Versus – La forma del agua

La bella ilegítima y la bestia milagrosa

“En el amor no puedes hacer que el otro cambie, porque debes aceptarlo tal y como es, porque el mar no tiene forma, así como el agua”.

Guillermo Del Toro

Una mujer muda de apellido Esposito, válido para expósito, patronímico neutro con que antes se estigmatizaba a los huérfanos, que trabaja como auxiliar de limpieza en un centro de investigación ultrasecreta del gobierno estadounidense en Baltimore; se enamora de una criatura anfibia y antropomórfica de sexo masculino que se encuentra cautiva y es estudiada en dichas instalaciones con propósitos de inteligencia militar, luego de que el espécimen fuera capturado en el Amazonas durante una excursión oficial  para adueñarse del petróleo en aquellos territorios donde los aborígenes lo adoraban como a un dios. Tal es la síntesis de La forma del agua, thriller de fantasía, por momentos musical-cómico, y hasta gore y melodrama estrenado el año pasado en el Festival Internacional de Cine de Venecia y proyectado durante la inauguración del Festival de Cine Fantástico de Sitges, surgido de una de las más mentes creativas más fructíferas que ha dado la tierra de Pancho Villa, El Santo y Pedro Infante, y que por fin se exhibe en todas las salas de cine comercial de nuestro país.

A la manera de Hellboy, cómic de Mike Mignola que el mismo del Toro llevara a la pantalla grande, esta historia dirigida también por el mexicano y escrita en coautoría con Vanessa Taylor nos sumerge en un ambiente urbano repleto de agentes secretos, espías y dobles agentes, en que la ficción es utilizada para reflejar con mayor fidelidad que otras obras de corte realista, películas y series cuyas tramas suelen estar centradas en lo superficial, las características principales de la política social más controvertida y apremiante del último siglo: El racismo y la libertad, el derecho a ser diferentes, el acoso y la segregación, la guerra, la tortura con fines militares, la ideología de género la homosexualidad, los derechos de los desposeídos y los marginados, el significado trascendental de ser humanos y toda la búsqueda por la felicidad de aquellos individuos que quedan atrapados en medio de las pugnas entre gobiernos e instituciones potentadas y sus intereses. Además, como si con lo anterior no bastara, cuenta con el inmenso mérito de mostrar una historia de amor que llega a ser, por secuencias y en su totalidad, original, sin importar la infinidad de veces que esa fórmula ha sido explotada y hasta parodiada en el cine contemporáneo.

Si en El laberinto del Fauno esa premisa es construida a partir de la guerra civil española, en que más allá del propio fauno, las hadas, la mandrágora y otros seres fantásticos, los franquistas nos son presentados como los verdaderos monstruos que históricamente fueron, en La forma del Agua el escenario es análogo al de la guerra fría de la era soviética y en particular, al de la crisis de los misiles en Cuba. En este filme en que, como en El espinazo del diablo, la violencia y la crueldad vienen unidas a la seducción de la imagen, ayudada en tales términos por la condición de la protagonista que está obligada a comunicarse con lenguaje de señas, la fotografía y el uso de elementos simbólicos son un torrente de narrativa visual y un dique abierto a la imaginación. La persuasión de los contrastes y tonos hídricos, la refracción de un argumento que fluye sin palabras,  la densidad estética de los matices fríos y submarinos y el color rojo como sinónimo del amor, la sangre y la belleza, son algunos de los éxitos obtenidos por del Toro al inundar las salas de cine con este guion donde los anormales bien podrían ser los personajes de las jerarquías denigradas, como el desempleado anciano y vecino (Richard Jenkins) de Elisa Esposito (Sally Hawkins) y su compinche de trabajo (Octavia Spencer), una mujer gorda, afroamericana y poco instruida, pero en el que los villanos, esto es, una vez más, los verdaderos monstruos, serán siempre aquellos que viajan en los Cadillac más lujosos y ostentan la más alta posición social en sus flamantes uniformes y casas y familias dignas del comercial de gelatinas más aburguesado (Michael Shannon), o aquellos que son capaces de cometer todo tipo de arbitrariedades con la ambigua justificación de que al final “sólo seguían órdenes”. Todo, como una cascada de múltiples y hasta irónicas referencias al cine de la época de oro de Hollywood y sus épicas producciones como Anita la huerfanita y demás historias de corte bíblico y mitológico, sirviéndose del recurso de la televisión previa al tecnicolor y del acontecimiento casual de que, abajo del apartamento donde vive Elisa, hay un cine que proyecta esas cintas. No se dejan de plasmar tampoco todos los iconos típicos de finales de los cincuenta y principios de los sesenta, como en el buen cine de época: La sociedad meridiana de la clase media que maquilla una profunda dicotomía y crisis cultural, el machismo propio de entonces y hasta los célebres pays de limón en las cafeterías de ese período, capturando la esencia definitiva de la filosofía de Guillermo del Toro (algo que todos sospechamos), que la auténtica fantasía, el legítimo cuento de hadas propio de la inmadurez es esa “normalidad” que tanto profesan los medios de comunicación como el estilo de vida idílico al que deberíamos aspirar, y que los monstruos son, en última instancia, una convocatoria sólida a la libertad y a la rebeldía para romper con las  formas de imposición que nos impiden alcanzar nuestros sueños.

