De Hiperespacio – La verdad sobre la diva.

From: felidegard_original@gmail.com
Sent: Monday, January 12, 2XXX 3:32 PM
To: ruben.moncayo@unn.com.mx
Subject: La verdad sobre la diva

Señor Moncayo,

Me dirijo a usted profundamente indignada para comunicarle que ese mal llamado reportaje suyo, “Nuestra diva, a 50 años del adiós”, es el último agravio que me permito tolerar. Puede que exista una mala intención de su parte, o quizá sus fuentes le hayan visto la cara. No sé ni me interesa; pero déjeme aclararle que la imagen que se ha construido alrededor de esa mujer, está basada únicamente en mentiras. Tanto su portal de noticias, como el resto de los medios nacionales deberían pedirle perdón al pueblo de México, por ese licuado de falacias que le han dado a beber desde hace medio siglo. Nuestro país merece conocer la historia real de esa supuesta “diva”, así que me dispongo a destapar la cloaca de una buena vez. Usted sabrá si cumplir con su deber periodístico y seguir leyendo este mail, o ignorarlo y continuar engordando la tapadera más monumental que ha conocido el medio artístico.

Se preguntará quién soy y qué relación tenía yo con la supuesta “Flor de Flores”. Pues bien, me llamo Felicia de los Ángeles Garda Boyer, pero el público me conoce mejor como Feli DeGard. Naturalmente el nombre no le es familiar ya que usted ha de ser un chamaquito que no pasa de cuarenta. Me atrevo a suponer que tampoco sabe un carajo del florecimiento teatral de mediados del siglo pasado. Le explico: mi nombre, ese que usted desconoce, solía figurar en las marquesinas de los mejores teatros. No se me acababa un trabajo cuando ya tenía diez en puerta, siempre como estelar en las producciones de mayor renombre.

¡Y vaya que nadie escatimaba en gastos para montar una puesta! Eran tiempos de abundancia, de fanfarrias y novedades. El público no salía de una fascinación cuando era abofeteado (literalmente) por otra y otra más. Primero fueron los hologramas, luego los alucinógenos controlados, después el teatro polisensorial y el hipersensorial… Las maravillas no paraban de sucederse unas a otras. Por primera vez la audiencia fue capaz de atravesar la barrera, de trascender. Iba más allá de los sentidos hasta compenetrarse con su elenco; juntos cancelaban toda lejanía, abolían toda extrañeza. En cada función se daba a luz a la cuarta persona gramatical, la amalgama perfecta entre las dos primeras: tú y yo, nosotros y ustedes.

Aquella fue una década de oro. En ese entonces fue que conocí a esa mujer que usted llama “tesoro nacional”. Aunque déjeme decirle que en aquellos años, la tipa tenía un apodo mucho menos sofisticado; le decíamos “la Tetomática”. Así de corriente era…

Los inicios de su “divina garza”, (lejos de ser actuando en “El mercader de Tepito”, como usted clama en su intento de documental) fueron como vil pedazo de carne en programas naquísimos de variedades. ¡En fin! La mujer andaba como chapulín de holovisora en holovisora. Cada vez que la proyectaban, se decía que elevaba el rating un punto por cada implante. Haciendo cuentas nos deja uno por cada chichi, cuatro con las nachas y cinco por el hocico trompudo ese que tenía.

Mientras duró en la holovisión se pasaba la vida en la cumbre del escándalo; puros chismarajos vulgares con los que ella misma se publicitaba. Tengo entendido que anduvo así por varios años, hasta que se hartó de ese mundo e hizo su intento por subirse al tranvía dorado del teatro. Supe que permaneció buen rato tras bambalinas, dispuesta a chupársela a cualquier pelagatos a cambio de papeles sosos. Fue así como terminó deslizándole el zipper a Lacho Garzaurrutia, el entonces productor de “Las viejotas del narco”, obra en la cual compartimos el escenario por primera vez.

De verdad, sigo sin entender qué le veían a esa fulana. Jamás tuvo talento; sin embargo su fama corrió como piruja en quincena después de la gira de “Las viejotas”. De las rancherías más polvorientas empezaron a brotar chavitas que traían su mismo estilo, de mujerzuela en liquidación. Las niñas hasta parecían esculpidas por el mismo equipo de cirujanos. Incluso se fueron haciendo de sus clubes de fans: hordas de degenerados que iban a las hipersalas nomás para ver hasta dónde podían meter mano. Era menos costoso que el teibol y hasta se proclamaban cultos por el simple hecho de ir al teatro. Enfermos.

