Historia de un color

Música, pasión, vida e insomnios son algunas de las cosas a las que nos referimos con los colores; las anécdotas, charlas y reflexiones tienen una tonalidad determinada de ojos entrecerrados o no. Se nos cruzan en los panorámicos, en el sentido del humor, en las muestras de cariño o en improvisados gestos entre las multitudes.

Hubo un tiempo en que pensaba que todos los niños al nacer eran elegidos por uno de ellos, de los colores, para acompañarlos con su llama durante su vida. Soñaba con poder elegir el mío de entre el inmenso cielo estrellado, el arcoíris, o del portafolio de fotografías digitales que mi padre me dio antes de marcharse.

En aquel entonces me parecía muy significativo ese momento en el que el cielo se ilumina y se oscurece al mismo tiempo; los bordes claros de la luna llena de un lado y las puntas de las espinas del sol del otro. Algo similar sucedía durante el ocaso, pero a esa hora generalmente ya estaba dormido, soñando con un eclipse y un charco de aceite de motor para contemplarlo o esos fondos verdes de botellas de vidrio que los mayores se compartían para disfrutar el fenómeno en medio de la calle repleta de curiosos.

Recuerdo levantarme sin contratiempos de uno de esos sueños y pedirle a mi mamá que me llevara a comprar un paquete de colores de madera. Lo escogí guiado por el sentido del olfato; era como si algún químico se metiera a mis fosas nasales y me permitieran imaginar las historias de más allá del cartón y la madera.

Mamá dijo: ándale, esos, esos que son americanos. Son mejores que los otros porque en América todo es mejor.

Punta gruesa, forma hexagonal como celdas de panal, minas de cera de abejas que no se rompía con las caídas. Los saqué inmediatamente después de salir de la tienda. Ya en el auto y tras remover una placa de celofán descubrí un sacapuntas, un borrador. Me pareció demasiado áspero el papel del cuaderno de dibujo, tan ajeno a esos colores de corte fino con sus nombres grabados en bajo relieve. Al tacto sentí como si mi mano fuera otra mano, más áspera y fría. Entre cada hoja de marquilla había otra de papel arroz muy lisa de un lado y rugosa del otro, más resistente que las hojas principales a pesar de su aparente fragilidad. En un momento mi mano se convirtió en una especie de niño disfrazado de fantasma debajo del material translúcido.

Observaba mis colores de madera sobre las láminas de una libreta deslizarse con la gracia de patinadores artísticos sobre hielo, trazando vuelos de aves o corrientes de agua submarinas. No aún en mis torpes manos, sino en la idealización de movimientos en mi mente. Luego así, igual de gráciles, me parecieron los primeros rayones de prueba a bordo del viejo carro beige de mi madre, un Ford Grand Marquis modelo 1986.

Al llegar a la casa me dirigí a un escritorio y, en una página totalmente en blanco, dibujé a los personajes de una caricatura. El primero fue Alfa, uno de los Repatriadores Omega; tenía un brazo y un ojo biónicos y usaba una armadura roja, azul y amarilla en todo el cuerpo, excepto en el brazo izquierdo y el rostro, el cual por cierto, me detuve a analizar en un holograma, después busqué entre los lápices. El más cercano era el de color piel, aunque el tono preciso estaba entre ése y el color piel claro.

Alfa tenía un sirviente que cargaba sus armas y comida y le asistía en sus necesidades: el Mecsican, un hombre chaparro y gordo que vestía un sarape de algodón y sombrero de ala ancha del que colgaban bolitas del tamaño de limones y al que acostumbraba patear cuando lo veía roncar mientras sus compañeros de aventuras reían a carcajadas.  A él también decidí trazarlo, primero con color negro, luego busqué el color piel morena entre los nombres brillantes y plateados grabados en los lápices. No encontré un nombre así. Las únicas referencias eran piel y piel clara. Tomé el primero y con ese dibujé su rostro y brazos. No se parecía mucho. Lo dejé así porque ya estaba oscureciendo, pero me quedé pensando en cuál debía ser el tono correcto.

No fui el niño dibujante de mi salón, ese papel lo tenía otro: Toli. Así le decían, nunca supe porqué. En uno de aquellos recreos se generó una pequeña competencia en la que dibujamos a personajes de varias caricaturas. No sé cómo llegamos a ese punto, antes de que sonara el timbre estábamos rodeados de chicos. Era una batalla a muerte por obtener ese título. Yo tenía mi proyector de hologramas y mis colores de madera, mi cuaderno de dibujo. Él tenía sólo alguna libreta de la escuela y unos lápices de los más baratos.

