El Mago Verde y el trabajo sucio – 2 de 4

Marteen sintió que estaba a punto de sofocarse.

El traje NBC le cubría por completo y la máscara de gas no le dejaba ver muy bien. Tenía que andar con paso lento y deliberado, tratando de no volver a casi caer, como en las primeras escaleras que encontró de manera sorpresiva.

Había metido su chaqueta y sombrero dentro del saco de lona que traía colgado ahora de la espalda, justo debajo del plástico del traje NBC. Su arnés, con todas las bolsas, frascos y cartucheras, estaba ahora encima de la playera blanca que era parte de su ropa interior.

Las únicas cosas que traía pegadas en varios puntos del exterior del traje eran los ingredientes de la termita, unos fósforos, un pedazo de vela en caso de que fallara su lámpara mientras estaba ahí abajo y varias piezas de cinta adhesiva gris de uso pesado. La cinta le serviría en caso de que el traje plástico sufriera alguna ruptura. Había tenido que usar varias vueltas para asegurar que no hubiera fugas entre los guantes y las mangas del traje, justo como lo había instruido su maestro hace mucho.

La luz de su lámpara cayó sobre otro set de escaleras y el mago las bajó con cuidado, agarrándose del barandal; sus pasos amortiguados por las suelas de goma del traje de seguridad. Por suerte para él la mayoría de las puertas no estaban tan oxidadas como la puerta principal con la que tuvo que repetir el truco de la termita para poder fundir la cerradura. Sólo tenía que usar la fuerza de sus músculos, sudando y resoplando para poder abrirlas lo suficiente para poder pasar.

Entre más avanzaba por el interior de aquel edificio, más seguro estaba de encontrarse en el lugar correcto. Por doquier podía ver viejas tuberías que surgían de las paredes para luego serpentear por el suelo. Era una antigua estación de bombeo, de cuando la electricidad era tan abundante que podía usarse para mover grandes maquinarias que proveían agua a los pueblos cercanos. Para Marteen era difícil imaginar un tiempo en que el agua que surgía de los grifos que había visto en casas abandonadas y casi destruidas, era limpia, clara y buena para beber, sin necesidad de usar filtros o hervirla. Un tiempo en que no tuvieron que guardar el agua de lluvia en grandes contenedores y  racionarla lo más posible.

El interior del edificio estaba tan solitario como el bosque que había tenido que atravesar. Pero él sabía que un lugar como ese tendría algún tipo de tanque principal con una enorme cantidad de agua en su interior. Y esa agua se habría quedado estancada por años, quizá décadas. De seguro estaría llena de esos invisibles seres llamados microorganismos, tan pequeños que no podría verlos con su lupa. Sólo era necesario que hubiera una filtración para que contaminara los ríos y lagos de los alrededores del bosque.

Esa era otro problema de las antiguas poblaciones, reflexionó Marteen. Como podían llevar el agua a dónde quisieran por medio de esos tubos y bombas, no era necesario construirlos cerca de las fuentes naturales de agua. Aiwan le había mencionado que una vez hubo una gran ciudad en el desierto, con tantas luces que parecía que la noche era más brillante que el día. Ahora en ese lugar no había más que las arenas del desierto, hogar para una multitud de seres que preferían la oscuridad.

Le llevó un buen rato de abrir puertas que llevaban a pasillos, bajar más escaleras y volver sobre sus pasos para intentar otro camino pero por fin llegó a una puerta que parecía prometedora. A diferencia de las otras esta era de acero con una manivela circular en medio que movía el mecanismo de cierre. El joven apoyó su bastón contra una pared cercana y comenzó a girar la manivela. Debió hacer un esfuerzo mucho mayor que con las otras puertas pero pronto sintió como los mecanismos comenzaron a moverse, soltando grandes pedazos de metal oxidado que cayeron al suelo al tiempo que sus partes móviles chirriaban una contra la otra. Con otro gran esfuerzo logró mover la puerta sobre sus goznes apenas lo suficiente para escurrirse. Agotado, el mago se sentó en el piso a un lado de la puerta, con su bastón en las piernas. Presionó un botón asegurado en la madera del bastón con un par de clavos y apagó la lámpara para conservar su energía. Pasaron más de quince minutos antes de que pudiera recobrar el ritmo normal de su respiración cuando oyó algo que lo puso en alerta. Eran los sonidos de algo que rozaba el suelo, que provenían de los pisos superiores en los que había estado.

