Esa vieja bruja

1

(Despierta)

Jorge Estrada abrió los ojos de golpe.
Además de un fuerte sueño y mucha incomodidad, lo primero que sintió fue el frío plástico de los asientos en su cachete derecho. Se encontró acostado como un vago en los asientos del vagón, pertenecientes al tren de la línea uno sin saber exactamente a qué hora entró ni mucho menos a qué hora se durmió. Lo último que recordaba era que estaba en su oficina en la clínica.

Bostezó profundamente antes de levantarse, se acomodó en el asiento y sobó sus ojos para espantar al sueño. Al abrirlos nuevamente, se posaron de forma inesperada sobre una bella chica que estaba sentada enfrente de él. Aparentaba los dieciocho años, con un rostro angelical y una piel tan pálida que ni parecía mexicana, usando un uniforme escolar demasiado monótono y sencillo, aunque en ella se veía muy sensual. Tanto los ojos como la mente de Jorge se perdieron en el cuerpo y los accesorios de la chica, en su piel sin imperfecciones, en su corto cabello negro, en sus aretes con forma de manzana, en sus delgadas piernas y brazos, en sus pequeñas manos, es sus uñas pintadas de rojo pasión y en sus labios que abusaron de un brillante labial rosado; pero sobretodo, se perdió en sus hermosos e inquietantes ojos azules y fue ahí cuando se dio cuenta que la chica también lo estaba mirando.

Jorge sintió un gran nudo en su garganta y con toda la pena del mundo desvió la mirada sin decir nada, pero alcanzo a ver la sonrisa de la chica. Pensará que soy un pervertido, dijo en su mente. Miró hacia la derecha y hacia la izquierda, descubriendo que no había nadie más en el vagón, sólo ellos dos; y eso le extraño mucho, ya que el metro solía estar medio lleno a esa hora. Sacó su celular del bolsillo del pantalón para mirar la hora y de paso la foto de su esposa, que en este momento debía de estar preparando la cena, con la ayuda de su suegra. Una sonrisa apareció en su rostro.

Por un momento pensó que ya se encontraba solo en el vagón, ya que la chica que lo acompañaba no parecía hacer ruido, ni siquiera su respiración. Hasta que sintió su penetrante mirada clavada sobre él, llenándolo de incomodidad, al mismo tiempo de mucha curiosidad, así que decidió mirarla de reojo pero no hacia su rostro: no quería encontrarse con sus hermosos ojos. Miro hacia abajo, con la cabeza agachada, posando la mirada en los zapatos relucientes de la chica y en sus calcetas blancas que casi llegaban a la rodilla. Sus piernas estaban firmemente cerradas pero lentamente empezaron a separarse y la falda empezó a levantarse de manera discreta, hasta que la intimidad de la chica fue visible para los ojos Jorge. No estaba usando nada de ropa interior.
Empezó a sudar por los nervios y por la excitación, levantó la mirada con miedo y vio que la joven se estaba desabrochando los botones de la blusa, sin desprender la mirada llena de lujuria sobre él.

—¿Qué… estás haciendo?

La chica se levantó con mucha elegancia y dejo caer su blusa al piso, liberando sus pequeños pechos y sus pezones bien rosados y erectos. Esto está mal, muy mal, no puedo hacer esto, no puedo hacerle esto a Jenny, pensó Jorge mientras tragaba saliva.

—Escucha —apartó la mirada—. Esto está mal, soy un hombre casado y soy mucho mayor que tú —rápidamente se levantó del asiento—. No te quiero menospreciar pero esto tiene que terminar —la chica lo siguió mirando fijamente sin deshacer la mueca de placer—. ¡¿Oíste lo que dije?!

La joven misteriosa empujó bruscamente a Jorge, colocándolo nuevamente en el asiento y ocasionando que se golpeara la cabeza con la ventana del vagón.

—¡Mierda! —maldijo con los ojos cerrados.

La chica se subió encima de él, lo agarró con mucha firmeza de los mofletes y antes que Jorge pudiera hacer algo, se lanzó hacia su boca, clavándole un beso muy largo y juguetón que calentó su cuerpo y su corazón. Jorge se perdió en la suavidad de sus labios y el roce de su piel. Sus manos actuaron por instinto, colocándose en la cintura y en el trasero de la chica. Los besos continuaron, Jorge no lo detuvo ya que su mente estaba en blanco, el hombre cayó en los encantos de la desconocida y de sus instintos más básicos.

