El Mago Verde y el trabajo sucio – 3 de 4

Marteen se puso de pie sin dejar de mantener la mirada en aquella masa siniestra. Con cuidado apuntó la escopeta adosada a su bastón, esperando a que se acercara lo suficiente para hacer el máximo daño con el disparo.

Aiwan los había llamado “homúnculos”, enormes masas de materia orgánica alteradas por las energías salvajes liberadas tras las explosiones, interactuando con la radiación residual de maneras que ningún científico de antaño podía siquiera imaginar.

Pero los que Aiwan había descrito eran muy diferentes: en su mayoría se trataba de vida vegetal, que a lo mucho desarrollaban diversas variedades de frutos tóxicos, ramas que producían espinas del tamaño de estacas al menor toque, o en casos raros, enormes flores con mandíbulas capaces de comer a un perro mediano o niño pequeño.

En sólo un par de ocasiones se habían topado con homúnculos animales: uno había sido un extraño papagayo, que un viajero cerca del lecho seco del Río Bravo llevaba en una jaula. El ave tenía largas hojas verdes y pétalos coloridos, en vez de plumas. El viajero esperaba conseguir un buen precio por el ejemplar en una de las ciudades del Este, a pesar de las advertencias de Aiwan de que era mejor mantenerse lejos.

El segundo fue una enorme Rata Rey en las alcantarillas de Seattle, más grande que un San Bernardo, con decenas de cuerpos fusionados en una gran estructura de hueso, músculo y piel. De ese encuentro habían pasado casi quince años, poco después de que Aiwan lo tomara como su aprendiz pero siempre había considerado que esa había sido la peor noche de su vida.

Ahora había un nuevo peor momento para Marteen. Por suerte para él la enorme plasta viscosa no parecía tener mucha conciencia pero aun así avanzaba con lentitud hacia él. “¿De qué demonios está hecha esta cosa?” pensó Marteen, tratando de encontrar algún punto débil al cual apuntar. Buscó en su memoria algún punto de referencia en las enseñanzas de Aiwan, o en los libros de ciencias naturales que le había mostrado en viejas y abandonadas bibliotecas. Y entonces lo recordó. Había visto algo similar en un libro que hablaba de los distintos tipos de vida que hay en el mundo. Era una foto pequeña y gris pero lo que había dentro ocupaba casi toda la imagen. Eran bacterias. Una gigantesca colonia de ellas. Las energías salvajes debieron afectarlas a tal grado que pudieron no sólo mutualizar entre diferentes tipos de ellas, sino también para sobrevivir fuera del agua, dentro de una pelota móvil de biofilm.

Marteen soltó el percutor y el ruido del disparo retumbó por el interior del tanque iluminando todo su interior con un destello breve. Los perdigones dieron de lleno contra el humúnculo bacteriano, deteniéndolo por un momento. La criatura sólo retrocedió un par de metros con mayor celeridad. Para la decepción del mago su disparo no parecía haberla afectado en ningún punto vital. Pero era claro que algo así no tenía las mismas limitaciones que otros seres vivos.

Algo en el piso de la pasarela llamó su atención. Sin dejar de apuntar su bastón hacia la masa se dio cuenta de que la rejilla metálica estaba soltando humo en diversos puntos, dejando atrás enormes marcas de óxido. Marteen comenzó a retroceder poco a poco. Esa masa no estaba formada únicamente por bacterias exóticas sino que debía secretar un ácido tan concentrado que era capaz de corroer el metal a esa velocidad.

“¿Y si además pudiera dañar el plástico?” Pensó el mago, sintiendo como le quedaba cada vez menos reservas de calma de la cual echar mano.

La biomasa se encogió un poco sobre sí misma al tiempo que Marteen chocó de espaldas con la otra puerta de la cisterna. Agarró la manivela que movía el mecanismo de cierre con la mano izquierda, mientras seguía apuntando el bastón hacia el horrible ser. El superorganismo no hacía nada más que burbujear y tratar de inflarse, como si fuera el globo más desagradable del mundo. De repente dio un salto y aterrizó con un golpe seco un par de metros más cerca hacia el mago. El homúnculo se desparramaba sobre el suelo de la pasarela pero mantenía su unidad debajo de su membrana flexible. Otro salto más, esta vez de mayor distancia. Marteen comenzó a aplicar mayor fuerza a la manivela pero de repente se puso más difícil de girar debido al óxido en el mecanismo.