Toli y yo nos echábamos miradas furiosas, a nosotros mismos o a nuestros dibujos y reaccionábamos ante los gritos de los demás. Gritos de apoyo o de condena. Furiosos rayones que salían de sus bocas. Terminamos temblorosos, con las frentes sudorosas y los ojos rojos. Di mi mejor esfuerzo, lo superé en el parecido de los personajes a los originales, en el trazo, el coloreo y, aunque eran bosquejos rápidos, en los detalles.

No opinaron así mis compañeros que me forzaron a arrancarlos para verlos.

Usé el café oscuro para la piel del Mecsican y Toli el color piel con un toque de un café más claro, aunque sus trazos se alejaban de la delicadeza él dijo que simplemente ese era su estilo y que era de memoria sin usar referencias como yo… por consenso general lo declararon el campeón de aquel pequeño certamen artístico.

A él y a mí nos comparaban con el Mecsican. Le iba peor a Toli, era más moreno, de un tono más oscuro, éramos dos lápices de colores diferentes. Eso me hacía sentir aliviado, cuando menos no era yo el último en la escala de tonalidades, cuando menos no era el más pobre ni el más burro en clases, cuando menos no me daba cuenta de los dimes y diretes a mis espaldas. Cuando menos ninguno de los dos éramos el niño negro aquel que estaba en otro grado. Decían que venía de África, aunque yo sabía que venía de Cuba.

Al sonar el timbre me dejaron en el enorme patio con mis dibujos manoseados en el suelo. Una niña regresó a ayudarme. Ni siquiera me miró. Depositó las hojas en mis manos con prisa, similares a magnetos que se adhirieron a las demás. No pude ver sus ojos. Me dijeron que se llamaba Berenice y que le decían Very Nice, y lo era… era hermosa, un ángel, blanca como la leche o el jocoque.

Sus ojos eran almendrados, su cabello negro azabache, su figura pequeña, no flacucha, sino compacta, de ángulos que parecían querer salir de sus trayectorias, pero regresaban hacia bifurcaciones que hacían más diversas mis desilusiones.

No le hablé en toda la primaria. No en persona.

La veía desde lejos cual buen acosador. No estaba en mi grupo. La miraba en las asambleas, en las kermeses, en la mañana que hacía fila para entrar o a la salida cuando se iba caminando a su casa. Simplemente no podía sacarla de mi mente y yo… yo no sabía que los niños de mi edad se podían enamorar, pensaba que eso sólo pasaba en las películas.

Un día armé un avatar falso. Me hice su amigo. Primero veía sus publicaciones y les daba like, luego fui comentando, cada vez un poco más, hasta que llegamos a charlar por inbox ocasionalmente, luego constantemente y para cuando llegamos a secundaria lo hacíamos casi a todas horas. Nos confesábamos nuestros más íntimos pensamientos, me detenía si recibía un mensaje suyo aunque fuera caminando o en la bici.

Todo terminó cuando me pidió ver fotos, fotos reales, no de mi avatar. Dejó de sacarme tanta charla, me respondía brevemente o tardaba mucho en hacerlo. No valieron las excusas, las explicaciones, las razones escritas en párrafos y párrafos. Un día ya no era mi contacto.

Crecí, estudié la secundaria y la preparatoria sin saber de ella. Tuve dos o tres amores en ese tiempo. Nada importante, nadie tan blanca como ella. El amor no me parecía importante. La escuela lo era. Sabía que era la única manera de salir de México. Con mucho esfuerzo y sacrificio conseguí una beca para ir al extranjero. Realicé estudios en Animación y Sistemas de Realidad Virtual, Holografía, Interactividad, toda esa área, pero me fui alejando del arte para enfocarme más en lo técnico. Primero trabajé en varias empresas del ramo y luego fui asesor externo de otras, lo que me dio tiempo de desarrollar una idea, una chamarra que cambiaba de textura en un abrir y cerrar de ojos: cromo, piel de lagarto, de animales fantásticos, de un color a otro, o de diferentes texturas de roca o líquidos. No funcionó muy bien al principio, inicié una campaña de crowdfunding. Con lo recaudado tuve lo suficiente para seguir desarrollando el producto. En dos años no pude entregar una chamarra a los que me apoyaron, hasta que una empresa americana me compró la idea y me facilitó los trámites para emigrar hacia América, allá, donde todo sería mejor. Pude seguir trabajando en conjunto con un equipo de ingenieros e investigadores al que me integré y fuimos desarrollando más productos.

