Solo otro día

El horario de oficina puede ser tan inhumano que es normal que ya estando en el transporte público, uno no se sienta completamente despierto. En el particular caso de una oficinista en el metro, ni siquiera recordaba haberse levantado y vestido. Ni conseguía dejar de abrir y cerrar las manos. En general, se sentía desconectada de su propio cuerpo, como si fuera algo que flotaba a la altura de sus ojos, y sólo pudiera mirar. Ni siquiera estaba sofocada o acalorada en ese vagón atestado.
No estaba sola dentro de su cabeza. Alguien más tenía el control en ese momento. Por eso lo de las manos, estaba aprendiendo qué botones apretar para cada movimiento. La dueña original tenía que recuperar el control, pero ni con toda su fuerza de voluntad conseguía girar la cabeza o dar un paso para bajar del vagón. Entró en pánico y quiso gritar, pero nada alteró la monotonía de las personas que viajaban a realizar sus actividades diarias, como un rebaño resignado.

Llegó a la estación de siempre, y su cuerpo realizó el recorrido acostumbrado, sin que ella pudiera ordenarle a sus propios pies que pararan. Le suplicó a la cosa que estaba al mando que la dejara ir, que ella no era nadie ni tenía nada que ofrecerle. Su acompañante le respondió, con algo semejante al sonido de rocas antiguas, chocando y crujiendo entre sí, que de alguna manera se tradujo en ideas, más que en palabras. Terminaremos pronto, dijo, y no era tranquilizador.

Pasó frente a los edificios grises y fríos, con los que estaba tan familiarizada, hasta llegar al suyo. En la puerta estaba el guardia de seguridad que siempre le hacía comentarios inapropiados y miraba descaradamente su escote. Como si esto no se pudiera poner peor.

Sonriente, el tipo se acercó, pero al mirarla a los ojos se puso blanco como papel. Lo que había en su interior, malvado y antiguo, se reflejó en sus pupilas, y el terror hizo retroceder al otro a tropezones. La humana sintió un cosquilleó de alegría. Muchas veces había querido quitarle la expresión lasciva de la cara con la bolsa, pero nunca se atrevió. Escuchó que el demonio que la acompañaba se reía, burlón.

El elevador los llevó hasta el último piso, donde ella trabajaba. Caminaron con paso firme, entre los monótonos cubículos, atrayendo miradas de curiosidad, y después de terror. La mujer disfrutó el pánico de las compañeras que le inventaron chismes horribles, y de los impresentables a los que les tuvo que festejar bromas obscenas, para que no le hicieran fama de amargada. Era la primera vez en mucho tiempo, en que no se sentía por completo miserable de estar ahí, que no le parecía que su vida se iba por un agujero. Apartó de un empujón al hambreado que le robaba los yogures del refrigerador de la oficina, y entró al despacho del jefe.

Antes de que el hombre pudiera hacer preguntas, lo levantó en vilo con facilidad. Mientras sus manos le rasgaban el cuello, pensó en todas las veces que tuvo que corregirle faltas de ortografía de primaria. Sus uñas le arrancaron la piel de la cabeza rápidamente, como si pelara una naranja, mientras recordaba todas las horas extra sin paga, y su condescendiente manera de decirle “toma notas, mamita”. Acomodó la calavera limpia sobre el escritorio del occiso, sus dedos, frenéticos, trazaron símbolos con la sangre por toda la oficina; curvas y ángulos imposibles sobre el suelo, las paredes, las ventanas. Cuando el demonio terminó, se escuchó un trueno.

El cuerpo de la mujer se acercó a la ventana. Supo que no era la única a quien utilizaron como vehículo y llave. En lo alto de otros edificios había cráneos descarnados y sangre fresca. El cielo gris de contaminación se abrió, dejando ver un rojo glorioso, vivo, el primer color real que se veía en el mundo. Mientras antiguas criaturas se abrían paso entre el estruendo de sus voces, la humana sonrió al mismo tiempo que el demonio, y se preguntó si todos los que en ese momento formaban parte de la legión, se sentían tan felices como ella.

Azucena Avendaño

Cuento Ganador del Tercer Lugar del concurso Nyctelios 2017

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