Comezón

Batallé para abrir la puerta. Tras varios intentos la llave logró penetrar con violencia en un desliz entrecortado. Sólo me fui por tres meses. Visitar el campo de concentración de Auschwitz fue una experiencia agridulce por el placer de pisar el suelo que marcó considerablemente el rumbo de la humanidad, y el horror de escuchar el silencio en ecos de todas esas almas rotas; era un miedo íntimamente ligado al peor de los morbos. Sentí un dejo de aquella experiencia al regresar a casa, una atmósfera que acariciaba los huesos y excitaba los músculos en temor y extrañeza.

No había energía eléctrica porque dejé de pagar las cuentas. Corrí las cortinas de todas las ventanas en la planta baja mientras iba verificando que todo se encontrara en orden. Los muebles y los objetos quedaron iluminados de un azul pálido, se endurecían las sombras.

Bebí los últimos dos tragos que quedaban de un Johnnie Walker. Sentía los párpados pesados y un vacío en el pecho que se liberaba paulatinamente con ligeros bostezos, cargados de cansancio. Subí la estrecha escalera cuidando cada uno de mis pasos, en varias ocasiones me había caído por la falta de simetría entre cada peldaño.

Un olor extraño flotaba en la planta alta, con el antebrazo cubrí gran parte de mi cara para filtrar la respiración, aún percibía tan espantoso hedor. Encendí la linterna de mi celular con la mano izquierda, desde mi posición eché un vistazo preliminar, todo estaba como lo había dejado antes de partir. Seguí el instinto de caminar hacia mi cuarto, era el único sitio que me importaba asegurar; el olor se intensificaba. Al abrir la puerta, vomité en el suelo, no tanto por el olor sino porque las arcadas fueron tan grotescas que mi débil sistema de reflejos no tuvo de otra más que devolver una masa viscosa.

Abrí la puerta de lleno. El celular había comenzado a calentarse, eché la luz de extremo a extremo, pero fue hasta la segunda ojeada que lo vi… Había un pequeño bulto en el centro de mi cama, sin dejar de iluminarlo me aproximé con lentitud. La cosa estaba cubierta con una sábana, mis dedos percibían más calor al apretar el teléfono, mi sentido del olfato ya se había adaptado, en gran parte, a la despreciable fragancia que emanaba la masa sobre el colchón. ¿Qué chingados?

Jalé rápidamente la tela, no quería que esa cosa desapareciera. Con el haz de luz sobre su pelaje la sangre reflejaba un hermoso fulgor, viscoso y rojizo; el hocico abierto y carcomido, así como los ojos putrefactos, llenos de gusanillos blancos; era un gato muerto. La temperatura de mi celular siguió incrementando y por motivos de seguridad, se apagó automáticamente. ¡Mierda!

Tardé diez eternos segundos en encender la linterna otra vez, el silencio se tradujo en desesperación, maldije a mis torpes dedos. Me paralicé al ver al felino de semanas muerto, sentado sobre la cama. Se tambaleaba lentamente en un ritmo espectral, esperando mi próximo movimiento para atacar. Ronroneaba y me mostraba esos afilados colmillos que se extendían a lo amarillento de su cráneo mutilado.

Una mano emergió de la oscuridad, tomó mi brazo libre. Con su gélido tacto recorrió toda mi extremidad hasta aprisionar mi mano. Por el susto solté el celular, cayó bocabajo y la luz perfiló la calva cabeza de un ser pálido. Succionaba el sudor de la palma de mi mano, su lengua jugueteaba en círculos, acariciaba con furor mi piel áspera. Conseguí redirigir mi vista con gran esfuerzo. Pude sentir cómo la sangre de mi organismo se desvió, corría trepidante a través de venas y arterias en dirección a la boca de ese imbécil. Toda la sangre fluía sin regreso. Los párpados me temblaron. A lo lejos alcancé a distinguir, dentro de un estado resonante de sordera, el ronroneo del felino que aún se mecía diabólicamente frente a mí. El cosquilleo en todo mi cuerpo se disipaba paulatinamente conforme mi interior se vaciaba…

