El niño genio

Era 8 de diciembre de 1987, uno de los momentos más importantes del siglo XX. El agente del gobierno gringo me citó en el área de comida del centro comercial Sherman Oaks en Los Ángeles para negociar el destino de mi último invento: un control remoto que podía disparar todos los misiles nucleares.

La verdad es que no estaba nervioso. Cargué mi grabadora en el hombro y escuché Material Girl de Madonna. En las televisiones de todo el mall, de todo el país, de todo el planeta, se proyectaba el momento en el que el presidente Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov firmarían el tratado INF, o Intermediate-Range Nuclear Forces, con el fin de eliminar los misiles de corto y medio alcance. No sabía qué me provocaba más hilaridad, si la mancha en la frente del soviético, el copete de actor barato del gringo o toda la bola de micos amaestrados que creían en la paz mundial.

El agente me estaba esperando sentado frente a un Sbarro’s. No parecía el villano de película: usaba un horrible traje blanco y camisa rosa neón. Se presentó ante mí como Jeffrey Smith, de la Agencia Nacional de Seguridad. Aquello parecía una puta novela de John Le Carre o de Tom Clancy.

─Benny Robles. Así que tú eres el niño genio, gifted boy chicano que nos está provocando dolores de cabeza.
─En realidad lo que les debo estar provocando son derrames cerebrales ─dije sonriendo. En la mixtape de mi grabadora que dejé sobre la mesa sonó Heaven is a place on earth. Mientras tanto, en las televisiones exhibidas en el aparador de una tienda de electrónicos, se proyectaba a Reagan hablando con Gorbachov.
─Iré al grano, Benjamín: queremos que dejes de estarte haciendo el gracioso con el gobierno. Te ofrecemos trabajo y una vida a cambio de tu obediencia. Tienes diecisiete años, no tires tu vida a la mierda. Los tiempos son difíciles. Se presume que para 1989 caiga el muro de Berlín y con ello, la Unión Soviética. Hay mucha tensión.
─No me interesa. Ya he recibido invitaciones de otras universidades y así soy feliz. Ustedes no saben una mierda de mi vida. Vete a la mierda, Chuck Norris.
─Sabemos más de lo que te imaginas, Benjamín.

El agente Smith –vaya apellido cliché– abrió su portafolios y sacó un folder color manila. Lo arrojó sobre el escritorio como si se estuviera incendiando. Lo abrió. Dentro había fotografías, documentos… todos relacionados conmigo.

─Veo que hicieron su tarea. ¿Dónde estudiaste? ¿En la escuela Sarah Connor?

El agente hizo caso omiso a mis bromas. Fue a Sbarro’s y pidió una rebanada de pizza y un refresco para mí. Dejó la comida en la mesa. Carraspeó y comenzó a hablar. Mientras, la grabadora reproducía Smooth operator.

─Tu nombre completo en Benjamín Augusto Robles. Originario de Nuevo Laredo. Tus padres decidieron venir a vivir a América a raíz de la crisis económica de tu país. Eres hijo único y bastante especial, pues naciste con un coeficiente intelectual de 175 cuando la media es de 80 a 120. A los seis meses ya mantenías conversaciones y al año hacías multiplicaciones. Para ti era frustrante la vida. Después de todo, ¿qué podían ofrecerte una sirvienta y un jardinero que eran tus padres? Creciste estudiando en escuelas públicas y ganando unos dolaritos por arreglar aparatos electrónicos. Eras un genio de la física. Con tus ahorros compraste una consola de nintendo que por cierto, no usaste para Pac-Man, sino para crear tu propio juego: un control remoto que domina los misiles nucleares de la URSS y América. Curiosamente, sólo lo usas para molestar al gobierno, no quieres amenazar ni volverte terrorista. Sólo molestas, cual mosquito en la madrugada a un soñador.
─En mexicano se le dice chingaquedito.
─Ante la falta de oportunidades y tu evidente desinterés y soberbia de adolescente, entraste a trabajar en un Mac Donald’s. Pudieras estar preguntando a Stephen Hawking sobre tu tesis, pero prefieres preguntarle a un gordo si quiere papas grandes con su Big Mac. Es lo malo de ser un inmigrante ilegal, ¿no? Sin oportunidades en la tierra de las oportunidades. Con insomnio en el sueño americano.
─No es tan malo ser moreno, me he cogido a muchas gringas ─le guiñé el ojo y le sonreí coquetamente─. No sabe cuántas, agente.
─Ya llegaremos a esa parte ─suspiró. Reagan y Gorbachov firmaban unos papeles, y mi mixtape reprodujo The glory of love─. Tu ídolo es David Lightman, el protagonista de esa película, War Games sobre un muchacho hacker que se involucra en un conflicto mundial. Pero te informo que la vida en las películas no es como la real: queremos que dejes de joder con tu control remoto. Nos has provocado unos momentos de tensión increíbles no sólo a nosotros sino al presidente. Queremos que trabajes para nosotros.
─¿O qué? ¿O me echarán a la migra? Pues me vale mierda. Mi familia tiene que aguantar a esos cabrones a diario. Yo tengo que aguantar a diario que me digan frijolero. ¿Me pagarás una carrera universitaria? No me interesa. Lo único que quiero es tener un trabajo, vivir con mis padres, tener sexo y tomarme una Budweiser al final del día… y divertirme con mi joystick de nintendo jodiéndoles la vida a los militares y republicanos de puta como tú. Ah, y tirarme gringas.

