El Mago Verde y el trabajo sucio – 1 de 4

(Para Diego, un hermano en quien siempre puedo confiar)

 

La oscuridad envolvió el mundo.

Era una noche sin luna a finales del verano y las únicas luces visibles en el cielo eran las estrellas, frías y lejanas. Excepto por una que brillaba en el suelo.

La esfera de vidrio verde era iluminada desde adentro por un foco incandescente, apenas suficiente para que el mago pudiera seguir su camino con lentitud, esforzándose por no hacer ruido en medio de aquel silencio poco natural. La luz colgaba de un bastón una cabeza más alta que la suya propia, con inscripciones grabadas sobre su lisa superficie de madera, gracias a un cautín del taller de su viejo maestro.

Marteen se detuvo por un momento para asegurarse de estar siguiendo el camino correcto. Elevó su mirada hacia las estrellas y con algo de dificultad localizó la Estrella Polar. Le llevó un par de minutos hacer los cálculos necesarios en su cabeza y revisarlos, pero estaba bastante seguro de que iba por buen camino.

La luz de su bastón iluminó sus cansadas facciones. A pesar de que aún le faltaban un par de años para llegar a los treinta, en su cara ya podían verse las primeras marcas de la edad y la penuria. Su piel aún mantenía un ligero bronceado, producto de los primeros años de su infancia en la granja en que su maestro lo había encontrado. Entre su descuidado cabello negro ya podían verse varias canas, al igual que en su barba.

El fulgor de la lámpara caía sobre su ropa, remendada en diversos sitios con los pedazos de tela color verde que tuviera a la mano en ese momento. Pero aun con todo el polvo de sus viajes, era fácil distinguir el color verde olivo del viejo uniforme militar. El arnés de tejido negro del que colgaban distintos frascos y herramientas lo había hecho a mano, basándose en viejas fotografías.

De su hombro derecho colgaba una vieja bolsa de lona, con sus pocas posesiones empacadas de manera eficiente. Le había llevado un buen tiempo aprender a ordenar y empacar como era debido, pero la constante repetición del acto había quedado taladrada en su mente para el resto de su vida.

Su sombrero tenía impresas formas orgánicas y sin sentido, de varios tonos de negro, café y verde. Sólo la parte superior era de color verde olivo, por la parte puntiaguda que había cosido poco antes de empezar con su búsqueda.

A él le hubiera gustado poder usar la regla de cálculo que llevaba colgada del cuello, pero la luz de la esfera había empezado a debilitarse hace un rato. Era su última batería grande y aunque tenía suficientes baterías de menor tamaño para reemplazarla, no era un arreglo que quisiera hacer en medio de aquel lugar, aun si no hubiera estado al corriente de las historias que se contaban.

El mago continuó su camino, apresurando su paso lo más posible. Si había calculado bien las distancias no tardaría en llegar al lugar que buscaba.

El mapa que había encontrado en los archivos de la vieja base militar era apenas un pedazo lo bastante grande para contener un par de referencias topográficas. Le había tomado a Marteen casi dos meses el cotejarlo con otros mapas en lo que quedaba de la biblioteca de Grand Falls; entre obtener permiso para entrar a ayudar a los pobladores a reparar las luces del centro del pueblo, y buscar entre los cientos de volúmenes sin clasificar que quedaban tras el Desastre.

El bosque era oscuro y con árboles secos de ramas retorcidas que parecían querer extenderse hacia él con dedos alargados y atraparlo. Pero no era esto lo que más inquietaba a Marteen, sino el silencio casi aplastante que permeaba por entre los árboles. Lo único que se podía escuchar era el sonido de sus pasos amortiguado por el pasto seco y las hojas caídas.

Pero no eran las amenazas que podía ver o escuchar lo que más le inquietaban. La razón de porque la gente de las cercanías habían acabado por declarar el bosque como un sitio prohibido era debido a una superstición muy arraigada: que todo aquel que entrara sería maldecido por vengativos espirítus invisibles, condenado a marchitarse y morir entre grandes sufrimientos.

