Círculos Negros

Escuché el crepitar del fuego, sentí el calor abrasador del lugar, me faltaba el aliento y me ardían los pulmones; me detuve un momento a ciegas recargado en una superficie áspera, dura y que me dejó una mancha negra en las manos. Entonces él apareció, con el rostro bañado en sangre, hollín y moho, las partes “limpias” de su rostro sólo dejaban apreciar el color rojo de la sangre acumulada en el mismo, sus ojos, grandes y saltones, parecían a punto de estallar y su voz era chillona y alarmante.

─Debes correr, es lo único que puedes hacer ─el hombre peleaba por recuperar el aire para sus pulmones─. Porque una vez que te atrapen ─continuó─ te torturarán hasta no poder más y una vez que terminen te matarán. Y lo único que pasará es que despertarás en otro círculo, en otro nivel de este lugar.
─¿Qué es aquí?
─¿No lo ves o sólo no lo quieres ver? Mira a tu alrededor, viejo, siente el calor, siente el dolor que impregna el aire, su olor… dios santo, su olor. Creíamos estar acostumbrados a la carne quemada, pero esto, amigo, esto es demasiado.
─No estoy entendiendo nada.
─No lo necesitas, sólo sigue mi consejo y corre. Ocultos bajo esta roca no duraremos mucho, ellos vienen, ellos lo saben. Son cientos, miles, todos diferentes, todos horribles. Debes correr.
─Esto es un sueño… una pesadilla, yo… yo estaba en las afueras de la ciudad… haciendo un encargo… esto no… esto no es de verdad.

Su rostro se congestiona, cierra los ojos, respira y me regresa la mirada, está asustado, demasiado asustado. Me amenaza con una roca que levantó del suelo pero perdió el entusiasmo, las ganas, su fuerza se desvanece y por un momento pienso que va a desmayarse, pero en lugar de eso sólo me dijo: shhhh, ahí vienen…
─¿Quiénes? ¿Qué….
─¡Corre!

La roca se convulsionó y empezó a respirar por sí sola, de la parte superior unos huesos negros emergieron, como si de una columna vertebral se tratara; unas membranas se separaron de los costados dejando salir dos largos y delgados brazos con unas afiladas garras al final de estos. Sus ojos eran enormes, como los de un sapo, pero amarillos brillantes. Mi única reacción fue gritar hasta que ese hombre me jaló del hombro y comenzamos a correr. La roca no fue lo único que comenzó a moverse, a convulsionarse a nuestro paso. Era como si todo lo que nos rodeaba de algún modo cobrara vida, ese lugar, lo que fuera que era (aún no me daba cuenta del todo) estaba dispuesto a matarnos, de una forma u otra.
Llegamos hasta una colina, el horizonte que se abrió ante nosotros no fue mágico ni hermoso, sino todo lo contrario, toda la tierra circundante formaba un extenso ovalo con varios niveles, como las minas a cielo abierto o las canteras, terminando en un centro lleno de fuego y lava, el cielo era negro con vestigios de un rojo intenso entre sus nubes; los relámpagos no hacían más que estremecernos más a cada paso que dábamos. No podíamos detenernos, me di cuenta de que estaba descalzo, un pantalón desgastado con una camisa a cuadros rota y semi quemada era lo único que me cubría en aquel horrible lugar.

─¡Despierta! ─me ordenaba a mí mismo mientras seguía corriendo─ ¡Despierta, carajo!
─No pierdas el tiempo, debes correr, si ellos te alcanzan te harán su…. Ahhhh.