Smith suspiró. Del folder extrajo unas fotografías que mostraban hombres y mujeres cadavéricos: piel pegada al cuerpo, cuencas oculares visibles y manchas por doquier que se convertían en agujeros. Le pregunté si eran extras de Los Cazafantasmas.

─A eso quiero llegar. A que has perdido la cuenta de todas las mujeres con las que has tenido sexo. No, no son fantasmas las personas de las fotografías, aunque lo serán muy pronto. Y tú estarás igual que ellos.

Me le quedé viendo a sus ojos azules de gringo estereotipado. Había logrado llamar mi atención. El hijo de puta hizo una pausa dramática de un minuto mientras que en la televisión Reagan y el tipo con la mancha en la cabeza se sonreían mutuamente. Sonó The final countdown.

─Benny… eres un orgulloso portador del virus del sida ─el culero sonrió, mostrando una dentadura que mis padres jamás hubiesen podido pagar.

Grité. Arrojé la rebanada de pizza a su cara. Di un golpe a la mesa. La grabadora cayó al suelo y se apagó. Por fortuna, la gente que visitaba el mall no nos hacía caso pues estaban muy ocupados viendo en la televisión la firma del IRM treat. Le dije a Smith que era un mentiroso hijo de puta, que el sida era un invento del gobierno y los putos de la CNN. Que sólo les daba a los homosexuales. Que sólo existía en África.

─Es muy real, muchacho. Podemos comprobarlo con unos análisis. En 1986 hubo 11,932 muertes. Estamos haciendo lo que podemos, pero ya hay muchos infectados. Hay medicamentos, pero no son nada baratos. Quiero decir que con el sueldo de una criada, un jardinero y un empleado de Mac Donald’s no podrían pagarlos.  La opción es fácil: trabajas para nosotros, tienes una vida de americano de clase alta, un seguro para tus padres y todo el medicamento que puedas querer. Pasarás el tiempo que te quede de vida sirviendo a nuestro país. Al país de los americanos, quiero aclarar: the land of the free and the home of the brave.

Agaché la cabeza para pensar en mi vida de mierda, que estaba por extinguirse sin ni siquiera tener la mayoría de edad. Recordé esas películas que veía en formato Beta: Juegos de guerra y The last Starfighter, que trataban sobre adolescentes con inteligencia privilegiada que eran reclutados por gobiernos para luchar en guerras. La diferencia era que David Lightman y Alex Rogan tenían toda su vida por delante. No pude razonar, ni preguntarme cómo era posible que los agentes del gobierno supieran todo, ABSOLUTAMENTE TODO sobre los ciudadanos que vivían en Estados Unidos. La paranoia en su máxima expresión. No existía la intimidad, ni tampoco la libertad. Recordé mi niñez arreglando aparatos electrónicos y mi vida repleta de hamburguesas y sexo casual. Sólo eso podía tener un ciudadano ilegal en Estados Unidos, con coeficiente de genio o no.

Recogí mi grabadora y la encendí. Sonó Sweet dreams, de Eurythmics. El agente Smith sonrió, como Kasparov al ganar una jugada de ajedrez. Todo el mundo busca algo. Alguien quiere usarte, tú quieres usar a alguien, cantaba Annie Lenox.

─Lo voy a pensar ─dije, aunque todos sabemos que “lo voy a pensar” es un eufemismo para “no tengo más opción”.

Me puse de pie, cogí mi grabadora, mientras el agente también se levantaba y me estrechaba la mano y decía, con esa sonrisa de gringo perfecto: Sabemos dónde encontrarte, no te preocupes.

En las televisiones continuaba la programación habitual. Ronald y Miajil habían firmado el tratado.

Mi muerte empezaba, la Guerra Fría concluía.

 

Bernardo Monroy

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