En el hielo

Un repentino temblor me despertó. Miré inmediatamente hacia la pantalla pero no había ninguna alerta, nada fuera de lo normal. El glaciotherium debía haberse sacudido la nieve acumulada, eso era todo.

Ya había amanecido. Levanté las gruesas cobijas de lana y puse los pies sobre la alfombra tibia que cubría el suelo de la cabina. Después me puse la ropa térmica y caminé hacia la cocineta. Vertí agua del grifo en una taza, la calenté en el horno de microondas y dejé caer dos cucharadas de café soluble, sin azúcar. Pisadas tímidas, casi inaudibles, amortiguadas por la alfombra se acercaron a mí.

— ¿Me haces un café a mi también? —la voz de mi esposa era suave y queda, como si temiera despertar al resto del mundo, aunque estábamos solos. Luego se acercó a mí y me besó con suavidad. Era su manera de decir “buenos días”: darme un poquito más de su calor. Tenía puesta la bata de lana pero debajo de ella sabía que estaba desnuda.
— Tómate el mío, ahora mismo me hago otro —se lo entregué y ella se lo llevó a los labios para soplarle al vapor que brotaba desde el borde de la taza, le dio un trago muy breve, sin hacer ningún comentario, para luego caminar hacia el tablero de control y revisar las lecturas.
— Debe estar cansado, en cuanto lleguemos a los límites hay que ponerlo a dormir.

Observé las ondas alfa en la pantalla, corroborando su evaluación. Después miré el viejo mapa impreso. Estaríamos ahí en aproximadamente una hora más. Hubo otra sacudida igual a la que me había despertado.

— ¿Qué pasa?
— No sé, parece inquieto por algo pero no veo nada en los sensores —después cambió la imagen que se proyectaba en la pantalla principal y vimos el exterior. No había mucho que ver: el lienzo blanco infinito sobre el que nevaba, bajo un cielo gris claro, donde muy apenas se veía el resplandor del sol. Sin embargo hubo otro temblor en la cabina, aun más intenso y se escuchó un gruñido grave.
— Haz que se detenga —luego de pulsar en la pantalla una instrucción, sentimos como la cabina descendía y se quedaba quieta, mientras afuera la nieve comenzaba a acumularse sobre la cámara —cambia a ultrasonido, debe haber algo que no hemos visto.

Y lo había: el terreno sobre el que estábamos parecía cubierto de pequeñas grietas, aunque más adelante se observaban hendeduras más profundas. Su miedo nos había salvado la vida. De haberlo obligado a seguir, su propio peso lo habría hundido en el terreno, dejándonos atrapados bajo decenas de metros de hielo. Nos miramos durante unos segundos.

— No tienes que ir si no quieres —yo podría ir solo, no era necesario que nos arriesgáramos los dos.

Pero ella era muy necia y de la misma forma que se había empeñado en ser enviada a la frontera un año antes, se había empeñado en participar en esta misión arqueológica. Y no habría nada en el mundo que la persuadiera de esto.

— Me voy a vestir para iniciar el protocolo de hibernación, mientras ve preparando el trineo —dejó caer la bata dándome la espalda y caminó meneando las caderas, con la cabeza erguida y paso marcial, enarbolando todo el orgullo que podía caber en su hermoso cuerpo. Luego abrió las puertas del armario y comenzó a vestirse sin voltear a verme, aunque sabía que la estaba mirando y sonreía.

El trineo fue liberado de la parte posterior de la cabina y dos cables de fibra lo dejaron caer sobre la nieve. Las orugas dentadas hallaron un suelo blando y nevado para hincarse, y el calefactor eléctrico se encendió automáticamente.

Mientras se calentaba, desayunamos sustanciosamente: dos raciones bien servidas de carne seca, puré de chícharos y pan de cardo con mermelada de fresa nos darían suficientes calorías para el resto del viaje. El trineo viajaba más rápido que el glacitherium, así que con suerte estaríamos en la ciudad en media hora.

Después de vestirnos con los trajes para el exterior, entramos a la antecámara. La compuerta se selló y la entrada se abrió para exponernos a una ráfaga de viento lenta pero mortal, que acarreaba grandes copos de nieve. La escalera de cuerda se desenrolló y descendimos por ella, primero yo y después mi mujer.

En medio de la blancura donde los copos de nieve salpicaban el cielo, la enorme forma de color castaño rojizo y peluda del Glacitherium echado sobre su panza y dormitando ya, era la única interrupción del blanco, y cuando la nieve lo cubriera, ni él lo sería. Hacía doscientos años habría parecido un elefante el doble de grande que cualquiera de esa época, cubierto de gruesa y larga lana de un color naranja sucio, con una trompa muy corta y orejas diminutas ocultas bajo su pelaje. Sobre él descansaba nuestra habitación, a la que llegaban los cables que monitoreaban el cerebro de la bestia y desde donde se le podía comandar. Ahí donde nada podría vivir, la ingeniería genética había creado al más perfecto de los bisnietos del mamut.

