Versus – Splash

La historia de la humanidad ha estado unida de forma íntima a los océanos: Desde los asentamientos humanos que se fundaron hace siglos en sus playas, el que de sus aguas hemos obtenido alimento, así como la sal y el yodo sin los cuales moriríamos, hasta el hecho de que viajando por encima de ellos nos extendimos hasta todos los rincones de la Tierra para después convertirlos en la principal vía de comercio internacional. Es por esta dependencia por lo que además nos ha inspirado leyendas acerca de los dioses que moran en las profundidades, de sus monstruos y de seres fantásticos que hasta la fecha alimentan a nuestra imaginación.

Tomando como ejemplos al dios Oanes de los sumerios y babilonios en los albores de la historia, a las sirenas de canto seductor en La Odisea de Homero, y a las leyendas de las Selkies de la Escocia Celta y los Atlahuas mexicas; el mito de los seres mitad pez, mitad humano, ha permanecido en nuestro subconsciente aún en pleno siglo XXI. De este modo podemos asegurar que la influencia que otorgaron a los bardos y a los escritores de tiempos no tan pasados, sigue vigente en Hollywood el día de hoy.

Y aunque Glynis Johns y Ann Blyth ya habían portado una cola de pescado bajo su cuerpo y cara de angelitas en 1948; es sin duda Daryl Hannah quien se quedó en la memoria y los corazones de quienes la admiramos en la pantalla de plata, en aquella época antigua conocida como Los 80’s.

Nuestra historia comienza en Cape Cod, Nueva Inglaterra, en una bahía que podría fácilmente ser la desembocadura del Miskatonic, si no fuera porque esta no es un cinta de horror, sino de romance. La familia Bauer está dando un paseo en ferry cuando el menor de sus hijos, Allen, pierde su mirada en el reflejo del agua. Mientras su hermano mayor Freddie se dedica a verle los calzones a las muchachas, Allen salta a la bahía y se encuentra con una niña rubia que lo sujeta de los brazos, en el encuentro de dos almas gemelas separadas primero por la biología, y después por un marino que se zambulle para salvar al niño, dejando triste a la sirenita.

Veinte años después, Allen (nuestro cómico galán favorito, Tom Hanks) y Freddie (nuestro cómico gordo favorito, John Candy) trabajan en la frutería que heredaron de su padre, en la capital del occidente durante los ochentas: Nueva York. “Trabajan” en un plural muy singular, ya que al parecer Freddie sólo vive para gastar el dinero del negocio, y Allen es quien realmente dirige todo, cual yuppie estresado que necesitara leer en su Selecciones de ese mes “Buenas Noticias Sobre el estrés”. Allen como buen workaholic, acaba de fracasar en su relación de pareja y al ser invitado a un boda, lo mejor que puede hacer es embriagarse y lamentar su suerte en el amor.

Con una cantidad enorme de billetes en la bolsa, Allen toma un típico taxi amarillo que lo lleva a Cape Cod, donde encuentra al científico Walter Kornbluth (Eugene Levy, antes de que se convirtiera en el papá más buena onda de American Pie) a quien le pide ayuda para que lo lleve al otro lado de la bahía, cosa que se niega a hacer. Así que Allen (quien no sabe nadar) termina en un pequeño bote del que cae, siendo salvado por la sirena más hermosa del cine ochentero, y tal cual se relata en el cuento de Andersen, Allen despierta en la playa bajo la mirada de una bella y desnuda mujer que no le dice su nombre, pero quien ha tenido el tino de quedarse con su cartera, y usando mapas de un barco hundido, descubre que Allen vive en Nueva York.
Sin embargo Kornbluth también ha estado haciendo sus investigaciones, y al toparse con la sirena ha encontrado la prueba irrefutable que le devolverá la credibilidad ante sus colegas.

Allen regresa al trabajo ilusionado, con una nueva actitud, y no tarda en aparecer nuestra protagonista, cubriendo sus partes nobles con su larga cabellera rubia para azoro y beneplácito de los turista de la Isla Libertad. Ya que tenía la identificación de Allen, la policía lo localiza y lo llama para que vaya por ella al precinto, y así en este reencuentro, todo pareciera que está servido en bandeja de plata para la felicidad de la pareja: La sirena descubrirá lo más prominente de la civilización norteamericana: ¿el Museo de Historia Natural? ¡No! La Quinta Avenida, Bloomingdales, ordeñar la tarjeta de crédito de su novio, hacer aeróbics con Richard Simmons (a cuya versión robot le explota el trasero afuera de la Mansión Burns en Los Simpsons) y por supuesto, aprender el idioma inglés, educada por el máximo logro de la ciencia del siglo XX: La Televisión. Tras seis horas de shopping spree, Allen encuentra a su novia anfibia cargada con bolsas y seguramente con un estado de cuenta kilométrico… pero como para eso son las trophy girlfriends, nuestra querida sirena elige un nombre acorde a la banalidad de su existencia humana: Madison (el nombre de la Avenida).

Pero Madison, quien ya puede hablar, solo estará ahí durante unos cuantos días más, ya que su conversión a humana es temporal, y aunque Allen está tan enamorado que decide pedirle matrimonio, también está muy inseguro por los secretos que ella le guarda.

Como en toda historia de amor, el tercero en discordia será Kornbluth, quien ha deducido que cuando Madison se moja, su cola aparece, y desaparece al secarse. Así que los embosca en una cena con el presidente, el FBI la atrapa y la dulce e inocente Madison termina en una pecera para ser estudiada por los abusivos colegas de Kornbluth.

Serán la pareja del ser anfibio, su carismático compañero con sobrepeso y el científico redimido por la nobleza de la criatura, quienes orquestarán un plan para devolverle  la libertad y lograr que el amor triunfe… Si, suena parecido a algo que vimos recientemente, creo que es el cortometraje holandés del 2015 “El espacio entre nosotros” de Mark S. Nollkaemper…

…Pero podría estar equivocado.

(Se va haciendo el paso del robot a ritmo de “Jump” de Van Halen)

 

 

Abraham Martínez Azuara “Cuervoscuro”

 

 

 

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