IX

Enroquemos nuestras copas,

sumerge tu pupila sobre mi iris,

no somos tan diferentes.

 

El maíz corre por nuestras venas dilatadas;

el hombre de Vitrubio tiene los mismo orgasmos,

el mismo cáncer, las mismas heridas.

-somos perfectos-

¿acaso la simetría no te lo ha dicho?

¿acaso el miedo te impide acariciar

la inmortalidad de los números?

 

Estamos hechos de desperdicios

y animales muertos,

la melancolía alimenta nuestras almas;

equidista el ocaso y la tormenta.

 

Somos la savia del universo,

la inútil proporción aurea

que se funde en las flores,

la metástasis del fauno,

las neuronas que bailan en elipse

fecundando la demencia.

 

No te dejes morir.

Deja que prevalezca el odio en tu boca,

la poesía ingenua que habita en tus ojos,

el aleteo de mariposa moribunda

que torna en caos

la ventisca más tenue.

 

Impregna tu silencio sobre mí

el antifaz de laudero,

el herpes de tus piernas.

 

Cultiva el yermo

de camelias sinodales,

de epígrafes malditos,

de la flora bucólica

que se retuerce en el lodo,

sobre las espigas marchitas

que exhalan insondables suspiros.

 

Cuenta:

nueve insomnios

nueve sequías

nueve infartos

nueve abortos

nueve úlceras

nueve sacrificios

nueve tedios

nueve golpes

nueve lamentos.

 

¿Asustado?

Cuenta hasta:

 

Andrés Segovia Santiago

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