Caminamos hasta la otra figura angulosa y anaranjada que interrumpía el infierno blanco, una versión reducida al mínimo necesario de un hábitat móvil. La compuerta exhaló una cortina de aire caliente que nos permitió abordar rápidamente sin permitir que la nieve o el aire helado del exterior penetraran.

Cuando alcanzamos los 10ºC pudimos quitarnos los cascos y sentarnos en los mandos. Habíamos descargado los mapas, y con un bamboleo, empezamos el último trecho del viaje, dejando a nuestra enorme bestia gentil ser engullida por el blanco conforme nos alejábamos de ella. Dormiría hasta que regresáramos al día siguiente.

Los instrumentos confirmaron la fragilidad del terreno, que bajo las doce toneladas de nuestra montura hubiera cedido. El trineo se movía con rapidez, subiendo y bajando sobre el terreno irregular. La nieve continuaba cayendo, aunque con el paso del día y el leve aumento de temperatura, comenzó a disminuir su fuerza.

En menos de una hora y con mejor visibilidad, aparecieron sobre el horizonte las ruinas congeladas de la ciudad de Miami.

Desde el mar congelado, los rascacielos que no había colapsado aún despuntaban sobre el terreno cubierto de blanco. La última expedición que había llegado hasta acá lo había hecho hacía cincuenta años y éramos los primeros seres humanos en verlos desde entonces.

Proseguimos con cautela. Aunque habíamos supuesto que el Golfo de México debía estar congelado hasta el fondo en ese punto, los rayos equis nos habían sacado del error. Quise pensar que aquello era una buena señal.

Lo que hacía siglos había sido una playa llena de gente hoy estaba sepultada bajo tres metros de hielo. Nos movimos por los espacios entre edificios que seguramente habían sido calles cien años atrás, adentrándonos en la ciudad fantasma.

Una débil señal de radio fue detectada. Un faro electrónico de auxilio que pulsaba de forma reconocible la señal de emergencia, a un kilómetro de donde estábamos. Nos miramos y sonreímos. Nuestra misión sería un éxito, y si la suerte nos sonreía, habría esperanza para la humanidad. No pudimos contener un grito de emoción y nos abrazamos llenos de entusiasmo.

La señal de radio nos guió hasta lo que quedaba de la estructura más alta de la ciudad. Gruesas cascadas de hielo sucio cubrían su superficie, sellándolo del exterior. Nos quedamos a unos cien metros de distancia y volvimos a ponernos los cascos antes de dejar el trineo. Caminamos con prisa hasta el muro, donde aparentemente había una hilera de ventanas sin vidrios, cubiertas de hielo, que daban acceso al segundo piso.

Coloqué el explosivo y liberé el catalizador. La reacción química generó miles de grados centígrados que quebraron el hielo. Enormes pedazos se separaron, cayendo pesadamente entre nubes de vapor que se condensaba en cristales de hielo en segundos al contacto con el aire. La abertura es bastante grande. Entramos por ella para encontrarnos con un espacio reducido, cubierto de escombros y hielo formado por siglos de tormentas. Sin embargo unos metros más adelante sólo quedaban despojos de mejores tiempos, cubiertos de escarcha, y más adentro, como una sorpresa oculta en el interior de un huevo de fabergé congelado, estaba el origen de la señal de radio.

El robot meteorológico descansaba sobre el suelo helado, con una leve capa de escarcha sobre él. Era una araña de seis patas, de un metro de largo y medio metro de alto, durmiendo sobre una cama de cables que se distribuían reptando sobre la estancia, saliendo por donde antes hubiera puertas o ventanas, llegando seguramente a las antenas y sensores instalados en el techo del edificio.

Pasé mi guante sobre su superficie para limpiarlo y encontrar la clavija de la batería. Lo conecté a la que yo portaba y esperamos unos minutos. Su corazón de litio recibió ávido la carga y después de emitir varios pitidos, sus sistemas volvieron a activarse.

— Hola. Gracias por recargarme. Es grato verlos, la última vez que vi un ser humano fue hace cincuenta y dos años —una voz sintética pero amable y cálida emergió del robot meteorológico.
— Nos da gusto verte también —mi esposa sacó el cable de la computadora de su traje y la conectó al robot para descargar los datos. Esperamos varios minutos antes de que la pantalla del visor mostrara las gráficas.
— Pero… debe haber un error… No puede ser…
— No hay error, amigos —el robot seguía hablando en un tono calmado, amable. Era como escuchar a un médico antes de dar un diagnóstico que nadie quería escuchar.
— ¡Pero los modelos dicen que la temperatura va a seguir bajando! —volteé a ver a mi esposa, se había acuclillado para oír más de cerca al robot, como si fuera necesario hacerlo ya que transmitía su voz directamente a nuestro sistema de comunicación— ¡Tienes que haberte equivocado!
— Lo siento. He tenido medio siglo para correr las proyecciones una y otra vez, para volver a tomar mediciones año tras año, para medir la radiación que llega al planeta. Hace tres años dejé de recibir la señal de mi compañero en Pittsburgh, cuando la temperatura bajó hasta noventa y dos grados celsius bajo cero.

