Erika

Recuerdo el día que maté a mi hermana.
Debe entender que fue sin intención, doctora, yo era un enfermizo niño de ocho años y Erika, ese era su nombre, tenía sólo unos cuantos años más.
Incluso ahora, en el lecho de mi muerte… no, no me diga que estoy bien… *coff*… sé que me queda poco tiempo, por ello le estoy contando esto. ¿En qué estaba? Ah, sí, incluso ahora recuerdo ese día a la perfección.

Era un viernes y desperté con los gritos de siempre. “Despierta, dormilón”, me decía una y otra vez mientras tocaba la puerta de mi cuarto. Le contesté que ya estaba despierto y sólo escuché una risita burlona detrás de la puerta. Eso debió ser una advertencia pero aún estaba medio dormido, ¿sabe? Cuando bajé de la cama descubrí que Erika había llenado mis zapatos con mierda, desearía haberme dado cuenta con mi nariz y no con mi pie, je, je, *coff* *coff* *coff*. Ya estoy bien, no se preocupe. Limpié mis zapatos como pude, mi madre me mataría si los veía así.
Mientras me bañaba no escuché cuando Erika usó mis calcetines sucios para tapar el lavabo e inundar el baño.
¡Cómo me gritó mi madre! Todavía escucho el eco de su voz, ¿sabe? Oh, claro, intenté decirle que fue Erika. Mi madre me dijo que no debería culpar a nadie más de las cosas que yo hacía. Ya estaba harta de mis bromas y que pronto estaría en el baúl de castigo si no cambiaba.

Mi hermana nos miraba desde la puerta entre abierta. Cuando mi madre se cansó de gritarme, Erika me sacó la lengua y siguió a mi madre con su… *coff*… risita burlona.
Cuando bajé, mi madre ya se había ido al trabajo. Me hice un sándwich rápido… mhhh, todavía recuerdo su sabor salado, no estaba tan bueno, ¿sabe? No podía pedírselo a Erika porque ella le pondría algo horrible, ya lo había hecho antes. Cuando iba saliendo de la casa, Erika estaba esperándome en la puerta. No me dejó salir hasta que viera el sobre con el cheque de asistencia que había llegado. “Mira, mi madre gana dinero por mí. Tú sólo eres un gasto”, me dijo.
Erika no iba a la escuela, para el gobierno ella estaba muy enferma y nos daba dinero por eso, pero yo sabía la verdad. Le dije que me dejara pasar, que llegaría tarde. Ella se rió. La rodeé y cuando pasé junto a ella, me dio una patada en el culo. Erika se rió más y yo sólo me sobé esperando que nadie más hubiera visto algo tan humillante.
“Pronto será tu turno en el baúl”, me gritó cuando me alejé, sólo le pinte un dedo, jejeje.

Ese día de escuela se acabó rápido, era un niño brillante y nunca tuve problemas allí. Hay tantas cosas que quisiera recordar de esa época… abra la ventana, por favor. Está oscuro aquí.
¿En qué estaba? Ah, sí, gracias, doctora. Cuando regresaba a casa, pasé frente a una Iglesia y tuve una… revelación. Entré y tomé algo de agua bendita en mi termo del lonche. Tal vez así Erika sería buena, pensé. Yo era un niño y ella era mi hermana, nunca le haría daño… *coff*… a próposito.

Llegué a casa y pensé cuál sería la mejor manera de darle el agua buena. Ya le llamaba así, puse todas mis esperanzas en eso, ¿sabe? Era un ingenuo. Erika nunca me dejaría acercarme, a veces parecía que podía detectar mi presencia… ah, tonterías de niño, por supuesto. Entonces bajé las escaleras al sótano, cuidando de que Erika no me escuchara. Allí, entre muchos cachivaches estaba el baúl de castigo.
Me acerqué con cuidado, inspiré profundamente y lo abrí. El horrible olor de Erika me dio de lleno. Cerré mis ojos, la última vez que mi madre me había encerrado en el baúl, un ratón se asomaba en la boca de mi hermana. No era algo que quisiera ver de nuevo, lucía como una momia sin vendas, je, je, *coff* *coff* *coff*.
Lo siento, doctora. Por favor no se vaya, déjeme terminar. Con los ojos cerrados, arrojé el agua bendita al cuerpo de mi hermana. Dejé caer la tapa del baúl y salí corriendo del sótano. El golpe de la tapa causó un eco en el sótano, pero ese ruido no se detuvo e iba creciendo y creciendo. Intenté cubrirme los oídos pero no dejaba de escucharlo. Era un grito… *coff*, el grito de Erika.
La casa tembló un instante y el sonido cesó. Llamé a Erika y ella no respondió. Ya no volvió a salir del baúl, había matado a mi hermana por segunda vez. Oh, no se preocupe, doctora, yo no tuve la culpa de la primera vez que murió.

Recuerdo a mi madre sorprendida por mi cambio, ante sus ojos me convertí en un niño modelo. A veces me gustaría que ella hubiera visto mi ascenso en el mundo, pero es gracioso, escuche… tan solo un par de años después, la policía se llevó lo que quedaba de mi hermana, junto con mi madre, je,je. ¡Yo los llamé! Je,je *coff* *coff* *coff*.

Nunca las volví a ver. Quisiera haberle dicho a Erika que sólo quería que fuera buena, que me perdonara. Pero ya no puedo, ahora estoy postrado en… ¿un baúl? ¿Qué es esto, doctora? Oh, eres tú, Erika.

 

José Jesús Talamantes 

Ganador del 2do lugar del Concurso Nyctelios 2017

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