Aturdido se maximizó el sentimiento de cómo se despellejaban mis órganos… uno a uno hasta quedar con el interior hecho hilo. Intentaba enfocar algo, ¡lo que fuera! Mi vista se perdía en el color de la oscuridad, las siluetas pertenecían a la escena plana que percibía… Mi sistema colapsó. En un estado de extrema rigidez, caer fue como si el mundo girara y el suelo impactara mi cuerpo a toda velocidad. Mantuve los ojos abiertos el mayor tiempo posible.

Uno, dos, tres… Pasaron dos días, los conté segundo tras segundo. Quinientos treinta y ocho, quinientos treinta y nueve… Fue una enorme desesperación, mis sentidos estaban desconectados. Me encontraba en una caja de negrura interminable, exenta de cualquier sensación ajena a la frustración. ¿Estaba de pie? ¿Acostado? ¿Mutilado? En ciertos momentos intenté esforzarme por sentir mi respiración o escuchar mi corazón, fue inútil. Trece mil doscientos cuatro, trece mil doscientos cinco. Sólo recordaba números en mi mente, deletreados en sílabas a la velocidad de un segundo. Sentí lo eterno y lo efímero copular un único sentimiento. ¡Y justo cuando empezaba a disfrutarlo! Todos esos números aceleraron y contundentes martilleos acompañaban sus ecos fugaces… ochenta y seis mil trescientos noventa y ocho, ¡BAM!; ochenta y seis mil trescientos noventa y nueve, ¡¡BAM!!, ochenta y seis mil cuatrocientos…

Desperté al unísono del último golpe. Me erguí con rapidez y cobijé con mi mano derecha a su compañera zurda, el pulgar diestro acarició con temor y cariño el sitio por donde el infame Ser me había vaciado.

—¿¡Dónde habías estado!?

La botella y el vaso seguían en la mesa, un pequeño charco de saliva yacía en un punto aleatorio de la madera, aún había rastro en mi mejilla.

—¿¡Por qué mierda haces eso, Héctor!?

Nuestros ojos se encontraron fugazmente, me desvió la cara con una fuerte bofetada, se quedó la sensación de su mano en diminutos piquetes hormiga. Quedé cabizbajo tratando de analizar toda la situación. Me abrazó.

—Lo siento— dije suavemente

Tras un par de lágrimas correspondí a su abrazo. Pasamos el día entero hablando de mi ausencia y su desesperación. Refugié mi verdadera razón de escape con un discurso existencial, exagerando mi desesperación por ser un Don Nadie en la vida, por continuar atascado en el maldito trabajo de doce horas que me había llevado al fin de la cordura, incluso lloré para darle ese toque de realismo que respaldaría mi acción. La verdadera razón es un secreto que me llevé a la tumba.

Preparamos café y nos desviamos del tema principal, hablamos de banalidades que tenían importancia para ella. Me aseguré de que disfrutara hasta del silencio. Todo.

—¿Puedo pasar la noche aquí?

Me rasqué la mano izquierda, una ligera comezón me acarició justo como hacen las patas de una mosca gorda al pasar encima de los vellos.

—Claro— respondí con amabilidad.

Intercambiamos miradas cálidas y rompimos la distancia. Nos besamos. Rasqué mi palma.

—¿Qué haces?— pregunto tras separarse unos centímetros.
—Me estaba rascando, ¿por?
—No sé, me dio risa— sonrió

Ella venía detrás de mí al momento de subir las escaleras, rasqué mi mano nuevamente, al llegar al pasillo superior me detuve lentamente, ella me alcanzó y abrazó por detrás.

—Huele raro, ¿no?
—Sí— inhalé con extrañeza—, un poco.

Rasqué, ¡recordé lo que había sucedido en mi habitación! El gato, el Ser pálido, los segundos, mis órganos, todo, rasqué.