En el suelo el robot empezó a activarse, primero las patas delanteras, después las de en medio y finalmente las traseras. Lentamente se puso de pie, como si fuera un artrópodo que reviviera después de un largo invierno, pero no se desconectó de los cables que llegaban a él.

— Lamento mucho tener que darles esta noticia.

Ella se arrojó a mis brazos y comenzó a llorar y gemir.

El año pasado habíamos perdido contacto con Libreville y Nairobi, después de que reportaran dos meses de ventisca y fallas generales en las celdas solares. Pontianak y Pekambaru en el pacífico estaban luchando en ese momento con los glaciares que seguían constriñéndolas desde el mar, luchando contra el tiempo para construir nuevas ciudades más al sur, donde habría inviernos mas duros pero también estarían más lejos de los glaciares. De los rompehielos en altamar, hacía seis meses que no se recibían noticias. Y la suerte de nuestra amada Quito no prometía ser distinta.

Pero teníamos que llevar los datos de regreso, esa era la misión y tenían que saber lo que venía, para prepararse.

Abandonamos la ciudad muerta sin decir una palabra, sin dirigirnos la mirada, concentrados en sacar al trineo de la planicie de hielo y regresar a la calidez del Glaciostherium que seguramente dormía y soñaba con masticar algas tiernas bajo los domos climatizados de nuestra ciudad, junto a otros de su especie, ignorante de la mortaja helada que estaba cubriendo ahora el cadáver del planeta Tierra.

Enganché el trineo a las grúas y seguí a mi mujer de nuevo al interior de la que había sido nuestra habitación las últimas tres semanas de viaje. Entramos sin decir nada, nos despojamos de los trajes y entonces ella procedió a calentar dos raciones de pavo con salsa de manzana, y descorchó la botella de vino, que nos bebimos antes de terminar de cenar.

— Déjalo dormir toda la noche, necesita descansar para regresar mañana —dijo ella después de que revisáramos los signos vitales de la criatura que era nuestra única posibilidad de regresar vivos a la que podría ser la última ciudad de la humanidad.

Esa noche hicimos el amor intensamente, como debieron haberlo hecho los hombres y las mujeres de las cavernas durante la edad de hielo, rogando a sus dioses que al volver los días cálidos nacieran suficientes bebés, como para reponer a todos los niños y ancianos que el hambriento lobo del invierno había reclamado. Y al terminar, nos quedamos abrazados hasta quedarnos dormidos.

Antes de que el sol volviera a salir moví mis manos entre sueños, tanteando en la cama para sentir el calor de mi mujer pero no estaba ahí. Abrí los ojos, estábamos sólo el colchón y yo. La llamé pensando que estaría en el baño. No respondió.

Me puse de pie, busqué su silueta en la oscuridad pero no estaba ni en la cocineta ni en el comedor ni en los mandos. Caminé al baño y abrí la puerta. Vacío.

Miré hacia la compuerta de acceso al exterior, un charco de agua, condensada no hacía mucho, me hizo contener la respiración. Corrí al armario y lo abrí: los dos trajes térmicos naranjas estaban ahí, tal y como los habíamos dejado al volver de Miami. Corrí al tablero de control y verifiqué si el trineo había descendido de nuevo o estaba ocupado. Ninguna de las dos.

Empecé a gritar su nombre, desesperado. Me puse el traje térmico lo más rápido que pude y accedí a la antecámara, donde pude ver suficiente agua encharcada aún. La compuerta se abrió y un viento que rugía y soplaba arrojó escarcha sobre mi visor. Tanteé para sujetar la escalera de cuerda que seguía desplegada, me aferré a ella y descendí zozobrando por la ventisca.

Grité y grité dentro del traje sabiendo que sin comunicador no me oiría. Sujeté los seguros del casco pensando en liberarme de él para gritar de nuevo en el viento, pero a esa temperatura, aquello sería…

…Un acto desesperado…
…que conduciría a cualquiera…
…al suicidio.


Sobre el autor: Abraham Martínez Azuara “Cuervoscuro” (Tampico, Tamps, 1975) Escritor cuyas historias han aparecido en México en Tierra Adentro, Revista Hiperespacio,Horizonte Cero y Cactus  entre otras. En el extranjero ha publicado en Heavy Metal Magazine, Strange Aeons, Strip Magazine, Próxima, y para DC Comics Digital coescribió Earthbuilders.

 

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