Simplemente se dejó llevar por el placer sin pensar en ningún momento en su mujer ni en el niño que lleva en su vientre.

2

Jorge llevaba trece minutos en la entrada de su casa sin moverse. No se atrevía a entrar, no se atrevía a ver a su esposa o a su suegra a los ojos, después de lo que había hecho. Todavía intenta asimilar lo que pasó en el tren. Ninguna persona se subió en todo el camino, mientras el prestigioso doctor lo hacía con una colegiala. Había cerrado los ojos al momento en que eyaculó en su interior, pero a la hora de abrirlos se encontraba solo en el vagón con todo el cuerpo helado y la respiración acelerada.

Tenía dudas de lo ocurrido; no sabía si realmente fue real o producto de su imaginación. Daba igual porque la vergüenza seguía ahí. Jorge estaba tan metido en sus pensamientos que no se dio cuenta cuando la puerta se abrió.

—¡Dios mío! ¡Casi me matas del susto! —exclamó Natalia, la madre de su esposa—. ¿Por qué llegas tan tarde? ¿Y porque estas sudado? —Jorge rió nerviosamente.
—Me dieron ganas de caminar, así que me bajé antes del tren.
—¿Por qué?
—No lo sé, sólo se me apeteció de repente —Natalia no confiaba en esa respuesta. Se acercó más a su yerno para buscar rastros de alcohol en su aliento, mientras se acomodaba los lentes para verlo con más detalle.
—¿Estás bien? —pregunto la viejita—. Te noto algo raro.
—Estoy bien, sólo fue un día duro en el trabajo.
—Me lo imagino —inspiró profundamente—. Ya entra a la casa, la cena ya está servida. Yo iré a la tienda a comprar café.
—¿No quiere que la acompañe?
—No, tú quédate con tu esposa —lo fulminó con la mirada—. Con permiso.

Jorge observó como su suegra se alejaba de la residencia, después miró al interior de su hogar y no puede evitar sentir un nudo en la garganta de nuevo.

—No pasó nada, yo no hice nada —se dijo a sí mismo en voz baja, tratando de convencerse de que no había hecho nada malo—. Todo está en mi mente.

Suspiro y empezó la marcha hacia adelante, hasta llegar al comedor donde su esposa yacía sentada en la mesa, enfrente de un plato con dos molletes. La miró detalladamente, en cualquier otro día hubiera sonreído al verla y hubiera corrido a sus brazos, pero hoy no quería hacer nada de eso, por el simple hecho que la encontró desagradable: ella no era nada comparada con la chica del metro. La chica del metro que nunca existió. No pensó ni saludarla, sólo quería subir a su habitación a dormir, pero ya era muy tarde para hacer eso.

—Hola, cariño —dijo ella gentilmente al levantarse del asiento.
—No te levantes —posó su mirada en la gran panza de embarazada que cargaba su mujer.
—No soy una inútil, Jorge. Todavía puedo hacer cosas por mí misma —lentamente se acercó a su marido.
—Lo siento, Jenny.  No quise decir eso.
—Lo sé, lo sé —se puso de puntillas para darle a su esposo un beso, que no fue correspondido. Jorge por primera vez sintió disgusto al sentir los labios de su mujer. — ¿Estás bien? —preguntó Jenny con mucha preocupación.
—Solamente estoy cansado, fue un duro día en el trabajo y no tengo ganas de hacer nada, ni siquiera tengo hambre.
—¿Qué? ¿Ni siquiera me vas a acompañar a cenar? —Jenny bajó la mirada, Jorge la imitó y descubrió que su mano está sobando la barriga de su esposa. ¿Cuándo moví mi mano? se preguntó en su mente.
—En unas pocas semanas vamos a ser padres, así que necesitamos descansar ahorita que todavía podemos —Jenny se le quedó mirando con algo de desilusión.
—Sí, creo que tienes razón —suspiró—. Vete a dormir si quieres.

Jorge notó la tristeza en la mirada de su esposa, pero no hizo nada para remediarlo, sóo le dio un beso en la frente, y sin decir nada se fue del comedor. Subió las escaleras hacia su cuarto donde se encerró. Fue directamente al espejo de la habitación.

—¿Qué carajo te pasa? ¿Por qué mierda actúas así? Si no pasó nada. ¡Todo fue un maldito sueño!

