Copias

—¡Bienvenido al planeta Trappist-e! Mi nombre es Adaobi Wong, seré su agente aduanal el día de hoy. Debo informarle que arribó con el 98.1% de la información en su cerebro, justo en el rango de error permitido. ¡Suertudo!
—¿Uh?

La recepción aduanal era un cuarto completamente blanco, sin un solo ángulo recto en toda la habitación. Adaobi, quien vestía un antiguo uniforme de enfermera, se inclinó sobre la figura recostada mientras veía de reojo un pad semitransparente.

—Entiendo su confusión, señor… Mohamed Fernández. Acaba de pasar poco más de setecientos años viajando a la velocidad de la luz en un rayo láser desde la Tierra.
—¡¿Qué?!
—¡Es broma, jo, jo, jo! Aquí los años duran menos que uno de sus meses. En realidad, sólo pasó los últimos cuarenta años terrestres viajando, ¿puede creerlo?
—Yo no…

Adaobi hizo una mueca y sacó un objeto de su bolsa.

—Escuchará más datos trascendentes para su nueva vida en el curso de inducción. Por lo pronto, aquí hay un espejo, siéntese y conózcase.
—Ese no soy yo.
—Por supuesto que no, pocos pueden pagar para que le reconstruyan su cuerpo, usted sabe cómo es esto. ¡Ah! Uno de los representantes de Foreign Horizons viene en camino, pronto podrá comenzar su nuevo empleo con ellos.
—Soy una chica.
—Yo también, ¿no es genial? Vamos, vamos, puede familiarizarse con su nuevo aspecto en nuestra sala de espera. Hay un gimnasio adjunto por si tiene problemas motrices. Levántese y sígame, por favor.
—Pero soy un hombre.
—Usted es usted, no un género. Por aquí a la derecha.

El pasillo era color naranja, iluminado por un pequeño sol rojo que se asomaba desde un tragaluz tan largo como el corredor. El señor Fernández no notó el paisaje de dunas extraterrestres que se asomaba en los ventanales.

—No me puede dejar así.
—Es lo que hay, bienvenido al siglo XXIV, señor Fernández. Podría ponerlo en una lista de espera para un nuevo cuerpo, pero tardará algún tiempo. Aquí está el baño, pero sé que no lo necesita, ¡jo, jo, jo!
—¿Cuándo?
—Hasta que beba o coma algo.
—¡Eso no!
—¡Es broma, jo, jo, jo! Un cambio es posible, pero tardará años y un dinero que no tiene de momento, usted sabe cómo es esto.
—Tiene que cambiarme, no puedo quedarme así. Tengo una esposa.
—No por el momento —Adaobi leyó su pad—. Adaliz Kumari llegó con el 47% de la información de su mente. Se intentará rescatarla, pero usted sabe cómo es esto.
—¿Mi esposa está muerta?
—Oh, claro que no. Se le puede reconstruir la mente mediante una inteligencia artificial rellenando espacios importantes, pero eso no garantiza que recupere todas sus memorias.
—Yo… no puedo recordarla.
—No se preocupe por eso, sigue desorientado por la transferencia de mente. Pronto entenderá todo. Además, estará muy ocupado próximamente.
—Oh… no.
—¿Se encuentra bien?
—¿Qué voy a hacer ahora?
—Escuche, sólo soy su agente aduanal por los veinte metros que hay desde que se levantó hasta esta puerta. No puedo lidiar con las secuelas psicológicas de un cuerpo diferente. Ahora, entre a la sala de espera. Su contacto de la compañía llegará en diez minutos. Ahora, disfrute su estancia en Trappist.

—Esto es un error.
—No haga una escena, por favor.
—¡No me puede dejar así! ¡Voy a…

Dos guardias se acercaron por detrás del señor Fernández, el más viejo habló.

—¿Algún problema?
—Claro que no. El señor Fernández ya se iba, si pudieran acompañarlo, sería genial.

El guardia joven abrió la puerta e indicó al señor Fernández que se moviera. Él se volvió hacia Adaobi y ella sólo asintió. Cuando se cerró la puerta detrás de ellos, el otro guardia dijo:  No me acostumbro a eso.

—¿A qué te refieres?
—Prácticamente secuestramos a esas personas, ¿qué pasará cuando se enteren de que no estamos en Trappist? ¿Qué solo interceptamos su señal para hacerlos trabajar encerrados en cadáveres reciclados?
—No te preocupes por ellos, ya te he dicho que la persona real debe estar feliz y contenta en Trappist, Atlantis o a cualquier planeta al que vayan. Éstos son… sólo copias.

****

—¡Bienvenida a Trappist-e! Mi nombre es Adaobi Wong, seré su agente aduanal el día de hoy. Debo informarle que arribó con el 97.8% de la información en su cerebro, justo en el rango de error permitido. ¡Suertuda!
—¿Uh?

Adaobi, se inclinó sobre la figura recostada mientras veía de reojo su pad.

—Entiendo su confusión, señorita Adaliz Kumari. Acaba de pasar poco más de setecientos años viajando a la velocidad de la luz en un rayo láser.
—¡¿Qué?!
—¡Es broma, jo, jo, jo! En realidad, sólo pasó los últimos cuarenta años terrestres viajando, ¿puede creerlo?
—¡Esta no es mi voz! ¡Estos no son mis manos!
—Por supuesto que no…

José Jesús Talamantes

 

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