─No deberías ir ahí, chico ─lo había prevenido el viejo cazador, la última persona que había visto desde hace cinco días─. Pero es lo que ustedes hacen, ¿no? Meterse dónde no les llaman, quiero decir.

Marteen soltó un suspiro de resignación. En parte todo era culpa suya por no haber dedicado suficiente tiempo a pensar por sí mismo en una búsqueda que lo ocupara una vez que su maestro, Aiwan el Listo, consideró que ya había aprendido lo suficiente.

La búsqueda había iniciado en la frontera de Nevada y Nuevo México, llevándolo primero al Norte.

Él podía haber llegado antes pero al oír más acerca de los rumores de la región, tuvo que hacer un desvío hacia un viejo depósito de la defensa civil, cerca de Salt Lake City. Su plan original había sido entrar y salir en un par de días, pero los Mormones lo atraparon cuando trataba de cruzar la muralla de su ciudad. El precio de su libertad fue revisar y mejorar la red eléctrica del área central y enseñarles a hacer un sustituto del filamento de carbón para los focos incandescentes que necesitaban para iluminar sus comercios y hogares.

Pero la máscara de gas y el sobretodo NBC que llevaba en el saco de lona habían valido todo ese tiempo y esfuerzo. Marteen se detuvo de nuevo para checar la lectura de la lata que llevaba en uno de los estuches y bolsos que  colgaban del cinturón. Era difícil ver pero estaba casi seguro de que la fibra metálica suspendida de un hilo no presentaba una reacción mayor a la última vez que la revisó cerca del borde del bosque.

─Al menos no es radiación, gracias a Dios ─murmuró Marteen guardando de nuevo la lata con gran cuidado en el estuche. La radiación siempre era una perra con la que lidiar, teniendo que dar enormes rodeos para evitarla.

Pero tampoco le agradaban las otras dos opciones: un arma química, como las que habían asolado el sur de Texas, era una bestia con la que no estaba listo para tratar. Algo que hubiera durado tanto tiempo debía tener una concentración tal que el sobretodo sólo le daría un par de minutos antes que la piel le hirviera con ampollas y sus pulmones se quemaran por completo.
Su investigación apuntaba a que los espíritus vengativos del bosque debían provenir de un agente biológico: para durar tanto tiempo debía haber encontrado una reserva, algún ser vivo del área en cual incubar y sobrevivir. El problema con esa teoría era que no había encontrado ni un solo maldito animal. Ni siquiera revisando con el lente de aumento que llevaba podía encontrar rastros de roedores, nidos de insectos o de aves.

“Cuando has descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad” pensó Marteen, uno de los muchos dichos que a Aiwan le gustaba recitar de vez en vez.

Una posible respuesta apareció ante él hace dos días, mientras se encontraba escudriñando el bosque desde uno de los montes circundantes. Los vidrios de los viejos binoculares estaban algo rayados, pero aun así podía distinguir lo suficiente por medio de sus lentes. En medio de las copas de los árboles, con sus ramas cada vez más faltas de hojas, pudo ver las inequívocas líneas rectas de un edificio. La construcción parecía tener poco más de un piso de alto, a juzgar por la escala de los árboles que le rodeaban. De sus paredes surgían una variedad de tubos de varios grosores, pintados con colores que en un tiempo debieron ser muy brillantes, pero de los que ahora sólo quedaban pálidos rastros por entre el óxido que los cubría.

La pálida luz verde de su bastón iluminó una reja de malla metálica ante él, surgida de entre las sombras. En lo alto había alambre de púas, lleno de óxido y tétanos. El mago comenzó a caminar manteniendo la cerca del lado izquierdo. No tardó mucho en encontrar la puerta de acceso cerrada con una cadena y un candado cubiertos de corrosión. Marteen apoyó su bastón contra la puerta, dejó el saco de lona en el suelo y puso sus manos a la obra. Abrió uno de los frascos que colgaban de su cinturón y extrajo una bolsita de tela. Luego hizo lo mismo con otro frasco del lado opuesto, sacando una bolsita de casi el mismo tamaño. De una de las cartucheras que colgaban de los tirantes del arnés extrajo una pequeña tira de metal brillante y de otro frasco más grande sacó un par de los palillos cubiertos de fósforo que le servían de cerillos, más preciados para él que el oro mismo.

