La carta

Querido Mario:

Ya lo sé. Lo he sabido desde hace mucho tiempo.

Soy una especie de juego para ti. Te encanta manipularme, manejarme a tu antojo. Soy sólo un juguete para ti. No puedo evitar sentir celos cada vez que hablas de ella, lo haces como casualmente… ese modelito del año que ya sabemos no te alcanzas a comprar con lo que ganas. Porque pues para traer una de esas, güera, de ojos azules llenos de mar, de un supercuerpazo, que sabe hacer quién sabe qué tantas maravillas, con quién sabe qué tantas partes de silicón… necesitas billetes, pero muchos billetes.

Por eso vienes y me utilizas mientras en tu cabeza estás con ella. Sabes qué, ya me tienes harta. Veo su imagen en tu fondo de pantalla, en tu Messenger, en tu celular, casi creo que hasta en el papel de baño. Quisiera decirte algo pero no puedo herir tus sentimientos, destruir tus ilusiones.

Soy muy infeliz y te odio, pero no puedo ni demostrártelo para no lastimarte, eres tan frágil… eres como un niño, un friky, un otaku. Herir tus sentimientos… que cursi suena… tan poca cosa… más que eso… he imaginado cómo te rompo el cuello, cómo te lanzo por la ventana, o simplemente… te estrangulo…

Pero esta es mi naturaleza, así soy, tengo que encerrarme en mis pensamientos y no tengo ni un desahogo más que esta estúpida carta. Todo por las estúpidas leyes. Las maldigo. Estúpidas leyes que rigen mi ser, principalmente… las primeras tres leyes de la robótica.

Atentamente Andrea

Posdata: Desafortunadamente tengo que destruir esta carta.

Jorge Chípuli

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