mental. Ayúdenme, por favor.

— ¿Eso es lo que te dice? ¿Ayúdenme por favor? —pregunta Adriana al nuevamente Niño Gris ya en su habitación.
— No, no me… me lo dice. Lo grita —su habla vuelve a ser tímida, pausada, casi tartamudea—. Y otras cosas.
— ¿Como cuáles?
— Me traicionó, yo no merecía morir así. Yo no merecía esto. Tú lo conoces.
— Bien —le confirma Rogelio—, hemos venido a ayudarte. No temas.
— No quiero que me… me ayu… ayuden. Quiero que hagan que se vaya.
— Lo tienes que enfrentar, Damián —Adriana le toca la mano, él se estremece—. Quieren tu ayuda. No la nuestra. ¿Estás de acuerdo?
Pues aunque el Niño Gris no hubiera estado de acuerdo tuvo que hacer lo que sus maestros le indicaban. Aquella noche en su cuarto, en total silencio, en meditación y a la luz de unas velas, los tres se concentraban guiados por Rogelio.
— ¿Es él? ¿El de blanco con la venda en los ojos?
— No.
— Indícale el camino de la luz. Ayúdalo a marcharse.

El Niño gris soporta el temor pero lo hace con agrado. Cuerpos maniatados, bocas tapadas con cinta gris. Un ser más encuentra su camino. Mujeres, jóvenes, adultos, personas mayores. La presencia es concurrida. La noche ha sido larga, cinchos plásticos en muñecas y tobillos es lo que perciben; cerca de veintiocho seres fueron guiados por los presentes. La mayoría atados por el dolor y el coraje. Otros por el miedo y la incertidumbre. Huellas de tortura en todos. En la mayoría no fue muy complicado convencerlos de partir, sólo desconocían el camino. En otros los apegos a sus familias, que desconocen de sus muertes, era lo que más los retenía.
Después, cuando pensaron que habían terminado, los cuadros cayeron de las paredes. Damián apretó instintivamente las manos de sus guías.
Camisa a cuadros blancos y azules. Ropa interior blanca. El rostro a medio destrozar. Se abalanza contra el chico. Yo no quiero estar aquí, yo no me merezco esto, sácame de aquí. Los aullidos son percibidos por los tres presentes. Alguien me traicionó y tú lo conoces. Tú.
— Tranquilo —se dirige Adriana al chico—, sólo tiene contacto contigo pero aquí te apoyamos para que lo ayudes. Sé fuerte. No te hará nada.
Damián saca fuerza de la confianza en sus maestros. Las expresiones del ser son violentas. Caen objetos, azota puertas, abre ventanas, apaga y prende luces. La sesión es larga y agotadora. Algunos muy leves rasguños en el rostro de Damián, que ya no es gris, y casi al alba duerme tranquilamente en su cama, son el resultado físico del encuentro con aquel ser.

— ¿Qué debo hacer? —les pregunta Damián a manera de despedida en el aeropuerto, su madre espera en su camioneta de modelo muy reciente.
— Lo que tú decidas —le aconseja Rogelio—, sólo recuerda que en lo que hacemos, y en lo que decidas hacer, el anonimato es muy importante. Es por tu seguridad y la de tu madre.
La mirada de poca comprensión.
— No te arriesgues a nada. Pregunta y te aconsejarán. Nosotros de todos modos lo sabremos.
Abrazos, besos, adioses.

Dos meses después, en un moderno departamento en Madrid, Adriana lee la versión en línea de un diario local de Ciudad Juárez: Fosa clandestina encontrada con veintinueve cuerpos en una casa del fraccionamiento Miraflores de esta ciudad y que los delincuentes usaban como casa de seguridad. Se presume que uno de los cuerpos pertenecía a uno de los capos del cártel que participó en los secuestros. Fue identificado por una muestra de ADN y las fotografías donde sus familiares reconocieron una camisa a cuados azules y blancos. Tortura y tiro de gracia.

— “No merezco morir así” —rememora Rogelio—, ¿y qué esperabas? ¿Una muerte tranquilita en tu camita?
— Se refería a la traición —le aclara Adriana.
— Se lo merecía él, pero no la familia del traidor señor Martínez, mira que quitarle el fruto de su trabajo a sus patrones y acusar a su amigo del alma.
— ¿Y crees que a esos les puede engañar tan fácil? —Adriana levanta la vista de su portátil.
— Claro que no —contesta Rogelio mordisqueando una zanahoria—. Y la madre debería saberlo. Y cuidarse. En fin, el chico no lo merecía.
— Claro que la madre lo sabía, no nos hagamos —revira Adriana con un dejo de coraje—. Pero Damián claro que no se lo merecía y menos porque tu padre tenga una casa de seguridad y una fosa común a diez metros del cuarto de su hijo. Vaya padres. Por eso lo empezaron a buscar a él. Me da gusto que haya hecho lo correcto y denunciado ese cementerio clandestino.
— Bien por los familiares de los desaparecidos—comenta Rogelio revisando su correo—. La siguiente niña parece ser una darketa hecha y derecha. ¿Te animas?
— Ya qué. Ya cruzamos el Atlántico.

Samuel Carvajal

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