Su grito fue desgarrador, bajo la colina apareció una especie de insecto gigante color rojo, dos tenazas gigantescas y delgadas sostuvieron al hombre y lo alzaron por encima de la pequeña cabeza del insecto, como si estuviera evaluándolo. Dirigió sus extraños y vacuos ojos negros hacia mí e hizo un gesto como si estuviera sonriendo, alzó un aguijón gigante desde la extremidad opuesta a su cabeza y lo ensartó en el estómago del hombre, como si fuera una jeringa gigante. El hombre comenzó a inflarse, atragantarse, su vientre se hinchó, sus ojos se llenaron de sangre y comenzó a vomitar una especie de baba amarilla. Con una mano sólo me señalaba un lugar en lo alto de la colina, era eso o sólo convulsionaba por el dolor. No me detuve, seguí corriendo, escuché un grito y algo que pareció  reventarse. Seguí por el camino que cada vez se hacía más angosto. El cielo rugía, las rocas cobraban vida y el viento… el viento era lo peor, traía consigo el olor a la muerte y con ello llegaba la sinfonía del sufrimiento. Entonces, en lo alto de la colina, donde el camino era cada vez más peligroso, se alzaba un viejo edificio de una arquitectura sencilla. Tendría al menos seis pisos, la fachada era vieja, descuidada, no había ventanas, todo era sencillamente concreto, escuché los rugidos a mis espaldas y no lo pensé dos veces, entré al lugar y en cuanto mi cuerpo estuvo dentro, todo se cerró detrás de mí. No había rastro de los demás pisos, sólo en el que estaba, un gigantesco cuarto con una escalera, la cual comencé a ascender, únicamente para darme cuenta de que no llevaba a ningún lado. Me detuve, respiré hondo, me puse de cuclillas en uno de los rincones de aquella habitación.

─Recuerda… ─me dije─ ¿Qué es lo último que recuerdas?

Estaba en las afueras de aquella ciudad, sólo me habían dejado una encomienda, enterrar un cuerpo, me entregaron el auto en la periferia, sólo debía conducir media hora hasta el terreno designado, llevar el cuerpo y meterlo en el pozo que ya estaría cavado, todo sería rápido y sencillo. Pero…

Escuché un eco dentro del edificio. Volteé esperando ver algo o alguien, seguía solo pero delante de mí había una nueva escalera a medio terminar, con algunas varillas sobresaliendo y parte del cemento descascarado. Caminé hacia ella y subí con mucho cuidado. Llegué a una nueva habitación que parecía la de un lugar en construcción, con ventanales abiertos y castillos de concreto a medias. Más que habitación el lugar era una enorme extensión de cuartos sin terminar, sin paredes que separaran unos de otros, una inmensa bodega. Entonces la vi al final del lugar. Una mujer, una alta mujer de cabello largo y blanco, vestida con una extraña túnica negra que iba de los hombros hasta el suelo, en su cabeza llevaba una corona blanca de madera. Intenté acercarme y entonces un agudo dolor en las sienes hizo que mis piernas se doblaran, grité y otra punzada me pegó de lleno.

Volvía a estar en las afueras, con el coche estacionado a un metro del pozo, así no tendría que llevar cargando mucho tiempo el cuerpo. Abrí el maletero y me encontré algo que no esperaba: una mujer y su hijo, aún vivos.

─Por… por favor… no nos mate… ─suplicaba la mujer mientras el niño escondía el rostro el pecho de su madre─.  Se lo suplico.

Había un postit, uno de esos papelitos que se pegan solos, por dentro de la cajuela que sólo rezaba “Mátalos”.
Mientras la mujer veía, suplicando con la mirada, entre el postit y mi rostro, esperaba ver reflejado algo en mi expresión, pero no encontró nada. Estoy seguro de eso, pues comenzó a llorar amargamente. La parte difícil fue dispararle al pequeño. Hice que fuera rápido, no pensé mucho en eso al momento, mi estómago se revolvió un poco, pero órdenes eran órdenes.

Abrí los ojos y estaba nuevamente en la bodega, solo. Esta vez, al final, en lugar de la mujer estaba una nueva escalera. Intente incorporarme y vomité, fue demasiado lo que expulsé, un líquido viscoso y amarillo, como el que aquel hombre expulsó cuando el insecto lo atrapó. Busqué en mi cuerpo por posibles picaduras pero no encontré nada, así que avancé hasta la nueva escalera, subí y subí, por lo menos lo que bien pudieron ser tres pisos, pero sin ningún resultado.
Me senté exhausto, respirando profusamente y de pronto ella estaba ahí, otra vez, la mujer pálida. Al tenerla tan cerca me di cuenta de que sus ojos eran negros, completamente negros, y su piel no sólo era pálida, sino que tenía grietas, como los de un árbol viejo; el cabello, alborotado, largo y blanco, se balanceaba por el ligero viento que soplaba en ese cubículo de escaleras.