Se detuvo por un momento, tratando de recordar las proporciones exactas para el efecto que deseaba lograr. Aiwan había intentado interesarlo en el estudio de la química, pero fuera de algunas recetas para fuegos artificiales y explosivos, a Marteen nunca le llamó mucho la atención esa ciencia.

La electricidad era su especialidad. Si aquella hubiera sido una puerta más sofisticada, no le habría importado pasarse un par de horas tratando de desarmar la cerradura. Ahora que le parecía estar tan cerca de completar la búsqueda, la paciencia que había tenido que demostrar durante todo el largo viaje iba dejando paso a una euforia creciente. Y también entre más tiempo pasaba frente a esa puerta, más convencido estaba de que algo lo estaba observando, justo más allá del límite de la luz de su lámpara.

─Vamos a darle a esos bastardos un buen show ─susurró Marteen tratando de rehacer su entereza.

Con gran cuidado vertió el contenido del primer frasco, un montón de limaduras de metal que brillaron como polvo de hadas a la luz de la lámpara, sobre uno de los eslabones de la cadena. Luego vertió otro pequeño montón de polvo, indistinguible del óxido que la cubría. Con mucho cuidado puso la tira metálica con uno de sus extremos en el montón de polvo metálico.

Marteen estaba a punto de rascar el fósforo con la suela de sus gastadas botas negras, cuando recordó la lección más importante de su viejo maestro. “Para ser un gran mago, también debes ser alguien que dé un buen espectáculo”, le había confiado su maestro, después de una función de fuegos artificiales con los que salvó a un pueblo llamado Washington.

El mago comenzó a murmurar palabras sin sentido, subiendo el volumen poco a poco, hasta que su voz resonó por el bosque, rompiendo su silencio. De manera dramática encendió el fósforo que llevaba en la mano izquierda, y prendió el extremo libre de la tira de metal, la cual procedió a quemarse con gran intensidad, iluminando la oscuridad con una luz cegadora. Marteen retrocedió varios pasos y se cubrió los ojos para no quedar cegado por la luz, que se volvió aun más fuerte al llegar la chispa a la mezcla, iniciando la reacción que esperaba. Un par de minutos después, oyó como la cadena caía al suelo, jalada por el peso del gran candado. El mago se volvió con cautela, verificando que la reacción química por fin se detuvo.

La cadena yacía en el suelo con uno de sus eslabones mostrando los extremos fundidos y al rojo vivo. En el suelo había un pequeño agujero, creado al caer el acero en estado líquido.

─¡Abréte, Sésamo! ─gritó Marteen dando un golpe dramático con su bastón a la puerta de la reja. Esta apenas se movió, soltando un chirrido de protesta, producto de los años de óxido en sus goznes. Marteen tuvo que empujar un poco más para lograr abrirla hasta que hubo suficiente espacio para que pudiera escurrirse del otro lado de la puerta. En la mano derecha llevaba su bastón iluminando siempre al frente; en la otra su saco de lona con las cosas que necesitaría para sobrevivir a lo que le esperaba.

Justo a la vuelta de la esquina del viejo edificio de concreto, una masa sin forma se agitó y burbujeó. Si acaso fuera por nerviosismo, anticipación o sólo un espasmo producto de su extraña biología, era imposible de saber. La masa se arrastró por una gran grieta que se abría a ras del suelo a lo largo de la pared de concreto, y en menos de un minuto se perdió en las profundidades de aquel lugar, al que pronto entraría Marteen.

(Continuará)

 

José Luis Toscano

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