La Presencia

«Shhh, que te va a oír» recuerdo que fueron las palabras exactas de mi abuela. Como en cada una de las contadas veces que se dirigía a mí, la anticipación despertó el punto del cogote donde solían caerme collejas hasta para darme los buenos días. Su cara estaba tan pálida, mientras clavaba la mirada detrás del sofá, que se me ocurrió un chiste sobre mimos callejeros enganchados a los polvos de talco. Por supuesto, no llegué a ponerle voz a la broma; no sólo porque la señora siguiera teniendo la mano larga, sino porque se le resbaló la taza de las manos y el café con un chorrito de whiskey se derramó escandalosamente sobre sus piernas insensibles. El escalofrío me rodeó por la espalda y me atenazó las tripas al pensar que había algo capaz de asustar a ese monstruo octogenario. Que ese algo hubiera nacido en su mente ya no me sorprendió tanto.

Mis diecinueve años de soportar regañinas por todo lo que hacía y lo que no, de recuperar el equilibrio tras empujones y de encajar tortazos pensaron: «por fin tendré el piso para mí». La familia llevaba tiempo esperando la excusa para ingresarla donde «estaría atendida a todas horas por personal cualificado».

A pesar de todo le pregunté, movido por la culpa más que por la curiosidad y al mismo tiempo con ganas de volver a ver ese temblor en sus pupilas. Mientras le retiraba la manta arruinada por aquel mejunje con olor a rayos, me confesó que había algo más viviendo en la casa con nosotros. Me intentó convencer de que esa entidad era la que le tiraba las cosas de las manos, movía los muebles para que tropezara, le escondía las pastillas, cambiaba el agua de su mesilla por ginebra y trepaba a su cama para sentarse sobre su vejiga por las noches, haciendo que se meara encima. Ella la llamaba La Presencia. Asumí que el nombre del fantasma era otro: seguramente Demencia o Vejez. Y que Alcoholismo a veces le tomaba el relevo.

El mismo día que vinieron a llevársela, vi una mancha de humedad tras el sofá. Hacía tiempo que había dejado de pensar en aquella conversación con mi abuela, pero el olor a café con whiskey que me había preparado se coló a través de mi nariz, hurgó entre mis recuerdos hasta dar con aquel y me lo restregó por toda la cara.
Me acerqué, bayeta en mano, gruñendo mi opinión sobre los pisos viejos y sus rarezas, cuando una mano hecha de oscuridad me la arrancó y la estampó contra el suelo. La recogí y di un paso atrás. No había ni mancha ni nada que sobresaliera de la pared.
Recuerdo que me tropecé con la mesilla al girarme y que la copa de vino a medias que había junto a la lámpara perdió el equilibrio y se hizo pedazos contra el parqué. Lo único en lo que pude pensar, mientras me lavaba las manos y me curaba los cortes en el lavabo, fue que nadie me iba a creer si explicaba que no me agaché a recogerlo, sino que fui derechito a por la fregona y el recogedor.

Metido en la bañera, estuve pensando en el nombre que le darían mis familiares a La Presencia. Seguramente se referirían a ella como Accidente, pero cuando yo no estuviera delante la llamarían Intento de Suicidio. Confieso que yo mismo me refiero a ella a menudo como Fracaso.

Algunos días La Presencia me esconde un cuchillo bajo la almohada o me da un empujón cuando me asomo por la ventana para tender la ropa. La semana pasada me fracturé el codo al resbalar por las escaleras. Pero, si me acostumbré a convivir con mi abuela, un fantasma con un carácter un poco más difícil tampoco me va a echar de esta casa. Hoy por primera vez le he visto la cara y me ha hablado: «Shhh, que te va a oír», acaba de decirme. Y se ha quedado muy quieta, con la mirada clavada en la pared opuesta.

Nuria García Cobos

(Cuento Ganador del Primer Lugar del Concurso Nytelios 2017)

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