Seis meses bastaron para acabar con la época de ensueño: el teatro contemporáneo de ficheras se estaba abriendo camino. Es cierto que a muchos les resultaba atractivo, pero una estrella hecha y derecha como yo jamás se iba a rebajar a formar parte de dicho género. Desgraciadamente las oportunidades escaseaban y mi número de fans iba a la baja en redes sociales. Tenía que hacer algo antes de que la misma Diosa Fama fuera quien me diera unfollow.

Llevaba ya tres meses sin proyectos cuando me llegó la inspiración en un cheeto. Estaba sola en mi departamento, sensando un programa de NatGeo. Le mandé un whats a Lacho y ambos supimos que mi idea iba a dar pie a la próxima revolución del teatro. Para mí significaría un pase directo al salón de la fama internacional. Ni por equivocación me imaginé que ese lugar me sería usurpado por la arrastrada de su “reina mártir”, ya verá porqué lo digo.

La obra que elegí para mi propósito fue el clásico lésbico “Romiana y Julencha”. Lacho estuvo de acuerdo y él se encargó de conformar el equipo. Yo interpretaría a Romiana, por supuesto; pero nos faltaba una insulsa para hacerla de Julencha. Necesitábamos una tipeja del montón, de modo que yo pudiera lucirme más. Cualquier par de bubis funcionaría, siempre y cuando ya contara con algo de popularidad. Eso sí, entre menos supiera actuar, mejor. Yo misma sugerí que llamaran a la Tetomática para una audición. Maldita sea la hora.

—Recibe tú la última mirada de mis ojos, el último abrazo de mis brazos, el último beso de mis labios, el último tweet de mi cuenta… —dije, en una interpretación magistral que ya nadie recuerda. Era la noche de la premier y todos los sentidos estaban puestos en mí. Tenía a la audiencia al filo de los electrodos, lo sabía.

—¡Oh, cuán portentosos son los efectos de tu bálsamo, alquimista veraz! Así, con este beso, muero… —tomé el veneno pensando que mi suicidio me iba a consagrar. Imagínese, lo nunca antes visto en un escenario: auténticas convulsiones, gemidos, ahogamiento. Un desplegado de mis más básicos instintos de supervivencia. La multitud se dejó perturbar por mi danza espasmódica en nuestro propio cosmos virtual. Fuimos miles de mentes fusionadas en una sola presencia, que vivió mi agonía desde sus entrañas. ¡Dígame si no estaba yo trazando el camino a seguir, señor Moncayo!

Pero el show estaba lejos de terminarse.

Por suerte mi deceso me salvó de presenciar la penosa actuación de la Tetomátic en la muerte de Julencha. Ya nadie habla de esto, pero supe que en lugar de “¡Dulce hierro, descansa en mi corazón!”, ella exclamó “¡Dulce fierro, descansa en mi vientre!”. Hágame el condenado favor.

En fin, sobra decir que nuestros despojos se volvieron virales desde antes que bajara el telón.

—¿Es cierto? —se preguntaban aquí y allá los gurús del espectáculo—. ¿De veras se mataron en el escenario este par de locas? —¿Por qué no? Si fueron avances tecnológicos los que me habían acarreado tanto éxito, sería uno más el que me regresaría al camino de la gloria, al menos eso creí.

Lamentablemente conforme se daban los acontecimientos, se alejaban cada vez más del plan original. Verá usted, a pesar de que el fotosnapshot que nos tomaron se volvió tan conocido como la fotografía del Rey Lagarto; resulta que yo fallecí bocabajo, y esta bruja cayó muerta bocarriba, toda desparramada encima de mí. Además, por si fuera poco, ¡se le estaba asomando un pezón! Así nadie iba a enterarse quién era la de abajo. Lástima por el anonimato de la desdichada sobre la cual descansó la “magnánima estrella”. Chica sorpresa que me iba a llevar de vuelta en el reino de los vivos cuando me contaran todo esto. A veces pienso que hubiera preferido no regresar.

