Una noche…

─Qué ciudad, mi Dios, qué ciudad ─murmuraba Jacinto, pues recién cruzar la calle observó como asaltaban a una pequeña mujer en su puesto de tamales, lamentando que nadie la auxiliara cuando él mismo no lo hizo─, después de todo es de noche, y en esta ciudad se vive otro mundo de noche ─se justificaba así de simple.

El mismo Jacinto era muy precavido al cerrar su negocio, sobretodo estos últimos días, se sentía vigilado, sin embargo y a pesar de mirar cuidadosamente a su alrededor, no encontraba persona alguna que lo acechara. En ocasiones su chalán lo acompañaba a casa ya que eran vecinos, pero el muy holgazán se fue al estadio con sus amigos en lugar de presentarse a trabajar.

─Seguramente ya estará totalmente briago el muy huevón ─reprochaba para no temblar, pues el atestiguar el atraco multiplicó su nerviosismo. Debía distraerse de alguna forma, aunque esta no le diera buenos resultados, el latido de su corazón no lo dejaba escuchar sus propios pensamientos, y no era para menos, las calles lucían casi desiertas, un borracho ocasional recargado de algún poste, unos cuantos indigentes de distintas edades, dormidos en su gris cama de cemento y la compañía del maullido de un gato no resultaban tranquilizantes.

─Todo por ese estúpido mecánico ratero, si no me hubiera querido cobrar la compostura de mi fiel Datsun al doble, no tendría que hacer estas caminatas desde hace una semana ─aunque lo que Jacinto se decía era verdad, también se arriesgaba por tacaño, pues Poncho, el lavacoches, le había ofrecido llevarlo a casa por una corta cantidad…

─No, Ponchito, en bicicleta a estas alturas de mi vida y escala social, mejor a pie, es más digno ─le contestó Jacinto pensando en cómo salir con el codo bien librado. Y aunque Poncho pensó en ese momento  “pinche viejo payaso, uno de buena onda y el socavándolo a uno”, tan sólo le dijo ─no se apure, ya sabe, cuando se le ofrezca.

Los pensamientos de Poncho nunca los sabría Jacinto, pues ni siquiera estaba interesado en ellos, menos ahora, que su mente estaba absorta debido a la soledad de las calles en su derredor, la escasa presencia humana había desaparecido metros atrás y en estos momentos ya estaban completamente desiertas…

Un leve rechinar de grillos…
Un aullido lejano…
Un viento frío a su espalda…

Elementos poco propicios para la tranquilidad, para colmo, imponiéndose en potencia sonora estaban sus propios pasos, cada vez más rápidos, cada vez más fuertes en sus oídos, a punto estaba Jacinto de cambiar el trote por una carrera desbocada, cuando la vio…

Una silueta oscura encaramada sobre unas cajas de madera, la sangre de Jacinto bajó de golpe hasta sus pies, un sudor frío perló su frente, hasta un chisguete de orina adornó la parte delantera de su pantalón, y si no lanzó un grito poco varonil, fue porque el miedo no lo dejó, quedó congelado en el mismo lugar mirando a la amenazante sombra. Pero a diferencia de Jacinto, la oscura figura sí se movió, acercándose lenta y furtivamente esquivando la poca luz artificial, se detuvo a escasos dos metros de Jacinto y este, a través de su miedo, tuvo un atisbo de conciencia. La figura le era familiar, la sangre regresó lentamente a circular por todo su cuerpo mientras su memoria identificaba al intruso del camino…

─Pero si eres tú, caramba, Negro, me has puesto un susto de los mil demonios ─dijo un Jacinto muy distinto al de tres segundos atrás─, no me andes haciendo estas cosas, ya estoy viejo y mi corazón igual, ¿y tú qué haces por estos lares? ─preguntó al Negro el recién asustado.

Pero el Negro no ofreció respuesta alguna, ni siquiera una señal de haber escuchado la pregunta, tan sólo se quedó ahí mirando fijamente a Jacinto, dejando que el viento hablase por él.

─¿Qué te pasa, no me reconoces? Soy Jacinto, hace mucho que hablo contigo ─insistió con la desesperación asomando en la voz, pero la respuesta fue la misma.