Por un momento se lo creyó, hasta que vio un chupetón en la parte baja de su cuello.

3

(Despierta)

Se despertó en medio de la noche, con el cuerpo helado, incapaz de moverlo, no reaccionaba a su pensamiento. Escuchó los ronquidos de su mujer, quería hablarle pero su boca no se abría. ¿Qué está pasando? Nuevamente intentó moverse, aunque fuera sólo un dedo, pero su cuerpo estaba en total rebeldía. No podía hacer nada aparte de mirar fijamente al techo, donde escuchó un ruido desgarrador, como si alguien o algo rasgara con las uñas. Enfocó más la mirada y pudo visualizar entre la oscuridad una silueta sin forma humana, y aunque no pudo ver nada con exactitud, sintió su mirada penetrante sobre él. ¡Oh, dios!

Empezó a sudar de manera descontrolada. La desesperación dominó su cuerpo, que cada vez se sumergía más entre las sábanas por su propio peso. Suplicó ayuda a gritos que sólo él podía oír, mientras veía cómo la extraña silueta descendía hasta quedar cara a cara, sintiendo su grotesca respiración por todo el rostro. Lloró en su interior, oyendo profundamente los latidos de su corazón que no tardaría en detenerse. Voy a morir. Dios, no quiero morir.

La criatura se acercó a su oído y con mucha frialdad le susurró algo incomprensible.

4

Las ganas de orinar interrumpieron el sueño de Jennifer. Se extrañó al no ver a su marido al lado suyo. Debe de estar cenando, pensó. Después de hacer sus necesidades se miró en el espejo del baño, donde solamente vio la expresión de disgusto de Jorge, recordando con amargura el mal trato recibido esa noche. Ni siquiera un beso de buenas noches le dio.

—Tal vez tuvo un duro día en trabajo y necesitaba descansar —se dijo a sí misma—. O tal vez me está engañando con otra porque ya no le parezco atractiva —acarició su barriga, pensando en su futuro niño—. Dios, ayúdame.

Se lavó la cara para disimular las pequeñas lágrimas que se le escaparon. Salió del baño y caminó por el pasillo hasta que vio a su madre, tendida en el piso, agonizando sobre un charco de sangre.

—¡Mami! —corrió hacia ella, colocándola en sus brazos solamente para ver cómo se desangraba por las múltiples heridas en su torso—. Resiste por favor, mamita, resiste —dijo llorando—, ¡Ayuda! ¡Jorge!

Jorge lentamente apareció por el pasillo, sosteniendo un cuchillo ensangrentado y con la ropa empapada de rojo. Miró fijamente a su esposa con locura. Jennifer se dio cuenta que esos ojos no eran los de su marido.

—Jenny —susurró su madre—, corre.
—¿Qué? —volvió a mirar a su esposo que marchaba hacia ella—. No Jorge, por favor no.

Se apartó, pero se resbaló con la sangre del piso, cayendo de espaldas. Intentó levantarse pero su esposo se puso encima de ella, colocando su mano izquierda en su cuello, apretándolo con fuerza.

—Jorge —chilló con dificultad—, soy yo, por favor no lo hagas.
Jorge empezó a rozar el vientre de su esposa con la punta del cuchillo
— ¡¿Qué estás haciendo?! —intentó detenerlo con sus manos libres, pero la falta de aliento lo hacía imposible—. Por favor, no lo hagas, por favor —con miedo observó el cuchillo levantarse hasta las alturas—. ¡NO! ¡NO! ¡NOOOO!

5

La puerta principal de la casa se abrió, en el exterior estaba la chica del metro, vistiendo un hábito. En el interior se encontraba Jorge, bañado de sangre y con un bebé en sus manos. Se lo entregó a la monja sin decir nada. Ella con mucho gusto lo aceptó en sus brazos, lo miró profundamente y le dio un dulce beso en la frente. El bebé empezó a llorar. La chica sonrió y le dedicó una última mirada llena de malicia a Jorge, se acercó a su oído y le susurro “Despierta”

Jorge salió del trance.
Se encontraba solo en la entrada de su casa.
Descubrió la sangre en sus manos y en su ropa y quedó aterrorizado.
Salió corriendo a buscar a su esposa.
Se echó a llorar y a gritar cuando la encontró sin vida en el suelo, con la barriga destripada.

La abrazó fuertemente hasta que la policía llego por él.

Gerardo Javier García Arroyo

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