La entrega es un evidente tributo a otras películas como la de 1984, Splash, del afamado Ron Howard, o el clásico del cine de monstruos, La criatura de la laguna negra (que también es encontrada en el Amazonas), de 1954, y el cuento de hadas de La bella y la bestia, por mencionar algunos. Aquí vemos una vez más al colaborador recurrente de del Toro, Doug Jones, quien diera vida al fauno y al hombre pálido en El laberinto y a Abe Sapien en Hellboy, encarnando con su gran capacidad histriónica para lo freakie y lo raro a “El activo”, como, para retratar la consabida obsesión de los norteamericanos por inventariarlo todo como una mercancía, es llamado el monstro acuático en este relato.  El que, por su parte, cabe señalar que es sin duda uno de los monstruos más logrados de los efectos especiales en la ciencia ficción de los última década, pues no en balde del Toro se gastó varios cientos de miles de sus propios “activos” para diseñarlo en un proceso que duró bastante tiempo y conseguir así proyectar a una criatura más que convincente y emotiva, en exceso natural, muy apropiada para despertar la empatía de los espectadores  cuando la vemos sometida a las más diversas atrocidades que no le desearíamos a ningún ser con aquella apariencia y mirada tan humanas. La criatura nos recuerda a un Dagon benévolo aunque también amoral, a los tritones y otros dioses paganos de las regiones de Neptuno que brillan en las oscuridades abisales y que existen más allá de las consideraciones de la civilización, capaces de desplegar poderes increíbles pero que no por eso son inmunes a los códigos universales del arte como la música de jazz, género con el que Elisa lo cautiva, mientras la dirección de escena nos impacta con la brillante actuación de una Sally Hawkins en homenaje a Chaplin en las mejores décadas del séptimo arte silencioso, y la cámara sigue los movimientos (¡gran toque!) de un cuerpo hundido en un paisaje marino.

Con Dan Laustsen como director de fotografía y una excelente banda sonora de Alexandre Desplat, ganadora del León de Oro y diferentes premios de la Alliance of Women Film Journalists, el American Film Institute, los Critics´ Choice Movie Awards y los Golden Globe Awards, entre los que se encuentra la categoría de mejor director, y una calificación de aprobación del 96% en Rotten Tomatoes y con un puntaje que alcanzó los 87 sobre 100 en Metacritic, La forma del agua se perfila como una de las favoritas para los premios de la Academia. Y no es para menos, en esta entrega del Toro resalta sus mejores cualidades: No sólo es creativo y perfeccionista, sino que, a diferencia de bastantes de sus colegas, es inmensamente honesto como persona cuando se trata de contar historias, pues no se exhibe como un pretensioso hollywodense que gana propicias toneladas de dinero gracias a la industria de la “filantropía fílmica a favor de los desamparados del mundo”, sino que comparte su visión interior con una simplicidad y calidez poco habituales en estos tiempos abigarrados de superhéroes palomeros cuyo objetivo no es otro que el de la producción vomitada de parafernalia en líneas de juguetes, videojuegos y accesorios que nada tienen que ver con una buena película. Guillermo no pone a un personaje femenino para llegarle a un público de mujeres, ni a un personaje mudo para venderse con las asociaciones de quienes padecen esta discapacidad, tampoco busca crear polémica fácil a través del escándalo de tomas pornográficas gratuitas o dividir al público entre minorías disidentes y mayorías enajenadas, muy por el contrario, lejos de esas trampas de la mediocridad, retrata a personajes que más allá de su apariencia y sus acciones son tan humanos como cualquiera de nosotros y alcanza con ello un mejor vínculo con la audiencia a la hora de hacernos reflexionar sobre nuestra propia condición humana. Hecho que en esta obra consigue con mucha más ambición que en otras de sus películas, al demostrar que el prodigio del amor no es un destino inevitable ni una irreal fábula de fantasía, sino un logro por el que vale la pena nadar a contracorriente adoptando la forma del agua.

Isidro Morales

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