Un espía en el abismo

—Aprenderás a esperar, David. Esperar es espiar.

El hombre de traje azul hizo morder el anzuelo al futbolista con tal informe manipulador.

Le persuadió con palabras románticas como se convence a una ingenua chica adolescente, inflamando el coqueteo, penetrando al subconsciente de la víctima, ofreciéndole placer, poder y gloria hasta llegar al clímax de la conversación con un parloteo bien entrenado del experimentado hombre misterioso.

Antes, hace nueve meses, David, el futbolista había recibido, no recordaba de quien, varios libros de un célebre autor inglés que escribió novelas de espionaje y la frase “esperar es espiar”. Le era familiar, la leyó en una cantidad considerable en los párrafos, en los títulos. Lo habían preparado desde antes del encuentro.

Ahora, dentro de la sala donde citaron al futbolista, el personaje posado frente a él dominaba el ambiente. Un maestro de la manipulación. El espía sin nombre: El hombre de traje azul.

El misterioso hombre le predicó la misión, ofreció la recompensa, extendió gastos, presumió una trivial libertad de elegir y esperó. Esperó un poco más. Así se mantuvo el hombre de traje azul, como una esfinge de temibles proporciones mientras David movía sus pupilas y arrugaba el pantalón de diseñador con las manos inquietas. Surgían muchas dudas y miedos. Era consciente de que Bolivia era un país con un desarrollo nada excepcional y lejano al sueño americano.

«¿Podrán pagarme siquiera lo que pido?» se preguntó en silencio el famoso deportista. ¡Ridículo! Eso no era importante ni en lo más remoto. El dinero no era la verdadera razón por el cual hace semanas se rumoraba sobre su partida al futbol boliviano. Ahora los cabos sueltos se ataban, miraba con un panorama más amplio desde que inició la reunión con el hombre de traje azul. El soccer pasaba a un segundo plano haciendo creer a la multitud que llegaría a romper las redes de las ligas más importantes en aquella parte del continente. Su misión era el espiar a un gobierno y la hermosa Bolivia sería la sacrificada. El objetivo, quebrar al estado desde su raíz, dejando sin memoria a un pueblo condenado.

«Debería ir…» pensó. «¿Cuestión de honor? ¿Cumplir con Inglaterra, su país? ¿Superar las metas logradas que ya eran sobradas? Simplemente por aburrimiento a la vida».

«Esperar es espiar». Lo repetía en su mente una y otra vez después de escuchar la frase de la boca del hombre de traje azul y de leerla en incontables párrafos de esos malditos libros. ¿Era casualidad? Empezó a comprender que lo estaban utilizando de carnada, pero le gustaba. Ser un desconocido en el mundo del espionaje y después regresar como el héroe de tu nación y consentido de la reina. El hombre de traje azul esperó que el futbolista volviera en sí del abismo de sus pensamientos, con la mirada fija en sus ojos para leer las facciones faciales lo mejor posible; «eso hace un espía», se dijo a si mismo, «me está leyendo la mente sin tener superpoderes, este hombre es un monstruo».

—Tiene muchos motivos para comenzar esta aventura, David.
—¿Cómo cuáles? —dirigiendo una mirada de rayo láser al otro.
—Ciertamente, nosotros no lo elegimos por casualidad ni por sorteo, usted es la principal recomendación de mis superiores para hacer un trabajo efectivo. Si no desea tomarlo no le pediremos a otro personaje deportivo para realizarlo, más bien, podríamos demorar algunos años para encontrar incluso en nuestras filas internas a alguien con las capacidades y virtudes que se necesitan.

«Lo haré por mí» pensó, «quiero aprender las artimañas de un espía». Tenía deseos de crear un argumento para validarlo, un motivo para aceptar la propuesta. Había sentido que sus metas y sueños se alejaban cada vez más rápido por el embudo de un reloj de arena, los granos desaparecían rápido de su vista mientras él se hacía más viejo y toda meta la cumplía en cada ocasión con la facilidad de un Ferrari volando por la pista de Le Mans. Ya no podía visualizar otros objetivos decentes conforme a sus virtudes; su arrogancia de soberano y gallardía de vaquero espacial hacían olvidar esos éxitos obtenidos en el pasado como ceniza oprimida por el viento sin dejar huella en el incierto futuro.