“¿Acaso habré movido algo sin darme cuenta?” se preguntó a sí mismo, mientras los latidos de su corazón volvían a acelerarse. Los cuartos abandonados tenían varios muebles de gran tamaño que habían sido volcados pero a juzgar por el polvo que los cubrían, eso debió pasar hace mucho tiempo.

Marteen se puso de pie lo más rápido que pudo apoyándose con su bastón. Su mano derecha tanteó en la oscuridad a su lado, tratando de encontrar el borde de la puerta de metal. El extraño ruido se iba acercando a dónde él estaba.  Decidió aplicar una vieja lección y se deslizó tras la puerta lo mejor que pudo. De ese lado había una manivela circular idéntica a la del otro lado. De nuevo apoyó su bastón contra el marco de la puerta y usó todas sus fuerzas para cerrarla lo más rápido que pudo. Debajo de la molesta máscara de gas, su rostro se había tornado carmesí por el esfuerzo pero logró cerrarla. Entre resoplidos, se puso a girar la manivela para mover el mecanismo de cierre de nuevo a su lugar. Agotado y sintiendo como los pulmones le quemaban por el esfuerzo, se apoyó contra la puerta y se deslizó hasta quedar sentado en el piso.

Algo grande golpeó contra la puerta, lo suficiente como para arrancarle un sonido muy parecido al de un gong, sobresaltando a Marteen. Se puso de pie con gran celeridad, tomó su bastón y se dispuso a defenderse. Entre los varios secretos contenidos en su bastón estaba un tubo de metal asegurado con bandas cerca del extremo superior. Debajo del tubo había un mecanismo improvisado con un percutor y un mecanismo de resorte, que sólo necesitaba un poco de presión del pulgar para quedar en posición de usarse. Era una escopeta improvisada con la que podía hacer al menos dos disparos antes de tener que recargarla. Algunos magos usaban piedra de sal como munición para el primer disparo, creyendo que eso bastaría para advertir a quién quisiera hacerles daño de que era mejor desistir. Aiwan nunca compartió esas ideas. Él siempre recomendó a su alumno que usara perdigones de caza. Si cualquier cosa que lo amenazaba lo sobrevivía, al menos no quedaría en condición de amenazarlo por un buen rato.

Las manos de Marteen temblaban mientras trataba de usar su pulgar para alistar el primer disparo. Tras diez interminables minutos sin que oyera nada más del otro lado de la puerta, dejó que el mecanismo volviera a su lugar con gran nerviosismo.

—Siempre mantén la calma —murmuró mientras volvía a apoyarse en su bastón tratando de recobrarse del agotamiento y la tensión—. Un mago nunca puede entrar en pánico.

La única vez que su maestro casi sucumbió al miedo fue cuando creyó que una mezcla explosiva para desatascar un túnel había sido demasiado fuerte y la avalancha de roca resultante pudo haber enterrado la caravana de la que eran parte. Claro que esto no se lo dijo sino hasta el día siguiente, una vez que habían dejado atrás la obstrucción.

El mago se concentró de nuevo en el presente. Lo que hubiese causado ese golpe estaba detrás de una sólida puerta de acero. Por el momento estaba a salvo.

“Siempre recuerda que debes seguir los pasos en la secuencia apropiada” rememoró como Aiwan le había enseñado para tener éxito no sólo con los cálculos, sino también con la química de los explosivos y el uso de la electricidad. Por ahora el siguiente paso sería continuar hasta encontrar lo que había ido a buscar a aquel lugar. Después de eso se preocuparía por salir a salvo.

Marteen tuvo que esperar a que se desempañaran los cristales de la máscara de gas para poder continuar su camino, encendió de nuevo su lámpara. El suelo de aquella parte había cambiado, de concreto sólido en los niveles superiores a paneles de rejilla metálica. Por debajo de esta podía ver varias tuberías de gran diámetro que llevaban a la siguiente puerta. En la habitación había varios tanques de metal con todo tipo de válvulas y agujas medidoras sobresaliendo de su superficie lisa. Las agujas indicaban que no había presión en los tanques, o al menos no la necesaria para que la estación de bombeo funcionara.