Jacinto al ver el poco resultado de sus palabras trató de escurrirse de la muda presencia que estaba frente a él ─Bueno, Negro, es tarde y debo llegar a casa, cuidado con los cafres ─y avanzó un poco rodeándolo, pero el Negro no deseaba perder de vista su compañía nocturna, así que le cortó el paso rápidamente. Jacinto dio la vuelta sin pensarlo, a los pocos pasos el Negro volvió a cruzarse en su camino.

─Oye, Negro, no sé lo que quieres de mí, pero no traigo nada que sea de tu agrado ─dijo Jacinto con la voz entrecortada, mientras sus ojos buscaban frenéticamente una opción de escape.

En su incoherente búsqueda no se percató de otras dos figuras que se aproximaban, sino hasta que lo tenían cercado. Jacinto también reconoció a los recién llegados, a uno lo conocía como el Tuerto, pues en una pelea perdió un ojo, y el otro era el Resortes, ya que un minibús lo atropello y se quedó con un tic bamboleante a ritmo de cha-cha-cha.

El miedo que Jacinto sufría antes de descubrir al Negro esta noche, se multiplicó al notar a sus dos aparentes cómplices, en definitiva pánico puro, abrió la boca un poco tratando de decir algo, pero en lugar de palabras brotó un hilo de espesa saliva, al tiempo que sus piernas se vencían bajo el peso de un cuerpo inconsciente.

El primero en revisar la inmovilidad de Jacinto fue el Negro, se aproximó cautelosamente acercando su rostro con el del caído. Cero reacciones, hizo una seña y sus compinches también se aproximaron. De pie frente al cuerpo caído el Negro pensó “Desgraciado, tan sólo dos años tenía mi hijo en este mundo y tú lo mataste, tú y tu maldito negocio”
El Negro estaba acostumbrado a que la muerte rondara a su familia, pero casi nunca resultaba intencional, mucho menos por dinero.

“Ya no podía defenderse, era una anciana, la cortaste en trozos, sin piedad, mi madre merecía piedad” pensó el Tuerto mientras lloriqueaba un poco, porque además presenció el crimen de Jacinto y sabía que solo no podría hacer algo, por fortuna ahora no estaba solo.

“Así te quería ver, desahuciado como mi hermano, no importa cuantas veces nos hayas dado algo para comer, unos pellejos nunca me devolverán a mi hermano”

Así es, Jacinto había llenado las bocas en más de una ocasión de esos tres, que lo odiaban hasta la muerte.

No lo veían como Jacinto el benefactor, sino como Jacinto el asesino, pero igual esta sería la última vez que lo verían. Dieron tres vueltas alrededor del cuerpo tendido en el frío pavimento, como en una tosca dedicatoria para sus seres desaparecidos. Retrocedieron dos pasos y se abalanzaron sobre Jacinto, primero le arrancaron jirones de piel, enseguida pedazos completos de carne donde no había demasiado músculo. La ropa de Jacinto se había convertido en trapos húmedos y viscosos por la sangre que brotaba de todo su cuerpo; con enorme dificultad lograron separar un brazo, y más difícil aun fue llegar hasta el corazón cubierto por las costillas, tan sólo dejaron la cabeza intacta, deseaban que lo reconocieran como una advertencia, la sangrienta actividad sólo cesó debido a los primeros rayos del sol, ninguno quería ser sorprendido, de día la vida es diferente.

Para mediodía, los diarios amarillistas lucían en sus titulares: “Taquero masacrado sin piedad”, las diferentes publicaciones especulaban entre crimen pasional y ceremonia satánica, eso siempre cautivaba al asiduo lector de nota roja.

Mientras los voceadores anunciaban la noticia como el premio del día, detrás de un mercado como tantos otros, tres perros hambrientos hurgaban la basura, uno de ellos encontró medio pollo asado con un poco de gusanos, pero era un detalle sin importancia, después de todo tuvieron una noche pesada, y no pudieron probar bocado ya que la carne cruda no era de su agrado, así que en un rincón el Negro, el Tuerto y el Resortes comieron su preciado pollo moviendo las colas alegremente.

 

 

Fernando García Rosales

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