─¿Quién eres? ─susurré
─Shhh.

Fue todo lo que ella dijo, luego colocó su largo dedo índice en mi frente y nuevamente ese dolor apareció retumbando todo mi ser, volteándome desde dentro hacia afuera. Un dolor terrible y agudo y al abrir los ojos estaba nuevamente en el momento del disparo al pequeño. El eco que provocó el arma en aquella área alejada de la mano de Dios hizo que mi piel se pusiera de gallina y me ardieran los ojos. Por un instante sentí culpa, dolor y arrepentimiento. ¿Qué era lo que acababa de hacer? Levanté al niño con cuidado, lo arranqué de este mundo y de los brazos de su madre y lo llevé al pozo. No había honor en lo que acababa de hacer, no habría gloria para ninguno de nosotros, sólo un oscuro manto negro al final de la carrera. Recosté al niño en el camino lleno de tierra suelta, luego caminé por su madre, su rostro aún tenía esa angustia, esa súplica dolosa de la incertidumbre.

Abrí los ojos y ahora estaba en otra bodega, llena de hollín, como si hubiera funcionado como una carbonera, llena de pilares y habitaciones subsecuentes. Volví a vomitar, mi estómago ardía, está vez después del líquido amarillo devolví sangre espesa, tan roja y llena de coágulos que parecía chapopote caliente. Caminé en dirección de una de las ventanas, cada vez más débil, cada vez más asustado, llegué a un rincón de aquel lugar y encontré otra escalera, esta me llevaba a una terraza, era el fin del edificio, la azotea. Ahí me esperaba la mujer, su largo vestido negro ondeaba al ululante viento agónico. Levantó una mano en señal de que la alcanzara. Caí de rodillas y vomité más sangre, luego mi visión se volvió roja y unas lágrimas carmesí cayeron al piso. Entendí entonces y recordé la parte más importante que me dijo el hombre luego de llegar a este lugar: “Te torturarán hasta no poder más y una vez que terminen te matarán. Y lo único que pasará es que despertarás en otro círculo, en otro nivel de este lugar”.

Lo que fuera que hubiera sido esa mujer, se estaba alimentando de mí, de mis recuerdos, de mi dolor, de mi sangre y aún no había terminado. Mi piel se estaba tornando gris, con manchas rojas por doquier, las venas de mis brazos se alzaban punzantes atreves de mi piel, la respiración era cada vez más difícil de lograr y el vómito no cesaba. Estaba a uno o dos metros de la mujer cuando ella decidió acercarse, y con una caricia me devolvió al final de mi viaje por carretera.

Estaba ahí, dejando al niño en el piso, y regresando por su madre, el postit cayó encima del cadáver de la mujer, lo tiré a un lado, tomé el cuerpo y al alzarlo escuché un click.
Quien sea que haya encargado hacer ese trabajo no quería cabos sueltos y no quería que yo anduviera por ahí haciendo preguntas sobre una madre y su hijo. La explosión fue rápida, una luz cegadora me dio de lleno, el calor, el olor, el dolor, todo eso invadió mi cerebro tan rápido que no tuve tiempo ni de reaccionar, ni un grito ni una sola queja, sólo la explosión.

Más sangre, el cielo negro infinito me daba la bienvenida de regreso, intenté incorporarme y me fue imposible, la mujer estaba encima de mí, devorando con sus dientes afilados, como los de un tiburón, todas mis entrañas, pude ver lo que mi cuerpo almacenaba, entre vísceras y mierda. Y ella ahí encima mío, comiendo. Y sonriendo, una sonrisa que jamás olvidaré. Intenté gritar, pero ella llevó su enorme mano a mi cuello y de un sólo tirón arranco mi traquea; escupí sangre y lo último que alcancé a ver fue una gigantesca mano que bajaba del cielo negro.

Y ahora estoy aquí, unos círculos más abajo o más arriba, contándote esto rápido, porque debes recordar siempre una cosa, lo más esencial al estar en este lugar: Debes correr, es lo único que puedes hacer. Porque una vez que te atrapen, te torturarán hasta no poder más y una vez que terminen te matarán. Y lo único que pasará es que despertarás en otro círculo, en otro nivel de este lugar.

 

Jorge Robles

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