Versus – Calacán

¿Dónde estabas en 1987?

No se tú pero yo estaba por terminar quinto año de primaria. En abril de ese año se estrenó en el cine una película familiar que tenía que ver con el Día de Muertos, de cuya existencia supe por mi mejor amigo de la colonia, llamada “Calacán”.

Han pasado treinta años y con este renovado interés del cine infantil por el Día de Muertos (ya saben de que ratón norteamericano hablo), me di la oportunidad de finalmente conocer aquella legendaria cinta de mi infancia que nunca vi.

Vuelvo en el tiempo con ojos de adulto: era el último año del sexenio de Miguel De La Madrid Hurtado, quien se había reunido con Ronald Reagan (presidente de los EEUU en turno) para sentar las bases de lo que sería después el Tratado de Libre Comercio. De La Madrid -egresado de Yale, simpatizante de la globalización y el neoliberalismo – había recibido un país endeudado en el que el gobierno federal controlaba más de mil empresas paraestatales, y de las cuales él liquidaría o entregaría a manos privadas a más de la mitad durante su mandato. Como primer presidente tecnócrata de México, fue él quien rompió con las décadas de visión nacionalista que su partido, el Revolucionario Institucional, mantuvo hasta el crack de 1982.

Ahora miro con ojos de niño de once años: En las tardes podía ver caricaturas como “Thundercats” en el canal 5 de Televisa, y animaciones de Europa oriental o Japón en el canal 13 de Imevisión (la TV estatal). Por las noches, ya se estaba transmitiendo esa legendaria serie llamada “Hora Marcada” en la que Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Emmanuel Lubezki estaban dirigiendo cortometrajes de horror y fantasía, dignos de las mas abominables pesadillas de un estudiante de primaria. Fue un momento importante para la ciencia ficción, el terror y la fantasía en México, tengo que reconocerlo.

Pues bien, siéntense en la butaca de este viejo cine en el que sólo hay dos salas y se presentan funciones dobles por un solo boleto, que nos vamos a “Calacán”.

Nuestra historia comienza en la Ciudad de México donde dos arqueólogos se reúnen para hablar del hallazgo de un mapa y su relación con el diario de un niño, que describe su viaje al pueblo de Calacán en Michoacán. El niño se llama Ernesto, y un día tuvo la mala idea de asomarse a un solar baldío cercano a su escuela, las circunstancias lo llevan a presenciar una reunión de seres sobrenaturales, a quienes un diablo salido de pastorela (que es un muppet) anuncia su malvado plan para sustituir las calaveritas de azúcar por calabazas de plástico, en un evidente intento para reemplazar el Día de Muertos con el Halloween, y que será ejecutado por una pareja de magos/villanos de cine mudo, de piel verde, llamados Matz y Metz. Descubierto por varios tenebrosos monigotes, Ernesto debe correr a casa, despistar a sus perseguidores y despertar en su cama de lo que pareció una terrible pesadilla.

Pero el sabe que no lo fue. Tras convencer a su padre de que lo lleve a Calacán (lugar del que sólo sabe que existe frente a un lago), ambos inician su viaje. Cabe hacer mención que el padre es vendedor itinerante de dulces tradicionales mexicanos.

Mientras esto ocurre, Matz y Metz ya llegaron volando en Aerolíneas Calacán al pueblito michoacano. Su misión es instalar una fábrica de calabazas de plástico marca General Pumpkin Foods en el pueblo, sabotear la producción de calaveritas, suplir el déficit de estas con sus calabazas, hacer product placement en el radio y finalmente, desplazar la tradición mexicana a través de la invasión cultura… guarden sus caras de “ya me cayó el veinte” para el final.

Calacán es en realidad el pueblo de Santa Fe de la Laguna, Michoacán, y en la ficción de la cinta, una comunidad en la que coexisten en paz marionetas de esqueletos de gallos y de perros, con el títere español dueño de la miscelanea; y muppets de panes y cazuelas que tienen vida propia. Es importante recordar que en México aún se estaba transmitiendo “El tesoro del saber”, serie educativa para niños heredera de “Burbujas”, ambas creadas por Silvia Roche (quien fue la Gran Señora de las muppets y títeres de la TV mexicana) y parecía más que evidente que cualquier cosa destinada a niños debía llevar títeres de hilo, de trapo o de hule.

En este pueblo vive también una familia de panaderos y artesanos de calaveras de azúcar: Pancho, su esposa Cuca Lavera y su hijo Felipe, quienes además de cantar y hablarse a silbidos, muestran las graciosas técnicas con las que elaboran el pan, por ejemplo la forma de los birotes la hacen cuando Cuca pitchea las bolas de masa a su marido y él las batea; el cuadriculado de las conchas se hace con una raqueta de tenis. También está el borrachín del pueblo (a quien los villanos le harán un lavado de cerebro), las comadres de lengua viperina que se juntan para criticarse y terminar el chismorreo entre risas, porque todo es en broma; y los marchantes del mercado que venden sus productos a precio de huesitos, en vez de devaluados pesitos.

Es el niño Felipe quien descubre a los dos espantosos “vivos” (los brujos Matz y Metz) y su fábrica, así como sus malvadas intenciones, lo que da a lugar a una persecución por los callejones del pueblo: Felipe en su bicicleta con la que reparte el pan, y Metz en una motocicleta, metáfora del encontronazo entre la industrialización y la fuerza laboral humana (o en este caso, calavera). Los malvados tienen éxito no sólo al robar el azúcar de la familia panadera, sino también en dañar el bonito mural que Cuca pintó en la fachada de su casa, con motivo del Día de Muertos.

Los padres de Felipe no le creen hasta que los lleva al escondite de los malosos, y al ver a la máquina fabricando calabazas de plástico, es Don Pancho quien nos ilustra el gran paradigma de la modernidad: “Ellos pican un botón y salen cientos de calabazas. a nosotros nos toma mucho tiempo hacer una sola calavera de azúcar”. Pero claro, como es artesanal, una vale más que cientos, ¿No, Don Pancho?

Justo cuando los magos color dólar han progresado en sus planes, Ernesto y su papá llegan al pueblo. Será el niño de la ciudad (quien sabe de electrónica porque tiene juguetes modernos) el que ayudará al niño calaca del pueblo, a sabotear la línea de producción de calabazas de plástico, y juntos salvar el futuro de la economía local, de la perversa invasión de la transnacional General Pumpkin Foods.

En “Calacan” los buenos ganan, las tradiciones mexicanas están a salvo de la intervención extranjera, y la paz ha sido asegurada en ese pueblo donde no hay policía ni armas, porque todos se arreglan con el razonamiento. Y mejor aun: el misterioso mapa mencionado al inicio de la cinta, nos puede llevar a todos a ese mágico lugar.

En México, este ideario postrevolucionario de repulsión al producto y costumbres extranjeras, estaba viendo su ocaso. A la distancia, “Calacán” se ve como una cinta que refleja los valores de un país donde los bancos eran propiedad del estado, donde sólo podías comprar cosas gringas si eran de contrabando y los productores nacionales estaban protegidos por un Estado anquilosado por la deuda externa y una inflación de más de tres dígitos.

Al año siguiente del estreno de la cinta, veríamos la “caída del sistema” que garantizó la llegada de Carlos Salinas de Gortari a la presidencia, listo para continuar la agenda neoliberal de Miguel De La Madrid, y concretar un TLC que permitiría a la General Pumpkin Foods entrar a todo México sin restricciones de aranceles, para comercializar sus calabazas de plástico sin la molesta intervención de niñitos entrometidos y calacas.

 

 

Abraham Martínez Azuara “Cuervoscuro”

 

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