El mago llegó hasta la otra puerta y pegó la cabeza contra su superficie. Ni un sonido. Aunque hubiera sido en extremo difícil poder oír cualquier cosa a través del traje de protección y la puerta de metal. La puerta estaba en mejores condiciones y girar la manivela fue más fácil pero Marteen lo hizo sin apresurarse. Justo antes de dar el último par de vueltas tomó su bastón en la mano derecha preparándose para usarlo ante cualquier sorpresa que hubiera del otro lado. Con el bastón apuntando frente a él, cruzó la puerta esforzándose por ver más allá del filo de la gran oscuridad que lo rodeaba. Una luz brillante proveniente de debajo del suelo de rejilla llamó su atención. Era un reflejo de la luz verde que llevaba colgando de su bastón. Le llevó un momento darse cuenta de que se encontraba encima de la superficie de un gran cuerpo de agua negra. Marteen levantó el bastón para observar mejor sus alrededores,y pudo ver que las paredes de aquel cuarto redondo estaban hechas de acero, con un techo un poco curvo en su cenit.

“Es una cisterna” dedujo él, maravillado por la escala de ese lugar. Era casi tan grande como una casa, y eso era sólo lo que podía ver por encima de la superficie de la reserva de agua. Del otro lado había otra puerta metálica que proveía otro punto de acceso al tanque. La superficie del agua estaba a un par de metros por debajo de la pasarela suspendida en que se encontraba. El mago se tendió sobre el piso de rejilla y extendió su bastón para echar un mejor vistazo. Fue un esfuerzo inútil. El agua estaba tan calmada y era tan profunda, que lo más que pudo ver fue su propio reflejo. Si no fuera porque sabía bien cómo se veía la máscara de gas habría jurado que un extraño hombre-pez estaba observándolo detenidamente desde aquel líquido negro como la tinta para saltar hacia él, y arrastrarlo hasta la parte más profunda del tanque.

Marteen alejó esos temores de su cabeza. Los hombre-pez sólo eran rumores y en todo caso vivirían mucho más al Sur, en los pantanos cerca de la Vieja Orleans. Se dio la vuelta y quedó tumbado sobre la pasarela, tratando de pensar en su siguiente paso. Era casi seguro que aquél tanque de agua era la reserva biológica que había estado buscando. En su interior debía haber una enorme cantidad de microorganismos dañinos, resultado de alguna falla en el sistema de filtrado desde hace décadas. Lo más fácil habría sido bombear toda el agua a otro tanque, uno que estuvieran seguros que no poseía filtraciones que dejaran escapar aquella sopa tóxica. Pero para eso necesitaría una gran cantidad de poder eléctrico. Luego encontrar una manera de purificar el agua de agentes extraños, ya fuera con el sistema de filtrado disponible o por otro medio.

El mago hizo algunos cálculos en su cabeza y luego soltó un suspiro. Si hubiera tenido a la mano una gran cantidad de cloro, podría sólo verterlo en el agua para solucionar el problema de los microorganismos. Pero esto traía consigo toda una serie de nuevos problemas. Para empezar, no tenía la mínima idea de como conseguirlo. Becca tal vez pudiera ayudarlo con eso, pero ella estaba a dos meses de camino y eso si no se encontraba en alguna nueva andanza. Perdido en sus cavilaciones Marteen no pudo ver como de las profundidades del agua negra surgía una larga extremidad que se aferró al piso de la pasarela. De manera lenta, media docena más de estas rompieron la superficie del agua, adquiriendo un agarre más firme para salir del agua.

Lo primero que Marteen sintió fue cómo la pasarela se resentía ante un nuevo gran peso de manera repentina, seguido por el sonido de un gran golpe contra la rejilla metálica. Él se incorporó a medias con rapidez, y lo que vio lo dejó anonadado. Una enorme masa pulsante, con una infinidad de enormes burbujas viscosas por toda su superficie, comenzó a arrastrarse hasta dónde él estaba sentado. El sonido que hacía al arrastrarse era tan repugnante como su apariencia y Marteen se sintió agradecido por tener la máscara de gas puesta, porque casi podía tocar el hedor que despedía el superorganismo.

(Continuará)

 

José Luis Toscano

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