Vino a vernos una comitiva del ejército americano. Querían que trabajáramos con sus científicos para hacer trajes de camuflaje. Ellos tenían ya grandes avances y cuando nuestros equipos se juntaron se gestó una serie de revelaciones. Los dos grupos eran piezas de un mismo rompecabezas. Ambos aplaudieron cuando el primer traje fue desplegándose en mi cuerpo, como tinta china que se aplica sobre papel húmedo y aplaudieron más cuando vieron la primera de las texturas de fuego preparadas. Comencé a jugar un poco y a hacer como que de verdad me estaba quemando ante las risas. La señora del aseo iba entrando y se asustó, por sugerencia de uno de los ingenieros me echó un cubetazo de agua de trapeador. Él lo decía en broma, pero tuve que despedirlo unos días después.

El prototipo resistió, resistía el agua pues simulaba la piel humana a la perfección. Probé el modo de invisibilidad y me instaron a salir, a hacer una prueba a la calle. Era de noche. Fui al restaurante donde solían ir mis colaboradores y donde me compraban la comida para yo comer en el edificio de la empresa y no perder tiempo ni tener que soportar ataques y peroratas por mi color de piel o revisiones de mi estado legal en el país.

Las dos veces que había ido no noté que una de las meseras era precisamente Berenice. Ya estaba grande, tenía más arrugas de las que me hubiera imaginado, era más delgada que antes y más alargada del cuerpo, tenía los ojos un poco tristes, más tristes que cuando era niña. Mi corazón se estremeció cuando se acercó sin verme. Susurré su nombre. Alcanzó a escuchar. Volteó a buscar con esos ojos profundos, que parecían dos pinceladas negras en un papel amarillento.

Una mesera pelirroja la regañó: mexicana loca. Ella aclaró (parecía haberlo hecho miles de veces) que era mitad americana. Es lo único que te salva, dijo la otra. Lo único.

Volví una semana después con el traje. Lo ajusté para que me hiciera ver blanco. Era yo, era el mismo, la misma fisionomía, pero con un fino ajuste de tono. Me senté en la zona que ella atendía y le pedí café. No me miró a los ojos. Le toqué la mano cuando se iba. También tráigame pan dulce, por favor. Entonces ella se asomó en mi mirada y se extrañó. Balbuceó una sílaba en español y luego dijo, de nuevo en inglés: sí, por supuesto.

Pasé tres horas ahí, revisando unos papeles supuestamente. Luego me atreví a invitarla a salir. Ella no estaba segura. Le insistí. No quiso. Tardé dos meses en conseguir una cita con ella, sólo porque le recordaba a alguien de su pasado, me dijo.

Fuimos a un restaurante elegante. Desde el principio hablamos con la misma naturalidad de cuando usaba mi avatar. Los mejores amigos por siempre.

Ella se casó con un pintor que había comenzado a ascender a la fama y el reconocimiento, pero su fallecimiento hizo que todos esos sueños se perdieran en la nada, en pigmentos pulverizados. Lo lamenté por ella.

Pude brindarle una vida feliz. Compramos una casa y nos mudamos. Una multitud de emociones coloridas nos rodeaba a cada momento.

Entre sus cosas había cuadros de él. Tenía un estilo muy fauvista, con colores intensos y trazos furiosos. Colgué uno para mostrar respeto a su memoria pero guardé los demás. Su firma con ese nombre extraño que claramente era un seudónimo. Había también cajas con dibujos viejos. Los estuve viendo en reversa, desde aquellos realizados a los treinta años hasta los de su infancia. Ahí estaban los de aquella competencia que habíamos tenido en el patio de la escuela. Muchos personajes y el Mecsican con sus colores y formas y líneas feroces. Claro, su estilo infantil simplemente se desarrolló, pero era el mismo de los cuadros, ese que no había ocupado de la tecnología para triunfar.

Aunque ella detestaba mi piel original, mi piel morena, había aceptado, quizás soportado, la de Toli y cuando habla de él su voz se apaga y su mirada se pierde en el vacío. Ella dice que apreciaba mucho su sinceridad, al parecer cada uno de sus trazos era honesto. Al parecer había sido un hombre de pocas palabras. Al parecer competiría con esa sombra de tonalidades cobrizas toda mi vida. Al parecer siempre me faltará algo para terminar de pintar una sonrisa en su rostro, pero no alcanzo a ver qué. Supongo que podría, poco a poco, casi imperceptiblemente, ir haciendo mi piel más blanca. Eso la haría feliz, estoy seguro.

El traje cubre todo mi cuerpo y debo vivir a través de él, pocas veces se daña y deja ver un poco de mi color original y enseguida tengo que remplazarlo por uno nuevo. A veces en la noche, cuando ella está dormida, hago que el recubrimiento se repliegue y que mi mano quede libre para acariciarla, para sentir su piel blanca como la nieve y suave como papel en blanco que al tacto voy iluminando, llenando de los colores de la nostalgia.

 

Jorge Chípuli

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s