Los límites de la vida – O cuando lo imposible ríe de los imposible

Este mundo es todo lo que conozco.
Y si no conozco ninguna otra cosa,
¿cómo puedo juzgar?

Robert E. Howard

Los bioinvestigadores espaciales estudiaron el planeta detenidamente sin terminar de creerlo: contenía vida; y no solo microorganismos unicelulares y formas de vida sencillas y primitivas, sino seres complejos con un cierto grado de desarrollo. Era biológicamente imposible. O al menos eso se creía hasta ese momento.

El planeta abundaba en un elemento que hacía imposible la vida: el agua. Ninguna forma de vida conocida hasta el momento se había desarrollado en tremendas condiciones: un 76% de agua en su superficie, una atmósfera abundante en Nitrógeno y Oxígeno, una cercanía al Sol que le daba una temperatura promedio calcinante (24ºC). El sistema solar al cual pertenecía este planeta era realmente extraño; los bioinvestigadores tenían esperanza de encontrar vida en los tres últimos planetas, los más alejados del sol, o más aun en el cúmulo de planetoides que circundaba los límites del sistema solar. El pre antepenúltimo planeta del sistema, el más grande de todos, aunque demasiado cálido, tenía una superficie gaseosa y una abundante presencia de amoniaco en su atmósfera, lo cual lo hacía viable para la vida. Al no encontrar vida desarrollada en ninguno de estos astros ni sus satélites naturales (salvo algunas formas de vida unicelular en el cúmulo de planetoides) continuaron investigando el resto de los planetas, más por curiosidad que por la esperanza de encontrar algún tipo de vida en ellos. Era imposible. Los bioinvestigadores cruzaron un cinturón de asteroides y se encontraron con un planeta rojizo, pequeño y seco, atravesado continuamente por enormes tormentas de arena; como esperaban, no encontraron rastro de vida. El siguiente planeta, un poco más grande, tenía menos probabilidades de contener vida; sin embargo, este fue el planeta de ese sistema solar en el que finalmente, y contra todas las probabilidades y leyes conocidas, encontraron vida pluricelular.
Y no solo esto, si no seres desarrollados al grado de conformar sociedades, asociaciones socio-culturales definidas y un cierto desarrollo científico-tecnológico. En definitiva, ese planeta, el planeta imposible, albergaba vida inteligente.
¿Qué significado tenía esto? Fue la pregunta que los bioinvestigadores espaciales se hicieron entre ellos y a sí mismos. Esto rompía con los conocimientos bioquímicos que se tenían hasta el momento. Rompía con lo que se sabía en cuanto a la vida y su desarrollo en el universo. Habían encontrado límites perfectamente definidos respecto a las condiciones a través de las cuales se forma y desarrolla la vida, pero este planeta acababa con todos estos límites y conocimientos. ¿Seres vivos en un entorno predominantemente cubierto de agua (con su letal mezcla de hidrógeno y oxígeno)? ¿En una atmósfera que contenía oxígeno y nitrógeno? Y a la extrema temperatura en la que este planeta se hallaba… ¿acaso la vida no conocía límites?

En ese pequeño planeta azul un grupo de científicos discutían sobre su nuevo proyecto de encontrar vida en otro planeta. Su ciencia espacial estaba apenas en desarrollo y sus investigadores espaciales tenían poco de haber llegado a su satélite natural. Era el único cuerpo espacial, fuera de su propio planeta, al que habían llegado. Sus nuevos desarrollos en ciencia y tecnología permitieron la investigación de uno de sus planetas más inmediatos, al que llamaban Marte. Aún nadie de ellos había pisado el planeta vecino. Hasta ahora sólo habían enviado un pequeño vehículo-robot, aunque sin encontrar vida de ningún tipo aún. Se tenía planeado un viaje tripulado al planeta rojo, como también lo llamaban debido a su característico color, pero al no encontrar vida en su primera exploración uno de los investigadores propuso una investigación y búsqueda de vida en su otro vecino, Venus. ¿Venus? replicaron el resto de los investigadores, con una mezcla de incredulidad y burla.
—Conocemos las condiciones en las cuáles se desarrolla la vida —continuó uno de ellos—. Ese planeta no puede albergar vida. ¿Qué sigue… buscar vida en los planetas exteriores? Tal vez un día encuentres alguna forma de vida en Plutón —concluyó el investigador sarcásticamente mientras reía por tan descabellada idea—.

 

Jorge Sánchez

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