Cuando despertó del ensueño y terminó la abrumadora sensación de control mental regresó en sí para mirar de nuevo los ojos profundos del hombre de traje azul preguntándole cuáles serían los beneficios al dar un resultado favorable.

—Lo que usted desee, David. Inventar su muerte en el momento adecuado, podría ser. La obtención de la máxima condecoración del protocolo británico le llegará en automático. Se le abrirán las puertas a sociedades secretas que por obvias razones usted aún desconoce y que nosotros atendemos para el bienestar de ellos.
—¿Y qué desea usted, que investigue o asesine a alguien?
—Primero debe comprometerse. ¿Por lo tanto, acepta el trabajo, David?
—Sí…

El pacto se firmó.

Exactamente dos años después de la reunión de sangre, el ahora varón de guerra, antes espía, antes futbolista se encontraba en su limosina observando la fachada de una mansión esplendida dentro de un bosque lejano a las carreteras. Le había llegado una invitación privada para un evento en donde se hallaba el máximo nivel de autoridad secreto, se decía que podría encontrarse con personajes por más sorprendentes y ligados a la sociedad de “la raza primordial” que obtenían la licencia para entrar a la liturgia ya fuera por derecho divino o influencia política.

Había llegado a su destino en su coche de lujo sentado en la parte trasera. Observó el castillo. La majestuosidad del recinto iniciaba con un camino de grava adornado de una vegetación con los detalles de jardinería impecable y culminaba en una entrada con puertas labradas en roble protegidas con un arco de cantera estilizado con figuras espectrales y sellos mágicos. Vestido con un traje impecable aún seguía sentado en el vehículo, divagando. Cualquier acontecimiento que ocurriera esa noche le cambiaría su vida para la eternidad porque estaba a punto de entregarse en cuerpo y espíritu hacia la senda que conducía a la pilastra de esa gran puerta que en forma de arco formado por símbolos extraños era la entrada a la recepción del palacio. La sensación de espanto podría enloquecer al más prevenido estratega, este hombre no tuvo ningún sobresalto. Se percibía él mismo como portador de la llave que abre la caja de pandora, un nuevo mundo entre planos dimensionales de oscuros elementos.

Aún no salía del coche. En el asiento lateral guardaba el periódico de hace una semana. Recordaba que anteriormente sólo leía la sección deportiva, ahora llegaba a la cúspide de maduración, sintiendo un hambre de avaricia por buscar las páginas de la sección internacional, buscando pistas, avisos y otras señales. Leyó de nuevo el artículo que le interesaba de sobra, el encabezado decía:

“MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO SE LEVANTA EN ARMAS PARA DERROCAR AL GOBIERNO BOLIVIANO”.

Alzó la cabeza solemne, volteó de nuevo para observar el contenido del artículo:

“Los insurgentes liderados por el pueblo mismo en un desesperado y unido movimiento para derrocar la tiranía del corrupto gobierno…”

“…donde el ejército, comandado por esta presidencia de carácter totalitario, se ordena en las calles acribillando a cientos de capitalinos…”

Recordó que sólo hace una semana, durante el preludio de los disturbios en el país sudamericano, había recibido el título honorario de “Barón” condecorado por la monarquía británica frente a la corte, los medios, plebeyos y demás caballeros; la ceremonia concluyó en una plática privada con la Reina dentro de un lujoso y pequeño salón donde le ofreció poder y algunos secretos tan terribles e imposibles de mencionar. No sólo el título nobiliario le abría las puertas a las clases sociales de mayor rango, si no la misma bendición de su nueva dueña y señora: la aprobación de Isabel II, jefa suprema de La Mancomunidad de Naciones.

—Esta es mi recompensa. No fueron las mujeres, tampoco el dinero ni el reconocimiento de los gentiles—pensaba en voz alta mientras recorría el camino de graba para entrar al tenebroso palacio—. Ahora soy uno de ellos. Un sirviente de los Arcontes.

Las puertas se abrieron.

Siguió su camino hacia aquella fortaleza, dejando el ayer en cada paso, experimentando un cambio de piel como lo hacen los reptiles. Traspasó el arco de piedra repleto de símbolos de poder y las formidables puertas cerraron de par en par haciendo crujir las maderas mientras la luz descendió en su totalidad y el estruendo provocado al ejecutar su temeraria entrada hizo acústica descendiendo hasta las cavernas de hielo. Contempló el abismo…

—Bienvenido al refugio de los Primordiales, David.

 

Gerardo Sánchez

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s