—Espérate aquí —dije señalándola, caminé apurado a mi habitación.
—¿Qué pasa? —alcancé a escuchar antes de reiterarle la orden.

Crucé el umbral de la puerta con la mínima abertura por la que pudo entrar mi cuerpo, me encerré. Inhalé profundamente. No había hedor. No había bulto. Me hinqué a un lado de la cama. Rascar.

—¿Está todo bien? —preguntó del otro lado de la puerta, tocó dos veces.
—No entres, espérate afuera.

Levanté la colcha. Alivio. No había nada debajo de la cama. Rascar.

Abrí la puerta con una sonrisa dedicada a la bella mujer que me esperaba en el pasillo, posiblemente confundida y ligeramente asustada.

—Me acordé que… había algo que se supone no deberías… ver —rascar— … el día —sonreír y rascar—… de hoy.

Analizó mi atropellamiento verbal. Correspondió a mi sonrisa.

Se desarrolló una plática personal en la cama, palabras que se transformaron en intimidad. Besos, caricias, rascar. Nos desvestimos mutuamente en un apuro erótico. Dentro de ella sentí humedad y una ligera satisfacción, nos sonreímos y compartimos el aliento. Encajé mi barbilla en su hombro izquierdo al entregarnos en un abrazo lleno de calidad y calidez. Rascar. Vi mi mano izquierda, una mancha morada rojiza estaba en el centro de mi palma, pensé que era de tanto frotarme pero vi como esa laguna que estaba bajo mi piel era realmente un río lento, se extendía con flojera y decisión hacia mi muñeca, las articulaciones de mi mano quedaron rígidas.

—Necesito…
—¿Qué? —formuló entre gemidos.
—Quiero ir —suspiré—… al baño.
—¿Seguro que no es otra cosa? —susurró a mi oído con un tono sensual— Puedes venirte adentro.

Me escabullí entre sus piernas, caminé con rapidez hacia el baño del pasillo, ahorcando con rudeza mi mano, la mancha seguía creciendo. “No”, suspiré débil con un par de lágrimas. A medio trayecto desvié mi camino, bajé cada uno de los escalones con rapidez, viendo en primer plano mi mano y en el fondo un pene borroso rebotando de pierna a pierna.

—Héctor, ¿qué pasa? —gritó desde la habitación.

Abrí el cajón con una desesperación tan violenta que todos los cubiertos fueron a dar al suelo, me dejé caer de rodillas ante tenedores y cucharas, tomé el cuchillo más filoso, puse la mano boca arriba sobre la mesa, aún en cuclillas atravesé la muñeca hasta sentir la superficie de madera.

—¡Verga!

Cerré los ojos, apreté los dientes y saqué el cuchillo. Repetí todo el procedimiento una y otra vez, tal vez unas cuarenta. Sentí dolor, mucho dolor, pero a la vez un alivio profundo al ponerme de pie trémulamente y ver ese pedazo de carne pudrirse en la mesa conforme me alejaba. A duras penas atiné los peldaños de la escalera, uno a uno sentía que mi cuerpo dejaría de responder y caería, no sucedió. Ese esfuerzo era de aplaudirse, si tan sólo…

—¿¡Qué chingados!? ¡Héctor! ¿¡Qué hiciste!?

Me encerré en el baño. Ella dejó de insistir y bajó las escaleras, muy apenas pude escucharla llamar a emergencias argumentando que ya había metido mi mano al congelador. Me sonreí al espejo. Quizá era el hecho de perder tanta sangre pero admiré mi cara, mis mechones rebeldes que caían a los lados, los ojos llenos de lágrimas y satisfacción, la barba recién nacida, el cuello, la mancha… ¿la mancha? Dejé de sonreír. Dejé el cuchillo sobre el lavabo, dirigí mis dedos temblorosos hacía mi cuello.

—No.

Las yemas tocaron piel.

Rascar.

 

Carlos Montiel Valenzuela

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