—¡Al diablo con la calma! —soltó Marteen dejando de apuntar a la masa de micro-organismos para usar ambas manos en la manivela. Esta giro un poco más pero aún con una lentitud agonizante.

El mago sintió como la rejilla metálica bajo sus pies se sacudía con un nuevo salto, mucho más cercano. Otro más, y tendría al horrendo ser encima de él. La compuerta se abrió y Marteen empujó con tanta fuerza que cayó de bruces a través de ella. Se puso de pie trastabillando, lanzó todo su peso contra la puerta que acababa de atravesar y apenas tuvo tiempo de dar un par de vueltas a la manivela antes de oír como la horrenda masa golpeaba contra el metal. Marteen siguió dando vueltas a la manivela para asegurarse de que la puerta estaba bien cerrada sintiendo como esta se resentía por otro golpe. Después, no hubo nada más que silencio.

El corazón le retumbaba en el pecho con gran fuerza y le llevó un buen rato el volver a calmarse lo suficiente para pensar con claridad. El mago se dio cuenta de que necesitaría un plan no sólo para sobrevivir sino para deshacerse de aquella cosa de una vez por todas.

“El calor desinfecta todo” le había explicado Aiwan la primera vez que lo vio hervir el agua que iban a beber. El agua tuvo un sabor extraño pero desde ese entonces dejó de sufrir los ataques de diarrea a los que se había acostumbrado desde su niñez y que le habían costado la vida a dos de sus hermanos.

Necesitaría un fuego bastante grande e intenso para deshidratar a esa cosa. Marteen procedió a hacer un inventario mental de los ingredientes con los que contaba, para pensar en cuáles de ellos servirían mejor como el combustible que tanto necesitaba. Aparte de los ingredientes para la termita también tenía un par de pequeños tubos de pólvora, un regalo de despedida de Aiwan, para que pudiera hacer algo de pirotecnia para impresionar cuando fuera necesario durante su viaje. Pero la pólvora se quemaba demasiado rápido y se consumiría en unos segundos.
También contaba con una media docena de aceites en caso de que tuviera que hacer algo de reparación básica a todo tipo de maquinarias. Pero las cantidades eran muy pequeñas: lo más que podría lograr exprimiendo cada botella bastaría para un área insuficiente. Por último tenía una cantimplora de acero llena de alcohol etílico que había usado tanto para limpiar las heridas sufridas durante el camino, como para beber y sentir menos dolor al coser las cortadas más profundas.

Le llevó un rato el idear un plan aceptable. Era peligroso, con pocas posibilidades de éxito y si fallaba quedaría sin ninguna arma para defenderse.

Pero si lograba que funcionara sería asombroso.

* * *

Le había llevado un rato el reunir los elementos necesarios. Marteen tuvo que avanzar un poco más en las profundidades de la estación de bombeo y revisar algunos cuartos más, temiendo que la masa estuviera detrás de algún escritorio o panel de control lista a saltar sobre de él. Para animarse pensó que si su traje se perforaba las quemaduras por sulfuro de hidrógeno lo matarían mucho antes que cualquier patógeno que esa cosa llevara en las pústulas que cubrían su superficie. Un pobre consuelo, pero consuelo al fin y al cabo.

La trampa había quedado dispuesta de esta manera: Marteen encontró una perfecta zona de emboscada a sólo un par de cuartos del depósito de agua: un largo y estrecho pasillo con paredes y suelo de concreto. Lo primero fue preparar la ignición de la trampa. Del techo del pasillo colgaban un número de lámparas de tubo fluorescentes pero estas no le servirían. Tuvo que revisar varias de las oficinas para encontrar un foco incandescente que pudiera servirle. Estuvo a punto de rendirse tras revisar ocho oficinas: todos los focos necesitaban un voltaje demasiado alto para funcionar.

Entonces notó un escritorio cerca de una esquina lleno de polvo por los largos años desde la última vez que alguien había estado en aquel lugar. Encima de este había una lámpara de escritorio de brillante superficie cromada que brilló por debajo de la capa de polvo al recibir la luz de la lámpara de su bastón.

