Nebulosa Acromática XY

Forzosamente escogiste este momento. Sabías que eran las últimas interferencias y que quizás no habría otra ocasión. ¡Esta es la oportunidad! Me alegra haber sido parte de esta revolución. Recomenzar es mejor que morir. ¿A propósito, cuántos quedamos sobre el planeta? ¿Cinco… tres millones? ¿Cuál género crees que habrá prevalecido? La justicia es esquiva como la equidad. ¿A partir de ahora deberemos llamarnos “seres” o continuamos identificándonos como “machos” y “hembras”?

No me reconocía; no te recordaba tampoco. Después de tanto tiempo, lo único que nos diferenciaba como especies socialmente instauradas me era impreciso; había olvidado los colores de las pieles. Ni siguiera tu color o el mío remembraba. Habíamos pasado tanto tiempo dentro de este ámbito virtual que apenas nos reconocíamos fuera de él ¿recuerdas cómo éramos? Quizás no había en los siete anillos galácticos un planeta tan hermoso como el nuestro, con una sociedad tan justa como la nuestra. ¿Quién podría desmeritar a nuestro Consejo Unánime en la toma de leyes estrictas? ¡Nadie! Nadie era capaz, ninguna hembra ni macho.

Desdeñar que la sociedad se funda sobre la base del respeto mutuo y hacia ella misma como institución grupal, es ignominia. El Consejo Unánime era consciente de ello y para sustentarlo debía ser estricto con sus leyes. ¿Acaso podíamos permitir el reconocimiento de una hembra que diese a luz a un macho, o el de un macho que pariese a una hembra? El equilibrio de nuestra sociedad se hubiera desplomado. Diez millones de habitantes, mitad para cada sexo, y así debía seguir siendo.

Así subsistimos decenios y centurias. ¿Podrías entonces explicarme qué nos pasó, por qué hemos destruido esta gran sociedad en menos de un año? Los soles aún no se habían alineado y ya la mitad de los ciudadanos habían desaparecido. ¿Acaso la nebulosa fue la causante, o fueron nuestras culpas acumuladas las que nos convirtieron en infaustos? Debimos tomar medidas desde el inicio, atacar el mal desde la raíz. Con nuestro poder intelectual lo hubiéramos erradicado e, incluso, impedido.

Recuerdo vagamente cuando salí del centro de Áfores, mi procreador me había dejado allí como bien dictan las leyes. Era apenas un recién nacido, mis sentidos eran débiles, imprecisos, pero suficientes para percibí aquella majestuosa urbanidad entre aforeanos, el intercambio de miradas y las pieles amarillas o rojas de los habitantes. No pude distinguir otra diferencia en ese momento más que el color superficial.

Con el tiempo, y a medida que desarrollaba mis capacidades intelectuales, comprendí que aquellos cuerpos rojos eran varones y que los amarillos, las hembras. ¿Cómo los hubiera distinguido si no fuera por ese particular? Después, al aprender las leyes de identidad y designación, fue que me percaté que jamás conocería a mi progenitor dentro de esta sociedad; me había dado a luz en el centro del planeta y se había escapado entre la masa como bien dicta el decreto. Tampoco era necesario encontrarlo; lo único importante era ocupar el lugar que me correspondía como habitante de Áfores.

Que coincidencia que nos conociéramos ese día cuando la nebulosa cubrió el cielo y todo cambió. Yo había tenido múltiples relaciones sexuales, e igual tú, pero ninguna como la que tuvimos juntos. En la juventud es muy difícil apartar los ojos de una copulación en potencia ¡El placer de la primera interacción ocular es insuperable! A pesar de ello buscamos constantemente la mayor cantidad de contactos posibles para así liberar un poco la pesadumbre del intelecto. Sin embargo, ¿cuál es el verdadero placer de ser libre: el sexo, la intelectualidad o la disensión? No creo que hayamos tenido alguna vez la respuesta, por eso nos limitamos a copular cada vez que abrumara el aprisionamiento. ¡Para nada era ilícito!

A pesar de todo, me hubiera gustado engendrar una criatura contigo. Lo tenía decidido. Viajaría al centro de Áfores y daría a luz. Luego haría lo que todos hemos hecho: escapar hacia la superficie y perdernos entre la masa. No sabría nunca si la criatura sería roja o amarilla; el fuego del núcleo se encargaría de ello. El planeta sabe bien quienes serán más cálidos y quienes menos; aquel que será macho y aquella que será hembra. Luego, las leyes se encargarían de su posición dentro de la sociedad y sería digno.

Sin embargo, esto no bastó, la nebulosa llegó y lo cambió todo. Parecía que el pecado era ajeno a nosotros y viajaba junto a la materia cósmica. Pero fueron nuestras malas decisiones las culpables y no la nebulosa; ella fue solamente un medio. ¡Al final no hubo rojos ni amarillos, todos fuimos negros dentro de ese espacio virtual acromático!