Usted ni ha de saber, pero la immediate-Resuscitation no era más que un prototipo en aquellos ayeres. Con decirle que las probabilidades de una reanimación exitosa eran del setenta y cinco porciento durante la primera hora, y a la baja conforme corrían los minutos. Aun tratándose de un ambiente controlado era algo peligrosísimo. Es ahora que me pregunto ¿y todo para qué? Una arriesgando la vida y termina pasando lo que pasó. ¡Qué injusto!

La cosa fue que a mí, obviamente, sí me pudieron resucitar. Pero la maldita Tetomátic, esa perra del infierno… Le habían inyectado tal cantidad de botox en la cara que terminó por contaminar las bioimpresoras 3D. Fue imposible despertarla. Consecuentemente, esto terminó por lapidar mi carrera y elevar a esa cualquiera a estatus de máxima diva forever and ever.

Pues bien, señor Moncayo. Ya que conoce la verdad, no le queda más que sacarla a la luz y ponerle fin a este colosal engaño.  Quedo a su disposición para cualquier entrevista posterior (previa cita).

Atentamente,

Madame Feli DeGard

* * *

From: lunalily__cofcof@me.com
Sent: Thursday, January 15, 2XXX 02:32 PM
To: ruben.moncayo@unn.com
Subject: RE: FW: La verdad sobre la diva

Wooooow jajajajjajajajjajaj nooooooooooo……….

¡No sabía que todavía estaba viva! Si yo estoy vieja, ella ha de ser punto menos que momia. ¡Y qué amargada!

En serio que no puedo parar de reír jajajajjajajajjajajajajjajajajajajja

Para responder a tu pregunta, lo que escribió la DeGard sí está adornadísimo para sus conveniencias, pero sí es más o menos cierto. A mí me contrataron para resucitarlas. Eso sí, todo fue por debajo del agua, en parte porque todavía no se aprobaban las regulaciones para el i-Res. Hasta tuve que sacar el equipo a escondidas de la Universidad. No sé cómo tuve el coraje… Era muy joven, debió ser eso.

Nunca hablé del asunto porque don Lacho me pagó muy bien para callarme la boca. Ahora que lo pienso, a lo mejor hasta a la DeGard la tenían sobornada o amenazada. Quién sabe, como sea, ¡ya qué! Puedo decir que ahorita me siento con la libertad de sacar los trapos sucios porque, exceptuando a la DeGard, ya todos los involucrados pasaron a mejor vida. Ni pecs.

Honestamente, a todos les convenía hacerle creer a los fans que la Diva había sacrificado su vida por el teatro y que no existía tal cosa como un plan para revivirla. Estoy segura de que sí le sacaron mucha lana a todo este incidente. Inclusive creo que las siguientes generaciones siguen beneficiándose con todas las proyecciones póstumas, eventos, parafernalia… ¡Bendita mercadotecnia! ¿Qué te puedes esperar? Así de frívolo es el showbiz. Qué bueno que a mí me dio por la bioingeniería, jijiji.

Lo que no te contó la DeGard, y nunca se me va a olvidar, fue lo que pasó en camerinos después de que la reanimé. La vieja me armó un berrinchote de aquellos. Se puso frenética cuando le dije que no había podido revivir a la Diva. No sabes, nos insultó a mí y a mi mamacita hasta en francés. Dijo que yo había arruinado su plan maestro y no sé que cosas. Hasta amenazó con matarme y me aventó contra uno de los racks de i-Res. ¡Pinche vieja violenta!

Ella ya se sospechaba que desde esa misma noche la Diva se iba a inmortalizar. Obviamente estaba que se moría de la envidia.

—¡Usted también puede convertirse en leyenda si quiere! —le dije—. ¡Agarre más veneno, métaselo por el culo y ahora sí la dejo estirar la pata a sus anchas! ¿Qué le parece?

—Escuincla pendeja —fue lo que me respondió. Media vuelta y se retiró dando tal portazo que hasta se zafó la estrellita con su nombre.

Y de veras que ya nadie la volvió a contratar.  Supertriste  😥

Saludos!!

Ing. Lily Morales

P.D. Si me quieres entrevistar, ¿me puedes poner cubitos en la cara y modificar la voz? Quiero conservar mi anonimato… Jajajajajajaj Además me encanta cuando proyectan hologramas con cubitos así todos misteriosos, de incógnito…  :P

Perla Saldívar

 

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