El foco era lo bastante pequeño para el voltaje que podía proveer con las pilas que le quedaban. El filamento del interior parecía estar intacto, lo cual era una suerte. Desde hace un par de décadas, esos focos estaban casi extintos y le hubiera sido imposible de crear un sustituto en aquellas condiciones.

Una vez que estuvo de vuelta en el pasillo cerró bien ambas puertas, se quitó el estorboso traje de protección NBC y se puso a construir la trampa.

Subido a una vieja silla de metal y cojín de vinilo cuarteado, unió los cables del foco incandescente con los que estaban conectados a los tubos fluorescentes usando la cinta adhesiva gris, y luego abrió el interruptor de luz adosado en la puerta más lejana al tanque con el pedazo plano de metal que usaba como desarmador.
Después de desconectar los extremos de los cables de cobre del interruptor, tuvo que jalar los cables desde el extremo del contacto de las luces fluorescentes para obtener un largo que fuera lo suficiente para su plan. Los extremos pelados que habían estado conectados con el interruptor pronto aparecieron y Marteen los agarró con firmeza al bajar de la silla.

Algo más difícil fue el conectar las pilas para obtener el voltaje suficiente. Tuvo que usar mucha paciencia y cinta adhesiva para conectarlas una detrás de la otra, agregando un par más de lo necesario en caso de que no todas tuvieran al máximo su carga.

Pasaría unas noches a oscuras antes de poder llegar a un pueblo y poder construir un cargador, pero valdría la pena el sacrificio. Marteen unió uno de los cables pelados a un extremo del banco de pilas, y conecto el otro extremo con sus manos. El foco se iluminó de repente y Marteen separó el cable libre del banco de pilas. Le bastaba con saber que el circuito eléctrico funcionaba y no quería gastar la carga más de lo necesario.

El mago desenroscó el foco, lo cubrió con un pedacito de tela que usaba para limpiarse el sudor de la frente, y procedió a golpearlo de manera suave pero firme con su desarmador. Tras un par de golpes sintió como la cáscara de vidrio cedió y lo descubrió con mucho cuidado.

Con aun más cuidado volvió a enroscar el pequeño foco incandescente, su filamento ahora expuesto al aire. Lo dejaría enfriarse mientras seguía armando el resto de la trampa.

Una de sus posesiones más preciadas era un plato de aluminio que había encontrado en una de sus aventuras previas con Aiwan y Moira La Insufrible. Habían tenido que parar en un viejo café a orillas de la carretera, en algún punto del desierto entre Arizona y Nuevo México para reponer energías.
A Marteen le hubiera gustado usar alguno de los frascos de cerámica o vidrio que serían más fáciles de reemplazar, pero necesitaba que la termita fundida cayera sobre la masa de bacterias lo más rápido posible.

Tuvo que usar todo lo que llevaba de polvo para termita para llenar el plato. Lo agitó de manera leve para que los polvos se mezclaran bien, y usando la  cinta adhesiva lo colgó del techo, a muy poca distancia del filamento expuesto del foco.

Tocó el filamento expuesto con las yemas de los dedos, y lo encontró lo bastante frío para agregar la última parte de la ignición: un par de tiras de magnesio, con un extremo tocando el filamento y el otro hundido en la mezcla de polvos metálicos.

El agotado joven sacó la silla del pasillo, pasó sus cosas al otro lado, excepto su bastón, y justo debajo del plato de aluminio esparció los aceites por el suelo de concreto del pasillo tratando de cubrirlo de lado a lado.

La trampa ya estaba lista. Marteen guardó sus herramientas en el costal de lona, se puso de nuevo el traje de protección y la máscara de gas y se preparó para volver al tanque de agua para atraer a la horrible masa.

Marteen no tenía grandes conocimientos de biología pero de lo que sí estaba seguro es que el superorganismo debía responder a algún tipo de estímulo para haberlo perseguido en la pasarela del tanque de agua. Era la luz de su lámpara lo que debía llamar su atención de alguna manera. Tal vez también percibía el sonido que producía al moverse por aquel lugar, abriendo las puertas y moviéndose de un lado a otro..

(Concluirá)

 

José Luis Toscano

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