Varias veces vi tus imágenes entre las nubes ionizadas. En innumerables ocasiones yo también hice uso de ella para liberarme. Debía soltar toda la carga que pesaba sobre mis hombros y que el Consejo Unánime no aliviaba con sus decretos. Quizás todos necesitábamos un ámbito donde exteriorizar nuestras intimidades, transgredir las diferencias y superar la desigualdad instaurada. La nebulosa nos permitió mostrar una representación de nuestro ser que superaba la esfera social. Era un sueño y una pesadilla a la vez.

Recuerdo las primeras imágenes: grupos de aforeanos que danzaban y aplaudían. Era imposible determinar si eran varones o hembras quienes lo hacían, no había color alguno en los espectros proyectados. Cuando las veía, volvía a mi mente el teatro y el disfrute de las danzas varoniles y el ensordecedor aplauso femenino en el proscenio del escenario. Me hubiera gustado aplaudir también, pero la ley lo prohibía. Fue por eso que, cuando observé aquellas manifestaciones de protesta, sentí que algo no estaba bien, que un caos emergía sobre la ciudad.

Ya desde los primeros momentos de contaminación subcutánea, cuando aparecieron los síntomas de absorción de iones en nuestros cuerpos, percibí que algo andaba mal. Y a pesar de que el Instituto de Salud confirmó que los gases iónicos no causaban daño al organismo, yo continuaba dudando de los efectos que podría traer la interacción de nuestro sistema orgánico con tales partículas. Jamás imaginé que el resultado hubiera sido este. ¿Tú lo imaginaste? ¿El Consejo Unánime lo imaginó? Yo creo que ninguno pudo prever lo que sucedería. Me pregunto: ¿lo sucedido quedará en los anales de esta época o acaso se irá junto a la nebulosa? Es apremiante no olvidar; recordar cada escena indigna. ¡Nunca nos consideré tan deplorables hasta ahora!

Aún recuerdo la primera imagen de autoexpulsión al exoespacio. ¿Tú la recuerdas? Todos quedamos consternados ante tal acto suicida. Los cuerpos congelados flotando en la supratmósfera a tan solo unos metros del espacio abierto; allí, inertes, descoloridos, en puro blanco fantasmal. Lo hicieron a propósito para infundir el pánico, pues todos sabemos que más allá del endoespacio el calor planetario no permanece. La muerte allí es inminente y la ley lo prohíbe.

Después de eso, siguieron los suicidios masivos. Uno tras otro fueron proyectados en la nebulosa flotante. Todos los observábamos atónitos. ¿Por qué lo hacían, por qué querían morir de esa forma? Poco a poco dejamos de hacernos esa pregunta, nos limitamos a mirar aquellas horrendas escenas sin cuestionar. Pero entonces sobrevino el cambio que yo había avizorado y temido. Las respuestas a todas las interrogantes comenzaron a hacerse evidentes. Cuando una sociedad cae en desgracia es a causa del erróneo liderazgo que la sustenta. Los suicidios eran meros efectos de un mal mayor enquistado.

La nebulosa proyectaba nuestras acciones a través de la conectividad iónica con nuestros cuerpos. Ella era un reproductor escenográfico natural indestructible. No podíamos hacer nada más que ser parte de esa escenografía. La vida cotidiana fue reproducida masivamente y desapareció la privacidad. La sociedad parecía fragmentada y perdida dentro de ese espacio virtual que se imponía como el nuevo ámbito de ser y de coexistir.

Seguro tú lamentas, igual que yo, las cosas que hicimos y reprodujimos en la pantalla. Fuimos actores del liberalismo. Tal vez quienes atacaron al Consejo Unánime y eliminaron a los concejales no lamentaron sus actos. ¿Recuerdas ese momento? Permanece en mi mente la hoguera donde incineraron los Decretos de Identidad y Designación y a los miembros del consejo. Ver a la multitud danzando y aplaudiendo alrededor de las llamas me hizo pensar que, tras esa pantalla negra y blanca, todos los aforeanos éramos iguales. No podíamos culpar a hembras o a varones por ningún acto impúdico. ¿A quién culpar por la destrucción de nuestra sociedad?

¿Quién puede denunciar mis actos? Nadie. Tan solo tú pudieras, pero ya no hablas, ni abres los ojos para devorarnos de pasión, ni recuerdas nada. Nunca hubieras escogido este momento para dejar en la memoria de la nebulosa tus más oscuros secretos, debí hacerlo yo. No tendremos otra oportunidad de redimirnos. La nebulosa se extingue poco a poco como todo en esta vida. El calor de Áfores cada vez es menos efectivo. El frío lo desplaza y ocupa su lugar. Tengo fe que la sociedad siguiente también desplace nuestra historia y forje un nuevo Consejo Unánime que vele por la urbanidad y la desigualdad entre hembras y varones. Espero que, igual que nosotros, tengan la oportunidad de enmendar sus errores y valoren al ser desde lo que es y hace, no desde lo que lo distingue.

Jorge Luis Montero Rodríguez
Ganador del tercer premio de la categoría de cuento
4to Concurso de Cuento y Poesía de Ciencia Ficción
“José María Mendiola” 2017

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